Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- Bajo el cielo del Ávila
- Capítulo 23 - 23 El rastro de la memoria perdida
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: El rastro de la memoria perdida 23: El rastro de la memoria perdida Vanessa no escatimó en gastos.
Instalada en la suite real del Burj Al Arab, convirtió su habitación en un centro de operaciones.
Sus contactos en la alta sociedad de los Emiratos y una costosa agencia de inteligencia privada le entregaron un informe que le heló la sangre.
—El “esposo” no es un cualquiera, Sebas —dijo Vanessa, lanzando una carpeta sobre la mesa—.
Se llama Zaid Al-Maktoum.
Es un hombre extremadamente poderoso, pero con una tragedia a cuestas: perdió a su esposa y a su hija en un accidente hace tres años.
Ese mismo mes, sus guardias encontraron a una mujer casi muerta en las costas de Omán tras una tormenta.
Era Tatiana.
Sebastián escuchaba con los puños cerrados.
—Zaid no solo la salvó —continuó Vanessa—.
La “reconstruyó”.
Ella tenía amnesia total por el golpe del accidente aéreo.
Él le dio una nueva identidad, la llamó Amira y se aseguró de que nadie de su pasado la encontrara.
Ella cree que los gemelos son hijos de este Jeque, pero las fechas no cuadran, Sebas.
Esos niños son tuyos.
Mientras tanto, en un exclusivo parque privado cerca de la Marina de Dubái, Melissa ponía en marcha su propia misión.
Se sentó cerca de una niñera de origen filipino que cuidaba a Leo y Luna.
Con su amabilidad natural, Melissa entabló conversación.
—Son unos niños hermosos —dijo Melissa con una sonrisa—.
Se parecen mucho a su madre.
La niñera, suspirando, asintió.
—Sí, la señora Amira es muy buena.
Pero a veces…
a veces se pone muy triste.
Tiene crisis donde se queda mirando al horizonte y empieza a llorar sin razón.
Dice que escucha una música en su cabeza, una melodía que no conoce, y que siente que le falta una parte de su alma.
El Jeque se molesta mucho cuando eso pasa y le prohíbe tocar el piano durante días.
Melissa sintió un nudo en la garganta.
Tatiana no recordaba los nombres, pero su corazón seguía buscando a Sebastián a través de la música.
—Ella dice que sueña con una montaña verde y un cielo muy azul —susurró la niñera, bajando la voz—.
No sabe qué significa, pero llora porque siente que dejó a alguien esperando allá.
Melissa se despidió rápidamente para correr a contarle todo a Sebastián.
Ahora sabían que Tatiana no los había olvidado por voluntad propia: estaba atrapada en una jaula de oro, convencida de una mentira, mientras su subconsciente gritaba por su verdadera vida en Venezuela.
Sebastián no pudo contenerse.
Siguió a Tatiana hasta una exclusiva tienda de música en el Downtown.
Cuando la vio acariciar las teclas de un piano de cola, entró y comenzó a tocar los primeros acordes de su canción.
Pero en lugar de un abrazo, recibió una mirada de pánico.
—¡Basta!
¡Usted otra vez!
—gritó Tatiana, retrocediendo—.
No sé quién es, ni por qué me persigue con esa melodía.
Si no me deja en paz ahora mismo, hablaré con mi esposo para que ponga una orden de alejamiento.
¡Usted es un acosador!
Sebastián se quedó con las manos en el aire, sintiendo que cada palabra de ella era una puñalada.
Tuvo que verla salir escoltada por sus guardias, sintiéndose el hombre más miserable de Dubái.
Sabiendo que Sebastián solo empeoraba las cosas, Vanessa y Melissa tomaron el control.
Usando la fama internacional de Vanessa, lograron “colarse” en un evento benéfico: un paseo en un yate de lujo por la costa de Palm Jumeirah organizado por las amigas de la alta sociedad de “Amira”.
Entre copas de cristal y el sol del golfo, Melissa logró apartar a Tatiana hacia la popa del yate, mientras los gemelos jugaban cerca bajo la supervisión de la niñera.
—Amira…
o Tatiana, como prefieras —comenzó Melissa con una voz suave, cargada de nostalgia—.
No venimos a asustarte.
Solo quiero contarte una historia sobre una niña que creció en una montaña verde llamada el Ávila.
Una niña que tocaba el piano para su padre, un hombre llamado Roberto que la amaba más que a su propia vida.
Tatiana se tensó, pero esta vez no huyó.
El nombre “Roberto” pareció vibrar en el aire.
—Éramos mejores amigas —continuó Melissa, mostrándole una foto vieja y desgastada que llevaba en su cartera.
En ella, aparecían las dos, mucho más jóvenes, riendo en el jardín de la mansión—.
Tus padres fallecieron hace un año y medio esperándote, Tati.
Se fueron con el corazón roto porque pensaron que te habían perdido para siempre.
Tatiana tomó la foto.
Sus manos empezaron a temblar violentamente.
Miró su propia imagen en la fotografía, una versión de ella misma que no reconocía pero que sentía extrañamente familiar.
—¿Roberto?
¿Mi padre?
—susurró Tatiana, y por primera vez, una lágrima de confusión absoluta rodó por su mejilla—.
Zaid me dijo que yo no tenía familia, que todos habían muerto en el accidente…
Vanessa se acercó con cuidado, manteniéndose al margen de mencionar a Sebastián para no cerrarle la mente de nuevo.
—Te mintieron para protegerte, o para poseerte.
Pero estamos aquí, Tati.
Somos tu sangre elegida.
No tienes que tener miedo de recordar.
Tatiana miró a sus hijos y luego al mar.
El velo de “Amira” empezaba a rasgarse, dejando ver las heridas de Tatiana.
En la cubierta del yate, lejos de las miradas de las otras damas de sociedad, Tatiana sostenía la fotografía de Melissa como si fuera un cristal a punto de romperse.
Sus ojos iban de la imagen a los rostros de Melissa y Vanessa, buscando una mentira que no encontraba.
—Escúchenme bien —dijo Tatiana con voz baja y urgente—.
No sé quiénes son realmente, pero hay algo en sus voces que…
que me hace querer escucharlas.
Pero tienen que tener paciencia.
Mi esposo, Zaid, es muy protector.
Si él siente que alguien me está confundiendo o intentando alejarme de su lado, las consecuencias serán terribles para todos.
Tatiana suspiró, mirando hacia donde sus hijos jugaban.
—Acepto seguir viéndolas, pero de a poco.
Y por favor —añadió con un ruego en los ojos—, diganle a ese chico castaño, al que me abordó en la tienda, que no se me acerque.
Su insistencia me da miedo.
Me mira como si me conociera de otra vida y eso me perturba.
Si de verdad mi historia es la que ustedes dicen, respeten mi tiempo.
Vanessa y Melissa se miraron, sintiendo un nudo en la garganta.
Sabían que ese “chico” era el amor de su vida, pero entendieron que forzarla solo la alejaría más.
—Él no se acercará, Tati.
Te lo prometemos —dijo Vanessa con calma.
—Tienen que entender algo —continuó Tatiana, con una lealtad que dolía a las chicas—.
Para mí, Zaid es el hombre que me rescató de la muerte.
Sin él, yo no estaría viva, ni mis hijos existirían.
Lo amo y le debo todo.
No quiero traicionar su confianza ni destruir la familia que él construyó para mí sobre las cenizas de quien sea que yo fuera antes.
Melissa asintió, aunque por dentro quería gritarle que esa familia se construyó sobre una mentira.
—Solo queremos que sepas la verdad, Tati.
Lo que hagas con ella después, será tu decisión.
Durante los días siguientes, las chicas comenzaron a enviarle a Tatiana pequeños detalles a través de la niñera: una partitura vieja de música venezolana, el aroma de una esencia de jazmín que ella usaba, y anécdotas de su infancia.
Tatiana las leía a escondidas, en el silencio de su lujosa habitación, sintiendo cómo las grietas en su memoria se hacían cada vez más grandes, mientras Zaid la observaba desde las sombras, notando que su “Amira” ya no era la misma.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Su regalo es mi motivación de creación.
Deme más motivación
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com