Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 El plan de la tía Ale
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18: El plan de la tía Ale 18: El plan de la tía Ale Beatriz estaba todavía en su despacho, sumergida en contratos, cuando Alejandra entró a la habitación de Tatiana.
Vio a Roberto y a su sobrina hablando en voz baja y supo que el terreno estaba despejado.
—¡Tati!
—dijo Alejandra con voz fuerte, para que se escuchara desde el pasillo—.
He pensado que estás muy encerrada.
Tus primos en mi casa no dejan de preguntar por ti.
¿Por qué no te vienes conmigo a pasar la tarde?
Roberto, dile a tu mujer que me llevo a la niña un rato para que respire aire puro.
Roberto, captando la jugada de inmediato, asintió con una sonrisa cómplice.
—Me parece una idea excelente, Alejandra.
Yo me encargo de calmar a la fiera si pregunta.
¡Vayan rápido antes de que cambie de opinión!
Tatiana no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Se puso una chaqueta ligera, guardó el peluche en su bolso y salió de la mansión en la camioneta de su tía.
Pero apenas doblaron la esquina y perdieron de vista la garita de seguridad, Alejandra tomó una ruta completamente diferente.
—¿Tía?
Esta no es la vía para tu casa —dijo Tatiana, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Tus primos pueden esperar, Tati.
Hay alguien en un taller que tiene cara de no haber dormido esperando noticias de “su Mozart” —respondió Alejandra con un guiño—.
Dani me contó que logró entregarte el mensaje, pero Sebastián está que se sube por las paredes del taller de los nervios.
Cuando llegaron al taller, el olor a gasolina y caucho quemado inundó los sentidos de Tatiana.
No era el perfume francés de su casa, pero para ella, era el aroma de la libertad.
Al bajar del auto, vio a Sebastián.
Estaba bajo el capó de un Mustang viejo, con los brazos manchados de grasa y el ceño fruncido.
Al escuchar la puerta de la camioneta, se asomó y se quedó paralizado.
Limpió sus manos rápidamente en un trapo sucio, sin poder creer que ella estaba ahí.
—¿Tatiana?
—susurró él, con la voz quebrada.
Alejandra se quedó apoyada en la camioneta, mirando su reloj.
—Tienen treinta minutos.
Yo me quedo aquí vigilando por si aparece algún paparazzi o, peor aún, mi hermana en un helicóptero.
¡Corran!
Sebastián no esperó.
Cruzó el taller en dos zancadas y, olvidándose de la grasa y del mundo, tomó a Tatiana por la cintura y la levantó en el aire, refugiando su rostro en el cuello de la pianista.
—Pensé que no te vería en días —le dijo al oído, apretándola fuerte—.
¿Estás bien?
¿Tu madre te hizo algo?
Sebastián no soltaba a Tatiana.
La rodeaba con sus brazos como si quisiera protegerla de todo el mármol y la frialdad de su mansión.
Ella, por su parte, metió la mano en su bolso y sacó un pequeño sobre de seda.
—No podía venir con las manos vacías —susurró Tatiana, entregándole el sobre—.
Es una partitura que escribí anoche.
No es música clásica, Sebas…
es la melodía que escucho cuando pienso en nosotros.
Se llama “Bajo el cielo del Ávila”.
Prométeme que la guardarás.
Sebastián tomó el sobre con una reverencia, como si fuera el objeto más valioso de la tierra.
—Te lo prometo, mi Mozart.
La guardaré cerca del corazón.
Pero el momento mágico se rompió cuando un coche frenó de golpe frente al taller, levantando una nube de polvo.
Alejandra, que estaba vigilando afuera, dio dos toques rápidos en la carrocería de un auto cercano.
Era la señal de peligro.
La puerta del taller se abrió y entró Harry, el asistente de confianza de Alejandra, pero su cara estaba pálida.
—¡Tienen que irse ya!
—dijo Harry casi sin aliento—.
Alejandra, acabo de recibir un pitazo.
Beatriz no se tragó lo de los primos.
Mandó a uno de sus choferes a seguir tu camioneta y el tipo está a dos cuadras de aquí.
Tatiana sintió un frío glacial.
Si el chofer la veía ahí, no habría forma de salvar a Sebastián de la furia de su madre.
—¡Sebas, escóndete!
—pidió Tatiana, pero él se quedó firme.
—No me voy a esconder como un criminal en mi propio taller, Tati —dijo él con la mandíbula tensa—.
Pero no quiero que tú pagues las consecuencias.
Alejandra entró corriendo y tomó a Tatiana del brazo.
—¡Rápido!
Harry, tú quédate aquí y finge que estás revisando algo con Sebastián.
Tatiana, sal por la puerta trasera, da la vuelta a la manzana y encuéntrame en la panadería de la esquina.
¡Muévanse!
Antes de soltarlo, Tatiana le dio un último beso a Sebastián, un beso con sabor a despedida urgente y a promesa eterna.
Corrió hacia la parte trasera del taller mientras Harry empezaba a hacer ruido con unas herramientas para disimular.
Apenas un minuto después de que Tatiana desapareciera, el lujoso coche negro de la familia Fajardo pasó lentamente frente al taller.
El chofer de Beatriz escudriñó el lugar con la mirada, viendo solo a dos hombres trabajando bajo un motor.
Sebastián lanzó una llave inglesa contra la pared del taller, provocando un estruendo metálico que hizo que Harry saltara del susto.
Su respiración era agitada y el sudor le corría por la frente, mezclado con la rabia.
—¡Ya basta!
—gritó Sebastián—.
No voy a permitir que Tatiana siga viviendo con miedo en su propia casa.
Voy a ir a esa mansión ahora mismo.
Voy a entrar por la puerta principal y voy a hablar con Don Roberto.
Si es el hombre razonable que todos dicen, me va a escuchar.
Vanessa, que acababa de llegar de su escapada con Melissa y todavía tenía ese brillo de felicidad en los ojos, se interpuso en su camino, poniéndole una mano firme en el pecho.
—¡Quieto ahí, hermanito!
—le espetó Vanessa con autoridad—.
No vas a ir a ningún lado.
Mírate, estás temblando de la rabia y, sobre todo, recuerda que esa pierna todavía no está para trotes.
Un mal movimiento y te quedas cojo de por vida.
—¡Me importa un bledo la pierna, Vane!
—replicó él—.
Es mi mujer la que está allá encerrada.
—¡Piensa con la cabeza, no con el orgullo!
—Vanessa le sostuvo la mirada—.
El gran concierto en el teatro es en solo tres días.
Es la oportunidad de oro.
Si vas ahora y armas un escándalo, Beatriz tendrá la excusa perfecta para llamar a la policía, cancelar el contrato del taller y mandar a Tatiana a Europa esa misma noche.
¿Eso es lo que quieres?
Sebastián apretó los dientes, pero el silencio de Vanessa fue ganando terreno.
Ella tenía razón.
—En el concierto —continuó Vanessa, bajando el tono—, ella estará en el escenario y tú estarás en el personal técnico.
Estarán bajo el mismo techo, legalmente.
Allí es donde podemos actuar.
Además, Melissa me dijo que Don Roberto ya sospecha y que está de su lado.
Deja que el agua corra un poco más.
No arruines todo por cinco minutos de furia.
Sebastián se dejó caer en un banco de madera, derrotado por la lógica de su hermana.
Apretó en su mano el sobre de seda con la partitura que Tatiana le había dado.
“Bajo el cielo del Ávila”.
—Tres días —gruñó Sebastián—.
Tres días más de este teatro de sombras.
Pero después del concierto, se acaba el juego.
O salimos de esto juntos, o se termina todo para mí.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 a veces el amor duele <3 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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