Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 El regreso de la Reina
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20: El regreso de la Reina 20: El regreso de la Reina El Aeropuerto Internacional de Maiquetía se sentía diferente.
Tatiana caminaba por la terminal con una elegancia que solo los escenarios de Viena y París pueden dar.
Sus ojos, ahora más profundos, buscaban las caras conocidas.
No había vuelto en tres años; aquella noche del concierto, tras ver que Sebastián no apareció ni para un “adiós”, ella cerró su corazón y se subió al avión con su padre, decidida a ser la mejor pianista del mundo para no tener que pensar en el dolor.
—¡Tati!
¡Aquí!
—gritó Vanessa, quien lucía más radiante que nunca, con su estilo urbano ahora mezclado con marcas de alta costura.
A su lado, Melissa corrió a abrazar a su mejor amiga.
El reencuentro fue un mar de lágrimas y risas.
Melissa ya no era la asistente asustadiza; se había convertido en una escritora de renombre, cuyas crónicas sobre la vida de los artistas eran devoradas por miles.
—Mírate, ¡estás hermosa!
—dijo Melissa, detallando el vestido de diseñador de Tatiana—.
Venezuela te extrañaba.
—Y yo a ustedes —susurró Tatiana, aunque su mirada se perdió un segundo en el horizonte del Ávila, preguntándose inevitablemente si “él” todavía respiraba ese mismo aire.
—Esta noche tenemos la fiesta de reencuentro de la escuela —dijo Vanessa, subiendo las maletas a su nuevo deportivo—.
Tienes que celebrar que eres una estrella.
Mientras conducían hacia la ciudad, Melissa les contaba cómo finalmente había enfrentado a sus padres.
Recordó el día que se plantó frente a ellos y les dijo: “Amo a una mujer y me voy a vivir con ella.
Tengo mi dinero, mi carrera y mi vida.
Si deciden sacarme de su mundo, estaré bien”.
Para sorpresa de todos, tras el choque inicial, la alegría y la lealtad de Vanessa terminaron ganándoselos.
Ahora, Vanessa era la “nuera favorita”.
Todavía se reían de cuando la hermana del medio de Melissa quedó embarazada y el novio huyó; Vanessa no solo pagó los mejores médicos, sino que animó a la familia con sus chistes malos y su energía inagotable en los momentos más oscuros.
—Mi mamá ama más a Vane que a mí ahora —bromeó Melissa, dándole un beso en la mejilla a la cantante mientras conducía.
Pero el silencio cayó cuando pasaron cerca de la zona donde solía estar el antiguo taller.
Tatiana apretó las manos sobre su regazo.
—¿Saben algo de él?
—preguntó Tatiana, tratando de sonar indiferente.
Melissa y Vanessa se miraron por el retrovisor.
—Después de que se fue esa noche del concierto…
desapareció del mapa, Tati —respondió Vanessa con un tono más serio—.
Vendió el taller y no dejó rastro.
Harry dice que se fue al interior del país a trabajar en minas o algo así.
Nadie lo ha vuelto a ver en Caracas.
Tatiana asintió, sintiendo el viejo pinchazo en el pecho.
Ella se había ido sin mirar atrás, convencida de que él la había abandonado por falta de amor, sin saber que Sebastián lo había hecho para que ella pudiera alcanzar las estrellas.
La llegada a la mansión Fajardo fue distinta a cualquier otra.
Beatriz y Roberto la esperaban con una cena íntima, llena de manjares venezolanos que Tatiana tanto extrañaba.
Beatriz, aunque seguía siendo una mujer de gustos exquisitos, se veía más calmada, orgullosa del éxito internacional de su hija.
Roberto, por su parte, no dejaba de sonreír, feliz de tener a su “Mozart” de vuelta en casa.
—Estás radiante, hija.
Europa te ha sentado de maravilla —dijo Roberto brindando con una copa de vino.
Tras la cena, Tatiana se puso un vestido que dejaba sin aliento y se marchó con Melissa y Vanessa a la fiesta de reencuentro.
El lugar estaba lleno de caras conocidas, música y nostalgia.
Entre copas de champaña y risas, Tatiana divisó una figura alta y familiar cerca de la barra: Carlos, su exnovio de la secundaria y antiguo jefe de seguridad de sus giras.
Carlos se veía más maduro, con un aire de confianza que antes no tenía.
Al verla, se acercó con una sonrisa lenta.
—La gran Tatiana Fajardo…
Pensé que ya te habías olvidado de los mortales de Caracas —dijo Carlos, ofreciéndole una copa.
La noche avanzó entre anécdotas y bailes.
El calor de la ciudad, el alcohol y la sensación de libertad después de años de rigidez académica hicieron efecto.
Tatiana miraba a Carlos y recordaba una época más simple, antes de los talleres mecánicos y los corazones rotos.
En un impulso por llenar el vacío que Sebastián había dejado hace tres años, Tatiana se dejó llevar.
La noche no terminó en la fiesta.
Terminó en el apartamento de Carlos, entre sábanas de seda y recuerdos recuperados.
Fue un encuentro explosivo, una forma de Tatiana de decirse a sí misma que ya era una mujer dueña de sus decisiones.
A la mañana siguiente, mientras tomaban café en el balcón del chico, Carlos la miró con intensidad.
—No quiero que esto sea solo cosa de una noche, Tati.
He esperado tres años para que volvieras.
Tatiana asintió, dejándose envolver por la seguridad que Carlos le ofrecía.
Comenzaron a salir formalmente, asistiendo a eventos y siendo la pareja “perfecta” ante los ojos de la sociedad caraqueña.
Beatriz estaba encantada; Carlos era “alguien de su mundo”.
Sin embargo, el destino es caprichoso.
Una tarde, mientras Tatiana iba con Carlos en su camioneta blindada por las Mercedes, el vehículo empezó a fallar y soltar un humo negro por el capó.
—Maldita sea, se recalentó —dijo Carlos bajándose molesto—.
Llamaré a la grúa.
—No hace falta, ahí hay un taller que parece abierto —dijo Tatiana señalando un local moderno y enorme llamado “S.F.
Automotive”.
Lo que Tatiana no sabía era que esas iniciales no eran casualidad.
Carlos entró al taller con esa actitud de superioridad que siempre lo caracterizaba.
El lugar era impresionante: paredes de cristal, herramientas de última tecnología y autos de lujo que Tatiana nunca imaginó ver en Caracas.
—¡Hey!
¿Quién es el encargado?
—gritó Carlos, golpeando el mostrador—.
Mi camioneta se quedó accidentada afuera y tengo prisa.
Desde el fondo de la oficina principal, un hombre salió vistiendo una camisa negra impecable, con las mangas remangadas revelando unos brazos fuertes y tatuados.
Ya no vestía el uniforme sucio de antes, pero su presencia seguía llenando cualquier habitación.
Era Sebastián.
Se quedó paralizado a mitad del taller.
Sus ojos se clavaron en Tatiana, quien estaba de pie junto a la puerta, luciendo un vestido elegante y joyas caras.
El silencio fue ensordecedor.
Sebastián ya no era el muchacho que se escondía en los arbustos; ahora era el dueño de “S.F.
Automotive”, un imperio que había levantado con el sudor de su frente en el interior del país antes de volver a la capital.
—¿Sebastián?
—susurró Tatiana, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Vaya…
la pianista ha vuelto —dijo Sebastián con una voz ronca y fría, ocultando el dolor que sentía al verla—.
Y parece que con compañía.
Carlos, sin captar la tensión, se puso entre ambos.
—¿Se conocen?
Bueno, no importa.
Arregla mi camioneta, te pagaré lo que sea.
Sebastián soltó una risa seca, mirando a Carlos con desprecio.
—No necesito tu dinero, Carlos.
Y menos el de alguien que todavía le rinde cuentas a Beatriz Fajardo.
Tatiana palideció.
¿Carlos seguía trabajando para su madre?
Esa misma noche, después de lograr salir de ese incómodo encuentro, Tatiana se reunió con Melissa en un café.
Melissa estaba visiblemente nerviosa y, tras dar mil vueltas a su taza, soltó la bomba.
—Tati, tengo que decirte algo sobre Carlos.
He estado investigando para mi próximo libro y encontré unos registros.
Carlos nunca dejó de estar en la nómina de tu madre.
Durante los tres años que estuviste fuera, él fue quien le informaba a Beatriz de cada uno de tus movimientos en Europa.
Tatiana sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué estás diciendo, Meli?
—Que tu “romance” con él no es casualidad —sentenció Melissa—.
Tu madre lo planeó todo.
Ella sabía que volverías con el corazón roto y puso a Carlos en tu camino para mantenerte controlada.
Y hay algo más…
Sebastián no se fue porque quiso.
Carlos lo amenazó con enviarlo a la cárcel usando pruebas falsas que tu madre fabricó si no desaparecía de tu vida esa noche del concierto.
Tatiana sintió que el mundo se le venía abajo.
Había estado durmiendo con el enemigo mientras el hombre que realmente la amaba se sacrificaba en el silencio para protegerla.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Su regalo es mi motivación de creación.
Deme más motivación
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