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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 41

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Capítulo 41: El Juego de la Sospecha

Durante unos instantes, Min Seok-ryeon permaneció en silencio.

Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la mesa mientras observaba los mapas y reportes extendidos frente a él. No necesitaba leerlos. Aquellos documentos eran solo herramientas, piezas de un tablero mucho más grande.

El verdadero juego se movía fuera de los pergaminos.

Min levantó lentamente la mirada hacia uno de los eunucos que aguardaban junto a la puerta.

—Hazlo entrar.

El eunuco inclinó la cabeza y desapareció tras los paneles de madera.

Momentos después, una figura emergió desde la penumbra del corredor.

El hombre caminaba con pasos silenciosos, como alguien acostumbrado a existir en los márgenes del poder. Su rostro permanecía parcialmente oculto bajo la sombra de su sombrero, pero el pañuelo azul atado alrededor de su cuello era imposible de confundir.

Era el mismo hombre que había sido visto merodeando los alrededores del observatorio.

El mismo hombre que había desaparecido entre los árboles antes de que Haneul pudiera identificarlo.

Se detuvo frente a Min y realizó una reverencia breve.

—Mi señor.

Min lo observó con calma.

—Parece que tus habilidades para moverte entre las sombras siguen siendo útiles.

El hombre del pañuelo azul no respondió. Sabía que las palabras eran un lujo innecesario en presencia de alguien como Min.

—He recibido informes de tu visita al observatorio —continuó Min—. ¿Encontraste algo?

El espía levantó ligeramente la cabeza.

—Los mapas están siendo escritos allí… pero no por la mano que todos creen.

Min entrecerró los ojos.

—¿Estás seguro?

—No completamente, mi señor —respondió con cautela—. Pero algo no encaja. El erudito Han Ji-won no es quien trabaja las noches enteras sobre los pergaminos.

Min apoyó lentamente los codos sobre la mesa.

Aquella confirmación parcial era más valiosa que una certeza absoluta.

Porque en política, la duda era a menudo más poderosa que la verdad.

—Eso es suficiente —murmuró.

El espía guardó silencio.

—Escucha con atención —continuó Min con voz fría—. La corte pronto comenzará a cuestionar el trabajo del observatorio. Cuando eso ocurra… necesitaremos algo más que sospechas.

El hombre del pañuelo azul comprendió.

—¿Quiere pruebas?

Min negó suavemente.

—Quiero ruido.

Se levantó de su asiento y caminó lentamente hacia la ventana.

—Observa el observatorio.

Observa a Han Ji-won.

Y sobre todo…

Su voz se volvió más baja.

—Descubre quién es realmente la mano que escribe esos mapas.

El espía inclinó la cabeza.

—Sí, mi señor.

Min volvió a hablar antes de que el hombre se retirara.

—Y una cosa más.

El hombre se detuvo.

—El viejo consejero Yi Seong-jae está ahora en ese lugar.

Sus ojos se oscurecieron ligeramente.

—No te acerques demasiado a él.

Incluso en la sombra, hombres como ese siguen siendo peligrosos.

El espía hizo una última reverencia.

—Entendido.

Luego desapareció nuevamente en la oscuridad del corredor, como si nunca hubiera estado allí.

Min permaneció observando la noche a través de los paneles del palacio.

En el cielo, las estrellas brillaban con la indiferencia de siempre.

Pero Min ya no miraba las estrellas.

Miraba el poder que podía nacer de manipular la forma en que los hombres las interpretaban.

Y si el cielo debía convertirse en un arma política…

Aquella misma mañana, en el observatorio, Haneul comprendió que el problema ya no era esconderse.

El problema era el tiempo.

Había tardado varios días en aceptarlo con frialdad, pero ahora lo veía con una claridad casi brutal: si Min Seok-ryeon había empezado a mover piezas dentro del palacio, no lo haría buscando verdad. Lo haría buscando orden político. Y en Joseon, cuando el reino sufría, siempre había alguien a quien culpar.

La hambruna.

La enfermedad del Rey.

Los rumores.

La inquietud en la corte.

Todo podía unirse con facilidad si alguien decidía hacerlo.

Y Min era exactamente esa clase de hombre.

Haneul permanecía de pie frente a una mesa llena de pergaminos abiertos, repasando con la vista las anotaciones astronómicas de las últimas semanas. No leía los símbolos como una erudita distraída, sino como alguien que intenta anticipar un golpe antes de que ocurra.

Si Min atacaba al observatorio, no diría que los mapas eran falsos.

Diría algo peor.

Diría que habían sido malinterpretados.

Diría que el cielo había hablado y que quienes debían leerlo habían fallado al reino.

Era una acusación perfecta. No necesitaba demostrarse por completo. Solo necesitaba repetirse en la corte el tiempo suficiente para que echara raíces.

Haneul apretó la mandíbula.

Min no estaba buscando un culpable real.

Estaba fabricando uno útil.

Y su padre era el blanco más visible.

Eso la obligó a enfrentar una verdad incómoda: si no hacía algo pronto, Han Ji-won sería arrastrado a una caída que ni siquiera entendía por completo.

Su padre era un hombre brillante, pero seguía creyendo que la razón bastaba para defenderse. Seguía creyendo que, si explicaba bien los cálculos y mostraba los registros correctos, la verdad terminaría imponiéndose.

Haneul ya no pensaba así.

La verdad no bastaba dentro del palacio.

Nunca había bastado.

Tomó uno de los mapas recientes y lo extendió sobre la mesa. Luego otro. Después un tercero. Los fue comparando con rapidez, no para corregirlos, sino para identificar qué parte del trabajo podría ser usada en su contra si alguien decidía examinarlo con mala fe.

No tardó en encontrarlo.

Las variaciones de tinta.

Las diferencias en la presión del pincel.

Ciertos hábitos en la anotación marginal.

Detalles pequeños. Pero visibles para un hombre paciente.

Haneul se quedó inmóvil.

No era solo el contenido.

También la mano podía delatarlos.

Si Min tenía a alguien vigilando el observatorio desde hacía tiempo, entonces no solo buscaba errores en los mapas. También podía estar buscando inconsistencias en su autoría.

El pensamiento no la paralizó.

La endureció.

Por primera vez desde que todo había comenzado, Haneul dejó de pensar como alguien que defendía un secreto personal. Empezó a pensar como alguien que defendía una posición bajo asedio.

Y eso cambiaba todo.

Sin perder más tiempo, separó varios pergaminos, eligió cuáles debían desaparecer primero y cuáles podían quedarse como señuelo. Luego preparó una versión más simple de ciertos registros, una versión que resistiera una inspección superficial sin revelar demasiado.

Si Min quería ruido, ella le daría confusión.

Si quería una línea clara de ataque, tendría que abrirse paso a ciegas.

Esa tarde, mientras Haneul reorganizaba parte del archivo privado del observatorio, Lord Yi Seong-jae acompañó a Han Ji-won en la sala de trabajo principal.

Habían pasado la mañana recorriendo las instalaciones, hablando de viejos tiempos, de instrumentos, de calendarios, de la rutina del lugar. Todo había sido cordial. Incluso agradable.

Pero Yi Seong-jae no había viajado hasta allí solo por nostalgia.

Observaba.

Y mientras observaba, empezó a notar pequeñas cosas que no terminaban de encajar.

Han Ji-won hablaba con soltura de principios generales, de ciclos, de registros antiguos y de métodos tradicionales. Lo hacía bien, como siempre. Con inteligencia. Con serenidad. Con la seguridad de un hombre que llevaba años dentro de ese mundo.

Pero cuando Lord Yi pidió ver los mapas más recientes, algo cambió.

Fue mínimo.

Tan breve que otro hombre quizá no lo habría notado.

Han Ji-won extendió la mano hacia un grupo de pergaminos y dudó apenas un instante antes de escoger uno. Después lo abrió con naturalidad y empezó a explicar ciertos cálculos, pero se interrumpió dos veces para corregir una fecha y buscar una anotación marginal que, según dijo, había dejado “en otra versión”.

Lord Yi no comentó nada.

Solo escuchó.

Han Ji-won continuó hablando y señaló varias observaciones astronómicas con autoridad suficiente para convencer a cualquiera. Sin embargo, cuando llegó a una sección más compleja del mapa, frunció el ceño.

—Últimamente he trabajado demasiadas noches seguidas —dijo con una sonrisa cansada—. La memoria ya no me sirve igual que antes.

Lord Yi sonrió por cortesía.

Pero no apartó la mirada del pergamino.

No era el olvido lo que le inquietaba. Era otra cosa.

Conocía a Han Ji-won desde la juventud. Conocía su manera de pensar. Su forma de explicar. Su relación con el estudio. Si aquel mapa hubiera sido completamente suyo, no habría necesitado buscar ciertas respuestas mientras hablaba. No de esa manera. No en un trabajo tan reciente.

—Aun así conservas mejor la cabeza que muchos hombres de la corte —dijo Lord Yi con tono ligero.

Han Ji-won soltó una breve risa.

—Eso espero.

Pero Yi Seong-jae siguió mirando el mapa.

La escritura era firme. Demasiado uniforme en algunas partes. Extrañamente contenida en otras. Había algo en el trazo que no armonizaba del todo con el hombre que tenía enfrente.

No era una prueba.

Ni siquiera era una sospecha completa.

Era apenas una incomodidad.

Una grieta pequeña.

Pero los hombres que habían sobrevivido muchos años en Joseon sabían que las grietas pequeñas eran las más peligrosas. Porque casi siempre anunciaban un derrumbe mayor.

Más tarde, cuando Han Ji-won se apartó un momento para dar instrucciones a un sirviente, Lord Yi permaneció solo en la sala. Sus ojos recorrieron otra vez la mesa de trabajo.

Tinteros.

Piedras de tinta.

Pinceles limpios.

Pergaminos ordenados con demasiado cuidado.

Entonces lo vio.

No sobre la mesa principal, sino a un lado, casi fuera de lugar.

Un pincel más fino.

Ligero.

Gastado de una manera distinta a los demás.

Lord Yi lo tomó entre los dedos.

No dijo nada.

Solo lo dejó donde estaba cuando escuchó pasos regresar.

Han Ji-won volvió a entrar sin notar el gesto de su amigo.

—¿Ocurre algo? —preguntó.

Yi Seong-jae lo miró con calma.

—No. Solo recordaba cuánto detestaba este olor a tinta cuando éramos jóvenes.

Han Ji-won sonrió.

—Y aun así siempre terminabas quedándote hasta el amanecer.

Lord Yi le devolvió una sonrisa leve.

Pero esta vez no fue nostalgia lo que sintió.

Fue atención.

Porque por primera vez desde su llegada al observatorio, una idea incómoda empezó a tomar forma en su cabeza:

Tal vez Han Ji-won no estaba solo en aquello.

Y si no estaba solo, entonces la pregunta ya no era quién podía ayudarlo.

La verdadera pregunta era quién más estaba en peligro.

Han Ji-won regresó a la sala con la naturalidad de quien no sospecha nada.

—Disculpa la interrupción —dijo mientras volvía a sentarse—. Los sirvientes nunca logran organizar los registros como deberían.

Lord Yi asintió con una sonrisa tranquila.

—Eso no ha cambiado desde nuestros años de estudio.

Han Ji-won soltó una breve risa y volvió a tomar uno de los mapas extendidos sobre la mesa.

—Como te decía, los cálculos de este mes muestran una ligera variación en la trayectoria observada de Marte. Nada alarmante, pero suficiente para ajustar las anotaciones del calendario.

Lord Yi inclinó la cabeza y observó el pergamino con atención.

—¿Esta corrección la hiciste hace cuánto?

Han Ji-won dudó apenas un segundo.

—Hace unos días.

Antes de que pudiera continuar, una voz femenina habló desde la puerta.

—En realidad fue hace tres noches.

Ambos hombres giraron la cabeza.

Haneul se encontraba en el umbral de la sala. No había anunciado su llegada. Simplemente había entrado.

Durante un instante nadie dijo nada.

Han Ji-won parpadeó con sorpresa.

—Haneul… no sabía que estabas aquí.

Ella avanzó unos pasos hacia la mesa. Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos no tenían la misma suavidad de antes.

—Padre —dijo con calma—, los registros de Marte se corrigieron después de la observación del tercer cuarto de la noche. Usted estaba revisando los cálculos de Venus cuando lo mencioné.

El silencio que siguió fue breve, pero pesado.

Han Ji-won miró el mapa. Luego miró a su hija.

—Ah… sí —respondió finalmente, recuperando el tono—. Es cierto. Ahora lo recuerdo.

Lord Yi no dijo nada.

Pero observó a Haneul con más atención.

Ella se acercó a la mesa y tomó uno de los pergaminos sin pedir permiso.

Lo examinó durante unos segundos.

—La variación no está en Marte —añadió con naturalidad—. Está en la referencia usada para calcular su posición. El error viene de esta anotación.

Señaló una línea en el margen del mapa.

—Si se usa esta medida, la trayectoria queda desplazada dos grados hacia el oeste.

Han Ji-won frunció ligeramente el ceño mientras miraba el punto indicado.

Jun-ho, que había permanecido en silencio durante toda la escena, también se inclinó para observar el pergamino.

—Tiene razón —dijo después de un momento.

Lord Yi levantó la mirada hacia su hijo.

—¿Lo ves claro?

Jun-ho asintió.

—Sí.

Luego miró nuevamente a Haneul.

—Eso explica por qué el cálculo parecía inconsistente.

Han Ji-won soltó una pequeña risa.

—Parece que mi hija ha pasado demasiado tiempo escuchando nuestras conversaciones.

Haneul no respondió.

Simplemente volvió a colocar el mapa sobre la mesa.

—Los registros del observatorio deben ser precisos —dijo con tono firme—. En tiempos como estos, cualquier error puede convertirse en un problema.

Lord Yi levantó ligeramente las cejas.

—¿Un problema?

Haneul lo miró directamente por primera vez.

—El reino atraviesa dificultades —respondió—. La gente busca explicaciones. Y cuando las busca… suele encontrarlas en el cielo.

Lord Yi sostuvo su mirada durante unos segundos.

No había arrogancia en sus palabras.

Había cálculo.

Y eso fue lo que más le llamó la atención.

Han Ji-won rompió el momento con una sonrisa.

—Mi hija siempre ha tenido una mente curiosa. Desde pequeña se empeñaba en escuchar nuestras discusiones sobre astronomía.

Lord Yi asintió lentamente.

—Eso parece.

Pero sus ojos seguían en Haneul.

—Sin embargo —añadió con suavidad—, entender un cálculo no es lo mismo que realizarlo.

Haneul no apartó la mirada.

—Lo sé.

Jun-ho observaba la escena en silencio.

Había algo en la manera en que Haneul hablaba de los mapas que no se parecía a la curiosidad de alguien que simplemente escuchaba conversaciones.

Parecía…

familiaridad.

Como si los cálculos no fueran solo algo que había oído explicar.

Como si fueran algo que había hecho.

Lord Yi también lo había notado.

Pero no dijo nada.

Porque los hombres que habían sobrevivido muchos años en la corte sabían que las respuestas verdaderas rara vez aparecían cuando uno las exigía.

A veces era mejor dejar que las preguntas crecieran.

Haneul inclinó ligeramente la cabeza.

—Disculpen la interrupción.

Luego se dio la vuelta y salió de la sala con la misma calma con la que había entrado.

El silencio permaneció unos segundos después de que desapareciera por el pasillo.

Han Ji-won soltó un suspiro.

—A veces olvido cuánto presta atención a todo lo que ocurre aquí.

Lord Yi sonrió.

—Es una joven muy observadora.

Jun-ho no habló.

Seguía mirando el mapa.

Pero no estaba pensando en el cálculo.

Estaba pensando en la seguridad con la que Haneul había señalado el error.

Porque no lo había buscado.

Lo había reconocido de inmediato.

Y eso no era algo que hiciera alguien que solo escuchaba desde lejos.

Lord Yi también miraba el pergamino.

Pero su mente ya no estaba en Marte.

Estaba en otra parte.

En la puerta por la que Haneul había entrado.

En la seguridad de sus palabras.

En el silencio incómodo de su viejo amigo cuando ella corrigió el cálculo.

Y en la pregunta que empezaba a tomar forma en su cabeza.

Si Han Ji-won no era el único que entendía aquellos mapas…

Entonces alguien más en ese observatorio estaba leyendo el cielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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