Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Bajo el cielo del Ávila - Capítulo 8

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Bajo el cielo del Ávila
  4. Capítulo 8 - 8 Fugitivos de la ciudad
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

8: Fugitivos de la ciudad 8: Fugitivos de la ciudad Sebastián dejó escapar una sonrisa auténtica, de esas que no tenían rastro de ironía.

Por primera vez, no veía a la “artista inalcanzable”, sino a una chica con ganas de romper las reglas.

Sin decir una palabra, cerró su caja de herramientas y le tomó la mano con firmeza.

Sus dedos, callosos por el trabajo pero cálidos, envolvieron la mano delicada de Tatiana.

—Si nos atrapan, yo voy a ser el único culpable, ¿sabes?

—le susurró él mientras la guiaba por los pasillos oscuros de la salida de emergencia—.

Pero creo que vale la pena el riesgo.

Mientras salían, Melissa asomó la cabeza detrás de una pesada cortina de terciopelo.

Tenía el celular en la mano, pero no para tomar una foto, sino para vigilar que Alejandra no apareciera por el pasillo contrario.

Al verlos salir de la mano, Melissa soltó una risita cómplice y les deseó suerte en silencio.

—Vayan, vayan…

que de distraer a la fiera me encargo yo —murmuró Melissa para sí misma, con una sonrisa de oreja a oreja.

Afuera, el aire de la noche caraqueña les golpeó la cara.

Sebastián caminó hacia su moto, una máquina imponente que brillaba bajo los faroles del estacionamiento.

Le entregó a Tatiana un casco negro mate.

—Póntelo.

Y agárrate fuerte, Mozart.

Caracas de noche no se parece en nada a lo que ves desde tu camioneta blindada —le advirtió mientras encendía el motor, que rugió con fuerza en el silencio del lugar.

Tatiana se subió, sintiendo un cosquilleo de nervios y emoción.

Por primera vez en años, no sabía exactamente qué iba a pasar en los próximos diez minutos.

Rodeó la cintura de Sebastián con sus brazos, pegando su cuerpo al de él, y sintió cómo la adrenalina los unía.

Sebastián arrancó, dejando atrás el teatro y las presiones de la gira.

Atravesaron las calles iluminadas, sorteando el tráfico que empezaba a bajar, subiendo hacia la zona donde estaba el taller familiar.

Para Tatiana, los edificios y las luces del Ávila se veían distintos desde la parte trasera de una moto; se sentía viva.

Cuando llegaron al taller, Sebastián bajó la santamaría metálica con un estruendo que marcó el inicio de su burbuja privada.

El lugar estaba en penumbra, iluminado solo por unas lámparas de luz cálida sobre las mesas de trabajo.

—Bienvenida a mi mundo —dijo Sebastián, quitándose el casco y sacudiendo su cabello largo—.

Aquí no hay contratos, no hay managers, y los únicos ruidos que se permiten son los que nosotros queramos arreglar.

Tatiana se quitó el casco, despeinada y con las mejillas encendidas.

Miró a su alrededor: motores desarmados, consolas de sonido de los años 70 y, al fondo, un teclado antiguo que parecía estar esperando por alguien.

Sebastián se puso a hurgar entre estanterías llenas de cables y transistores, buscando los filtros que necesitaba para el piano de Tatiana.

Ella, mientras tanto, caminó curiosa por el taller hasta que sus dedos rozaron las teclas de un teclado antiguo, un modelo de los años 80 que descansaba sobre una mesa de madera gastada.

Presionó una tecla.

El sonido salió cálido, algo analógico y nostálgico.

—Ese fue el primer equipo que arreglé yo solo —dijo Sebastián sin dejar de buscar entre las cajas—.

Tenía doce años.

Mi papá decía que estaba para la basura, pero yo sabía que solo necesitaba que alguien escuchara lo que tenía dañado por dentro.

Tatiana se sentó en un banquito alto, tocando una melodía suave mientras lo observaba trabajar.

—A veces siento que soy como ese teclado —susurró ella, casi para sí misma—.

La gente solo ve el mueble bonito y escucha la música, pero nadie se pregunta si algo por dentro está a punto de romperse.

Sebastián dejó lo que estaba haciendo.

Se acercó a ella y se apoyó contra la mesa, cruzando los brazos.

La luz de la lámpara creaba sombras que resaltaban sus rasgos y las marcas del accidente en su rostro.

—Harry y yo no siempre tuvimos esto —comenzó él, mirando el local con orgullo—.

Cuando nuestros padres enfermaron, tuvimos que decidir: o vendíamos las herramientas para pagar deudas, o aprendíamos a usarlas para salvar la casa.Yo hacía los deliverys de día en la moto vieja y arreglaba circuitos de noche hasta que me sangraban los dedos.

Por eso me dolió tanto lo de Alejandra en la autopista.

Él se acercó un paso más, quedando justo frente a ella.

—Ella cree que con dinero se arregla todo, pero el esfuerzo…

eso no tiene precio.

Yo no estoy en tu gira por el dinero, Tatiana.

Estoy porque cuando te vi en ese pasillo y cuando te escuché cantar hoy, supe que tú también estás tratando de salvar algo.

¿Me equivoco?

Tatiana dejó de tocar.

El silencio en el taller era absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia que empezaba a repicar contra la santamaría metálica.

—No te equivocas —admitió ella con la voz quebrada—.

Estoy tratando de salvarme a mí misma.

Y creo que tú eres el único que no me mira como si fuera una estatua de cristal.

Sebastián estiró la mano y, con mucha delicadeza, le apartó un mechón de cabello del rostro.

Esta vez no había cámaras, no había gritos de manager, ni una Melissa distraída.

Solo estaban ellos dos, rodeados de motores y música antigua.

Sebastián se sentó a su lado en el banquito, haciendo que la madera crujiera bajo su peso.

Al principio, solo fue un roce; sus dedos, marcados por el trabajo rudo, rozaron los de ella sobre las teclas del teclado antiguo.

En ese instante, una descarga eléctrica recorrió la columna de Tatiana, una energía que no tenía nada que ver con el cortocircuito del teatro y sí con todo lo que habían estado reprimiendo.

Sus ojos, los claros de él y los profundos de ella, se encontraron en la penumbra del taller.

El tiempo pareció detenerse entre el olor a aceite de motor y el sonido de la lluvia golpeando el techo de zinc.

Se fueron acercando poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que sus alientos se alinearon en una danza invisible.

Tatiana, nerviosa y deseosa a la vez, lamió sus labios con un gesto inconsciente que terminó de romper la última barrera de Sebastián.

Él no aguantó más.

Acortó la distancia final y unió sus labios a los de ella.

Fue un beso lento, cargado de todo lo que no se habían dicho.

No fue el beso apresurado de dos extraños, sino el encuentro de dos personas que se reconocían en sus cicatrices.

Sebastián la besaba con una ternura que contrastaba con su apariencia ruda, y Tatiana se aferró a su camisa, respondiendo con un sentimiento que nunca antes había puesto en una nota musical.

En ese rincón olvidado de Caracas, rodeados de máquinas rotas que esperaban ser arregladas, ellos dos finalmente se sintieron completos.

Por un momento, el mundo exterior —con sus contratos, sus celos y sus cámaras— dejó de existir.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Danny_García_7841 Un beso dice más que mil palabras<3

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo