¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 433
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Capítulo 433: Mi verdadero nombre es Aden.
Florián miró fijamente los penetrantes ojos rojos de Heinz, buscando algo… ¿comprensión, tal vez? Pero lo único que pudo ver fue una sosegada curiosidad.
Lentamente, su mirada descendió hasta las mantas amontonadas en su regazo. Su voz, cuando salió, fue suave, casi insegura.
—Mi verdadero nombre es Aden.
Una frágil sonrisa curvó sus labios. Se sentía extraño —incluso ajeno— decir ese nombre en voz alta. Habían pasado meses desde la última vez que lo escuchó, desde la última vez que lo fue. De alguna manera, ahora sonaba distante, como el recuerdo de otra vida.
Heinz parpadeó, inclinando ligeramente la cabeza. —¿Aden?
Florián asintió levemente.
—Qué nombre tan extraño —comentó Heinz, sin malicia, solo con sincera confusión.
«Como si Heinz fuera el nombre más normal y común del mundo». Florián se mordió el interior de la mejilla y reprimió el impulso de poner los ojos en blanco.
—Es extranjero —replicó simplemente.
—Me lo imaginaba —dijo Heinz. Luego, como si esperara más, añadió—: ¿Qué más?
Hubo una pausa; la vacilación flotaba densa en el aire. Pero Florián exhaló, decidiendo dejar que las compuertas se abrieran.
—Yo… en realidad soy mayor que usted, Su Majestad.
Heinz enarcó una ceja y un destello de diversión pasó por sus ojos. —¿Cuántos años?
—Tengo veinticinco. Bueno… se suponía que los cumplía. El día que me convertí en Florián era en realidad mi cumpleaños.
Soltó una risa incómoda, rascándose la nuca.
—Así que… imagínese la sorpresa cuando los dioses decidieron cambiarme de cuerpo como regalo de cumpleaños.
Heinz no dijo nada al principio, pero asintió, como si le diera un permiso silencioso para continuar.
—Tengo una hermana pequeña. Es una mocosa —añadió Florián, con una sonrisa genuina asomando ahora en las comisuras de sus labios—. Pero la quiero. Se llama Kaz.
Su voz flaqueó por un momento. Bajó la mirada, y sus dedos se aferraron con más fuerza a las sábanas.
—Ella es… todo mi mundo. Intento no pensar demasiado en ella porque… bueno, con mi situación actual…
—¿Y tus padres? —preguntó Heinz, interrumpiendo con delicadeza.
Florián negó con la cabeza. —No están. Murieron cuando yo era joven. Solo estábamos Kaz y yo, así que… prácticamente la crie yo solo.
—Ah. Por eso es todo tu mundo —murmuró Heinz, pensativo.
Florián asintió. —Pasamos por muchas dificultades. Yo solo era un crío que intentaba hacer malabares entre los estudios y el trabajo, cualquier cosa para darnos una vida mejor. Hubo días en los que apenas comíamos, pero… me aferré a una cosa que me mantuvo en pie.
Levantó la vista hacia Heinz. —La escritura. Me apasionaba. Así que la estudié; escritura creativa, sobre todo.
Heinz pareció un poco perplejo. —¿Existen estudios para escribir de forma creativa?
«Cierto. Probablemente aquí hay pocos o ningún estudio normal».
Florián se rio entre dientes. —Sí, Su Majestad. En mi mu… reino, tenemos escuelas que enseñan cosas más allá de la magia. Se puede estudiar para ser inventor, médico, científico… escritor. Tantas oportunidades.
Heinz asintió lentamente. —Eso explica tus ideas para la reconstrucción de la aldea. Estás incorporando ideas de tu tierra natal.
—Exacto —dijo Florián, animándose un poco—. Aunque allí la gente también sufre, es… no es todo blanco o negro. Tenemos diferentes clases sociales, no solo nobles y plebeyos.
Se enderezó un poco. —También tenía un trabajo… bueno, una especie de profesión. Ayudaba a los mercaderes a crear frases o eslóganes para atraer a los clientes.
Heinz parpadeó. —¿Eslóganes?
—Sí. Usaba la creatividad para hacer que sus productos sonaran atractivos. Cosas que pudieran hacer que un consumidor se detuviera a mirar por segunda vez.
«Dios, estoy destrozando la explicación de lo que es la redacción publicitaria ahora mismo».
—Eso es… bastante interesante —admitió Heinz—. ¿Y de qué reino es exactamente? Supongo que no es uno que yo haya destruido, considerando que no pareces albergar ningún odio hacia mí.
Lo dijo de forma tan casual, tan despreocupada, que Florián no pudo evitar reír, aunque fuera una risa algo incómoda.
«¿Cómo puede decir eso con esa cara tan seria?».
—Está… lejos. Muy lejos de aquí, Su Majestad. —Sorbió por la nariz, arrugándola un poco mientras se la frotaba con la manga—. Un mundo diferente, en realidad.
Sentía el pecho más ligero ahora. No se había dado cuenta de cuánto se había estado guardando hasta que lo soltó. La presión que lo había estado oprimiendo durante meses pareció aliviarse un poco.
Por extraño que pareciera, contarle a Heinz la verdad —su verdad— fue catártico. Sanador.
Todavía le escocían los ojos de tanto llorar y tenía la cara dolorida e hinchada, pero por fin podía respirar.
—Mmm. Si está tan lejos, entonces hay algo que me da aún más curiosidad —murmuró Heinz, con voz baja y casi burlona, antes de atraer a Florián de nuevo hacia él, más cerca, con más fuerza.
A Florián se le cortó la respiración cuando su pecho fue presionado por completo contra el de Heinz una vez más.
Sus brazos se tensaron instintivamente contra los anchos hombros del rey, y se dio cuenta, con dolorosa claridad, de lo comprometedora que era en realidad su posición.
Todavía estaba a horcajadas sobre la cintura de Heinz, con los muslos abiertos a su alrededor, y los brazos de Heinz permanecían ajustados a su espalda, cálidos e inflexibles.
Los ojos de Florián se abrieron un poco más, mientras el calor le subía por el cuello.
«Esta… esta posición es demasiado íntima. Demasiado cerca. Y mi trasero está… Dios. Está presionando justo sobre…».
—¿Qué es, Su Majestad? —preguntó Florián, logrando mantener la voz casi firme, a pesar de lo azorado que se sentía.
No quería reconocer el hecho de que estaba prácticamente sentado justo sobre el…
«Dios. Acabo de recordar otra vez que me pidió que tuviera sexo con él cuando quisiera». El pensamiento lo golpeó como una pared de ladrillos y sus mejillas se tiñeron de carmesí. «¿Qué demonios es mi vida ahora?».
Pero Heinz no hizo ningún comentario sobre el rostro enrojecido de Florián. En cambio, se reclinó ligeramente, como para estudiarlo mejor.
—Si estabas viviendo tu propia vida… ¿cómo es que de repente fuiste transferido al cuerpo de Florián? —preguntó Heinz, la seriedad de su voz cortando la neblina de la vergüenza.
—¿Simplemente te dormiste y de repente despertaste así? O… ¿crees que hubo una razón en particular por la que el Dios que me ayudó te eligió para meterte en el cuerpo de Florián?
Florián se quedó helado.
Su cuerpo se quedó quieto, y la diversión de antes se disipó por completo.
Su corazón dio un latido incómodo, y luego otro. La pregunta de Heinz no era solo curiosa; era peligrosa.
Demasiado cerca de la verdad. Demasiado cerca de algo que no podía explicar sin arriesgar su vida.
Había una teoría. La más plausible, al menos.
«Porque yo —Aden— contribuí en gran medida a todo este sufrimiento. A todo tu sufrimiento».
«Al de Heinz. Al del Florián original».
El recuerdo lo golpeó como una bofetada. Este mundo, esta novela retorcida y cruel, no había comenzado como algo tan oscuro.
Kaz, la autora original, solo había querido una historia erótica, divertida y lasciva sobre un príncipe con el corazón roto y sus ayudantes.
Pero Aden —él— había decidido llevarlo más lejos. Había bromeado con Kaz para que lo hiciera más profundo, más intenso.
Más doloroso.
Y Kaz lo había escuchado.
Añadió drama. Tragedia. Trauma real. Se había implicado. Y en el proceso, los personajes —especialmente Florián— habían sufrido más de lo que se suponía que debían.
Así que tal vez, cuando Aden murió, el Dios que gobernaba este mundo había visto el daño causado.
Quizás esta era la forma que tenía el Dios de arreglar las cosas: obligar a la misma alma que había alimentado la tragedia a vivirla, entenderla y, tal vez, enmendarla.
Pero Florián no podía decir eso.
No podía decirle a Heinz la verdad: que él solía ser Aden, el que indirectamente fomentó todo este sufrimiento.
Si Heinz llegara a descubrirlo, probablemente lo mataría en el acto.
Así que Florián se obligó a sonreír, una sonrisa un poco torcida, un poco cansada.
Escogió una media verdad. Un hecho menor mezclado con grandes mentiras.
—Morí el día de mi cumpleaños —dijo en voz baja. Su voz era tranquila, pero sus manos temblaban ligeramente donde descansaban sobre el pecho de Heinz—. Fue un accidente. Mientras volvía a mi casa.
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