Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 49

  1. Inicio
  2. Bajo el Cielo de Joseon
  3. Capítulo 49 - Capítulo 49: La fiebre del Daesagan
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 49: La fiebre del Daesagan

La luz de la mañana se filtraba por las celosías de papel, bañando los aposentos del Daesagan con una claridad que contrastaba con el caos de la noche anterior. Haneul fue escoltada por los pasillos en silencio, sintiendo el peso de cada mirada de los guardias. Jun-ho había solicitado que el desayuno fuera servido en su estancia privada, un gesto que, aunque parecía una cortesía, no dejaba de ser una forma de mantenerla bajo su vigilancia directa.

—La señorita Haneul ha llegado —anunció el guardia desde el exterior.

—Que pase —ordenó la voz de Jun-ho, manteniendo su habitual tono sereno.

Haneul entró acompañada de su monjong. Ambas realizaron una reverencia profunda, el roce de sus sedas siendo el único sonido en la habitación. Jun-ho, vestido con una túnica de descanso más ligera pero igualmente elegante, les hizo un gesto hacia la mesa baja cargada de cuencos humeantes.

—Siéntense. Deben comer antes de que el día avance —dijo él.

Haneul se sentó con los hombros tensos y la mirada fija en sus manos entrelazadas sobre el regazo. El aroma del caldo y el arroz no lograba despertar sus sentidos; su mente seguía atrapada en la imagen de Kang-dae desapareciendo en la oscuridad.

—Lo siento —murmuró Haneul, con la voz cabizbaja—. No tengo apetito.

Jun-ho dejó sus palillos a un lado y la observó. A pesar de la palidez de su rostro, sus ojos seguían siendo tan agudos como siempre.

—Hoy tendremos un día agotador, señorita —respondió él con suavidad, pero con una firmeza ineludible—. El palacio no es lugar para los débiles de espíritu ni de cuerpo. Coma, para que pueda mantenerse en pie cuando la presión aumente.

Haneul levantó la vista sutilmente, deteniéndose en el pecho del noble, allí donde la venda se ocultaba bajo las capas de tela.

—¿Cómo se encuentra su herida? —preguntó en un susurro apenas audible.

—Estoy bien —contestó Jun-ho de inmediato, forzando una sonrisa ligera—. Amanecí mucho mejor, apenas es una molestia.

A su lado, el eunuco personal de Jun-ho bajó la vista para ocultar un destello de escepticismo. Él, que había servido al Daesagan durante años, sabía que su señor estaba mintiendo. El Saganwon era un lugar de pinceles y sellos, no de espadas; los años de burocracia le habían arrebatado a Jun-ho la práctica de la esgrima, y el tajo de Kang-dae, aunque superficial, palpitaba con una fiebre que el noble intentaba ignorar a toda costa.

Haneul, sin embargo, captó la rigidez en los hombros de Jun-ho. Comprendió que, en ese juego de apariencias, la salud del Daesagan era ahora tan secreta como sus propios mapas.

Jun-ho hizo un gesto breve pero imperativo con la mano, indicando que todos debían abandonar la estancia. Su eunuco y la momjong de Haneul obedecieron, cerrando las puertas tras de sí. En cuanto el último rastro de compañía se desvaneció, el silencio se volvió pesado.

Haneul, que no le había quitado la vista de encima, notó cómo el color abandonaba el rostro del Daesagan. Su piel, antes de un tono marfil saludable, se tornaba de una palidez cenicienta que delataba el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo por mantenerse erguido.

—No estás bien —dijo ella, con una nota de alarma vibrando en su voz.

Sin esperar permiso, se acercó a él con la intención de comprobar su temperatura. Sin embargo, en cuanto Jun-ho vio que la mano de Haneul se extendía hacia él, retrocedió con un movimiento brusco, evitando el contacto como si el roce de ella fuera un peligro mayor que la propia herida.

—Estoy bien —replicó él, aunque su voz sonó más débil que antes—. No tienes de qué preocuparte.

Haneul no se dejó intimidar por su rechazo. Dio un paso firme, invadiendo su espacio personal, y esta vez no le dio tiempo a reaccionar. Colocó su mano con decisión sobre la frente del noble. El calor que emanaba de su piel la hizo estremecer.

—Ardes en fiebre —sentenció, dejando su mano allí un segundo más de lo protocolario.

Jun-ho reaccionó de inmediato. Su mano, fría y temblorosa, atrapó la muñeca de Haneul para apartarla de su rostro. Sus ojos, nublados por el malestar, buscaron los de ella con una mezcla de indignación y sorpresa.

—¿Cómo osas tocarme sin mi permiso? —Siseó él, intentando recuperar esa voz de autoridad que el cuerpo le estaba negando.

Haneul no bajó la mirada. Sostuvo el silencio durante unos segundos que parecieron eternos, dejando que la tensión entre sus manos unidas hablara por ambos. Finalmente, con una mezcla de rabia y compasión, le respondió:

—Tienes fiebre y tu herida está sangrando de nuevo. ¿Cómo osas tú mentir de esa manera en contra de tu propia salud?

Por un instante, el Daesagan no supo qué responder. La lógica del burócrata se desmoronaba ante la cruda verdad de la mujer que tenía enfrente. Ella no veía al alto oficial de la corte; veía a un hombre que se desangraba. Haneul permanecía de rodillas frente a él, con la palma de su mano aún presionada contra la frente ardiente del Daesagan. Jun-ho no la había soltado; sus dedos seguían rodeando la muñeca de ella con una fuerza que pretendía ser autoritaria, pero que ahora se sentía como el agarre de un hombre que intenta no ahogarse.

La pregunta de Haneul sobre su salud quedó suspendida en el aire, pero la respuesta nunca llegó. Los ojos de Jun-ho, que hasta hace un segundo luchaban por mantener la compostura, se pusieron en blanco. Sus dedos perdieron la fuerza sobre la muñeca de Haneul y su cuerpo se ladeó pesadamente hacia adelante.

Haneul soltó un grito ahogado y extendió ambos brazos para recibir el impacto. El Daesagan se desplomó sobre ella, hundiendo su rostro en el hombro de la joven. El calor que emanaba de su piel era alarmante, una brasa que amenazaba con consumirlo. Terminaron en una posición desesperada sobre el suelo, con Haneul sosteniéndolo contra su pecho mientras sentía la humedad de la sangre fresca empezando a empapar su propia túnica.

Afuera, el estrépito del cuerpo de Jun-ho al caer alertó a los centinelas. El sonido de unas botas sobre la madera hizo que a Haneul se le helara la sangre.

—¿Daesagan? ¿Se encuentra bien? Oímos un ruido —preguntó un guardia desde el otro lado de la puerta, con la mano seguramente ya en el pomo.

Haneul miró la mancha roja que crecía en la seda de Jun-ho. Si los guardias entraban ahora y veían la naturaleza del tajo —un corte limpio de espada militar que ahora supuraba por la infección—, la coartada del accidente se desmoronaría. Sabrían que hubo un intruso. Sabrían que el “deserter” Kang-dae había estado allí.

—¡No entren! —gritó Haneul, forzando una voz que esperaba sonara a indignación y decoro—. El Daesagan ha tenido un mareo repentino por el agotamiento y… y se está recomponiendo. ¡No se atrevan a molestar hasta que él lo ordene personalmente!

El silencio que siguió fue denso, cargado de la sospecha de los soldados, pero finalmente los pasos se alejaron. Haneul exhaló un suspiro tembloroso, sintiendo el corazón de Jun-ho latir débilmente contra el suyo.

Con un esfuerzo sobrehumano, logró acomodar el cuerpo inerte sobre los cojines. Con manos expertas, acostumbradas a la precisión del pincel, pero ahora movidas por la urgencia de la vida, comenzó a desatar las capas de su vestimenta oficial. Al descubrir la herida, la realidad la golpeó: el tajo estaba inflamado y los bordes enrojecidos. Kang-dae no solo lo había herido; lo había marcado con una fiebre de muerte que ahora ella, en absoluta soledad y secreto, debía combatir para salvarlos a todos.

Haneul no se atrevió a levantarse del suelo. Permanecía de rodillas, con Jun-ho aún inconsciente en su regazo. El temblor de su cuerpo ya no era solo por el impacto de su colapso, sino por la adrenalina del momento. Con una mano temblorosa, retiró el cabello húmedo de la frente del Daesagan, y con la otra, comenzó a desabrochar con cuidado los botones de su túnica interior para exponer la herida.

Al descubrirla, contuvo el aliento. El tajo estaba inflamado, los bordes de la carne estaban enrojecidos y supuraban. Kang-dae no solo lo había herido; el acero de su espada, forjado en las batallas de la frontera, había introducido un veneno silencioso en su sangre aristocrática.

Haneul se levantó un momento para buscar el agua limpia y los ungüentos que Jun-ho guardaba en su botiquín de viaje. No podía arriesgarse a usar hierbas desconocidas; debía confiar en la medicina de la corte. Mojó un paño de seda y comenzó a limpiar la costra de sangre seca.

Fue entonces cuando los susurros empezaron.

—No… No dejen que se lo lleven —balbuceó Jun-ho, su cabeza moviéndose febrilmente de lado a lado—. El cielo… el cielo lo sabe. Los anales mienten.

Haneul se detuvo. Sus palabras, aunque rotas por la fiebre, tenían sentido. Él sabía algo sobre el Observatorio y los registros corruptos.

—Shh, descanse, Daesagan —susurró ella, acercando su rostro al de él para limpiar el sudor de su cuello.

—Haneul… —pronunció su nombre con una claridad aterradora. Sus ojos se abrieron, pero no había rastro de consciencia en ellos. Estaban nublados por el delirio.

Él sintió la respiración de Haneul; el aroma a tinta y a la seda que ella llevaba, un aroma que lo había perseguido desde que la vio por primera vez. En su estado de fiebre, su subconsciente tomó el control, borrando la jerarquía y el protocolo.

Con un movimiento repentino y cargado de una fuerza que no debería tener, Jun-ho levantó la mano y agarró a Haneul por la nuca. Antes de que ella pudiera reaccionar, la jaló hacia abajo.

Sus labios se encontraron con los de ella en un beso desesperado, torpe y abrasador por la fiebre. Haneul se quedó paralizada. No había dulzura en ese contacto, solo la urgencia de un hombre aferrándose a la vida y a una imagen que solo él podía ver en sus visiones febriles. El calor de su cuerpo parecía transferirse a ella en ese instante.

Duró apenas unos segundos. Justo cuando Haneul lograba reponerse del shock y empujarlo suavemente hacia atrás, Jun-ho soltó su nuca y cerró los ojos, cayendo de nuevo en una inconsciencia profunda. Sus labios quedaron entreabiertos, pero ya no decían nada.

Haneul retrocedió, llevándose la mano a la boca. Su corazón latía con una fuerza que le dolía en el pecho. ¿Qué acababa de pasar? ¿Él la había besado a ella… o a la visión de alguien más en su delirio?

Limpió la herida con manos temblorosas, aplicó el ungüento y volvió a vendarlo. Cuando el pulso de Jun-ho se estabilizó un poco, Haneul se sentó a su lado, observando el rostro del hombre que acababa de salvar su vida y que, en su debilidad, le había robado algo que ella creía que pertenecía solo a Kang-dae.

Bajo el mismo cielo pálido, a leguas de allí, otro hombre se enfrentaba a su propio destino.

Mientras tanto, en la frontera norte, la noche no era una tumba silenciosa, sino un caldero de viento helado y tensión.

Kang-dae había cabalgado sin descanso, cambiando de caballo en los puestos de avanzada usando el nombre de su General y el miedo que este inspiraba. Había cruzado ríos helados y rodeado puestos de control enemigos. Su cuerpo era puro agotamiento, pero su mente era un bucle infinito que repetía una sola imagen: Haneul abrazando al Daesagan.

Faltaban minutos para el amanecer cuando vio los estandartes del campamento militar ondeando bajo la luna pálida. El sonido de los cascos de su caballo alertó a los centinelas.

—¡Identifíquese! —gritó la voz de un guardia desde la torre de vigilancia, con el arco tensado.

—¡Bujang Kang-dae! —respondió él, con la voz ronca de polvo y desesperación—. ¡Abren las puertas!

Las puertas de madera se abrieron con un crujido pesado. Kang-dae desmontó y dejó que el semental, agotado hasta el límite, fuera llevado a los establos. Se sacudió el barro de la túnica militar y, sin detenerse, se dirigió a la tienda central. Sabía que cada segundo que pasaba sin ser visto en su puesto le sumaba años a su condena si era descubierto.

Entró en su tienda, esperando encontrarla vacía. Pero una silueta alta y robusta estaba de pie frente a su mapa táctico.

El general, su comandante, se giró lentamente. Sus ojos, curtidos por décadas de guerra, brillaron en la penumbra.

—Llegas tarde, Bujang —dijo el General, su voz era un trueno bajo—. Tus hombres dicen que saliste en una misión de exploración en solitario hace una noche. He revisado tus informes y no encuentro ninguna orden firmada.

Kang-dae se quedó quieto. El filo de la espada de Jun-ho había lacerado el pecho del Daesagan, pero el filo de las palabras de su general estaba a punto de lacerar su vida. Se arrodilló, no por respeto, sino por la estrategia.

—Fui a recoger inteligencia sobre el movimiento de las tropas enemigas, General —mintió, su voz sonando con una convicción que solo el amor por Haneul podía darle—. El Señor Min está moviendo al Rey y la frontera se volverá vulnerable. Necesitaba saber si estaban preparando un asalto.

El general lo observó en silencio durante un momento eterno. No había rastro de engaño en los ojos de Kang-dae, solo una ferocidad que el general conocía muy bien.

—Espero que esa información valga la cabeza que arriesgaste al desertar de tu puesto, Kang-dae —sentenció el General, dándose la vuelta—. Escribe el informe. Y reza para que el Señor Min no se entere de tu “misión de exploración”. O ni yo podré salvarte de la soga.

Kang-dae se levantó, su corazón latiendo con fuerza. Había salvado su vida en la frontera, pero sabía que la verdadera batalla por Joseon, y por el corazón de Haneul, apenas comenzaba en el palacio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo