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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 46

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Capítulo 46: El choque de acero y miseria

El viento rugía en los oídos de Kang-dae, pero no era nada comparado con el fragor de su propia sangre. Había cabalgado a través de la noche como un espíritu vengativo, espoleando a su semental hasta que los pulmones de la bestia amenazaron con estallar. Atrás quedaba un juramento roto y un puesto abandonado; adelante, lo único que daba sentido a su vida estaba siendo desmantelado por los mismos hombres que una vez juró proteger.

Al alcanzar la loma que dominaba la propiedad de los Han, su corazón se hundió. El patio hervía de soldados. La luz de la luna centelleaba en sus petos: la insignia de la Oficina de Censura.

Se la han llevado, pensó, con la visión nublada por una bruma roja de furia. He llegado tarde.

No se detuvo a trazar estrategias. No gritó. Kang-dae desmontó mientras el caballo aún estaba en movimiento, tocando el suelo en una carrera frenética. Era una sombra entre las sombras, un lobo entrando en un redil de ovejas desprevenidas. Los dos guardias del perímetro ni siquiera tuvieron tiempo de gritar antes de que él los neutralizara con el pomo de su espada y una patada certera, avanzando hacia el estudio con un enfoque letal y único.

Vio cómo se apagaba la luz en el estudio. La están silenciando.

Con un rugido gutural de desesperación, Kang-dae lanzó todo su peso contra la puerta. La madera gimió y se astilló bajo el impacto brutal, abriéndose de par en par para revelar una estancia tragada por la penumbra.

—¡Haneul! —ladró, con la voz desgarrada.

No esperó respuesta. Sintió una presencia a su izquierda: una silueta alta que se movía con la gracia de un duelista experto. Kang-dae desenvainó su hoja; el canto del acero resonó como una oda a la muerte en el espacio angosto. Lanzó un tajo con la fuerza de un hombre que no tiene nada que perder.

¡Clang!

La vibración del impacto le sacudió los dientes. Su hoja no había encontrado carne, sino otra espada.

—¡Atrás, desertor! —ordenó una voz: calmada, fría e enfurecedoramente noble.

Kang-dae no escuchó. Arremetió de nuevo, con un estilo de golpes militares, brutales y eficientes. —¡Suéltala, o pintaré estas paredes con tu sangre aristocrática!

Jun-ho paró el golpe, desplazando su peso con la precisión de un guerrero erudito. No tenía la fuerza bruta del Bujang, pero poseía la delicadeza letal de la élite de la capital. En la penumbra, las chispas de sus espadas bailaban como estrellas moribundas, iluminando sus rostros por una fracción de segundo: Kang-dae, una máscara de barro y sudor; Jun-ho, una estatua de mármol y determinación.

—¿Hablas de protección mientras rompes la paz del Rey? —replicó Jun-ho, girando su espada en un arco defensivo que obligó a Kang-dae a retroceder hacia el centro de la habitación—. No eres su salvador, soldado. Eres su sentencia de muerte.

—¡Yo soy el único que sabe lo que el Señor Min está tramando! —siseó Kang-dae, fingiendo un ataque alto antes de lanzar un barrido bajo.

Jun-ho saltó hacia atrás, con sus túnicas de seda siseando contra el suelo. —Y yo soy el único que mantiene a su padre lejos de la soga. ¡Baja tu acero antes de que mis hombres llenen esta habitación de flechas!

Desde las sombras de la estantería de los anales, Haneul observaba a los dos hombres —el soldado que poseía su corazón y el erudito que poseía su vida— intentando matarse el uno al otro en la oscuridad. El sonido de sus espadas era el sonido de su mundo derrumbándose.

El grito de Haneul no fue el de una dama en apuros; fue un estruendo de autoridad, una voz gruesa y despojada de miedo que resonó en las paredes de madera del estudio.

—¡Basta! ¡Dejen de pelear!

El Daesagan, reconociendo la voz, bajó su espada en una fracción de segundo, retrocediendo por instinto. Pero Kang-dae, cegado por la inercia de su propia furia y el agotamiento del viaje, ya había lanzado su último ataque. El acero del Bujang cortó el aire y laceró el pecho de Jun-ho. Fue un tajo superficial, pero lo suficientemente profundo como para que el noble exhalara un quejido apacible, un sonido de dolor contenido que cortó el silencio de la noche.

Antes de que Kang-dae pudiera recuperar la guardia para un segundo golpe, Haneul se lanzó al vacío entre ambos.

No solo se interpuso; rodeó con sus brazos el torso de Jun-ho, hundiendo su rostro en el hombro del Daesagan y convirtiéndose en un escudo humano. El calor de la sangre de Jun-ho empezó a manchar la túnica de Haneul, pero ella no se soltó. Lo abrazó con una desesperación que gritaba protección.

Kang-dae se quedó paralizado. La punta de su espada, todavía manchada con la sangre del hombre que creía su enemigo, tembló hasta caer contra el suelo con un tintineo metálico que sonó a derrota. Sus ojos, antes encendidos por el fuego de la batalla, se ensombrecieron al ver a Haneul estrechando contra sí a un extraño, a un hombre de la corte, al hijo del consejero.

El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier herida de combate.

—Haneul… —susurró Kang-dae, con la voz rota. El nombre que ella misma había prohibido en su casa ahora salía de los labios del guerrero como una súplica.

Jun-ho, con la respiración entrecortada por el dolor y la sorpresa, sintió el peso de Haneul contra su pecho. Sus manos, que aún sostenían la empuñadura de su espada, no se atrevieron a rodearla, pero sus ojos buscaron los de Kang-dae en la penumbra. Ya no había desprecio en la mirada del Daesagan, sino una comprensión amarga.

—Él no es quien crees, Kang-dae —dijo Haneul sin soltar a Jun-ho, su voz temblando contra la tela de la túnica del noble—. Si lo matas, nos matas a todos.

Kang-dae dio un paso atrás, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. Había desertado, había cabalgado hasta el cansancio y había arriesgado su cabeza solo para encontrar que el lugar que creía suyo en la vida de Haneul ahora estaba ocupado por el orden y la ley de otro hombre.

El eco de los golpes en la puerta principal y el clamor de los guardias de la Oficina de Censura rompió el trance de muerte en el estudio.

—¡Señor! ¡Daesagan! —gritó una voz desde el exterior—. ¡Hemos oído un estruendo! ¿Se encuentra bien?

Haneul sintió la vibración del pecho de Jun-ho contra su oído; su respiración era pesada, cargada de un dolor sordo. Se separó de él lo justo para ver la mancha roja que crecía en su túnica de seda clara. Miró a Kang-dae, quien permanecía allí, con la espada caída y el rostro desencajado, como un animal herido por la traición.

—Escóndete —le siseó Haneul a Kang-dae, su voz era un látigo de urgencia—. ¡Ahora! Si te ven aquí, no habrá perdón. Serás un desertor ejecutado antes del amanecer.

Kang-dae apretó la mandíbula, sus ojos saltando del rostro de Haneul a la mano de ella, que aún rozaba el brazo de Jun-ho. La rabia luchaba con su instinto de supervivencia.

—No me iré sin ti —gruñó él, con la voz ronca de polvo y celos.

—No me voy a ninguna parte —replicó ella, empujándolo físicamente hacia la sombra tras la estantería de los anales—. Pero si mueres hoy, mi padre morirá mañana. ¡Muévete!

Con un último vistazo cargado de promesas y amargura, Kang-dae se fundió con la oscuridad justo cuando los pasos alcanzaban el umbral.

Haneul se giró hacia Jun-ho. El Daesagan estaba pálido, presionando la herida con su mano derecha. Sus ojos se encontraron; en ese segundo, se selló un pacto de silencio. Haneul tomó una lámpara de aceite volcada, derramó un poco de líquido sobre la mesa y, con un movimiento rápido, arrojó la vela encendida sobre el papel manchado de tinta fresca.

La llama saltó al instante, creando una cortina de humo y luz justo cuando la puerta se abría de golpe.

—¡Atrás! —exclamó Jun-ho, su voz recuperando la autoridad de un noble, aunque con un deje de fatiga—. Ha habido un accidente con la lámpara. El estante ha cedido.

Los guardias entraron con las espadas desenvainadas, pero se detuvieron en seco. Vieron al Daesagan de pie, con la túnica rasgada y el pecho ensangrentado, y a la señorita Haneul intentando sofocar un pequeño fuego con una manta de seda.

—¡Señor! Está herido —dijo el capitán, avanzando para ayudarlo.

—Es solo un rasguño del borde astillado de la mesa —mintió Jun-ho, manteniendo su cuerpo entre los guardias y el rincón donde Kang-dae se ocultaba—. El estruendo fue el mueble al caer. Salgan y traigan agua para el fuego. Y que nadie entre sin mi orden. La señorita Haneul está… alterada por el susto.

Haneul bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara su rostro, fingiendo el temblor de una mujer asustada mientras sus ojos buscaban, entre las sombras de las estanterías, la silueta del hombre que lo había arriesgado todo por ella.

El Bujang estaba a salvo en las sombras, y el Daesagan acababa de mentirle a su propio ejército. Haneul comprendió, con una claridad aterradora, que ahora caminaba sobre un hilo de seda: a un lado, el guerrero que ella creía que la había abandonado; al otro, el político que necesitaba; y bajo ella, el abismo de la traición al reino.

El humo de la lámpara volcada todavía flotaba en jirones blanquecinos cuando la puerta se cerró, dejando a los tres en un silencio sepulcral. Haneul no perdió un segundo; rasgó una tira de su propia enagua de seda y se acercó a Jun-ho.

—Siéntese —ordenó ella, con una firmeza que no admitía réplicas.

Jun-ho se dejó caer en el banco de madera, su rostro pálido pero sus ojos fijos en la oscuridad del rincón donde Kang-dae permanecía oculto. El Bujang salió de las sombras lentamente, con la espada aún en la mano, aunque la punta rozaba el suelo. Sus ojos ardían al ver las manos de Haneul desabrochando la túnica del Daesagan para limpiar la herida.

—No lo toques más de lo necesario —gruñó Kang-dae, su voz era un trueno contenido.

Haneul ni siquiera levantó la vista mientras presionaba la tela contra el pecho de Jun-ho. El noble soltó un suspiro entrecortado, pero no apartó la mirada del guerrero.

—Tu mano es rápida, Bujang, pero tu mente es lenta —dijo Jun-ho, con una sonrisa débil que no llegaba a sus ojos—. Has desertado de tu puesto, has atacado a un alto oficial de la corte y has puesto una soga al cuello de esta mujer. Todo en una sola noche. Es un récord impresionante, incluso para un hombre de acción.

—Hice lo que tú no podías —replicó Kang-dae, dando un paso adelante—. Vine a sacarla de aquí antes de que el señor Min la destruya. Tú solo eres un burócrata que juega con papeles mientras la sangre corre.

—Esta sangre —Jun-ho señaló con un gesto lánguido la herida que Haneul estaba vendando— es la única razón por la que mis guardias no están descuartizándote ahora mismo. Si yo muero, o si simplemente decido decir la verdad, tú serás ejecutado y Haneul será arrastrada al palacio como cómplice de un traidor.

Haneul apretó el nudo de la venda con más fuerza de la necesaria, haciendo que Jun-ho se tensara. Ella miró a Kang-dae, con los ojos empañados por una mezcla de alivio y rabia.

—Él tiene razón, Kang-dae —susurró ella—. Ya no eres un soldado del Rey. Eres un fantasma. No tienes nombre, no tienes rango y no tienes poder fuera de estas paredes.

Jun-ho se ajustó la túnica con dificultad, recuperando su aire de superioridad a pesar del dolor. Se puso en pie, quedando a la misma altura que el guerrero.

—Aquí está la realidad, Kang-dae —sentenció el Daesagan—. El señor Min controla el ejército y la justicia. Yo controlo la verdad y la censura. Si quieres que Haneul viva, si quieres que su padre regrese de mi oficina con vida, vas a tener que ser mi sombra. Harás lo que yo no puedo hacer: moverte donde la ley no llega, recoger la información que mis mensajeros no pueden ver y, sobre todo, obedecer cada una de mis órdenes sin cuestionarlas.

Kang-dae apretó tanto el puño que los nudillos le crujieron. —¿Quieres que sea tu perro faldero?

—Quiero que seas el arma que salve a la mujer que ambos, por distintas razones, queremos proteger —respondió Jun-ho, su voz volviéndose gélida—. Pero recuerda esto: ante el mundo, yo soy el Daesagan que te perdona la vida, y tú eres el hombre que me debe cada aliento que tome. Un solo error, un solo arrebato de esa furia tuya, y dejaré que la ley siga su curso.

Haneul observó el duelo de miradas. Vio cómo el orgullo de Kang-dae se quebraba bajo el peso de la realidad. El guerrero bajó la cabeza, no por respeto, sino por el sacrificio que el amor le exigía.

—Dime qué tengo que hacer —dijo Kang-dae, las palabras sonando como ceniza en su boca.

Jun-ho asintió, satisfecho. La alianza era una humillación necesaria, pero el tiempo se agotaba.

—Mañana, el señor Min moverá al Rey al palacio de verano —sentenció el Daesagan—. Necesito que regreses a tu campo de batalla de inmediato. Yo buscaré la forma de traerte de vuelta legalmente. Debes llegar antes del amanecer, antes de que alguien note tu ausencia y te marque oficialmente como un desertor. Yo me encargaré de proteger a la señorita y a su padre.

Kang-dae, con los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura de su espada, dio un paso hacia él. —¿Acaso me estás alejando? ¿Crees que voy a dejarla en tus manos?

Haneul, con una rabia que le quemaba la garganta, se interpuso, replicando con una dureza que Kang-dae nunca había visto en ella: —Tú te alejaste primero, Kang-dae. Te fuiste cuando más necesitaba tu apoyo. Ahora vete de aquí antes de que nos hundas en más problemas. Agradécele al Daesagan que todavía conservas la vida.

Jun-ho miró al guerrero con una calma gélida. —No te preocupes, Kang-dae. Dame unos días para encontrar la forma de traerte de vuelta; me pareces más útil aquí que muriendo en la frontera. Pero si desertas ahora, no solo pones en riesgo a la familia Han, sino también a la tuya. Sé que tienes un hermano menor y que tu padre ya no está entre nosotros. No permitas que ellos también sean alcanzados por la codicia de Min.

El silencio que siguió fue absoluto. Kang-dae sintió el peso de sus responsabilidades aplastándolo. La noche de la traición apenas comenzaba, y el triángulo de poder entre el arma, el cerebro y el mapa estelar acababa de forjarse en la sangre y las amenazas veladas.

Mientras tanto, el viejo consejero Yi cruzaba los patios del palacio con la urgencia de quien sabe que el tiempo se ha vuelto un enemigo. Sus sospechas sobre el señor Min habían dejado de ser meras conjeturas; ahora eran una certeza asfixiante. Sabía que el Rey, postrado en su lecho, ignoraba por completo el asedio al Observatorio y que Min, tras años de paciente espera, finalmente había decidido dar el zarpazo final.

Sin embargo, antes de presentarse ante el monarca, Lord Yi se desvió hacia los pasillos silenciosos de la Oficina de Censura, el Saganwon. Allí, en una sala custodiada por los hombres de su hijo, se encontraba Han Ji-won.

El viejo consejero necesitaba mirar a su amigo a los ojos. Necesitaba saber si el erudito comprendía el abismo en el que se encontraban. Si se confirmaba que los mapas celestiales habían sido manipulados, el castigo sería la muerte; pero si se descubría que el verdadero genio detrás de esos trazos era Haneul, el escándalo destruiría no solo a su familia, sino la legitimidad misma de los augurios reales.

Lord Yi entró en la celda privada con el peso de los años sobre sus hombros. Al ver a su amigo, no hubo saludos protocolares.

—Ji-won —susurró el consejero, cerrando la puerta tras de sí—. Dime que los mapas que Min busca no existen. Porque si tu hija es la autora de lo que sospecho, no habrá rincón en Joseon donde la sombra de la traición no la alcance.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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