Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 44
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Capítulo 44: El Escudo del Daesagan
Lord Yi se detuvo a mitad del paso y colocó con calma una mano sobre el hombro de su hijo.
—Haneul es una joven interesante… ¿no te parece?
Jun-ho lo miró de reojo.
—¿A qué se refiere, padre?
El consejero esbozó una leve sonrisa.
—Es de buena presencia… y proviene de una familia respetable.
Hizo una pausa breve.
—Y tú no eres cualquier hombre en la corte.
Jun-ho frunció ligeramente el ceño.
—Padre…
Bajó la voz.
—Cuide sus palabras. Este no es un lugar para ese tipo de asuntos.
Lord Yi dejó escapar una risa baja.
—Siempre tan prudente.
Ambos retomaron el paso.
El silencio que se instaló entre ellos no era incómodo. Era el tipo de silencio en el que las palabras ya habían cumplido su propósito.
Jun-ho mantuvo la mirada al frente, con la serenidad que lo caracterizaba en la corte. Sin embargo, en la comisura de sus labios se insinuaba una leve sonrisa que no terminaba de desaparecer.
No era un hombre fácil de leer.
En la corte, su nombre no destacaba por escándalos ni alianzas visibles, sino por algo mucho más raro: consistencia.
No cambiaba de postura con facilidad.
No se dejaba arrastrar por conveniencias.
Y no necesitaba elevar la voz para hacerse escuchar.
Por eso muchos lo consideraban un hombre valioso.
Y por esa misma razón, también era observado.
Más de una familia había intentado acercarse a él. No siempre de forma evidente. A veces mediante invitaciones, otras a través de insinuaciones cuidadosamente disfrazadas de cortesía.
Un vínculo con la familia Yi no solo significaba prestigio.
Podía alterar equilibrios.
Pero Jun-ho nunca había respondido a ese juego.
Ni promesas.
Ni compromisos.
Ni distracciones.
Se mantenía al margen.
Y en un lugar como el palacio…
Eso lo hacía más difícil de mover que muchos otros.
A la mañana siguiente, el desayuno fue dispuesto en el patio trasero, junto al jardín que bordeaba un pequeño lago. La primavera se hacía notar en cada rincón: pétalos flotando en el aire, luz suave filtrándose entre los árboles, una calma que, a simple vista, parecía intacta.
Pero en Haneul… ya no quedaba nada de esa calma.
Se sentó en silencio, con la espalda recta y la mirada baja. No evitaba a los presentes por timidez, sino por cálculo.
Escuchaba.
Medía.
Esperaba.
Su padre y el consejero Yi conversaban con la ligereza de dos viejos amigos que compartían recuerdos. El sonido del té servido llenaba los espacios entre frases, suavizando un ambiente que, para cualquiera que no supiera mirar, parecía completamente normal.
Haneul llevó la taza a sus labios.
Bebió.
Y habló.
—Han pasado varios días desde su llegada —dijo con calma—. Y aún no comprendo qué asunto puede traer a un Daesagan y a un antiguo consejero fuera del palacio… en un momento como este.
El efecto fue inmediato.
No fue un silencio abrupto.
Fue algo más sutil.
Como si el aire se hubiera vuelto más denso.
Han Ji-won reaccionó primero.
—Haneul —dijo con firmeza—, esos no son—
—Está bien —interrumpió Lord Yi, sin apartar la mirada de ella.
Su voz fue tranquila. Demasiado tranquila.
—Es una pregunta razonable.
Haneul levantó ligeramente la vista.
Por primera vez, sus ojos se encontraron directamente con los del consejero.
No hubo desafío.
Pero tampoco sumisión.
—El reino atraviesa dificultades —continuó ella—. Supuse que su visita estaría relacionada con ello.
Lord Yi sostuvo su mirada durante un instante más largo de lo habitual.
Evaluando.
—Así es —respondió finalmente—. Hay asuntos que requieren atención… incluso fuera del palacio.
Tomó su taza con calma.
—Y en tiempos como estos, algunos lugares resultan más… interesantes que otros.
Haneul no respondió de inmediato.
Dejó que la frase se asentara.
—¿Interesantes? —repitió, con suavidad.
Lord Yi esbozó una leve sonrisa.
—El observatorio, por ejemplo.
El sonido del agua del lago se hizo más perceptible en el silencio.
Haneul inclinó apenas la cabeza.
—El observatorio solo cumple con su deber —dijo—. Registrar lo que el cielo muestra.
—Claro —respondió Yi—. Siempre y cuando lo que se registre… sea interpretado correctamente.
La frase no llevaba acusación.
Pero tampoco era inocente.
Haneul lo entendió.
Y no retrocedió.
—El cielo no cambia por cómo lo interpretemos —respondió—. Pero las consecuencias… sí.
Jun-ho levantó la mirada.
Esa no era una respuesta improvisada.
Era una respuesta pensada.
Lord Yi apoyó la taza sobre la mesa con suavidad.
—Entonces estás de acuerdo —dijo— en que una interpretación equivocada podría traer problemas al reino.
Haneul sostuvo su mirada.
—Estoy de acuerdo en que alguien podría usar esa idea para crear problemas… aunque el cielo no haya cambiado en absoluto.
Esta vez, el silencio fue distinto.
Más claro.
Más peligroso.
Han Ji-won intervino, con un tono que intentaba recuperar el control.
—Mi hija no está acostumbrada a este tipo de conversaciones—
—No —lo interrumpió Lord Yi, sin apartar los ojos de Haneul—. Pero parece entenderlas mejor de lo que esperaba.
Haneul no reaccionó.
Pero sus manos, ocultas bajo la mesa, se tensaron apenas.
Jun-ho lo notó.
Lord Yi continuó:
—Dime, joven Haneul… —su voz bajó ligeramente—
¿Esa misma claridad es la que utilizas cuando observas el trabajo del observatorio?
Ahora sí.
La pregunta no era general.
Era dirigida.
Precisa.
Haneul lo supo en el mismo instante en que la escuchó.
No podía negarlo directamente.
Eso levantaría sospechas.
No podía afirmarlo.
Eso sería peor.
Así que hizo lo único que le quedaba.
—Observar no es lo mismo que interpretar —respondió con calma—. Incluso alguien sin formación puede notar cuando algo no encaja.
Lord Yi no respondió de inmediato.
Pero en sus ojos apareció algo distinto.
No certeza.
Interés.
Jun-ho desvió la mirada hacia el mapa que reposaba sobre la mesa.
Luego volvió a mirarla.
—Aun así —dijo con serenidad—, no todos sabrían identificar ese tipo de… desajuste.
Haneul giró ligeramente la cabeza hacia él.
Por primera vez, lo miró directamente.
—Tal vez no —respondió—. Pero en tiempos como estos, es mejor que más personas aprendan a hacerlo.
Jun-ho sostuvo su mirada un instante más.
Y algo en su expresión cambió.
No era duda.
Era reconocimiento.
Lord Yi dejó escapar una leve exhalación.
—Parece que esta casa no solo observa el cielo… —dijo—
También entiende lo que ocurre bajo él.
Nadie respondió.
Pero la conversación ya había cambiado de forma.
Y por primera vez desde que comenzó el desayuno…
la mesa dejó de ser un lugar seguro.
“El tintineo de las tazas fue sustituido bruscamente por el estrépito de madera golpeada. Desde el camino principal, el grito de un heraldo desgarró la brisa primaveral.
—¡Abran en nombre del Ministerio de Justicia! ¡Orden de inspección inmediata para el Erudito Han Ji-won!
El rostro del padre de Haneul se volvió de papel. Lord Yi, en cambio, no se inmutó; dejó su taza con una lentitud aterradora. Sus ojos se encontraron con los de su hijo, Jun-ho.
—Parece —susurró el viejo consejero— que el Señor Min tiene más prisa de la que calculamos.
Haneul se puso en pie, pero antes de que pudiera dar un paso, la mano de Yi Jun-ho se cerró con firmeza sobre su muñeca. No fue un agarre agresivo, sino una orden silenciosa de detenerse.
—Quédate aquí —dijo Jun-ho. Su voz, antes melódica y tranquila, ahora cortaba el aire con la frialdad del acero. Si sales ahora con ese pánico en los ojos, les estarás entregando la confesión que buscan.
Lord Yi, el viejo consejero, asintió hacia su hijo. Sabía que el momento del retiro había terminado. —Hijo, la Oficina de Censura tiene jurisdicción sobre los registros de palacio, pero este es un hogar privado.
—Lo sé, padre —respondió Jun-ho mientras se ajustaba su túnica oficial con una calma exasperante—. Por eso voy a recordarles quién firma sus órdenes de arresto.
Jun-ho caminó hacia la entrada con una parsimonia que hizo que los soldados afuera se detuvieran por un instante, intimidados por su porte. Haneul lo observó desde la sombra del pasillo. Vio cómo el joven Daesagan se interponía entre los guardias del señor Min y la puerta de su casa.
—¿Bajo qué autoridad pretenden violar la paz de este recinto? —tronó Jun-ho. Su voz no era un grito, era una sentencia.
—Traemos órdenes del Ministerio de Justicia, señor —respondió el líder del destacamento, un hombre con el rostro curtido por la crueldad—. Se sospecha de traición en los mapas del observatorio.
Jun-ho soltó una risa seca, desprovista de humor. —El Ministerio de Justicia no tiene potestad para auditar conocimientos científicos sin un edicto del Saganwon (Oficina de Censura). Y yo soy el Daesagan. —Dio un paso adelante, obligando al soldado a retroceder—. Cualquier documento que salga de esta casa debe pasar primero por mis manos para ser sellado. Si tocan un solo pergamino sin mi permiso, mañana mismo presentaré una acusación formal ante el Rey por abuso de autoridad y conspiración.
El soldado dudó. Sabía que Jun-ho era un hombre intocable en la corte por su integridad. Mientras tanto, Jun-ho giró levemente la cabeza, asegurándose de que Haneul lo escuchara desde el interior.
—Llévense al erudito Han para un interrogatorio preventivo en la oficina de censura, no a las mazmorras —ordenó Jun-ho a sus propios hombres, que lo acompañaban—. Y que la señorita Haneul prepare los ‘documentos pertinentes’ para mi revisión personal esta noche.
Haneul comprendió el mensaje oculto. Jun-ho estaba ganando tiempo. No estaba salvando a su padre del interrogatorio, pero lo estaba llevando a su terreno para protegerlo de las garras de Min. Y a ella… a ella le estaba dando la oportunidad de limpiar la evidencia o de confiarle la verdad.”
Aunque el cuerpo de Kang-dae estaba a leguas de distancia, su instinto nunca había abandonado el Observatorio. Antes de partir, el Bujang había tejido una red invisible de lealtad: un hombre infiltrado en las entrañas del palacio para vigilar las manos del señor Min, y otro oculto en la maleza que rodeaba la casa de los Han, convertido en una sombra que respiraba al ritmo de Haneul.
Fue este último, un soldado veterano de mil cicatrices, quien presenció el despliegue de las tropas de justicia y la intervención del joven Daesagan, Yi Jun-ho. Desde su posición, vio cómo el destino de la familia Han se tambaleaba y cómo el padre de Haneul era llevado bajo custodia. Sin perder un segundo, el soldado se deslizó hacia su montura oculta. Sabía que cada minuto contaba; si el mensaje no llegaba a tiempo, para cuando Kang-dae regresara, solo encontraría cenizas y sentencias de muerte.
El soldado cabalgó sin descanso, reventando a dos caballos en las postas del camino, hasta que el polvo de la frontera y el olor a hierro del campamento militar llenaron sus pulmones.
Al llegar, encontró a Kang-dae revisando los perímetros bajo un cielo plomizo. El Bujang se tensó al ver el estado del jinete. Antes de que el hombre pudiera desmontar, Kang-dae ya estaba a su lado, sosteniéndolo por los hombros.
—Subgeneral… —jadeó el soldado, con la garganta seca por la arena—. Han ido por ellos. El señor Min ha movido la ficha y el hijo del consejero Yi tiene al erudito en su poder. El Observatorio está bajo asedio.
Kang-dae sintió un frío más punzante que el acero en su pecho. La orden del General de quedarse en la frontera era clara: si se iba ahora, sería considerado un desertor y su cabeza tendría precio. Pero al mirar hacia el horizonte, en dirección a Haneul, la duda desapareció de sus ojos. No era una elección; era un incendio que solo él podía apagar.”
La noche había caído sobre la casa de los Han como una losa de piedra. El silencio era artificial, roto solo por el paso rítmico de los guardias de la Oficina de Censura en el patio. Dentro del estudio, el aire olía a papel viejo y a la resina del pino que ardía en la lámpara.
Yi Jun-ho estaba de pie frente a la mesa de trabajo, con las manos entrelazadas tras la espalda, observando los mapas que Haneul acababa de extender con dedos temblorosos. Ella se mantenía a un lado, con la respiración contenida, rezando para que la oscuridad ocultara el rastro de su engaño.
—Son copias exactas de los registros del mes pasado —dijo Haneul, su voz era un hilo de seda forzada—. Mi padre los revisó antes de que los soldados llegaran.
Jun-ho no respondió de inmediato. Se inclinó sobre el pergamino, su rostro bañado por la luz naranja de la vela. Sus ojos, agudos como los de un halcón, recorrieron las constelaciones trazadas. Lentamente, extendió una mano y, antes de que Haneul pudiera reaccionar, rozó con la yema del dedo el borde de una letra en el margen inferior.
Se quedó inmóvil. Luego, levantó el dedo y lo miró bajo la luz. Una mancha oscura y brillante manchaba su piel.
—La astronomía es una ciencia de paciencia, señorita Haneul —susurró Jun-ho, girándose hacia ella. Sus ojos estaban cargados de una seriedad que la hizo retroceder un paso—. El cielo tarda siglos en cambiar, pero esta tinta… esta tinta ni siquiera ha tenido tres horas para secarse.
Haneul sintió que el corazón se le detenía. El silencio se volvió ensordecedor.
—Me ha entregado copias hechas a toda prisa —continuó él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. ¿Por qué? ¿Qué intenta ocultar en los originales? ¿Acaso los errores del observatorio son tan graves que prefiere arriesgarse a mentirle al Daesagan?
—No hay errores —replicó ella, recuperando un destello de su fuego habitual—. Hay verdades que el palacio no quiere ver.
Jun-ho se detuvo a centímetros de ella. El aroma a sándalo de su túnica oficial se mezcló con el olor a tinta fresca. —He visto la caligrafía de su padre durante años en los informes del consejo. Es firme, pero cansada. Esta… —señaló el mapa con un gesto elegante— esta caligrafía es fluida, precisa, casi desafiante. No es la mano de un hombre anciano que teme al señor Min. Es la mano de alguien que entiende el cielo mejor que el propio Rey.
Haneul apretó los puños bajo sus mangas largas. Sabía que estaba acorralada. Si confesaba, ponía su vida en manos de un extraño. Si mentía, Jun-ho dejaría de proteger a su padre.
—Dígame la verdad —pidió Jun-ho, y por primera vez, su voz no era la de un juez, sino la de alguien que buscaba un aliado—. Si el señor Min encuentra los originales antes que yo, no habrá ley en Joseon que pueda salvarla. ¿Quién dibujó estos mapas?
Haneul levantó la mirada, encontrando la de Jun-ho. En ese instante, la joven que prohibió el nombre de Kang-dae para no sufrir, comprendió que el destino la obligaba a confiar en otro hombre, uno cuyo poder era tan peligroso como su curiosidad.
—Mi padre nunca cometió un error —susurró Haneul, con la barbilla en alto—. El error fue creer que una mujer solo servía para observar las estrellas, cuando en realidad yo soy quien las nombra. Yo escribí esos mapas, Daesagan. Y si me entrega, estará entregando la única prueba de que el cielo no está maldiciendo al Rey, sino que los hombres lo están envenenando.
Jun-ho no se movió. El silencio en el estudio se volvió tan denso que el crepitar de la vela sonaba como un latigazo. Sus ojos recorrieron el rostro de Haneul, buscando un rastro de engaño, pero solo encontró una determinación gélida, la misma que se necesita para trazar el curso de los astros sin que tiemble el pulso.
—Una mujer que nombra las estrellas —repitió Jun-ho en un susurro, y por un instante, la máscara de frialdad del Daesagan se agrietó para revelar una admiración profunda y peligrosa—. Si el Consejo de Estado supiera que los informes que rigen el destino del reino han sido escritos por la hija de un erudito, no pedirían su exilio, señorita Haneul. Pedirían su cabeza en una bandeja de plata para borrar la vergüenza de su propia ignorancia.
Haneul no bajó la mirada. —Entonces, ¿qué va a hacer, Daesagan? ¿Va a llamar a los guardias que esperan afuera o va a terminar de leer lo que el cielo intenta decirle?
Jun-ho dio un paso hacia la mesa y, con un movimiento lento pero definitivo, tomó el mapa con la tinta aún húmeda. Lo sostuvo sobre la llama de la vela. Haneul ahogó un grito, estirando la mano para detenerlo, pero él la interceptó con la suya; su agarre era firme y cálido.
—Este mapa es una sentencia de muerte —dijo él mientras el fuego devoraba el papel, transformando su mentira en cenizas grises—. Si queremos salvar a su padre y al Rey, no necesitamos copias apresuradas. Necesito el mapa original. El que muestra la desviación real de las constelaciones que el Señor Min ha usado para justificar su purga.
Haneul sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Él no la estaba entregando; se estaba hundiendo con ella.
—Está en el doble fondo del arcón de caligrafía de mi padre —confesó ella, con la voz quebrada por el alivio.
Jun-ho asintió y soltó su mano, pero antes de que pudiera dirigirse al arcón, un silbido agudo rasgó el aire del patio exterior, seguido del sonido metálico de una hoja chocando contra otra. El grito de un guardia fue cortado en seco.
Ambos se quedaron inmóviles. Jun-ho apagó la vela de un soplido, sumergiendo el estudio en una oscuridad absoluta.
—No son mis hombres —susurró Jun-ho, pegándose a la pared y llevando la mano al puño de su espada ceremonial—. Alguien ha burlado el perímetro de la Oficina de Censura.
Haneul sintió que el corazón le martilleaba en los oídos. En la penumbra, vio la silueta de Jun-ho acercarse a la ventana. Afuera, entre las sombras de los sauces, una figura embozada se movía con una ferocidad que no pertenecía a un soldado común. Era una danza de muerte, rápida y silenciosa.
—Escóndase detrás del estante de los anales —ordenó Jun-ho con una autoridad que no admitía réplica—. Si entran, no salga, pase lo que pase.
Haneul obedeció, retrocediendo hacia la oscuridad, pero mientras se ocultaba, una idea aterradora la asaltó: ¿era un asesino enviado por el Señor Min para silenciarla, o era el regreso violento de la única persona que conocía todos sus secretos?
Afuera, la sombra se detuvo frente a la puerta del estudio. El brillo de una espada bajo la luna creciente fue lo último que Haneul vio antes de que la madera crujiera bajo un golpe brutal. El destino de los Han, del Daesagan y del hombre que cabalgaba desde la frontera estaba a punto de colisionar en una sola habitación empapada de sangre y tinta.
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