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Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 El guiño del destino
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3: El guiño del destino 3: El guiño del destino ​El lugar era un “penthouse” moderno en Las Mercedes, propiedad de uno de los pianistas más destacados de la escena nacional.

El ambiente era distinto a lo que Tatiana acostumbraba: no había alfombras rojas ni discursos ensayados, solo música indie de fondo, olor a cócteles caros y risas genuinas de jóvenes adultos.

​—Tati, por favor, deja el celular.

Vinimos a que respires, no a que leas las críticas —le susurró Melissa, quitándole el trago de la mano para darle uno nuevo—.

Mira a tu alrededor, somos gente normal esta noche.

​Tatiana asintió, aunque se sentía como una extraña en su propia piel.

Caminó hacia la terraza, buscando un poco del aire fresco de la noche caraqueña, cuando lo vio.

​En un rincón, apoyado contra la baranda y sosteniendo una cerveza nacional, estaba él.

​Ya no llevaba el casco ni la chaqueta de repartidor.

Vestía una chaqueta de cuero negra impecable, pantalones oscuros y una camisa blanca que resaltaba sus ojos claros.

Pero lo que más impactó a Tatiana fueron las marcas: unos raspones todavía frescos en su pómulo y cerca de la ceja, recordatorios silenciosos del asfalto de la Fajardo.

​Sebastián estaba riendo, conversando cómodamente con un grupo de músicos que Tatiana conocía desde el conservatorio.

Parecía encajar allí mucho mejor que ella misma.

​En ese instante, Sebastián giró la cabeza.

Sus miradas se chocaron como dos trenes en plena vía.

Tatiana se quedó gélida, esperando un reclamo, un insulto o que Alejandra apareciera para echarlo.

Pero Sebastián hizo algo peor.

​Su sonrisa se desvaneció lentamente, manteniendo el contacto visual.

Con una calma exasperante, le dedicó un guiño rápido y cargado de ironía, como diciendo: “Mira dónde nos venimos a encontrar, princesa”.

​Acto seguido, se dio la vuelta y siguió hablando con sus amigos como si ella fuera solo una persona más en la fiesta, ignorándola por completo.

​Tatiana sintió un calor subirle por el cuello.

Nadie la ignoraba.

Nadie le picaba el ojo después de casi matarlo.

​—¿Quién es ese, Mel?

—preguntó Tatiana con la voz temblorosa, sin quitarle la vista de encima.

—¿Él?

Es el hermano de uno de los productores de sonido.

Dicen que es un genio arreglando equipos y que corre motos en pista—Respondió Melissa, tratando de seguir la mirada de Tatiana—.

Pero no te equivoques, Tati.

No es solo un “chico de las motos”.

Él y su hermano tienen su propio taller de restauración de motores y equipos electrónicos de alta gama.

Dicen que si algo tiene cables o pistones y no funciona, ellos son los únicos en Caracas que pueden revivirlo.

Es su propio negocio, empezaron desde abajo y les va bastante bien.

Tatiana apretó el vaso en su mano.

Así que el “motorizado” de la autopista era un empresario a su manera.

Eso explicaba la seguridad con la que se movía y por qué el fajo de billetes de Alejandra le había parecido un insulto tan grande.

Él no necesitaba sus sobras; él sabía lo que valía su trabajo.

A lo lejos, vio cómo Sebastián soltaba una carcajada por algo que dijo uno de los invitados.

Se veía tan relajado, tan…

real.

Impulsada por una mezcla de culpa y una curiosidad que no podía controlar, Tatiana caminó hacia el grupo.

Melissa intentó detenerla, pero ella ya estaba en marcha.

A medida que se acercaba, el grupo se fue silenciando al notar la presencia de la “gran pianista”.

Sebastián fue el último en girarse.

Cuando lo hizo, la miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en sus ojos, pero sin perder esa expresión de suficiencia.

—Vaya, pero si es la Mozart de la Fajardo —dijo él en un tono lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara, mientras los demás volvían a sus propias conversaciones—.

Espero que aquí no haya puertas que abrir sin mirar, porque el piso es de mármol y este golpe sí me va a doler.

—Solo quería…

—Tatiana se detuvo, sintiendo que las palabras se le trababan en la garganta—.

Quería saber cómo estabas.

Vi los raspones en tu cara.

Sebastián se llevó una mano al pómulo, rozando la herida con desdén.

—Esto no es nada, “reina”.

He tenido caídas peores por causas mucho más nobles que una estrella en apuros —le dedicó una sonrisa de medio lado que no llegaba a ser fría, pero sí desafiante—.

¿Viniste a ofrecerle más dinero a mi dignidad o a pedirme perdón de verdad ahora que tu manager no te está cuidando los pasos?

Tatiana abrió la boca, buscando en su mente las palabras exactas para explicar que ella no era como Alejandra, que sentía de verdad lo que había pasado en la autopista y que su silencio ese día fue puro shock.

Estaba a punto de soltarlo, cuando un torbellino de perfume y energía la embistió por un costado.

—¡TATIANA!

¡NO ME LO VAS A CREER!

—el chillido de Melissa fue tan agudo que varios invitados se voltearon.

Melissa no le dio tiempo de reaccionar.

Agarró a Tatiana por el brazo con una fuerza sorprendente, saltando de la emoción mientras hablaba a un millón de kilómetros por hora.

—¡Llegó Vanessa!

¡Está en la entrada!

¡Tati, es ella, el amor de mi vida desde cuarto año!

¡Está más bella que nunca, camina, camina, que si no me acerco ahorita me va a dar un yeyo!

—gritaba Melissa, arrastrando a la pianista hacia la salida de la terraza sin dejarla ni siquiera despedirse.

Tatiana intentó frenar, mirando por encima del hombro hacia atrás: —Pero Mel, espera, estaba hablando con…

—¡Nada de espera!

¡Es Vanessa, Tatiana!

¡Prioridades!

—sentenció Melissa, perdiéndose entre la multitud mientras jalaba a su amiga como si fuera un trofeo.

Sebastián se quedó de pie en el mismo sitio, con la cerveza a mitad de camino a la boca y una expresión de absoluta confusión.

Miró el espacio vacío donde hace un segundo estaba la “reina de la música clásica” y luego miró hacia la dirección donde desaparecieron, tratando de procesar el huracán de palabras de Melissa.

—¿”Un yeyo”?

—repitió Sebastián para sí mismo, soltando una risa incrédula mientras se rascaba la barba—.

Definitivamente, este mundo es más raro que un motor de dos tiempos sin aceite.

Se quedó allí solo, viendo cómo Tatiana se alejaba, pero esta vez no era él quien huía.

Ella se iba forzada, y él se dio cuenta de que, por primera vez, la expresión de ella no era de prepotencia, sino de una vergüenza genuina que lo dejó pensando más de lo que quería admitir.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Vivimos en una montaña rusa de emisiones <3

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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