Bambi y el duque - Capítulo 163
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- Capítulo 163 - 163 Capítulo 164 – Baile de invierno - Parte 2
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163: Capítulo 164 – Baile de invierno – Parte 2.
163: Capítulo 164 – Baile de invierno – Parte 2.
Editor: Nyoi-Bo Studio Vivian le desabrochó el pantalón y sin saber qué hacer a continuación, sintió como si estuviera bajo presión de repente y quisiera llorar.
Como si sintiera su preocupación, Leonard usó su mano para sacar su miembro endurecido de su pantalón.
—Podría ser más fácil si te sientas —la guio, asegurándose de que no malinterpretara y se arrodillara en el suelo.
La hizo sentarse en el asiento donde había quedado el vestido que había usado—.
No estés avergonzada.
Lo has hecho antes —la instó con voz paciente y ella se apoderó de su miembro que estaba en frente.
Su miembro estaba duro pero suave en sus manos mientras ella usaba ambas para sostenerlo.
Hacía calor, mucho calor.
Moviendo su mano como lo hizo la última vez, la movió de un lado a otro para escuchar un zumbido de aprobación proveniente de la parte posterior de su garganta.
Esto continuó por un minuto hasta que se inclinó para lamer la punta, como una crema que estuviera en su dedo.
Una lamida, y luego lamió otra vez para escuchar una fuerte inhalación.
Al no tener experiencia, ella lo miró con esos ojos que le preguntaban si lo estaba haciendo bien, y le dijo.
—Lo estás haciendo bien —él usó palabras de aliento para estimular su motivación.
Ella hizo algo similar a lo que la mujer había hecho en el teatro nocturno, ya que esa era la única referencia que tenía.
Estaba avergonzada, pero quería complacer a Leo de la forma en que él la complacía, tomar ese poder en sus manos donde sabía que lo excitaba de la misma forma en que él la excitaba.
Una vez que terminó de lamer la cabeza y alrededor, pasando la punta de su lengua a lo largo de los costados, finalmente se lo metió en la boca.
Leo colocó su mano sobre la cabeza de ella, pasándola suavemente mientras se aseguraba de no meterle todo su grueso miembro en la boca por la preocupación de ahogarla.
Aunque le encantaría hacer eso, no quería que fuera algo que ella recordara en el futuro.
Su Bambi era un ciervo que acababa de crecer, y aunque él estaba ansioso por mostrarle como era el mundo, tenía que dar pequeños pasos con ella en estos asuntos.
Queriendo guiarla aún más, dijo: —Necesitas mover la cabeza como si fuera tu mano —se rio entre dientes y vio que sus mejillas se ponían rojas antes de chupar cuando su cabeza comenzó a moverse—.
Cuidado, Bambi, no con los dientes.
Chúpalo —le acarició la cabeza suavemente.
Las palabras de Leo no estaban ayudando, sino que la volvían más tímida, ya que sus palabras eran atrevidas y abiertas, mucho más de lo que ella estaba acostumbrada cuando se trataba de cosas sexuales, pero hizo todo lo posible para complacer al hombre que amaba.
Usando toda su concentración, movió la cabeza de un lado a otro al mismo ritmo para sentir la mano de él tocándole la cabeza mientras ella lo escuchaba suspirar de felicidad.
Cuanto más lo hacía, más notaba que su miembro se volvía más caliente y Leo echó su cabeza hacia atrás.
—Retírate, Vivi —le aconsejó, pero Vivian estaba en su propio mundo queriendo desobedecerlo y tomar su propio tipo de venganza sin saber que Leo lo había dicho por su bien.
Decir que no se excitó al ver a su mujer dándole un regalo como éste sería pura mentira.
Tenía los ojos cerrados sin escuchar lo que él decía mientras movía la cabeza dándole una mamada.
Al estar sentada cómodamente, le dio la ventaja de no tener que presionar las rodillas contra el suelo.
Sus pechos estaban abiertos para que los mirara y las puntas se habían endurecido para completar su atención.
—Vivi —la llamó suavemente, pero ella pareció ignorarlo.
Fue cuando vio que su lengua se asomaba por sus delicados labios; la lengua rosa lamió la punta de su miembro haciéndolo casi perder el control y pasó los dedos por la parte de atrás de su cabello para retirarla.
Habría disfrutado la sensación de su boca caliente y húmeda alrededor de su órgano, succionándolo hasta que llegara al clímax, haciéndola tragar cada parte de él, pero podía decir que no estaba lista.
Su Bambi era una criatura tímida, pero había notado la forma en que su guardia se cayó cuando trató de abrazar éste lado de ella donde él podía ver el entusiasmo en sus ojos, aunque no lo decía con palabras.
Él tiró de su cabello sin causarle dolor, pero suficiente para tener su atención sobre él.
Al levantarla mientras ella se paraba sobre sus dos pies, lo escuchó hablar.
—¿Qué estabas planeando, mi zorra?
—la miró con una mirada acalorada en los ojos.
Separando sus labios, la besó en la boca antes de retirar el vestido de su parte inferior para que sus piernas estuvieran a la vista.
Deslizando su mano en su ropa interior, sintió su sexo mojado y ya cubierto en su jugo.
—¿Te excitaste?
—preguntó.
—¿Tienes que preguntar todo?
—¿Por qué te pones tímida?
¿O te pongo caliente?
—dijo burlándose más de ella— Ya que solo quiero hacerte sentir más consciente, dime, Bambi.
Ni siquiera dije lo que tenía en mente —Vivian lo miró y notó que estaba bromeando—.
Quiero tocarte mi hermosa, ¿qué hay de malo en eso?
—él empujó su dedo para verla jadear ante la repentina intrusión.
—No —los dedos de los pies de ella se acurrucaron en el suelo, si pudiera, se alejaría y se escondería de él, pero en ese espacio cerrado de la habitación no había escapatoria.
La última vez había quedado completamente muerta gritando su nombre en la cama, pero éste no era un lugar donde quisiera dejar que la gente la escuchara gritar su nombre.
—Todavía pienso en los demás —a Leo no le agradó eso, y con los dedos rompió la ropa interior que ella llevaba—.
No pienses en los demás cuando estoy contigo.
¿Es ese vendedor u otro hombre el que te preocupa?
—¿Qué hay de las mujeres que te tocaban?
—ella lo comentó mirando hacia otro lado.
—Es bueno verte celosa, mi dulce Bambi.
Me estaban tomando las medidas.
Hay una diferencia entre pararse detrás de ella y ponerle un vestido y tomar medidas —su monopolización sobre ella era algo que debía ser elogiado—.
Veamos cuánto puedes aguantar sin gritar hoy.
La levantó y subió para montarla alrededor de su cintura.
—Envuélveme con tus piernas —ordenó.
Él se empujó hacia ella para que le rodeara el cuello con los brazos mientras un grito de placer atravesaba sus labios—.
Me gusta que todo el mundo escuche lo traviesa que eres —bromeó.
Vivian enterró su rostro en el hombro de él, mordiéndolo, sintiendo su siseo.
—Niña traviesa —se empujó, moviéndose dentro de ella mientras sus gritos se silenciaban en los brazos de él.
Ella se apretó alrededor de su miembro endurecido hasta que los gemidos que llenaban el pequeño probador se calmaron cuando Leo lanzó su orgasmo después de Vivian.
La sostuvo en sus brazos mientras ella se negaba a bajarse, apenada por lo que habían hecho.
Ella quería cavar su tumba allí mismo si fuera posible.
Podrían haber estado callados o haber tratado de callarse, pero la gente de afuera no era sorda o ciega para no saber qué habría sucedido en la habitación.
—Te odio —murmuró, y Leo sonrió sabiendo que no lo decía en serio.
—Lo sé —su voz estaba llena de ternura por ella porque no podía estar enojada.
Vivian no era tan abierta y cariñosa cuando se trataba de profesar su amor por Leonard, pero lo amaba más de lo que sería capaz de expresar.
Su susurro lleno de dulces palabras derritió su corazón y tiró de los hilos de su corazón uno tras otro, tirando de él cada vez que la intimidaba.
La dejó quedarse allí y habría seguido apretándola si no hubiera decidido soltar sus brazos alrededor de él.
No sólo había rasgado el vestido de la tienda, sino que también había logrado rasgar la ropa interior que ella había usado.
—¿Quieres que te ayude a cambiarte?
—le preguntó y ella se apresuró a rechazar su oferta.
—Está bien.
Lo haré —dijo ella, mirándolo a los ojos.
—Hmm, estaré afuera.
Puedes entregarme el vestido antes de ponerte el que cargabas —dijo.
Empujó las cortinas y abrió la puerta para salir.
Después de que Vivian le entregara el vestido y se pusiera la ropa anterior con la que había ido a la tienda.
Atando su cabello, salió y fue directamente a donde estaba Leo sin dejar que sus ojos miraran a la izquierda o derecha.
Sabía que, si dejaba que sus ojos vagaran, se encontraría con los ojos juiciosos de los vendedores que previamente no le habían llamado la atención.
Antes de salir de la tienda, sus ojos captaron a los dueños que miraban a Leo con una mirada agria.
No fue por lo que habían hecho en el camerino, sino porque había rasgado su hermoso vestido, que, sin embargo, se pagó al doble del precio por el que se vendía.
Cuando salieron, Vivian se preguntó dónde estaría Lord Nicholas hasta que lo vio hablando con una mujer al otro lado de la calle.
Internamente esperaba que él no hubiera estado allí en la tienda cuando Leo fue al vestuario.
Vio a Nicholas, quien se inclinó para tomar la mano de la dama y besarle el dorso, lo que no parecía un gesto casual, antes de que se dirigiera a donde estaban.
—Tengo la ropa que quería para el baile de invierno.
Gracias por acompañarme —le agradeció a Vivian e inclinó la cabeza—.
Los veré como dos pájaros enamorados en el baile —Vivian inclinó la cabeza para verlo alejarse de ellos.
Se alegró de que Nicholas no preguntara por qué y qué les había llevado tanto tiempo en el probador, porque él ya habría sabido cuándo Leonard había llegado a donde ella estaba.
—¿Qué más teníamos que comprar?
—Leonard le preguntó si había algo que había pasado por alto.
Ella sacudió la cabeza.
—Eso es todo.
Sólo eran mis zapatos.
—¿Te gustan?
—le preguntó, ya que no había tenido la oportunidad de ver qué había elegido.
Parecía contenta con lo que había seleccionado, por lo tanto, él no continuó preguntando al respecto.
Como si en profunda concentración pensara en algo que hiciera que Vivian se preguntara qué fue lo que pasó.
—¿Hay algo que tengas que comprar?
—ella le preguntó.
—Sí.
Vayamos al carruaje —caminaron hacia donde habían estacionado su carruaje, ella notó que la cantidad de personas en las calles y los carruajes habían aumentado desde la última vez que habían estado allí.
Al llegar al carruaje, Leonard le pidió que lo esperara ahí, diciéndole que volvería en cinco minutos.
Ella no estaba exactamente feliz con él queriendo mantenerla a salvo así, pero le dolían las piernas y quería sentarse en algún lugar sin ganas de moverse en ese momento.
Según lo prometido, Leonard volvió a ella y se dirigieron a la mansión Carmichael.
Durante la noche, el concejal Maximillian Gibbs y otro hombre llegaron a la puerta para hablar con Leonard sobre el trabajo.
Como la lluvia que había dejado de dar paso momentáneamente al invierno, desde el gran ventanal en el que se encontraba pudo ver los hermosos colores del cielo que eran azules, rosados, morados, naranjas y muchos más.
Era una vista impresionante con pájaros volando en el cielo, regresando a sus nidos, cantando mientras volaban.
Sosteniendo el alféizar de la ventana, miró al cielo a través de ella, el viento soplaba suavemente sin lastimar las hojas al pasar.
En algún lugar en el fondo, Vivian estaba ansiosa.
Sentía una sensación de vacío al pensar que podría terminar conociendo a sus padres si estuvieran allí en el baile de invierno.
Leonard le había dicho que casi todos los vampiros de sangre pura solían ser invitados, por lo tanto, sería difícil hallarlos.
No debería estar sintiendo ese vacío, pero de todos modos sintió que se mareaba el pensar en ello.
En su mente, siempre se había preguntado si valía la pena encontrarlos.
Era el lado práctico de su mente que a menudo se preguntaba qué pasaría o qué podría pasar.
Asumió que sería repudiada, ¿por qué Martha se quedaría con los labios cerrados todos estos años llevándose el secreto a su tumba?
Todos estos años pasaron y nadie había ido a buscarla, eso fue algo que le dolió.
Algo había salido mal con sus genes y su sangre que, de sangre pura, se había convertido en un humano.
Se dijo que era raro, pero sin importar lo raro que haya sido, abandonaron a su propia hija.
¿Había sido ella tan vergonzosa para ellos?
La tristeza llenó su mente al pensar en lo indeseada que sería para su familia.
Al escuchar algo detrás de ella, Vivian se dio vuelta para no ver a nadie pasar por allí, ya que el lugar donde estaba era uno de los corredores más largos de la mansión.
Sus ojos se volvieron para mirar a las esquinas de la pared donde estaban las antorchas.
Las velas aún no se habían encendido, pero vio una sombra acechando detrás de ella.
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