Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 26
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26: Capitulo 25: ¿Mi padre está realmente a salvo?
26: Capitulo 25: ¿Mi padre está realmente a salvo?
—Señor, el jefe del observatorio lo está buscando en la entrada principal.
Kang-dae asintió con gravedad.
Se preparó para marchar de inmediato, pero antes de dar el primer paso, señaló a Haneul y le ordenó al soldado: —Cuida de ella mientras permanezca en el risco.
No la dejes sola.
Haneul, sintiendo que la sangre le hervía por el tono autoritario de él, replicó con una insolencia que no pudo contener: —¡Siempre me he cuidado sola!
No necesito que vengas a imponerme guardias ahora.
Kang-dae, que ya se alejaba a zancadas, se detuvo un segundo y se volteó ligeramente, gritando por encima del hombro con una mezcla de fastidio y diversión: —¡Tú eres la única insolente aquí!
Haneul se quedó allí, con las manos en la cintura y suspirando de manera agitada por la indignación.
Al quedar a solas con el soldado, lo miró de arriba abajo con evidente desagrado.
—Uhh, no te necesito.
Te puedes ir —exclamó, haciendo un gesto con la mano para que se marchara.
—Señorita, estaré cerca por si me necesita —respondió el soldado con una reverencia respetuosa, pero firme.
—¡He dicho que no te necesito!
—gritó ella de nuevo, frustrada—.
Vete a cuidar a tu Bujang, yo estaré perfectamente bien.
¿Acaso no escuchas?
El soldado la miró en silencio, imperturbable ante sus gritos.
—El joven Bujang ya dio la orden —sentenció él con la disciplina propia de su rango.
Sin decir más, el guardia se retiró unos metros, lo suficiente para darle espacio, pero se quedó estático como una estatua de piedra, observándola desde la distancia.
Haneul se giró hacia el horizonte, bufando de rabia, aunque en el fondo de su corazón, la presencia de aquel guardia era el único recordatorio de que, en medio de la tormenta que se gestaba en el palacio, Kang-dae seguía cuidando sus pasos.
El padre de Haneul caminaba de un lado a otro en el estudio, sus pasos resonando con pesadez sobre la madera.
En su mano derecha sostenía, arrugada por la fuerza de su agarre, la nota que el joven Bujang le había entregado.
Su rostro era un mapa de sombras y preocupación.
Cuando Kang-dae entró finalmente en la habitación, lo hizo con la frente perlada de sudor y la respiración entrecortada por la carrera desde el risco.
—Dígame, señor —logró decir, tratando de recuperar el aliento.
—Muchacho, ¿por qué estás tan agitado?
—preguntó el padre de Haneul, deteniendo su caminata—.
¿Te encuentras bien?
—Sí, señor —replicó Kang-dae de inmediato, cuadrando los hombros—.
Discúlpeme.
Me encontraba inspeccionando los alrededores para asegurar que todo estuviera en orden antes de que cayera la noche.
El padre de Haneul lo observó con curiosidad, entornando los ojos.
—¿Acaso existe algún peligro acechándonos del que yo no tenga noticia?
—No, señor… no fue lo que quise decir —se apresuró a corregir el joven—.
Es solo una costumbre militar; revisar el perímetro antes de dormir para garantizar que todo esté bien.
Una pequeña sonrisa, cargada de una ironía triste, apareció en el rostro del anciano.
—Era una broma, muchacho.
No tienes de qué preocuparte, sé que solo cumples con tu deber.
Relájate un poco; ya no estás dentro de los muros del palacio.
Aquí puedes estar tranquilo.
Al escuchar aquello, los hombros del Bujang cayeron y dejó escapar un largo suspiro de alivio.
La hospitalidad de aquel hombre, a quien él debía espiar por orden de Min, le pesaba en el alma como el plomo.
—Gracias por su hospitalidad, señor —dijo con sinceridad.
—Mañana iremos temprano al Cheomseongdae —anunció el padre—.
Quiero que todos sepan por qué estás aquí y que conozcas de cerca nuestro trabajo.
Pero dime… ¿cómo está el Rey realmente?
Me imagino que el palacio debe ser un absoluto caos.
—Así es, señor.
Las puertas han sido selladas por completo —respondió Kang-dae con voz grave.
—Ahh… —susurró el padre de Haneul, frotándose la barbilla con gesto pensativo.
Tras una pausa, susurró con un veneno que no pudo ocultar—: Me imagino que el señor Min está a cargo de todo allí dentro.
¡Ese maldito!
Se trae algo oscuro entre manos… —¿Qué dijo, señor?
—preguntó Kang-dae, aunque creía haber escuchado bien.
—No es nada —cortó el padre, recuperando su semblante serio—.
Ve a descansar.
Mañana nos espera un largo día en el observatorio.
Kang-dae salió del estudio del padre de Haneul con el corazón pesado, sintiendo que cada paso que daba era una traición a la confianza que aquel hombre acababa de depositar en él.
Al cruzar el umbral hacia el patio central, el aire gélido de la noche le golpeó el rostro, pero no fue suficiente para calmar la agitación de su mente.
Se detuvo en mitad del patio, rodeado por las sombras de los aleros que se proyectaban sobre el suelo de piedra como garras negras.
Fue entonces cuando la vio.
Haneul estaba allí, apoyada contra una de las columnas de madera, con el rostro parcialmente oculto por la penumbra.
No se movía; parecía una estatua de jade esperando el juicio final.
Sus ojos, brillantes por el frío o quizás por las lágrimas retenidas en el risco, se clavaron en él con una intensidad que lo obligó a detenerse en seco.
—¿Has terminado de hablar con mi padre?
—preguntó ella, su voz apenas un susurro que cortaba el silencio de la noche.
Kang-dae no respondió de inmediato.
La distancia entre ellos parecía un abismo infranqueable, lleno de secretos y amenazas de palacio.
—Mañana iremos al observatorio —se limitó a decir él, tratando de recuperar su tono de oficial—.
Tu padre cree que debo conocer su trabajo.
Haneul dio un paso hacia la luz de la luna, dejando que la claridad revelara la angustia en su semblante.
Se acercó lo suficiente para que él pudiera oler el aroma a pino y frío que emanaba de su ropa.
—Dime la verdad, Kang-dae —dijo ella, clavando sus dedos en la tela de su capa—.
Mi padre confía en ti porque cree que el Rey te envió.
Pero yo te vi en el risco, vi cómo me mirabas… ¿Mi padre está realmente a salvo contigo?
Kang-dae apretó los puños a los costados.
Quiso decirle que moriría antes de permitir que Min les pusiera una mano encima, quiso confesarle, pero las palabras se atascaron en su garganta.
El silencio se prolongó, denso y doloroso, mientras una nube ocultaba la luna, sumiéndolos a ambos en una oscuridad total.
“Si llegaste hasta aquí, gracias.
¿Te quedarías a ver qué pasa con ella?”
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