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Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Flores reguetón y sospechas
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13: Flores, reguetón y sospechas 13: Flores, reguetón y sospechas La mañana en el teatro se sentía eléctrica.

Tatiana caminaba por el escenario con una sonrisa que ni el veneno de Antonela podía borrar.

La “arpía”, como ya la llamaban en secreto, se paseaba de un lado a otro lanzando indirectas sobre “mecánicos sucios” y “accidentes sospechosos”, pero Tati solo escuchaba la voz de Sebastián en su cabeza.

​Melissa, por su parte, era una explosión de alegría.

Entró al camerino y, para sorpresa de todos, envolvió a Alejandra en un abrazo de oso.

​—¡Tía Ale!

¡Te quiero tanto!

Eres la mejor manager y la tía más increíble del mundo —exclamó Melissa, dándole un sonoro beso en la mejilla.

​Alejandra se quedó rígida, con los brazos en el aire y una ceja a punto de salirse de su frente.

​—¿Pero qué te picó a ti, muchacha?

¿Te caíste de la cama o te tomaste el café con algo más?

—preguntó Alejandra, aunque en el fondo no podía evitar sonreír.

Melissa era como su sobrina política y le tenía un cariño especial, pero tanto afecto junto la tenía confundida.

​La respuesta a su confusión no tardó en llegar.

De repente, se escuchó un alboroto en la entrada principal del teatro.

Gritos de seguridad, susurros de los técnicos y el flash de un par de celulares.

​—¡Que no puede pasar, señorita!

¡Es un ensayo privado!

—gritaba el jefe de seguridad.

​—¡Dile a Alejandra que si no me deja pasar, voy a cantar mi próximo éxito aquí mismo en la acera y le voy a trancar la calle!

—se escuchó una voz ronca y potente que Melissa reconoció al instante.

​Alejandra caminó hacia la entrada con paso firme, seguida de cerca por Tatiana y una Melissa que sentía que las piernas le flaqueaban.

Al abrir las puertas, ahí estaba ella: Vanessa.

​La estrella de reguetón lucía unos lentes oscuros, una chaqueta de cuero personalizada y, en sus manos, un ramo gigantesco de orquídeas blancas y moradas que costaba más que el sueldo de todo el equipo de seguridad.

Al ver a Melissa, Vanessa bajó un poco sus lentes y le guiñó un ojo.

​—Buenos días, tía Ale —dijo Vanessa con una sonrisa de lado, usando el título para provocar—.

Solo vine a traerle un detalle a la rubia más escandalosa de este teatro.

¿Me dejan pasar o tengo que llamar a mi abogado?

​Alejandra miró a Vanessa, luego a Melissa (que estaba roja como un tomate), y finalmente a las flores.

El rompecabezas finalmente se armó en su cabeza.

​—Con que por eso tanto amor, ¿no?

—murmuró Alejandra mirando a Melissa—.

Me cambiaste por una reguetonera.

Alejandra soltó una carcajada seca, de esas que hacían que a Melissa le diera un escalofrío en la espalda.

Recordó todas las veces que la rubia se había burlado de ella cuando su esposo estaba cerca, lanzándole indirectas o defendiendo a Tatiana solo por llevarle la contraria.

Era hora de que la manager tomara el control del juego.

​—¿Saben qué?

—dijo Alejandra, cruzando los brazos con una sonrisa de suficiencia—.

Pasa, Vanessa.

Pasa adelante.

No queremos que una estrella de tu calibre se quede en la acera.

​Melissa abrió los ojos como platos.

Sabía que esa amabilidad de su “tía” era una trampa.

​—¿En serio, Ale?

—balbuceó Melissa, retrocediendo un paso mientras Vanessa entraba al teatro con el paso de quien es dueña del lugar.

​—¡Claro, mija!

—respondió Alejandra, palmeando el hombro de la rubia con fuerza—.

De hecho, Vanessa, quédate todo el ensayo.

Siéntate ahí mismo, en la primera fila, para que Melissa no pierda la inspiración.

Es más, Melissa, tú te vas a encargar de atenderla.

Tráele agua, un café, lo que la invitada necesite.

​Vanessa, captando de inmediato el juego de Alejandra, se acercó a Melissa y le puso el ramo de flores en los brazos, obligándola a sostenerlo frente a todos los técnicos que cuchicheaban.

​—Gracias, tía Ale.

Me encanta tu hospitalidad —dijo Vanessa, guiñándole un ojo a la manager—.

Melissa, cariño, asegúrate de que esas orquídeas tengan agua fresca.

Y después, ven a sentarte un momento conmigo, que anoche me quedé con ganas de decirte un par de cosas.

​Melissa estaba roja nivel volcán.

La venganza de Alejandra era perfecta: la estaba obligando a ser la “asistente” de su propio romance frente a todo el equipo de producción.

​Tatiana, desde el escenario, trataba de no soltar la risotada.

Ver a su amiga tan descolocada era un espectáculo único.

Pero la diversión se vio interrumpida cuando Antonela, furiosa por la atención que recibía Vanessa, se acercó a Alejandra.

​—Esto es una falta de respeto al contrato de exclusividad de Tatiana —chilló Antonela—.

¿Qué hace esta reguetonera aquí?

​Alejandra se giró hacia ella con una mirada de hielo que la hizo retroceder.

​—Esta “reguetonera” tiene más discos de platino que tú neuronas, Antonela.

Y en mi teatro, entra quien yo diga.

Ahora, ve a ver si Sebastián necesita algo en su casa, que aquí ya sobras.

Sebastián era terco como una mula vieja.

A pesar de los regaños de su madre y de tener la pierna vendada, convenció a Harry y a la pequeña Dani de que su presencia en el teatro era “estrictamente necesaria”.

​—Papá, el tío dice que si no supervisa él mismo la conexión de los filtros, el piano puede estallar —mintió la pequeña Dani con una seriedad asombrosa frente a sus abuelos, mientras Harry ayudaba a Sebastián a subir a la camioneta a escondidas.

​Cuando llegaron al teatro, Sebastián entró apoyado en Harry, tratando de disimular el dolor.

Su excusa oficial era supervisar el trabajo técnico, pero la verdad era que sus ojos solo buscaban una cosa: la silueta de Tatiana sobre el escenario.

​Al entrar a la sala, la escena era digna de una película.

En la primera fila, Vanessa estaba prácticamente encima de Melissa, quien sostenía el ramo de flores como si fuera un escudo, mientras Alejandra las observaba con una sonrisa de victoria desde un lado.

​Tatiana, que estaba repasando una partitura, sintió un frío eléctrico recorrerle la espalda.

Levantó la vista y lo vio.

Ahí estaba él, despeinado, con cara de haber dormido poco y apoyado en su hermano, pero mirándola con una intensidad que casi la hace caerse del banco del piano.

​—¿Pero qué haces aquí, loco?

—exclamó Alejandra, corriendo hacia ellos al verlo en ese estado—.

¡Sebastián, te mandé a reposo absoluto!

​—El trabajo no se supervisa solo, jefa —dijo Sebastián con voz ronca, sin quitarle los ojos de encima a Tatiana, que ya bajaba del escenario casi corriendo.

​—¡Tío Sebas!

—gritó la pequeña Dani, corriendo hacia Melissa y Vanessa—.

¡Mira, la tía Ale dejó entrar a la tía reguetón!

​Sebastián soltó una risita, pero se quedó sin aliento cuando Tatiana llegó a su lado.

El silencio se apoderó de esa parte del teatro.

Ignorando a Alejandra, a los técnicos y hasta a la furiosa Antonela que observaba desde las sombras, Tatiana le puso una mano en la mejilla con una ternura infinita.

​—Eres el hombre más terco que he conocido en mi vida —le susurró ella, con los ojos empañados.

​—Y tú la razón por la que no puedo quedarme sentado en una cama, Mozart —respondió él, olvidándose de su pierna y de su dolor para inclinarse hacia ella.

​Vanessa, desde su asiento, soltó un silbido de aprobación.

—¡Eso es tener estilo para llegar, cuñado!

—gritó la cantante, haciendo que Melissa se tapara la cara con las orquídeas de la pura vergüenza.

Sebastián soltó una carcajada que terminó en una mueca de dolor por las costillas, pero no apartó la mirada de Vanessa.

​—¡Qué cuñado ni qué ocho cuartos, Vanessa!

—le gritó con complicidad—.

¡Dile a la rubia que somos hermanos, a ver si así deja de mirarte como si fueras un alienígena!

​Vanessa solo le guiñó un ojo a Melissa y se encogió de hombros con suficiencia.

​—Hermanos no de sangre , pero yo me llevé todo el talento musical y él se quedó con la grasa de motor —bromeó la cantante, haciendo que todos rieran, excepto Antonela, que sentía que el mundo se le venía abajo.

​Sebastián, aprovechando el alboroto, aprovechó que Tatiana estaba pegada a él para lanzar una mirada rápida y muy discreta hacia Alejandra.

Fue una mirada cargada de significado, de esas que dicen: “Ella no tiene ni la más mínima sospecha de que estoy loco por su estrella”.

​Para Alejandra, Sebastián seguía siendo “el técnico de confianza” y Vanessa “la estrella invitada”.

No se imaginaba que en su propio teatro se estaba gestando una revolución amorosa que involucraba a su sobrina y a su mejor amiga.

​—Bueno, ya estuvo bueno de reuniones familiares —sentenció Alejandra sacudiendo las manos—.

Sebastián, si tanto querías supervisar, siéntate en esa silla y no te muevas.

Harry, ayúdalo.

Tatiana, al escenario.

Vanessa…

tú trata de no distraer a mi personal, si es que eso es posible.

​Tatiana subió al escenario con el corazón ligero.

Se sentó frente al piano y, antes de empezar, buscó la mirada de Sebastián.

Él le dedicó un pulgar arriba y una sonrisa que le dio toda la seguridad que necesitaba.

​—Esta canción…

—dijo Tatiana por el micrófono, con la voz suave pero firme—, es para alguien que me enseñó que la música también se siente en el rugido de un motor y en la lluvia de la noche.

​Antonela, desde las sombras de las bambalinas, apretó los puños.

Sabía que esa dedicatoria no era para ningún fan, sino para el hombre sentado en la primera fila.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Tidus tenemos derecho anar <3 Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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