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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - Capítulo 32: La Corte de los Lobos
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Capítulo 32: La Corte de los Lobos

Kang-dae y sus hombres peinaron cada rincón del área, rastreando huellas entre la maleza y las sombras de los muros del observatorio. Sin embargo, en el fondo de su alma, el Bujang sabía que no buscaban a un simple ladrón. Sabía que el señor Min había empezado a desconfiar y que, probablemente, aquel intruso era el espectro de su señor, enviado para obtener la información que él estaba ocultando.

Entendió con una amargura fría que sus mensajes cortos y evasivos ya no tendrían impacto. El tiempo de las palabras se había agotado; ahora, tenía que actuar antes de que el mundo que intentaba proteger se viniera abajo.

Al entrar en sus aposentos esa misma noche, Kang-dae tomó una decisión suicida: iría él mismo al palacio. No enviaría a otro mensajero. Cruzaría los umbrales de la corte para entregar el informe en persona. Quería mirar a los ojos al señor Min, sentir el peso de su ambición y descifrar, entre los pliegues de su cortesía falsa, cuáles serían sus siguientes movimientos.

Preparó su caballo bajo el manto de la madrugada, usando como pretexto la urgencia de entregar el informe y el deber de informarse sobre la salud declinante del monarca. Pero en el fondo, Kang-dae sabía que se dirigía al epicentro de la tormenta, donde un solo paso en falso revelaría que el soldado más fiel del reino se había convertido en el protector de la mayor traición.

Habían pasado varias noches de viaje antes de que las imponentes puertas del palacio se alzaran frente a Kang-dae. Dentro de aquellos muros, el aire era denso y ponzoñoso; en ese mismo instante, el señor Min se encontraba reunido con su cónclave más cercano, conspirando contra la corona entre sorbos de té y promesas de poder.

Bajo un cielo blanqueado y carente de estrellas —como si el firmamento mismo se negara a presenciar la traición—, el joven Bujang cruzó el umbral principal acompañado por dos de sus hombres de confianza. Sin embargo, su verdadera ventaja lo esperaba en la penumbra del patio trasero.

Allí, oculto entre las sombras de las caballerizas, su tercer soldado leal aguardaba para informarle de cada movimiento que Min había realizado en su ausencia. Porque Kang-dae no era ingenuo: sabía que, a pesar del afecto mutuo que ambos fingían profesar, su relación era un campo de minas. Tenía claro que el día en que dejara de ser útil a los propósitos de Min, su cabeza rodaría por el suelo sin vacilación.

Por eso, antes de partir hacia el observatorio, había dejado atrás a su hombre más sagaz, alguien cuya lealtad era tan absoluta que preferiría la muerte antes que revelar el nombre de su señor. Mientras Min creía tener el control total, Kang-dae ya había plantado sus propios ojos en el corazón de la red de la araña. El juego ya no era de uno solo; ahora, los dos depredadores estaban en el mismo terreno.

—Subgeneral, recibí su mensaje. Me alegra que haya llegado con bien —exclamó el soldado con un hilo de voz, emergiendo de las sombras del patio.

Kang-dae no necesitó hablar. Giró levemente la cabeza hacia los dos hombres que lo escoltaban; ellos, entendiendo la orden silenciosa, se dispersaron de inmediato para vigilar el perímetro, dejando a los dos hombres en una privacidad tensa.

—¿Cómo están las cosas aquí? —preguntó el joven Bujang, con la mandíbula apretada.

—Todo es un caos, señor. El señor Min gana fuerza cada día; tiene el favor de la corte y, lo que es peor, el del mismo Rey. Desde su partida, las puertas del palacio permanecen cerradas y en los pasillos solo se murmura que una desgracia irreversible ha caído sobre Joseon.

El soldado hizo una pausa, tragando saliva antes de continuar con amargura: —Afuera, la hambruna se expande como una plaga por todas las comunidades. El señor Min finge que le importa, pero en privado solo se burla del sufrimiento del pueblo. Ahora mismo, él es el único con acceso a los aposentos del Rey. Está reunido en secreto con su grupo de ladrones…

Al notar la mirada gélida de Kang-dae, el soldado bajó la cabeza rápidamente. —Disculpe mi imprudencia, señor. Me refiero a que está reunido con eruditos y nobles de las casas más poderosas de la región.

Kang-dae no respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de su espada con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La rabia le quemaba las venas, no solo por la traición al trono, sino por la hipocresía de Min. Puso una mano firme sobre el hombro de su subordinado, un gesto de gratitud y camaradería.

—Gracias por la información y por mantenerte firme en tu puesto —dijo Kang-dae, su voz ahora era un susurro letal—. Vamos a esos aposentos. Es hora de verle la cara a la traición.

Con el acero de su espada listo y el corazón endurecido, el Bujang avanzó hacia el corazón del palacio, decidido a interrumpir la reunión que definiría el futuro del reino.

Kang-dae llegó a los aposentos, pero no entró por la puerta principal. Se deslizó en una estancia contigua, separada de la reunión apenas por un fino panel de madera y papel. Al otro lado, el sonido de las risas y el tintineo de las tazas de porcelana le revolvieron el estómago. Las jerarquías más poderosas del reino carcajeaban sobre la agonía del Rey y brindaban té amargo por un plan que marchaba a la perfección.

Las jerarquías más poderosas del reino carcajeaban sobre la agonía del Rey y brindaban por un plan que marchaba a la perfección.

Pero entonces, una voz familiar congeló la sangre en sus venas. Kang-dae se quedó atónito, con la respiración suspendida: era la voz de su propio general. Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que el hombre a quien más admiraba, su mentor en el arte de la guerra, estaría sentado a la mesa de los lobos.

—El destierro es inevitable —escuchó decir al General entre risas—. Con el Rey incapacitado por su salud, la culpa recaerá enteramente sobre el erudito del Cheomseongdae. Diremos que sus cálculos erróneos maldijeron el trono.

El mundo de Kang-dae se tambaleó. No solo estaban conspirando contra la corona, sino que el mejor amigo del padre de Haneul estaba tejiendo la soga para su cuello. La ira de Kang-dae sobrepasó todo límite; su rostro era una máscara de furia contenida y asco. Sabiendo que no podía enfrentarse a todos ellos solo en ese instante, decidió retirarse para actuar, pero su agitación lo traicionó.

Al intentar salir con rapidez, su bota tropezó con un objeto decorativo que cayó al suelo con un estrépito metálico. El silencio al otro lado de la pared fue instantáneo y aterrador.

—¿Quién está ahí? —tronó la voz del señor Min, perdiendo toda su alegría.

Kang-dae no esperó a escuchar más. Salió corriendo por los pasillos en penumbra, consciente de que el sonido había alertado a los lobos. Ahora ya no solo era un espía que sabía demasiado; era una presa marcada en el corazón de su propio hogar.

El General se puso en pie con la rapidez de un depredador y abrió de golpe la puerta del aposento. Con un grito de mando, ordenó a sus guardias registrar cada rincón del palacio y dar caza al intruso. Mientras tanto, el señor Min permanecía en un silencio sepulcral, con la mirada fija en el techo y el rostro ensombrecido por una preocupación que no lograba articular.

Kang-dae, sin embargo, conocía los pasillos como la palma de su mano. Logró evadir la vigilancia y salió del palacio convertido en una sombra, cabalgando sin descanso hasta llegar a su casa donde vivían su madre y su hermano menor. Sus dos guardias de confianza, anticipándose a cualquier peligro, se desplegaron por los alrededores antes de que él siquiera tocara la puerta.

Cuando su madre abrió y lo vio allí, a tan altas horas de la noche, una punzada de angustia le atravesó el pecho. No era propio de él aparecer sin aviso, y menos con esa expresión que cargaba el peso de mil batallas.

—¿Estás bien, hijo mío? —preguntó ella con la voz quebrada.

Kang-dae no respondió con palabras. Se abalanzó sobre los hombros de su madre, hundiéndose en su abrazo como alguien que lo ha perdido todo y busca desesperadamente un ancla. Ella lo sostuvo con fuerza bajo la espesa noche, comprendiendo que el hombre que el reino llamaba Bujang, en ese momento, solo era un niño asustado por la maldad del mundo.

Poco después, mientras la madre preparaba algo de comer con manos temblorosas pero amorosas, Kang-dae salió al patio delantero. Allí, entre las sombras del jardín, comenzó a jugar con su hermano menor a ser soldados. El pequeño reía, imitando los movimientos de su héroe, mientras su madre los observaba desde la cocina con una mezcla de orgullo y tristeza. Ver a sus dos hijos juntos, unidos por el juego y la sangre, era el único milagro que necesitaba, aunque presentía que esa paz sería tan efímera como el rocío de la mañana.

Con el paso de los días, una calma tensa se instaló en el observatorio. Haneul recuperó la libertad de entrar y salir de las salas de estudio, aunque ahora sentía siempre la mirada vigilante y protectora de su padre sobre ella. Sin embargo, esa libertad sabía a ceniza. Sus jornadas transcurrían entre el estudio del firmamento y el trazado de mapas, pero sus ojos ya no buscaban estrellas, sino recuerdos.

El risco se convirtió en su santuario y su tortura; lo frecuentaba cada noche, allí donde el viento todavía parecía susurrar el nombre del joven Bujang. La felicidad que antes radiaba su rostro, incluso en los momentos de mayor peligro, se había evaporado. Su mirada se volvió opaca, perdiendo ese brillo chispeante que la caracterizaba.

Su padre observaba el declive de su hija en silencio. Como sabio y como padre, sabía perfectamente que el corazón de Haneul se había marchado con Kang-dae, pero prefería ignorar el asunto, esperando que el tiempo fuera el remedio para un mal que él mismo no sabía cómo sanar.

Incluso su momjong (criada personal) intentaba consolarla, leyéndole poemas de amor y naturaleza bajo la luz de las lámparas de aceite. Pero Haneul no escuchaba. Suspendida en un limbo emocional, parecía vivir entre otros mundos y otras constelaciones, habitando un universo donde el único habitante era el hombre que se había llevado su paz y su tinta.

Pero las sombras, persistentes y hambrientas, volvieron a acechar el observatorio. Una tarde, al entrar en su estudio, Haneul se detuvo en seco: el aire en la habitación se sentía diferente, profanado. Sus mapas y escritos, aquellos que custodiaba con tanto celo, estaban desparramados por el suelo como si una mano frenética hubiera hurgado entre ellos buscando un secreto oculto.

—Todo parece estar en su lugar… —susurró con voz agotada, tratando de convencerse a sí misma mientras recogía los pergaminos con dedos temblorosos.

Sin embargo, un instinto primario la obligó a mirar por la ventana. A lo lejos, recortado contra el horizonte, pudo divisar una figura que le heló la sangre: el hombre del pañuelo azul montado en su caballo, observando el edificio como un cuervo esperando su momento. Haneul se asomó desesperadamente para identificarlo con claridad, pero el espectro del señor Min, consciente de haber sido descubierto, espoleó a su montura y desapareció entre la espesura antes de que ella pudiera reaccionar.

El pánico se apoderó de ella. Corrió hacia el exterior del observatorio, buscando rastro de la figura, pero el camino estaba desierto. Sin pensarlo dos veces, montó su propio caballo y cabalgó a galope tendido hacia su casa, con el corazón en la garganta y la imagen de su padre siendo arrestado martilleando en su mente.

Al llegar, la imagen que la recibió fue el polo opuesto a su caos interno. Su padre estaba sentado en el patio, bebiendo su té con parsimonia mientras disfrutaba de la paz de un atardecer teñido de oro. Haneul soltó un sollozo ahogado, una mezcla de alivio y agotamiento, y caminó lentamente hacia él.

El erudito, al ver el cabello alborotado de su hija y las perlas de sudor que le cubrían la frente, dejó la taza sobre la mesa con preocupación.

—¿Haneul? ¿Estás bien? —le preguntó, escudriñando su rostro.

—Sí, padre… —respondió ella, tratando de recuperar el aliento—. ¿Alguien te ha visitado hoy?

—No, nadie. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Acaso pasó algo en el observatorio?

Haneul bajó la mirada, incapaz de confesar que el enemigo ya estaba dentro de sus muros. —No, padre… nada —susurró, mientras sentía que el sol que se ponía se llevaba consigo la última pizca de seguridad que les quedaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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