Bambi y el duque - Capítulo 157
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- Capítulo 157 - 157 Capítulo 158 – Sangre lujuria y lágrimas - Parte 1
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157: Capítulo 158 – Sangre, lujuria y lágrimas – Parte 1 157: Capítulo 158 – Sangre, lujuria y lágrimas – Parte 1 Editor: Nyoi-Bo Studio La noche era inquietantemente tranquila.
Vivian no sabía si era por el clima que venía a congelar las tierras de Bonelake o por el vacío que había que la llenó después de haber visitado al difunto.
Al igual que habían hecho un viaje a la tumba de Paul y su familia, Leonard la había llevado a donde estaban enterrados sus padres.
Siendo un hombre de pocas palabras, Leo se paró al lado sosteniendo la mano de Vivian en la suya, dejando que el silencio los arropara mientras que las palabras susurradas llegaban a los muertos.
Jan casi había llevado toda su ropa y otros enseres personales a la habitación de Leo después de que salieron de la mansión, dándoles a los sirvientes suficiente tiempo para mudar las cosas y organizar la habitación en su ausencia.
Las sirvientas a las que se les pidió ayuda se preguntaban si esto se convertiría en un escándalo en la ciudad, ya que el duque estaba viendo a una antigua sirvienta convertida en una dama; no pudieron averiguar más sobre qué había causado el cambio repentino ya que el amo de llaves era un hombre severo que sólo le daba a ella fuertes miradas.
Los rumores pronto volaron alrededor de la mansión y los sirvientes susurraban entre ellos sus propias especulaciones y teorías.
Vivian se sentó frente al espejo, se peinó le cabello, lo recogió y luego lo dejó suelto por su espalda.
No había pensado mucho en la mañana, ya que tenía prisa por vestirse para ir a la Mansión de Rune, pero ahora que estaba sentada allí con suficiente tiempo para pensar, sus ojos se asomaron mirando las manchas decoloradas en su piel que se habían vuelto oscuras.
Leonard la había mordido una y otra vez hasta el punto en que tenía marcas en todo el cuello y el hombro cuando se quitó la manga del vestido para mirarse.
Miró a la puerta esperando que llegara Leo.
Un concejal había ido a hablar sobre el trabajo, lo que lo estaba reteniendo mientras ella lo esperaba en la habitación.
En su camino de regreso a casa y durante la hora de la cena, había estado callado.
Sus palabras entrecortadas no le importaron ya que estaba acostumbrada.
Mientras volvía a colocar el cepillo sobre el tocador, vio algo en el cajón.
Curiosa abrió para ver una cinta roja que había sido doblada cuidadosamente en un lado.
Ella frunció el ceño preguntándose que había hecho ella con esa cinta y por qué la conservaba Leo.
Hasta el momento ella no recordaba que él hubiera atado alguna cinta alrededor de su cuello cuando era joven.
¿Quizás fue usada para algo cuando era más joven?
Ella se preguntó si él compartiría con ella alguno de sus recuerdos, y con ese pensamiento, tomó la suave cinta, pasándole los dedos, cuando una sonrisa se formó en sus labios después de unos minutos.
Quién sabía para que era esa cinta en esa época, pensó Vivian para sí misma.
Con una sonrisa en su rostro, volvió a mirar hacia la puerta.
Insegura de si debía permanecer despierta o meterse en la cama, caminó de un lado a otro en la habitación antes de pararse.
Decidió echar un vistazo para ver por qué él estaba tardando, salió de la habitación y bajó a las escaleras donde las puertas estaban cerradas, lo que significaba que el huésped que había llegado había regresado a donde tenía que ir.
Se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que el hombre se había marchado.
Cuando llegó a la puerta de su casa ya estaban cenando.
Después de la comida, se había ido a tomar un baño para esperar a Leo en la habitación.
Apoyando los pies sobre la alfombra que había sido puesta en el piso, caminó hacia las habitaciones inferiores para ver que Leo no estaba allí.
Preguntándose si él estaba en la sala de estudio, giró el pasador y entró para verlo parado en la ventana con un vaso de alcohol que descansaba sobre un estante alto.
Al sentir su presencia, su rostro se volvió ligeramente en su dirección.
—¿Leo?
—lo llamó, y cuando él se dio la vuelta su corazón se rompió en pedazos.
Parecía roto y aplastado, sus ojos rojos estaban decaídos y la miraban fijamente.
Ella se puso sus manos en la cintura mirándolo en ese estado.
Era la primera vez que había llegado a presenciarlo así.
Tomó el vaso de alcohol para tomarse el líquido restante antes de volver a colocarlo con un pequeño ruido.
Debió haber pasado un buen tiempo desde que el concejal había partido debido al nivel de embriaguez que tenía Leonard, pensó Vivian para sí misma.
Cuando ella dio un paso más cerca de él, ella se detuvo de inmediato al verlo levantar la mano como pidiéndole que guardara distancia, él estaba tratando de alejarla de él.
—¿Por qué no estás enojada conmigo, Vivi?
—la cuestionó con ojos arrepentidos.
—Porque no fue tu culpa —respondió ella al escuchar una oscura risa surgir de sus labios.
Él inclinó la cabeza.
—¿Cómo puedes decir que no fue mi culpa si maté al hombre que prácticamente te crio y también a su familia?
estabas enojada porque maté a Vlass, un hombre que sólo habías visto una vez, entonces, ¿por qué no te enojas ahora?
—hubo un ligero insulto que no fue lo suficientemente visible para que Vivian detectara la cantidad de alcohol que había consumido— Maté a la familia que tenía fe en mí.
También dejé que mi familia muriera justo en frente de mí, vi morir a mi madre… un día…
un día podría matarte también —sus palabras le rompieron el corazón aún más.
Había melancolía y desesperación cuando lo dijo, inseguro, como si la decisión que había tomado ahora pesara sobre sus hombros.
—Nunca lo harás.
Tengo fe en ti —dijo ella dando un paso adelante, pero por primera vez él dio un paso atrás para mantener la distancia entre ellos, se dio la vuelta y cogió la botella que había estado en el otro extremo.
Sacando el corcho, tomó un trago—.
Ninguno de nosotros lo sabía —le habló suavemente.
—No.
No lo sabíamos, no tenía fe y ahora siento que no hice lo suficiente.
No lo suficiente para salvar a ninguno de ellos —Leonard tomó un par de tragos más antes de colocar la botella para caminar hacia la chimenea.
Vivian siguió su rastro, lo escuchó continuar—.
Creíste en Paul cuando yo no.
Eso era cierto.
Ella le creyó, pero si no fuera el conmutador, ¿no habría sido su ingenuidad la que la hubiera llevado a creer en la inocencia del anterior amo de llaves?
su juicio estaba puramente nublado por la relación que se había establecido entre ella, Paul y su familia.
De pie donde estaba, vio caer la luz en el rostro de Leo, quien parecía triste.
Allí había soledad, el dolor que lo había golpeado en el fondo de su mente, del que no había hablado con nadie.
Vivian estaba cerca de Leonard, pero fue Julliard quien descifró a Leo y escuchó lo que su primo tenía que decirle.
Ya sin Julliard, Leo se sintió sin salida y soltó su dolor.
—No lo sabíamos, Leo.
Mi juicio se dio emocionalmente mientras tú intentabas ser racional.
Estaba enojada contigo, enojada por no perdonar la vida de los demás, pero…
—Vivian hizo una pausa tratando de encontrar las palabras correctas para que no lastimarlo más—.
Conoces el mundo mejor que yo y sé que hiciste tu mejor esfuerzo para demostrar su inocencia.
Quien se enmascaró como Paul fue lo suficientemente bueno como para engañarnos a todos.
Incluso nos engañó con la hermana Isabelle; hiciste lo que creías correcto —acercándose sutilmente a él, ella no apartó la mirada de él y colocó suavemente su mano sobre su brazo—.
A veces tratamos de hacer lo que encontramos que es mejor…
—haciendo una pausa de unos segundos, respiró hondo antes de hablar— tenías que hacerle eso a tu madre porque su corazón se había corrompido y yo estaba allí —aunque no era algo que le gustara decir, ya que sólo enfatizaba que él había matado a su madre más rápido debido al peligro que representaba para Vivian.
—¿Cómo puedo estar enojada contigo por algo que no sabías, algo de lo que ninguno sabía nada?
—una lágrima cayó de los ojos de Leo y apartó su rostro para mirar el fuego—.
Leo —gritó su nombre con suavidad al verlo romperse internamente, asimilando la culpa como un clavo que le rasgaba el interior.
La lastimaba mucho verlo en ese estado.
—¿No estás preocupada, Vivian?
¿Por el futuro?
¿Por lo que pueda pasar?
—le preguntó seriamente.
Ante esto, Vivian sacudió la cabeza.
—No.
No me asusta y tampoco debería asustarte.
Sé y creo que harás lo correcto —Leo volvió la mirada hacia ella—.
Eres mi esposo ahora —dijo con una sonrisa alegre en su rostro, con la esperanza de que eso lo hiciera sentir mejor.
—Sí —respondió él, tomándola en sus brazos, abrazándola con una de sus manos, acunando su cabeza, sostuvo a su amada cerca de él.
Vivian le devolvió el abrazo, apretando sus brazos a su alrededor para consolarlo, pero también para hacerle saber que lo amaría sin importar qué.
Sabiendo que no era el tipo de hombre que tomaba una decisión apresurada sin una razón adecuada.
Esta noche, por primera vez, se sintió como si hubiera visto un lado de Leo que no creía que él le hubiera dejado ver a alguien más.
Le había confiado Su preocupación, se, lo que significaba mucho para ella.
Mostraba cuánto habían progresado en su relación y hasta donde él la había dejado entrar.
Desde que se enteraron que el conmutador se hacía pasar por Paul, el estado de ánimo de Leo había decaído.
Una melancolía lo rodeaba y ella no había podido alejarla.
Era evidente que ahora que habían descubierto la verdad, se culpaba a sí mismo por matar vidas inocentes, por llevárselas a la fuerza.
Al igual que Vivian, conocía a Paul desde hace mucho tiempo.
Paul era un buen hombre, y también lo era el resto de su familia.
Sabía que, si Paul estuviera vivo, él le habría sonreído, diciéndole que estaba bien, y ante éste pensamiento, abrazó a Leo con más fuerza.
Tal vez ella nunca sabría la cantidad de dolor, culpa y tristeza que tendría que cargar sobre sus hombros, pero Vivian quería ser su pilar, como él había sido el suyo.
Y tal vez éste era uno de los raros momentos en que Leonard se había abierto a ella y expuesto su agitación interna, y esto, tal vez, no volvería a suceder, ya que era alguien que lidiaba con el dolor a solas.
Esto le trajo a la memoria lo que sintió antes de ir a buscarlo.
La cinta era la misma que él había usado para atársela el cuello cuando tanto él como su primo habían decidido regalarla, pero el recuerdo era más de lo que había sucedido allí.
La cinta cambió de dueña, primero Vivian, luego Charlotte y luego volvió a las manos de Leo.
Como muchas otras veces, Leo se metió en problemas, pero esa fue la ocasión cuando ella lo tocó por primera vez, cuando él se lastimó la cara.
—¿Qué?
¿nunca has visto moretones antes?
—le había preguntado, una voz desalentadora para su edad, pero ella, en lugar de sentirse asustada, le había preguntado… —¿Duele?
Él le dirigió una mirada confusa.
—Un poco —y ella le colocó su cálida manita en la cara, lo que lo llevó a apartar la mano, avergonzado.
Aunque no lo recordaba, se alegró que por una vez que le vinieran a su mente cosas que nunca había olvidado.
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