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Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Susurros en la oscuridad
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15: Susurros en la oscuridad 15: Susurros en la oscuridad El ensayo fue un suplicio.

Tatiana tocó con una técnica impecable, cada nota era perfecta, pero para Beatriz nunca era suficiente.

​—Estás plana, Tatiana.

Esa nota carece de la elegancia que te enseñamos en Viena.

Pareces una amateur —criticaba Beatriz desde la primera fila, con los brazos cruzados y una mueca de asco constante.

​Sebastián, sentado a unos metros, apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Escuchar cómo esa mujer trataba a Tatiana le dolía más que su propia pierna.

Se levantó con ayuda de Harry, lanzándole una mirada de fuego a Beatriz.

Prefirió retirarse antes de perder los estribos y decirle cuatro verdades a la “dueña y señora”, lo que solo empeoraría la situación para su Mozart.

​Tatiana, desde el escenario, lo vio irse y sintió que se le partía el alma.

La rabia empezó a crecer en su pecho.

Miraba a su madre y solo podía pensar en su padre.

Si él estuviera allí, todo sería diferente.

Su padre era el equilibrio, el hombre amable y respetuoso que siempre sabía cómo calmar las tormentas de Beatriz.

Era el único ser humano al que su madre no se atrevía a refutar, pero ahora que él no estaba, Beatriz se sentía con el derecho de gobernar la vida de todos como una dictadora.

​—¡Ya basta, Beatriz!

—exclamó Alejandra, subiendo al escenario al ver que Tatiana estaba a punto de estallar en llanto o en furia—.

El ensayo se cancela por hoy.

Nadie puede trabajar bajo este nivel de hostilidad.

​—Solo estoy puliendo el diamante, Alejandra.

Si tú fueras más estricta, no estaríamos perdiendo el tiempo con mecánicos —respondió Beatriz con frialdad.

​—¡A casa!

Todos a casa —ordenó Alejandra, ignorando el veneno de su hermana—.

Melissa, acompaña a Tatiana.

Beatriz, tú te vienes conmigo en la camioneta.

Tenemos mucho de qué hablar.

​El trayecto a la mansión fue un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de los mensajes que llegaban al teléfono de Melissa.

Tatiana miraba por la ventana, viendo las luces de Caracas y del Ávila, sintiéndose como una princesa encerrada en una torre de oro.

​Al llegar a la mansión, antes de entrar, Melissa logró susurrarle a Tatiana al oído mientras la ayudaba con su bolso: —No dejes que te apague la luz, Tati.

Sebas está bien, y yo acabo de borrar a la arpía de Antonela de nuestras vidas.

Mañana buscamos la forma.

​Pero la paz duró poco.

Apenas entraron a la sala principal, Beatriz se paró frente a un retrato del padre de Tatiana y suspiró con una hipocresía que hizo que a Tatiana le dieran náuseas.

​—Tu padre se avergonzaría de verte rodeada de gente tan ordinaria, Tatiana —dijo Beatriz sin voltear.

​—Mi papá sería el primero en sentarse a tomar un café con Sebastián, mamá.

Porque él sí sabía lo que es el respeto —respondió Tatiana con la voz temblorosa de rabia.

​La tensión en la sala era tan espesa que casi se podía tocar.

Beatriz estaba a punto de lanzar otro dardo venenoso sobre la “decencia” y el “honor de la familia”, cuando un ruido extraño provino del pasillo que conectaba con la cocina.

​Era un sonido de masticación ruidosa y un suspiro de satisfacción.

​De repente, la figura de Don Roberto, el padre de Tatiana, emergió de las sombras.

No parecía el imponente empresario que manejaba negocios internacionales; vestía un traje de sastre que costaba miles de dólares, pero ahora tenía una mancha de grasa de pastelito en la solapa y sostenía un vaso de refresco bien frío en la otra mano.

​Se quedó congelado a mitad de un bocado, mirando la escena.

Melissa y Alejandra estaban pegadas a la pared, con los ojos como platos, pareciendo efectivamente dos gatitos asustados ante el rugido de las fieras.

​—¡Roberto!

—exclamó Beatriz, perdiendo toda su compostura y palideciendo de la impresión—.

¿Qué haces aquí?

Se supone que llegabas en tres días.

​Roberto terminó de tragar, se limpió las migas de la boca con la mano (para horror de su esposa) y soltó una carcajada profunda que llenó toda la habitación.

Había pasado ocho meses fuera del país y lo primero que encontraba era el campo de batalla de siempre.

​—Quería darles una sorpresa, pero veo que la sorpresa me la llevé yo —dijo Roberto con voz tranquila pero firme—.

Entro a mi casa después de casi un año y lo primero que escucho son gritos.

¿Es que no pueden estar cinco minutos sin intentar destruirse?

​Caminó hacia Tatiana, ignorando la mirada gélida de Beatriz, y le dio un beso en la frente.

​—Hola, mi pianista favorita.

Estás más hermosa, pero tienes los ojos tristes.

¿Qué pasa aquí?

​—Papá…

—Tatiana se aferró a su brazo, sintiendo por fin un escudo real—.

Mamá cree que el teatro es una dictadura y que mis amigos son basura.

​Roberto miró a Alejandra y a Melissa, quienes soltaron un suspiro de alivio al verlo.

Luego, clavó su mirada en Beatriz, quien trataba de recomponer su máscara de superioridad.

​—Beatriz, querida…

tienes una mancha de rabia en la cara que no te queda nada bien —dijo Roberto con una ironía suave—.

Alejandra, Melissa, vayan a descansar.

Mañana hablaremos de cómo van esos ensayos.

Y tú, Tati, ve a tu cuarto.

Quiero hablar con tu madre a solas.

​—¡Pero Roberto, tienes que saber lo que esta niña ha estado haciendo!

—chilló Beatriz—.

¡Se ve con un mecánico!

¡Un hombre de lo más ordinario!

​Roberto levantó una mano, deteniéndola en seco.

Miró su propio traje manchado de grasa de pastelito y sonrió.

​—A mí me gustan los mecánicos, Beatriz.

Saben arreglar las cosas que se rompen.

A diferencia de nosotros, que a veces solo sabemos romper lo que funciona.

Ahora, a solas.

​Beatriz intentó mantener su postura rígida, señalando hacia las escaleras por donde Tatiana acababa de subir.

​—¡Roberto, no estoy de acuerdo!

Estás siendo demasiado blando.

La niña tiene que entender que su futuro y su prestigio están en juego.

¡No puede andar mezclándose con cualquiera!

—exclamó Beatriz con las mejillas encendidas.

​Roberto la miró con una mezcla de adoración y paciencia.

Se acercó a ella, tomó su rostro entre sus manos y la calló con un beso profundo y experto, de esos que siempre lograban desarmarla.

​—Tranquila, mi reina —susurró Roberto sobre sus labios—.

Tatiana no es tonta.

Ella sabe perfectamente quién es y todo lo que ha trabajado.

No va a tirar su carrera por la borda por un muchacho.

Déjala respirar un poco.

Ahora, vamos a nuestra habitación; tienes que descansar y yo tengo que contarte los detalles de los nuevos negocios que cerré en Europa.

Son cifras que te van a encantar.

​Beatriz, seducida por la mención de los negocios y el gesto cariñoso de su esposo, finalmente cedió.

Se dejó guiar escaleras arriba, lanzando una última mirada de advertencia al pasillo, pero ya con menos fuego en los ojos.

​Mientras tanto, en la habitación de Tatiana, el ambiente era muy diferente.

Melissa se había quedado a dormir para apoyar a su amiga.

Tatiana ya estaba profundamente dormida, agotada por el estrés del día, con una expresión de paz que solo el regreso de su padre le había podido dar.

​Melissa, sentada en el borde de la cama, vio cómo su teléfono vibraba.

Era una videollamada de Vanessa.

Se puso los audífonos a toda prisa y contestó en un susurro, escondiéndose bajo las sábanas para no despertar a Tati.

​—¿Me extrañas, Rapunzel?

—la cara de Vanessa apareció en pantalla.

Estaba en su estudio, con la luz tenue y un aire peligrosamente sexy.

​—Casi me muero hoy, Vane.

La Madre B casi nos descubre a todos —susurró Melissa, sintiendo que el corazón le latía con fuerza solo de verla.

​—Pues prepárate, porque cuando por fin estemos a solas, no te voy a dejar dormir en tres días —dijo Vanessa con esa voz ronca que ponía a Melissa a temblar—.

Tengo pensadas un par de cosas…

digamos que vamos a recuperar todo el tiempo que perdimos cuando éramos unas niñas.

Te voy a llevar a un lugar donde el único cielo que veas sea el de mi habitación.

​Melissa se mordió el labio, roja como un tomate, imaginando cada palabra.

​—Vanessa…

eres un peligro —logró decir Melissa.

​—Soy tu peligro favorito, rubia.

Mañana paso por ti, no me importa quién esté en esa casa.

Buenas noches, nena.

​Melissa colgó, con la respiración entrecortada y una sonrisa traviesa.

La guerra con Beatriz seguía en pie, pero con Don Roberto de vuelta y Vanessa al teléfono, sentía que podían con todo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 He añadido etiqueta en este libro, añada “Gusta” en el cual para el soporte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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