Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Máscaras y mentiras
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21: Máscaras y mentiras 21: Máscaras y mentiras Tatiana llegó al apartamento de Carlos con la sangre hirviendo.
Apenas él abrió la puerta con una sonrisa seductora, ella entró como un torbellino, lanzando su bolso sobre el sofá.
—¿Es verdad, Carlos?
¿Sigues en la nómina de mi madre?
—soltó ella sin anestesia, clavándole una mirada que habría congelado el Caribe.
Carlos se quedó petrificado por un segundo, pero rápidamente recuperó su fachada de “hombre perfecto”.
Soltó una risita nerviosa y trató de acercarse para tomarle las manos.
—Tati, mi amor, ¿de qué estás hablando?
Estás alterada.
Ven, siéntate…
—¡No me toques!
—gritó ella, retrocediendo—.
Melissa descubrió que nunca dejaste de reportarle mis movimientos a Beatriz.
Y lo peor…
que amenazaste a Sebastián con pruebas falsas para que se fuera esa noche.
Carlos cambió el semblante.
Sus ojos se volvieron fríos, pero de inmediato fingió una expresión de profunda decepción.
Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a caminar de un lado a otro, haciendo el papel de víctima.
—¿Melissa?
¡Tatiana, por Dios!
Tu amiga siempre me ha odiado porque no soy un artista bohemio como los que a ella le gustan.
¡Está loca!
—exclamó Carlos con voz dolida—.
¿De verdad vas a creerle a ella antes que a mí?
He estado aquí para ti desde que llegaste.
He cuidado de ti cuando nadie más lo hacía.
Se acercó a ella con los ojos llorosos, una actuación digna de un Oscar.
—¿Tú crees que yo sería capaz de algo tan bajo?
Lo que pasa es que Melissa no soporta vernos felices.
Está celosa de que tú y yo tengamos un futuro real, mientras ella vive en ese mundo de escándalos con la reguetonera.
Sebastián se fue porque es un cobarde que no pudo con la presión, Tatiana.
No dejes que las mentiras de una escritora con ganas de drama arruinen lo que tenemos.
Tatiana lo miró en silencio.
Por un momento, la duda pasó por su mente.
Carlos hablaba con tanta seguridad, con tanta “herida” en su voz, que casi parecía real.
—Si es mentira, Carlos…
—dijo ella con la voz temblorosa—, no tendrías problemas en mostrarme tus estados de cuenta de los últimos tres años, ¿verdad?
O en venir conmigo ahora mismo al taller de Sebastián para desmentirlo en su cara.
Carlos se tensó.
El sudor empezó a brillar en su frente a pesar del aire acondicionado.
Su máscara de víctima estaba empezando a agrietarse.
La risa de Carlos cambió.
Ya no era la risa cálida del novio perfecto, sino una mueca gélida y lateral que hizo que a Tatiana se le helara la sangre.
Antes de que ella pudiera reaccionar, él la tomó del brazo con una fuerza que nunca le había mostrado, arrastrándola hacia el sofá.
—¿Estados de cuenta?
¿En serio, Tati?
—dijo Carlos, su voz ahora era un susurro cargado de veneno—.
Tu tonta madre no tuvo nada que ver en lo más importante.
Ella solo era una vieja asustada cuidando su tesoro, y yo solo decidí ser el hombre que ella quería para su hija.
Tatiana forcejeó, pero él la mantuvo firme.
—¿Manipular a Sebastián?
—continuó Carlos, soltando una carcajada seca—.
Ese infeliz se derrotó solo.
Cuando fui a buscarlo para “advertirle”, el taller ya estaba cerrado.
Él ya se había largado como un perro con el rabo entre las piernas porque sabía que no te merecía.
Yo solo aproveché el camino libre que ese cobarde me dejó.
Te seguí a Europa, te cuidé desde las sombras, esperé tres años…
¿Y ahora vas a dejarme por un mecánico que te abandonó sin decir adiós?
Tatiana lo miró con asco, las lágrimas de rabia acumulándose en sus ojos.
—Eres un monstruo, Carlos.
Me seguiste como un acosador, no como un novio.
—¡Te seguí porque soy el único que puede darte la vida que te corresponde!
—gritó él, apretando más su agarre—.
Tu madre me aceptó porque soy lo que ella soñó, pero yo lo hice por mí.
No vas a ir a ningún lado, Tatiana.
No ahora que por fin te tengo donde quería.
En ese momento, el teléfono de la entrada comenzó a sonar con insistencia.
Era la vigilancia del edificio.
Carlos soltó a Tatiana por un segundo, lo suficiente para que ella retrocediera hacia la puerta.
—¡Si sales por esa puerta, le diré a todo el mundo que Sebastián es un criminal y me encargaré de que su nuevo taller desaparezca en una noche!
—amenazó Carlos, perdiendo los estribos.
Pero Tatiana ya no escuchaba.
El miedo se había transformado en una claridad absoluta: Sebastián no se había ido por una amenaza de Carlos, se había ido por amor…
y ella había pasado tres años odiando al hombre equivocado.
El timbre del intercomunicador seguía sonando, pero Carlos no se inmutó.
Miró a Tatiana con una frialdad que la dejó paralizada.
—Esa es nuestra señal, Tati —dijo él, sacando un pequeño bolso que ya tenía preparado—.
No voy a permitir que Melissa, ni tu madre, ni mucho menos ese mecánico me quiten lo que me costó tres años construir.
Nos vamos.
—¡Estás loco, Carlos!
¡No voy a ir a ningún lado contigo!
—gritó Tatiana, intentando correr hacia la habitación para encerrarse.
Pero Carlos fue más rápido.
La tomó por la cintura y le tapó la boca con una mano enguantada.
La persona que tocaba la puerta no era seguridad, ni su padre; era uno de los hombres de confianza de Carlos, un excompañero de la agencia de seguridad que él mismo había sobornado durante años.
—Todo listo, jefe.
El auto está en el sótano 2 y el hangar privado en Charallave tiene el motor encendido —dijo el hombre al entrar.
Carlos arrastró a Tatiana, quien forcejeaba con todas sus fuerzas, por la salida de servicio del apartamento.
En el trayecto por el ascensor de carga, ella intentó gritar, pero Carlos le susurró al oído con una voz que destilaba locura: —Si haces un solo ruido, le doy la orden a mi gente para que el taller de Sebastián vuele por los aires con él adentro.
Tú decides, Mozart: o vienes conmigo en silencio, o lo entierras a él hoy mismo.
Tatiana se quedó gélida.
Conocía a Carlos y sabía que, en su estado actual, era capaz de cumplir su amenaza.
Bajó la cabeza, dejando que las lágrimas cayeran sobre el suelo del ascensor, mientras era obligada a subir a una camioneta de vidrios negros.
Mientras tanto, en la mansión Fajardo, Don Roberto miraba el reloj con preocupación.
Tatiana no contestaba y Melissa acababa de llegar a la casa, pálida, contando que el rastreador del celular de Tatiana se había apagado en el edificio de Carlos.
—¡Ese infeliz!
—rugió Roberto, tomando las llaves de su auto—.
Sabía que Carlos era ambicioso, pero no un criminal.
Melissa, llama a Vanessa.
Necesitamos a alguien que conozca los movimientos de los hangares privados.
Si Carlos planea sacarla del país, solo hay un lugar a donde puede ir.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 ¿Cuál es su idea sobre mi cuento?
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