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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 35

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Capítulo 35: Las Piezas del Tablero

Haneul caminó hacia sus aposentos sin apresurar el paso, pero con una rigidez que hacía crujir el aire a su alrededor. No era debilidad lo que la sostenía erguida, sino orgullo herido. Cada tablón de madera bajo sus pies parecía marcar el final de una ilusión que ella misma había permitido crecer.

Al entrar, el vapor del baño la envolvió con suavidad. Se despojó del hanbok sin ayuda y descendió al agua caliente con una calma que no sentía. No buscaba limpieza. Buscaba silencio.

Su momjong vertía esencias de flores en la tina mientras hablaba con la ligereza habitual de las cocinas.

—Las sibi no dejan de comentar lo apuesto que es el joven Bujang. Dicen que los patios se sienten vacíos sin su presen—

—Basta.

No fue un grito. Fue una palabra firme, baja, pero afilada.

La criada se quedó inmóvil.

Haneul no levantó la voz. No la necesitaba.

—Ese nombre no volverá a pronunciarse en esta casa en mi presencia.

El agua apenas se movía alrededor de sus hombros. Sus manos descansaban sobre el borde de la tina, inmóviles.

—Si escucho un solo susurro más sobre él, asumiré que mis órdenes no son respetadas.

No había furia en su tono. Solo decisión.

La momjong inclinó la cabeza con rapidez.

—Sí, señorita.

Cuando quedaron solas, Haneul cerró los ojos y se hundió lentamente bajo el agua. El mundo se volvió distante, ahogado. Allí, en el fondo tibio, no existían el palacio, ni el Rey, ni el Bujang.

Al emerger, el aire le supo a hierro.

Se miró las manos. La tinta había desaparecido, pero la marca que él había dejado no.

Comprendió entonces algo que dolía más que cualquier traición: no había sido engañada por un enemigo. Había sido engañada por su propia esperanza.

El hombre que creyó protector era, ante todo, un hombre del palacio.

Y el palacio no protegía. Devoraba.

Haneul apoyó la espalda contra la cerámica y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

No lloró.

No tembló.

Simplemente decidió.

El cielo volvería a ser suyo.

Pero esta vez, no lo miraría con ingenuidad, sino con cálculo.

Si el Bujang creía haberla descubierto, estaba equivocado.

La cacería no había terminado.

Apenas comenzaba.

A la mañana siguiente, antes de que el cielo anunciara el amanecer, Haneul ensilló su caballo en silencio y partió hacia el observatorio. El aire aún estaba frío y el mundo parecía suspendido entre la noche y el día, como si el tiempo mismo dudara en avanzar.

Al llegar, no perdió un instante. Cerró las puertas con firmeza y comenzó a reunir cada mapa, cada pergamino y cada anotación que pudiera comprometerla si caían en manos equivocadas. Con movimientos meticulosos, guardó los cálculos más delicados y ocultó los registros que revelaban su verdadera autoría.

Reordenó el estudio dejando únicamente los escritos ocasionales de su padre, aquellos que nadie cuestionaría. Borró cuidadosamente cualquier rastro de su presencia: limpió la tinta fresca, retiró los pinceles y cerró el tintero de meok como si clausurara una parte de sí misma.

Estaba más decidida que nunca a proteger el secreto. Y si para lograrlo debía apartar, aunque fuera por un tiempo, el pincel y la piedra de tinta que habían sido su refugio, estaba dispuesta a correr ese riesgo.

Su mente, entrenada para encontrar orden en el caos de las galaxias, empezó a trazar un plan. Si Min quería un secreto, ella le daría uno. Si Min quería un culpable, ella inventaría un monstruo. La mirada del palacio estaba clavada en el observatorio, y la única forma de arrancarla era provocando un incendio —físico o político— que obligara a los conspiradores a correr en la dirección opuesta.”

Mientras Haneul reorganizaba el observatorio, ignoraba que en el palacio los acontecimientos ya se movían fuera de su control.

Kang-dae fue enviado a la frontera junto a su batallón. Partió con la tristeza clavada en los ojos, pero como todo Bujang llamado al campo de batalla, no tuvo derecho a titubear. El deber no admitía despedidas ni advertencias. Se marchó sin poder alertar a Haneul de lo que había descubierto en los aposentos del palacio, dejando tras de sí un silencio peligroso.

Una mañana gris, cuando la salud del monarca pendía de un hilo invisible, el Rey ordenó llamar a uno de los eruditos más antiguos y respetados del reino: Lord Yi Seong-jae, antiguo Yeonguijeong (Primer Consejero de Estado retirado).

Su familia había servido a Joseon por generaciones. Jamás participaron en purgas ni en conspiraciones, y su linaje era sinónimo de rectitud. El Rey lo apreciaba profundamente y, aun retirado, lo convocaba en ocasiones para asuntos delicados que requerían juicio moral y experiencia política.

Después de Min Seok-ryeon, era el único hombre cuya palabra aún pesaba ante el trono.

El Rey sabía que Lord Yi desconfiaba de Min y de la forma en que manejaba ciertos asuntos dentro de la corte. Por eso lo mandó a buscar en secreto: deseaba consultarle personalmente sobre rituales, equilibrios celestes y decisiones morales que podrían definir el destino del reino.

Cuando Lord Yi recibió el mensaje real, no dudó en acudir de inmediato. Hacía tiempo que no veía al monarca, y la solicitud era más que un honor: era una señal de que el Rey aún buscaba consejo fuera de la sombra de Min.

Además, la visita le brindaría la oportunidad de ver a su hijo, Yi Jun-ho, quien servía como Daesagan, Jefe de la Oficina de Censura (Saganwon), una de las instituciones más poderosas y peligrosas del palacio.

Consciente del estado médico del Rey, Lord Yi no acudió con las manos vacías. Mandó llamar a un Yakcho-ui, un herbolario experto, para preparar mezclas aromáticas y medicinales dignas del monarca. No eran simples hierbas: eran un gesto de lealtad antigua, un recordatorio silencioso de que aún existían hombres que servían al trono y no a la ambición.

Mientras el palacio se cerraba sobre sí mismo como una flor marchita, una vieja alianza comenzaba a despertar.

Bajo el cielo pálido de la mañana, Lord Yi Seong-jae cruzó las puertas del palacio como un árbol antiguo que vuelve a erguirse en medio de una tormenta.

Cuando su nombre fue anunciado en los corredores, incluso el murmullo constante de los funcionarios se apagó, como si la propia corte recordara, de pronto, el peso de la palabra rectitud.

Desde el interior de los aposentos reales, una voz debilitada pero aún autoritaria ordenó su entrada.

Lord Yi avanzó con paso firme y, al llegar ante el lecho del monarca, realizó una reverencia profunda, inclinándose con el respeto que solo los años de lealtad sincera pueden sostener.

—¿Cómo se encuentra Su Majestad? —preguntó con serenidad—. He escuchado que su salud no ha sido favorable. Me permití traerle algunas hierbas preparadas por un Yakcho-ui de mi entera confianza. Quizás puedan aliviar sus dolencias.

Tomó el cofre de manos de su escolta y lo sostuvo frente al Rey con solemnidad.

El monarca, pálido y visiblemente debilitado, alzó una mano temblorosa y señaló a uno de sus sibi, indicándole que recogiera el cofre y lo entregara al Naeui, el Médico Real.

Luego, con un leve gesto de los dedos, ordenó que todos abandonaran la estancia.

Las puertas se cerraron.

El silencio que quedó fue más pesado que el incienso que aún ardía en los pebeteros.

—Siéntate, Consejero Yi —murmuró el Rey.

Lord Yi obedeció.

El monarca lo observó durante unos segundos, como si buscara en su rostro la estabilidad que el reino había perdido.

—Gracias por venir a verme con tanta prontitud.

—Me alegra saber que Su Majestad aún me considera necesario —respondió Yi con humildad—. Y me preocupa profundamente su estado.

El Rey exhaló con dificultad.

—Como bien sabes… no estoy bien. Los médicos no logran determinar la naturaleza de mi mal. Mi cuerpo se debilita, y con él… el reino.

Hubo una pausa. El viento golpeó suavemente los paneles de papel.

—Hay asuntos que debo dejar resueltos… en caso de que el Cielo decida llamarme antes de lo previsto.

La expresión de Lord Yi se ensombreció.

—Majestad, no hable así…

—Escúchame, Yi Seong-jae —interrumpió el Rey con firmeza inesperada—. Necesito saber si aún puedo confiar en lo que veo en mi propia corte.

El silencio se volvió más denso.

—Dime —continuó el monarca—, ¿qué opinas del rumbo que ha tomado el reino… y de quienes dicen protegerlo?

Lord Yi comprendió.

Aquella no era una conversación sobre salud.

Era una confesión velada.

Con el rostro grave y el corazón cargado de presagios, respondió:

—Majestad… dígame cómo puedo servirle. Y hablaré con la verdad que siempre he sostenido, incluso si esa verdad resulta incómoda.

El Rey permaneció en silencio unos instantes antes de hablar. Su voz, aunque delgada por la enfermedad, conservaba la gravedad de quien ha gobernado un reino entero.

—Los murmullos recorren los pasillos del palacio… y lo que se susurra dentro de estas murallas ha llegado también hasta mis oídos. Se dicen demasiadas cosas, Yi Seong-jae. El reino se está dividiendo… y no alcanzo a distinguir quién ha sembrado esta fractura.

Hizo una pausa para recuperar el aliento.

—He escuchado que mi pueblo muere de hambre. Que las aldeas se vacían. Que los hombres venden sus tierras y las madres lloran en silencio. Y lo que más me atormenta… es que también he escuchado que el pueblo ya no me mira con respeto, sino con resentimiento.

Sus dedos temblaron levemente sobre las mantas de seda.

—Entre conspiraciones a mis espaldas, ya no sé a quién acudir. Mi propia corte parece inclinarse hacia intereses que no me pertenecen. La balanza del poder se inclina… y no es a mi favor.

Sus ojos, debilitados pero aún penetrantes, se clavaron en Lord Yi.

—Necesito que seas mis ojos y mis oídos. Dentro y fuera del palacio. Necesito saber quién sirve al reino… y quién sirve a sí mismo. El orden debe restablecerse. No por mi nombre, sino por Joseon.

El silencio posterior fue pesado, casi sagrado.

Lord Yi inclinó la cabeza profundamente.

—Majestad, mientras me quede aliento, mi lealtad será para el trono y para el Cielo que lo sostiene.

El Rey asintió apenas, agotado.

La conversación había terminado.

Lord Yi se levantó con solemnidad, realizó una reverencia profunda y se retiró en silencio, dejando al monarca descansar bajo el peso invisible de la corona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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