Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 El vuelo de la obsesión
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22: El vuelo de la obsesión 22: El vuelo de la obsesión Las sirenas de las patrullas rasgaron el aire de la noche en Charallave.
Roberto bajó de su coche antes de que este se detuviera por completo, con el rostro desencajado y el corazón martillando contra sus costillas.
Melissa y Vanessa llegaron justo detrás en el deportivo de la cantante, derrapando en el asfalto.
—¡Allá!
—gritó Melissa, señalando hacia la pista.
Roberto corrió hacia el hangar, pero se detuvo en seco.
El sonido ensordecedor de las turbinas llenó el lugar mientras un pequeño jet privado se despegaba del suelo.
La policía levantó sus armas, pero era inútil.
No podían disparar contra un avión donde iba una civil, mucho menos la hija de uno de los hombres más influyentes del país.
—¡No!
¡Tatiana!
—rugió Roberto, cayendo de rodillas mientras veía las luces rojas del avión hacerse pequeñas contra el cielo oscuro de Venezuela.
Llegó tarde.
Por apenas dos minutos, Carlos había logrado sacar a Tatiana del suelo firme.
Vanessa, con los ojos llenos de rabia, sacó su teléfono y llamó a su hermano.
—Sebastián, se la llevó.
El avión acaba de despegar.
Roberto está aquí con la policía, pero no pudieron detenerlo.
Dentro del avión, el ambiente era asfixiante.
Carlos se sirvió una copa de whisky con la mano temblorosa por la adrenalina, mientras Tatiana permanecía sentada en un rincón, amarrada y con la mirada fija en la ventanilla.
Ya no lloraba; el miedo se había transformado en un frío odio que le recorría las venas.
—Ya está, Tati —dijo Carlos con una sonrisa desquiciada—.
En tres horas estaremos en una isla privada en el Caribe.
Allí nadie te conoce, nadie te buscará.
Seremos solo tú y yo, como debió ser desde el principio.
Tatiana no respondió.
Solo pensaba en la última mirada que le dio al Ávila antes de subir al avión.
No podía terminar así.
De vuelta en el hangar, Roberto se puso de pie con una frialdad aterradora en los ojos.
Miró al oficial a cargo.
—Ese avión tiene una matrícula.
Quiero que den la alerta internacional de secuestro ahora mismo.
Y tú, Vanessa…
—Roberto la miró fijamente—, dile a tu hermano que no se rinda.
Yo tengo un avión más rápido que ese.
Si Carlos cree que el cielo es suyo, está muy equivocado.
…
Ecos del pasado en la arena El sol de Dubái caía con una fuerza implacable sobre los rascacielos de cristal.
Han pasado años desde que la sombra de Carlos se llevó a Tatiana hacia lo desconocido.
En Miami, las cosas habían prosperado; el imperio de Sebastián y Roberto (ahora bajo el mando de Sebas tras la muerte de Don Roberto) era un éxito total.
Sebastián intentaba sonreír al lado de Taylor, su novia estadounidense, pero en sus ojos siempre quedaba un rastro de aquel joven mecánico que amó a una pianista.
Vanessa, queriendo sanar las heridas de Melissa y reunir a la familia que el dolor dispersó, organizó este viaje de lujo.
—¡Miren este lugar!
—decía Vanessa, tratando de animar el grupo mientras caminaban por el lujoso centro comercial Dubai Mall—.
Melissa, deja de escribir un segundo y mira esa fuente.
¡Es increíble!
Melissa sonrió débilmente, aunque su corazón seguía en Venezuela, en aquella tumba donde descansaban los padres de su mejor amiga.
Sebastián caminaba de la mano con Taylor, agradecido por la paz que ella le brindaba, aunque el silencio a veces pesara demasiado.
De repente, cerca de una exclusiva tienda de pianos de cola, el grupo se detuvo en seco.
El sonido de una risa infantil captó la atención de todos.
—¡Leo!
¡Luna!
¡Vengan aquí ahora mismo!
—la voz de una mujer, firme pero dulce, resonó en el pasillo.
Sebastián sintió que el mundo se detenía.
Ese tono de voz, ese timbre…
era una frecuencia que tenía grabada en el alma.
Se dio la vuelta lentamente y la vio.
Era Tatiana.
Vestía con una elegancia sobria, típica de las mujeres de la alta sociedad de los Emiratos.
Su cabello estaba más largo y su mirada era más madura, pero seguía siendo ella.
A su lado, dos gemelos de unos tres años correteaban con energía.
No había rastro de Carlos por ninguna parte.
—¿Tatiana?
—susurró Melissa, con las lágrimas desbordándose de inmediato.
Tatiana se detuvo y miró al grupo.
Sus ojos recorrieron a Vanessa, a Melissa y finalmente se posaron en Sebastián.
Pero no hubo gritos, ni abrazos, ni llanto de alegría.
Tatiana frunció el ceño ligeramente, como si estuviera tratando de recordar un sueño muy antiguo y borroso.
—¿Perdón?
¿Nos conocemos?
—preguntó Tatiana en un inglés perfecto, con una cortesía distante que le heló la sangre a todos.
—Tati…
soy yo, Melissa.
Tu mejor amiga —dijo Melissa dando un paso adelante.
Tatiana miró a los gemelos y luego de nuevo al grupo, con una confusión genuina que dolía más que cualquier grito.
—Lo siento, creo que me confunden con alguien más.
Soy la señora Al-Maktoum.
Sebastián no podía hablar.
Miró a los niños: uno de ellos tenía exactamente sus mismos ojos oscuros y la misma forma de fruncir el ceño.
Ella no los recordaba, o no quería recordarlos.
El mundo parecía haberse quedado sin oxígeno.
Sebastián, con el corazón martilleando contra sus costillas, no pudo contenerse.
Verla allí, viva, con esos ojos que habían sido su único norte durante años, fue demasiado.
Antes de que ella pudiera dar un paso más, él la tomó del brazo con desesperación.
—¡Tatiana!
¡Tati, mírame!
—exclamó Sebastián, con las lágrimas desbordándose y la voz quebrada—.
Soy yo, Sebastián.
Por favor, dime que estás bien, dime qué te hizo ese infeliz…
Pero no hubo respuesta de amor.
Tatiana lo miró con un destello de puro terror en sus ojos.
Antes de que Sebastián pudiera decir otra palabra, un hombre de hombros anchos y traje oscuro, uno de los guardaespaldas de Tatiana, se interpuso violentamente.
Con un empujón seco y profesional, lanzó a Sebastián hacia atrás, haciéndolo chocar contra un expositor de cristal.
—¡Atrás!
¡No toque a la señora!
—rugió el guardia en inglés.
De inmediato, los guardaespaldas de Vanessa, que siempre estaban alerta por la fama de la cantante, se lanzaron al frente para proteger a su jefa y a Sebastián.
El pasillo del lujoso centro comercial se convirtió en un caos de gritos y empujones.
La gente se detenía a grabar, y la tensión estalló.
Los gemelos, asustados por la violencia y los gritos, rompieron a llorar desconsoladamente, aferrándose a las piernas de su madre.
—¡Basta!
¡Deténganse!
—gritó Tatiana, abrazando a sus hijos y cubriéndoles los oídos.
Miró al grupo con una frialdad que dolía más que el empujón del guardia—.
Les he dicho que no los conozco.
Por favor, compórtense.
Están asustando a mis hijos.
Tatiana les lanzó una última mirada, una mezcla de confusión y molestia, antes de darse la vuelta.
Los guardias formaron un escudo humano a su alrededor, escoltándola rápidamente hacia la salida de vehículos de lujo, donde un Rolls-Royce negro los esperaba.
Sebastián se quedó en el suelo, ignorando la mano que Taylor le ofrecía para levantarlo.
Melissa lloraba en el hombro de Vanessa, quien miraba hacia donde se había ido el auto con una expresión de pura incredulidad.
—No puede ser…
—susurró Vanessa—.
Tenía su cara, su voz…
pero su mirada estaba vacía, Sebas.
No había ni una gota de reconocimiento.
—Eran mis ojos —murmuró Sebastián, todavía en trance—.
El niño, Leo…
tenía mis ojos, Vane.
¿Qué le han hecho a mi Tati?
El grupo se quedó allí, rodeado de la opulencia de Dubái, sintiéndose más pobres y huérfanos que nunca.
Habían encontrado a Tatiana, pero la habían perdido de una forma mucho más cruel que la muerte: ella los había borrado de su vida.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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