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Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El rescate en el asfalto
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2: El rescate en el asfalto 2: El rescate en el asfalto Sebastián apretó los dientes mientras sentía el sudor correr por su nuca bajo el casco.

Sus ojos claros, usualmente tranquilos, estaban fijos en el estrecho espacio entre un autobús y el carro donde Alejandra gritaba por teléfono.

No tenía tiempo que perder; el cliente ya estaba molesto por el error del repartidor anterior y a él le tocaba dar la cara, como siempre.

Con la barba bien pulida y el cabello algo largo asomándose por debajo del casco, Sebastián vio el hueco.

Aceleró.

La moto rugió, lista para sacarlo de ese infierno de metal, cuando de repente, una puerta se abrió de par en par justo en su trayectoria.

—¡Mierda!

—exclamó, mientras el mundo se movía en cámara lenta.

Sus reflejos, curtidos por años sorteando el caos de Caracas, tomaron el mando.

En lugar de impactar de lleno contra la chica del vestido elegante que acababa de salir del carro, Sebastián apretó los frenos con una fuerza brutal y giró el manubrio.

La moto coleó violentamente, el metal chilló contra el asfalto lanzando chispas, y él se dejó caer hacia un lado para usar su propio cuerpo y el peso de la máquina como escudo.

La moto se deslizó unos metros, deteniéndose a escasos centímetros de los pies de Tatiana.

Sebastián quedó tendido en el suelo, con el corazón martilleándole en los oídos y el brazo raspado por el pavimento caliente.

Aturdido, se quitó el casco de un tirón.

Lo primero que vio no fue su moto dañada, ni el pedido regado por el suelo, sino a la mujer frente a él: blanca como un papel, con los ojos llenos de lágrimas y un vestido que parecía sacado de un sueño, pero en medio de la peor pesadilla de la Autopista Fajardo.

—¿Estás loca o qué te pasa?

—soltó Sebastián con la voz entrecortada, tratando de ponerse en pie mientras el dolor empezaba a despertarse en su hombro—.

¡Casi te mato, chama!

Tatiana lo miraba sin poder articular palabra, temblando de pies a cabeza, mientras Alejandra y Melissa salían del carro gritando nombres y pidiendo explicaciones.

Sebastián se apartó de la moto con un gruñido de dolor, sacó su teléfono y marcó con los dedos temblorosos.

—¡Maldito sea, chamo!

—le espetó a su hermano apenas atendió—.

Perdí el pedido en la Fajardo porque una loca abrió la puerta en todo el medio.

Sí, la moto está rayada.

Manda a otro de los muchachos con una cortesía y el pedido nuevo para el cliente de Altamira.

Muévete.

Colgó y, por el rabillo del ojo, captó la escena: un hombre musculoso —seguramente el guardaespaldas— ya estaba hablando con unos fiscales de tránsito que aparecieron de la nada, mientras el chofer del carro caminaba de un lado a otro agarrándose la cabeza.

En el centro de todo, Tatiana parecía una muñeca de porcelana a punto de romperse, rodeada por Alejandra y Melissa, quienes le lanzaban preguntas como si fueran proyectiles.

Sebastián, con la adrenalina todavía a millón, se dio la vuelta para encarar a las “fresas” que habían causado el desastre.

Estaba listo para soltarles un rosario de verdades sobre la imprudencia de abrir una puerta en plena vía rápida.

—¡Epa!

—soltó Sebastián, caminando hacia ellas con paso firme a pesar de la cojera—.

¿Ustedes creen que la autopista es el patio de su casa?

¡Casi me mato por culpa de su gracia!

Alejandra, sin siquiera mirarlo a los ojos, metió la mano en su bolso de diseñador.

Con una frialdad que le heló la sangre a Sebastián, sacó un fajo de billetes y se lo extendió sin dejar de revisar a Tatiana.

—Toma, esto debería cubrir los daños de esa…

moto y lo que sea que estabas entregando —dijo Alejandra con tono despectivo—.

Considéralo un pago por tu silencio.

No queremos que este “pequeño error” salga en ninguna red social.

Desaparece.

Sebastián se quedó mirando los billetes y luego la cara de prepotencia de la mujer.

El insulto no fue el golpe, fue la forma en que lo trataron, como si su vida tuviera un precio de oferta.

Justo cuando Sebastián iba a responderle a Alejandra, el cielo de Caracas, traicionero y puntual, se desplomó sobre ellos.

No fue una llovizna; fue un “palo de agua” violento que convirtió el asfalto en un espejo oscuro en cuestión de segundos.

​—¡Esto no puede ser cierto!

—gritó Sebastián al cielo, sintiendo el agua helada empapar su camisa y la herida del brazo.

​La lluvia lo hacía todo más difícil.

Los oficiales de tránsito, apurados por el chaparrón, se acercaron para ayudarlo a remolcar la moto hacia el hombrillo, tratando de liberar la cola kilométrica que la imprudencia de la artista había causado.

Sebastián empujaba su máquina con rabia, maldiciendo su suerte, mientras el agua le nublaba la vista.

​Dentro de la camioneta, el caos era diferente.

​—¡Adentro, ahora mismo!

—ordenó Alejandra, jalando a Tatiana y a Melissa hacia los asientos de cuero—.

¡Chofer, arranque!

Salga de aquí antes de que alguien tome una foto.

Olvida esto, Tati, fue solo un mal momento.

​El conductor aceleró, dejando atrás el rastro de aceite, lluvia y el cuerpo de Sebastián luchando con su moto bajo la tormenta.

Alejandra seguía hablando por teléfono, tratando de controlar los daños de la carrera de Tatiana, pero ella ya no la escuchaba.

​Tatiana, con el corazón todavía acelerado, bajó un poco la ventana.

El aire frío y las gotas de lluvia le golpearon el rostro.

Buscó con la mirada entre la neblina del agua y alcanzó a ver, por un segundo, la figura de aquel chico de ojos claros bajo el aguacero.

No sabía su nombre, no sabía quién era, pero la forma en que la había mirado —con una verdad que nadie en su mundo de lujos se atrevía a mostrarle— le causó una intriga que no pudo sacudirse.

​La camioneta se perdió en el túnel de la ciudad, dejando a Sebastián atrás, pero Tatiana sabía, en el fondo de su alma, que esa no sería la última vez que el destino los pondría en la misma vía.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Nunca dudes de ti mismo <3

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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