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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 38

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Capítulo 38: La inquietud del señor Min

Cuando el sol comenzó a descender y el cielo se tiñó de tonos dorados y rojizos, Han Ji-won miró a su amigo con una sonrisa hospitalaria.

—Esta casa es también la tuya —dijo con calidez—. No permitiré que regreses al palacio después de tantos años sin habernos visto. Quédate aquí esta noche.

De inmediato ordenó a los sirvientes que prepararan el aposento de visitas.

El consejero Yi inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.

—Si no es una molestia, me gustaría que mi hijo y yo nos quedáramos aquí algunos días.

Han Ji-won soltó una breve carcajada.

—¿Molestia? Al contrario. Puedes quedarte todo el tiempo que desees.

Acto seguido llamó a uno de sus eunucos.

—Prepara un pequeño banquete para nuestros invitados —ordenó con entusiasmo—. Que haya música esta noche. Quiero celebrar la visita de mi viejo amigo.

El consejero Yi sonrió con cortesía, aunque en su interior sabía que aún no le había revelado la verdadera razón de su visita.

Han Ji-won continuó dando instrucciones.

—Y avisa a las momjong de mi hija que hoy tendremos invitados muy especiales.

El consejero Yi levantó las cejas con curiosidad.

—No me habías dicho que tenías una hija.

Han Ji-won soltó una risa ligera.

—Disculpa, en medio de tantas historias olvidé mencionarlo. Esta noche tendrás la oportunidad de conocerla.

El consejero Yi intercambió una breve mirada con su hijo, intrigado por aquella revelación.

Sin saberlo, aquella noche no solo marcaría el reencuentro de dos viejos amigos…

sino también el inicio de un encuentro que podría cambiar el destino de todos los que habitaban bajo ese mismo cielo.

La noticia no tardó en expandirse por los pasillos del palacio.

Los funcionarios murmuraban en voz baja, los eunucos intercambiaban miradas inquietas y los rumores viajaban de un patio a otro como hojas arrastradas por el viento. Muy pronto, aquella información llegó a los oídos del hombre que menos deseaba escucharla.

La llegada del antiguo Yeonguijeong Yi Seong-jae cayó sobre Min como un balde de agua helada.

Era algo que no había previsto.

Sin perder tiempo, solicitó audiencia inmediata con el Rey, quien aún yacía enfermo en sus aposentos.

Cuando el nombre de Min fue anunciado, el monarca ordenó que lo dejaran pasar.

Min entró con la elegancia contenida de un hombre acostumbrado al poder. Se inclinó profundamente ante el lecho real.

—Espero que su majestad se encuentre mejor esta mañana.

El Rey, pálido y debilitado, lo observó en silencio antes de responder con una voz débil.

—Mi salud no ha mejorado… pero sigo respirando.

Min guardó silencio un instante antes de lanzar la pregunta que realmente lo había traído allí.

—He escuchado que el antiguo Primer Consejero de Estado, Yi Seong-jae, fue convocado al palacio por orden de vuestra majestad.

¿Todo se encuentra en orden?

El Rey acomodó lentamente su cuerpo sobre los cojines.

—Sí. Lo hice venir porque deseaba consultar con él algunos asuntos del reino. En mi estado actual… su experiencia puede ser de gran ayuda.

Min entrecerró los ojos.

—Majestad… ¿acaso cree que no puedo ser sus ojos y sus oídos dentro del palacio?

El Rey lo miró con una expresión más severa.

—¿Por qué haces esa pregunta?

Min inclinó ligeramente la cabeza, aunque la tensión en su voz era evidente.

—Hasta ahora le he servido con absoluta fidelidad. He llevado los asuntos del reino con la mayor diligencia.

No comprendo por qué vuestra majestad necesita recurrir a un consejero que ya se ha retirado de la corte.

El silencio que siguió fue pesado.

El Rey lo observó con una mirada que, pese a su enfermedad, aún conservaba autoridad.

—¿Estás cuestionando mis decisiones?

Min bajó la mirada de inmediato.

—Jamás me atrevería, majestad.

Pero el Rey continuó hablando.

—La familia Yi ha servido a este reino durante generaciones. Su consejo siempre ha sido valioso para la corona.

Min inclinó la cabeza aún más profundamente.

—Discúlpeme, majestad. No era mi intención cuestionar su voluntad.

Este humilde servidor solo desea lo mejor para el palacio.

Hizo una reverencia forzada, manteniendo la mirada clavada en el suelo.

—Le deseo una pronta recuperación, mi rey.

Sin esperar respuesta, Min se retiró de los aposentos.

Las puertas se cerraron tras él.

Mientras avanzaba por los pasillos del palacio, su rostro se endureció lentamente. La máscara de obediencia desapareció, dejando al descubierto la ira que hervía bajo la superficie.

La llegada de Yi Seong-jae no era una simple visita.

Era una amenaza.

Y Min sabía que, si aquel viejo consejero empezaba a mover piezas dentro de la corte, su dominio sobre el palacio podría comenzar a resquebrajarse.

Sus pasos resonaron con furia contenida sobre el suelo de piedra.

El juego político acababa de volverse mucho más peligroso.

La momjong fue enviada a los aposentos de Haneul para informarle que aquella noche habría invitados y que su padre celebraría un banquete en honor a su visita.

Cuando la sirvienta entró en la habitación, Haneul estaba sentada junto a la ventana, observando el cielo con una expresión ausente.

—Señorita —anunció con una ligera reverencia—, su padre ha ordenado preparar un banquete esta noche. Ha llegado un viejo amigo suyo junto a su hijo, y desean celebrar su visita.

Haneul ni siquiera giró la cabeza.

—No asistiré —respondió con calma.

La momjong parpadeó, sorprendida.

—¿Se encuentra bien, señorita?

—Prefiero quedarme en mis aposentos esta noche.

La mujer dudó un instante antes de insistir.

—El invitado es un amigo de la infancia de su padre. Ha venido acompañado de su hijo, el Daesagan del Saganwon. Se quedarán algunos días en la residencia.

Haneul suspiró con cansancio.

—Aun así no asistiré.

Si puedes, ofrece mis disculpas a mi padre y a los invitados de mi parte.

La momjong la observó con atención. La conocía desde que ambas eran niñas, y algo en el semblante de la joven la inquietaba profundamente.

—Señorita… —dijo con cautela—. Lleva mucho tiempo actuando de una manera distinta. Su rostro ya no es el mismo. Antes disfrutaba cada amanecer y cada atardecer como si fueran un regalo del cielo.

Pero ahora… siempre la encuentro pensativa.

Hizo una pausa antes de preguntar con suavidad:

—¿Por qué ha cambiado tanto?

Haneul finalmente giró el rostro hacia ella. Sus ojos estaban serios, más fríos de lo habitual.

—¿No crees que esa pregunta va más allá de tus labores?

La momjong bajó la mirada de inmediato.

—Ve —continuó Haneul con firmeza— y dile a mi padre lo que te he ordenado.

La mujer se inclinó con rapidez, como quien teme haber cometido una ofensa.

—Disculpe mi atrevimiento, señorita.

Se retiró en silencio.

Mientras caminaba por el pasillo, murmuró para sí misma:

—Definitivamente algo le sucede a la señorita…

El mensaje fue transmitido de inmediato al eunuco de la casa.

Poco después, su presencia fue anunciada en el salón donde el padre de Haneul se encontraba con sus invitados. Cuando entró, avanzó con discreción hasta situarse a una distancia tan cercana que solo su señor podía escucharlo.

Inclinándose ligeramente, susurró:

—Mi señor… la señorita Haneul se encuentra indispuesta y no podrá asistir al banquete de esta noche.

El padre de Haneul escuchó en silencio.

Luego hizo un leve gesto con la mano, indicando al eunuco que podía retirarse.

Cuando el eunuco salió de la sala, Han Ji-won permaneció unos segundos en silencio. Había escuchado entre líneas lo que el mensajero acababa de decir, y aunque su rostro no lo mostraba, una leve preocupación se instaló en su interior.

Aun así, se volvió hacia sus invitados con una sonrisa cortés.

—Les pido disculpas —dijo con calma—. Mi hija no podrá acompañarnos esta noche; parece no encontrarse bien.

El consejero Yi Seong-jae agitó la mano con naturalidad.

—No te preocupes por eso, viejo amigo. Déjala descansar. Mañana tendremos tiempo de conocerla.

La velada continuó sin mayores interrupciones.

La noche se fue cerrando lentamente sobre la residencia, y entre risas, anécdotas y tazas de té, los viejos amigos parecían haber regresado a los días de su juventud.

Hacía mucho tiempo que Han Ji-won no sonreía de aquella manera, ni que su casa resonaba con la alegría de un pequeño festejo.

Sin embargo, lejos de aquella atmósfera cálida, Haneul se encontraba sumida en un torbellino de pensamientos.

La inquietud en su pecho se había vuelto insoportable, y finalmente decidió abandonar sus aposentos para tomar aire.

Salió hacia el patio trasero con pasos lentos.

Ya no subía al risco como antes.

Para ella, aquel lugar se había convertido en un territorio prohibido, un espacio sellado por recuerdos que aún dolían demasiado.

Mientras tanto, en el interior de la casa, Yi Jun-ho observaba la velada con discreta cortesía. Tras un rato, decidió retirarse, dejando que su padre y su anfitrión continuaran disfrutando de su conversación.

Caminó hacia el pasillo que conducía a los aposentos de huéspedes.

Pero antes de llegar, algo llamó su atención.

A lo lejos, una silueta femenina cruzaba el patio trasero.

Jun-ho se detuvo.

Sin hacer ruido, siguió aquella figura con pasos tan ligeros como una pluma.

En el patio, Haneul se detuvo bajo el cielo nocturno. Levantó el rostro hacia las estrellas, buscando en ellas la única paz que aún era capaz de encontrar.

La noche estaba tranquila, y el firmamento se extendía sobre ella como un manto infinito.

Desde la distancia, Yi Jun-ho, sin saber aún quién era aquella mujer, la observó en silencio.

Había algo en su forma de contemplar el cielo que lo dejó inmóvil.

No parecía mirar las estrellas como alguien que simplemente las admira…

sino como alguien que las comprende.

Y por primera vez desde su llegada al observatorio, la curiosidad del joven Daesagan hacia esa joven comenzó a despertar.

A la mañana siguiente, Haneul acudió al desayuno junto a su padre y los invitados que habían llegado la noche anterior.

Al entrar en el salón, realizó una reverencia respetuosa. Su rostro era difícil de descifrar: en él se mezclaban la tristeza y una incertidumbre silenciosa que parecía pesarle en los hombros.

Han Ji-won lo notó de inmediato.

Su hija caminó hasta su asiento sin levantar la mirada. Con la cabeza ligeramente inclinada, evitaba encontrarse con los ojos de los presentes.

—Hija —dijo su padre con tono cordial—, permíteme presentarte a nuestros invitados.

Haneul inclinó la cabeza nuevamente en señal de saludo, aunque sus ojos permanecieron fijos en la mesa.

—Este es mi viejo amigo, el consejero Yi Seong-jae —continuó Han Ji-won—. Y a su lado se encuentra su hijo, Yi Jun-ho, quien actualmente sirve como Daesagan del Saganwon.

Haneul realizó otra breve reverencia.

—Es un honor conocerlos —murmuró con voz suave, sin alzar aún la mirada.

Mientras los sirvientes comenzaban a servir el desayuno, los dos viejos amigos retomaron su conversación con entusiasmo. Hablaron de los años pasados, de la corte, del reino… y finalmente, como suele ocurrir entre hombres de su edad, comenzaron a hablar con orgullo de sus propios hijos.

Entre risas y comentarios llenos de admiración, el consejero Yi observó a Haneul por un momento antes de soltar, casi como quien deja caer una broma entre líneas:

—Debo decir, viejo amigo… que si todas las jóvenes del reino fueran como tu hija, muchos padres dormirían más tranquilos. De hecho —añadió con una sonrisa traviesa—, sería la hija perfecta para entrar en mi familia.

El comentario cayó en la mesa como una piedra lanzada al agua.

Yi Jun-ho, que en ese momento bebía té con aparente tranquilidad, se atragantó de inmediato.

El líquido salió disparado mientras comenzaba a toser violentamente.

—¡Padre! —alcanzó a decir entre tosidos, completamente ruborizado.

Han Ji-won soltó una carcajada profunda, mientras los sirvientes se apresuraban a ofrecerle un pañuelo.

Sin embargo, en medio de aquella escena casi cómica, Haneul permanecía inmóvil.

Su cabeza seguía inclinada.

Su mirada continuaba perdida en algún punto invisible de la mesa.

Como si aquella conversación… no le perteneciera.

O como si su mente estuviera muy lejos de aquella habitación.

Y por un instante, tanto Han Ji-won como Yi Jun-ho comprendieron, cada uno a su manera, que algo en el corazón de Haneul estaba profundamente perturbado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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