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Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Escudos y puñales
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14: Escudos y puñales 14: Escudos y puñales Alejandra caminaba por el pasillo lateral del teatro, observando a través de las cortinas.

Por un lado, veía a Vanessa susurrándole cosas al oído a una Melissa derretida; por el otro, veía cómo la mirada de Tatiana brillaba con una luz que nunca antes le había visto, siempre buscando la aprobación de Sebastián en la primera fila.

​Alejandra suspiró, frotándose las sienes.

No era que no estuviera feliz por ellas, al contrario, ver a su sobrina tan “viva” le llenaba el corazón.

Pero conocía demasiado bien a su hermana, la madre de Tatiana.

Para esa mujer, su hija no era una persona, sino un monumento de mármol que debía mantenerse puro y lejos de “distracciones” que no fueran la música clásica.

​—Si mi hermana se entera de que Tati está enamorada de un mecánico, me quita la representación y a ella la encierra en un conservatorio en Rusia —murmuró Alejandra para sí misma, con el miedo instalándose en su pecho.

​Mientras tanto, en la oscuridad del área técnica, Antonela preparaba su jugada maestra.

No iba a cortar las luces ni a dañar el piano; eso sería demasiado obvio.

Sus dedos volaban sobre la pantalla de su celular.

Había logrado tomar una foto perfecta desde las sombras: Tatiana inclinada sobre Sebastián, sus rostros a milímetros de distancia, con una intimidad que no dejaba dudas.

​—Vamos a ver si sigues sonriendo cuando esto llegue a manos de quien debe —siseó Antonela con una sonrisa malévola.

​Buscó en su agenda el contacto: “Doña Beatriz – Madre de Tatiana”.

​—”Señora Beatriz, creo que debería saber en qué está invirtiendo el tiempo su hija durante los ensayos en Caracas.

Las malas influencias la están desviando del camino” —escribió Antonela, adjuntando la fotografía.

​Justo en ese momento, en el escenario, Tatiana empezó a tocar las primeras notas de su balada.

Era una melodía dulce, cargada de una pasión que dejó a todo el teatro en silencio.

Sebastián cerró los ojos, dejándose llevar por la música, sin saber que en ese mismo instante, a kilómetros de distancia, un teléfono estaba sonando y el mundo perfecto que estaban construyendo estaba a punto de tambalearse.

El ensayo había terminado con una nota de esperanza, pero el ambiente cambió drásticamente cuando el sonido de unos neumáticos caros chirrió frente a la entrada principal.

Una camioneta negra, blindada y de una elegancia intimidante, se detuvo en seco.

​Vanessa acababa de acercarse a Melissa, rodeándole la cintura con un brazo.

—Vámonos de aquí, Rapunzel.

Tengo un lugar reservado donde solo estaremos tú, yo y la luna —le susurró al oído.

​Pero Melissa no respondió.

Sus ojos estaban fijos en la mujer que bajaba de la camioneta.

Al verla, Melissa palideció tanto que Vanessa pensó que se iba a desmayar.

​—¡Madre B!

—exclamó Melissa, forzando una sonrisa y acercándose rápidamente para tratar de interceptarla—.

Pero qué hermosa estás…

¿y este milagro?

No te esperábamos hasta el estreno.

​Beatriz Fajardo bajó de la camioneta con un aire de superioridad que parecía congelar el aire caribeño de Caracas.

Ni un cabello fuera de su sitio, joyas discretas pero que costaban una fortuna y una mirada que analizaba todo como si fuera basura.

​—Hola, hija política.

Voy bien —respondió Beatriz con una arrogancia cortante, ignorando el cumplido—.

Ahorra los halagos, Melissa.

Vine porque me llegaron noticias de que este teatro se ha convertido en un circo.

¿Dónde está mi artista?

​Alejandra, que había visto la escena desde la puerta, sintió un vacío en el estómago.

Miró hacia adentro, donde Tatiana todavía estaba cerca del piano hablando animadamente con un Sebastián que seguía apoyado en su hermano.

​—¡Beatriz!

Qué sorpresa…

—dijo Alejandra, tratando de ganar tiempo—.

No avisaste que venías.

​—Si avisara, no vería la realidad, Alejandra —Beatriz entró al teatro con paso firme, sus tacones resonando como martillazos en el suelo de madera—.

Y la realidad es que mi hija debería estar descansando, no perdiendo el tiempo con…

personal técnico.

​Beatriz se detuvo en seco al ver a Tatiana.

Pero su mirada no se dirigió a su hija, sino a la mano de Tatiana, que todavía rozaba el brazo de Sebastián.

​En la esquina, Antonela observaba con una sonrisa triunfal.

El veneno había hecho efecto más rápido de lo esperado.

Sebastián, aunque herido, sintió el peligro de inmediato y trató de alejarse un poco de Tatiana para no perjudicarla, pero ya era tarde.

Los ojos de Beatriz se clavaron en él como dagas.

​—Tatiana María —la voz de su madre sonó como un látigo—.

Suelta a ese hombre ahora mismo y explícame qué hace un mecánico herido en medio de mi producción.

Sebastián sintió la tensión en el cuerpo de su hermana Vanessa, que ya estaba a punto de soltarle cuatro verdades a la señora Beatriz.

Antes de que la cantante pudiera abrir la boca, él se adelantó, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse firme sobre su pierna sana.

​—Señora Beatriz, disculpe el aspecto —dijo Sebastián con una voz profesional y neutra, aunque sus ojos buscaban calmar a Tatiana—.

Tuve un pequeño accidente laboral mientras ayudaba a montar la estructura del piano para su hija.

La señorita Tatiana solo estaba siendo amable, incluso me estaba pidiendo que me fuera a descansar, pero yo no haría tal cosa.

En mi familia nos enseñaron que primero es el trabajo y después lo demás.

​Beatriz lo escaneó de arriba abajo con desprecio, pero las palabras “trabajo” y “deber” parecieron apaciguarla un poco.

​—Al menos alguien en este lugar tiene ética —sentenció Beatriz, mirando a Alejandra con reproche—.

Tatiana, a la camioneta.

Ahora mismo.

Tenemos que revisar tu dieta y tus horas de sueño, te veo…

distraída.

​Tatiana miró a Sebastián con una mezcla de angustia y agradecimiento.

Él le dedicó un guiño casi imperceptible antes de que ella fuera arrastrada hacia la salida por su madre.

​Mientras tanto, en un rincón oscuro del teatro, Melissa no perdió el tiempo.

Vio la sonrisa de suficiencia de Antonela y sintió que la sangre le hervía.

Sin previo aviso, la agarró del brazo con fuerza y la arrastró hacia el pasillo de los camerinos, lejos de las miradas de los demás.

​—¡Suéltame, loca!

—chilló Antonela, tratando de zafarse.

​—¡Cállate si no quieres que te saque los dientes aquí mismo!

—le siseó Melissa, acorralándola contra la pared—.

¿De dónde sacaste el número de la Madre B?

¡Sé perfectamente que fuiste tú la que la llamó para arruinarle la vida a Tati!

​—Yo solo cuido los intereses de la artista…

—empezó a decir Antonela con cinismo.

​—Tú no cuidas nada más que tu envidia —la interrumpió Melissa, con la cara a milímetros de la suya—.

Estás despedida, Antonela.

No me importa lo que diga Recursos Humanos o la agencia.

Te quiero fuera de este teatro en cinco minutos, o le voy a contar a la policía cómo “casualmente” Sebastián tuvo un accidente después de que tú estuvieras merodeando su moto.

​Antonela palideció.

Sabía que Melissa no estaba jugando.

​ REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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