Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Micrófonos y territorio
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5: Micrófonos y territorio 5: Micrófonos y territorio Tatiana se quedó petrificada en la entrada del escenario.
El aire del teatro, usualmente frío, se sentía pesado.
Su campo de visión se cerró hasta enfocarse únicamente en la figura que estaba en el centro de la tarima.
Era él.
Pero ya no era el repartidor de la autopista ni el chico de chaqueta de cuero de la fiesta.
Sebastián estaba sin camisa, con el torso perlado por un ligero sudor debido al esfuerzo de mover los equipos pesados.
Al echarse el cabello hacia atrás con una mano, sus músculos se tensaron con una naturalidad que dejó a Tatiana sin aliento.
Estaba concentrado, ajustando el pedestal del micrófono con una precisión casi quirúrgica.
Melissa, que venía a su lado leyéndole mensajes de apoyo de sus fans mientras sostenía un café, se detuvo en seco al notar que su amiga no avanzaba.
Siguió la mirada de Tatiana, vio el “espectáculo” en el escenario y luego volvió a mirar el rostro desencajado de la pianista.
—Tati…
—susurró Melissa con una sonrisa pícara—, ¿quieres que te busque un pote para la baba o te traigo una toalla?
Porque si sigues mirando así al técnico, se va a dar cuenta de que ya no piensas en Chopin.
La risa escandalosa de Melissa resonó en todo el teatro vacío, rompiendo el trance.
Sebastián levantó la vista y sus ojos claros se clavaron en las dos chicas.
Al reconocer a Tatiana, no se inmutó; simplemente le dedicó esa sonrisa de lado, cargada de una confianza que la desafiaba a acercarse.
Sin embargo, el momento se rompió cuando una figura cruzó el escenario a toda velocidad.
Antonela, que se había colado en el equipo de apoyo sin que nadie se lo pidiera, subió las escaleras con una botella de agua y la camisa de Sebastián en la mano.
—Sebas, mi amor, toma —dijo Antonela en un tono de voz innecesariamente alto, interponiéndose entre él y la mirada de Tatiana—.
Te vas a resfriar con este aire acondicionado.
Bebe un poco de agua, te ves agotado de tanto trabajar.
Antonela se pegó a él más de lo profesional, pasándole la mano por el hombro mientras le entregaba la camisa, lanzándole al mismo tiempo una mirada fulminante a Tatiana que decía claramente: “Él es mío”.
Tatiana sintió una punzada de algo que no quiso admitir que eran celos.
Recuperó la compostura, enderezó la espalda y caminó hacia el piano con la frente en alto, aunque sus manos todavía temblaban un poco.
—Veo que el servicio técnico viene con “atención personalizada” —soltó Tatiana al pasar por su lado, intentando recuperar su tono de diva herida—.
Espero que el sonido sea tan bueno como el espectáculo que están montando aquí.
El eco de los tacones de Alejandra anunció su llegada junto a Harry.
Ambos venían discutiendo los horarios de la gira, pero se detuvieron al notar la extraña atmósfera que reinaba sobre las tablas.
Harry, al ver a Antonela pegada a su hermano como una lapa, rodó los ojos y dejó escapar un suspiro pesado.
Sabía que tenerla allí era buscarse un problema gratuito, pero ya era tarde para mandarla de vuelta al taller.
—¡Muy bien, equipo!
—gritó Alejandra, aplaudiendo para captar la atención de todos—.
Vamos a hacer una prueba de sonido rápida.
Queremos asegurar que los niveles del piano y la voz estén equilibrados antes de irnos a almorzar.
Comamos rápido para empezar con mejor pie la tarde.
Harry se acercó a la consola de sonido, ignorando la mirada de “chicle” de Antonela, y le hizo una seña a su hermano.
—Sebas, deja de exhibir los músculos y termina de cuadrar el micrófono de pie —soltó Harry con sarcasmo—.
Tatiana, por favor, toma asiento.
Queremos escucharte.
Tatiana caminó hacia el piano de cola, sintiendo el peso de tres miradas muy distintas sobre ella: la expectativa profesional de Alejandra, el escrutinio técnico de Harry y la mirada intensa y cruda de Sebastián, quien ahora se ponía la camisa lentamente sin quitarle los ojos de encima.
Antonela, por su parte, se cruzó de brazos a un lado del escenario, con una sonrisa fingida que no lograba ocultar su hostilidad hacia la pianista.
Tatiana se sentó.
Sus dedos rozaron las teclas frías y, por un momento, el miedo de la autopista regresó.
Miró hacia el frente y se encontró con Sebastián, quien estaba de pie justo al lado del micrófono, esperando.
Él le asintió con la cabeza, un gesto casi imperceptible, como si le estuviera diciendo: “Demuéstrame que eres más que un vestido caro”.
—Cuando quieras, Mozart —dijo él en un susurro que solo ella escuchó.
Tatiana respiró profundo, cerró los ojos y tocó la primera nota.
Pero cuando abrió la boca para entonar la primera frase de su canción inédita, su voz salió pequeña, casi un hilo, traicionada por los nervios de tener a Sebastián tan cerca y a Antonela vigilando cada uno de sus movimientos.
—¡Más fuerza, Tati!
—exigió Alejandra desde las butacas—.
¡No te escucho!
Sebastián frunció el ceño.
Se acercó un paso más al piano, invadiendo el espacio personal de Tatiana, y ajustó el ángulo del micrófono con una mano mientras con la otra se apoyaba en la madera del instrumento.
—No le cantes a los asientos vacíos —le dijo él en voz baja, con un tono que la obligó a mirarlo—.
Cántame a mí, que soy el que tiene que asegurarse de que no te quiebres a mitad del show.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Que mi voz sea tan dulce como nuestro amor<3
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