Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 28
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Capítulo 28: Capitulo 27: Una trampa en el Cheomseongdae
Mi padre suspiró, aliviado por mi cambio de tono, pero Kang-dae no apartaba los ojos de las mesas. Él observaba cómo mis manos buscaban instintivamente los pinceles y el papel, y supe que mi “coartada” de hija preocupada por la limpieza no lo estaba convenciendo del todo. Él veía más allá de la superficie.
Dentro del Cheomseongdae, el aire era diferente. No era solo el aroma a tinta vieja y papel seco; era la lealtad. Todos los eruditos de confianza, aquellos que habían envejecido bajo la tutela de mi padre, conocían la verdad: yo era quien trazaba los mapas que se enviaban al palacio. Eran mis cómplices silenciosos, unidos por un respeto profundo hacia mi padre y un afecto casi familiar hacia mí. En ese lugar, mi secreto no era una carga, sino un tesoro protegido por muchos.
Uno de los eruditos se acercó a saludarnos con una reverencia exagerada, distrayendo a Kang-dae con preguntas técnicas sobre el palacio. Aproveché la escena perfecta para escabullirme. Mi padre siempre mantenía mis utensilios en el mismo rincón de su oficina privada, respetando mi espacio incluso cuando yo no estaba.
Me deslicé dentro del despacho y cerré la puerta tras de mí. Allí estaba mi mesa, mi pincel de pelo de lobo y el papel hanji esperando. Pero, al acercarme, mi corazón se detuvo.
Sobre mi escritorio, justo encima del mapa del cielo que estaba terminando, descansaba un objeto que no debería estar allí. Era una insignia real de bronce, la que usan los inspectores directos del Consejero Min. No estaba oculta; estaba puesta ahí como un mensaje.
Sentí una presencia detrás de mí. Antes de que pudiera girarme para ocultar mis instrumentos de dibujo, la puerta se abrió de nuevo. No era mi padre, ni uno de los eruditos. Era Kang-dae, quien se había desprendido de la distracción y me observaba con una mirada que ya no era de admiración, sino de una fría y dolorosa comprensión. Sus ojos viajaron de mis manos al mapa que estaban en la habitación.
—Así que es cierto —susurró él, y el sonido de su voz fue como el cierre metálico de una trampa.
Kang-dae cerró los dedos alrededor del emblema, como si pudiera ocultarlo.
—Si no hubiera venido hoy… —su voz se quebró apenas— nada de esto existiría.
Haneul sintió que el frío no venía del viento, sino del destino que acababa de alcanzarlos.
El aire en la pequeña oficina se volvió pesado, irrespirable. El secreto que los había unido en silencio acababa de revelarse, y con él, la certeza de que el refugio ya no existía.
La cacería de Min Seok-ryeon había llegado al corazón del Cheomseongdae.
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