Bambi y el duque - Capítulo 61
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61: Capítulo 62.
La sanadora –Parte 1 61: Capítulo 62.
La sanadora –Parte 1 Editor: Nyoi-Bo Studio Aunque había lavado la rodilla del niño con poca agua, no había olvidado que la sangre había humedecido su mano cuando cubrió la herida.
—¿Es una broma?
¡No hay ninguna herida!
Ya basta de jugar al doctor.
Debemos irnos.
–exclamó la criada con frustración, mirando a Vivian con una mirada impaciente.
Vivian no entendía qué había pasado, pero se levantó y miró al niño con las cejas fruncidas por la confusión.
Ambas criadas se dirigieron de nuevo al carruaje para cargar todo lo que habían comprado en el mercado.
De camino a la mansión, el cochero pasó por alto el gran pozo de agua oscura en el suelo húmedo, lo que resultó en que una rueda del carruaje se quedara atorada allí.
Los caballos no pudieron desatascarla.
El cochero, con todo su esfuerzo, empujó la rueda mientras los dos caballos castaños intentaban moverse hacia adelante, lo que ayudó a que la rueda saliera del pozo.
La rueda estaba muy dañada y se sabía que el carruaje podría romperse antes de que pudieran llegar a la mansión.
Tenían una rueda de repuesto en la parte trasera del carruaje, por lo que el cochero comenzó a cambiarla cuando las dos criadas se bajaron.
Mientras esperaban que arreglara el carruaje, los pensamientos de Vivian daban vueltas sobre el niño que había conocido en el mercado.
Había visto cómo se caía, había visto la sangre que salía de su piel, pero, aun así, cuando había limpiado su rodilla, no había ni un rasguño.
No entendía qué había pasado.
¿Había sido el agua?
¿O había sido el niño que no podía hablar?
Había preguntas que rondaban su mente mientras esperaban en aquel bosque desierto que no se encontraba lejos del mercado.
Sin poder contener las preguntas, le preguntó a la criada que la había acompañado, que estaba ocupada mirando las puntas de su cabello trenzado.
—Evangelin, ¿de dónde has sacado el agua?
La criada levantó la vista.
—¿Qué agua?
—La que has traído para el niño.
—De un barril fuera de la posada.
–Vivian dudó que lo sucedido tuviera algo que ver con el agua.
La criada llamada Evangelin se paró a su lado.
–Tenemos suerte de que el carruaje no se haya roto, si no, no hubiésemos sabido qué responder al llegar veinte minutos tarde.
¿Sabías que van a poner una feria en el pueblo muy pronto?
Ni siquiera lo he escuchado debido al lugar donde trabajamos.
–dijo, y luego cerró la boca cuando el cochero la miró de lado.
Vivian no encontraba nada malo en lo que la criada había dicho, pero aquello no significaba que debíera hablar sobre ello abiertamente.
Para el cochero, Vivian podría delatarlos, ya que era la más cercana a su amo.
Pero para Vivian, era el cochero el que las podría delatar, ya que las miraba con los ojos entrecerrados.
—¿Crees que podremos visitar la feria?
-le preguntó Evangelin.
—No estoy segura.
–respondió Vivian, y escuchó cómo el carruaje era tirado desde la distancia.
Las ruedas rodaron sobre el suelo, y se oyó cómo los caballos pisaban el suelo húmedo mientras caminaban, aunque se detuvieron al instante.
–Señor Wells.
–Vivian saludó al vampiro de cabello rizado, que salía de su carruaje.
Jerome pasaba por la misma ruta y le había pedido a su cochero que frenara el carruaje al ver a Vivian parada al lado del carruaje que estaban reparando.
—¿Se ha roto la rueda?
–preguntó, a lo que el cochero le respondió afirmativamente.
–Hmm.
Benji, ¿podrías por favor ayudarlo?
–giró para dirigirse a su cochero.
–Parece que han estado aquí parados por un largo tiempo.
Tienen suerte de que aún no haya comenzado a llover.
—Somos afortunados.
–respondió Evangelin mirando al Señor Wells como si estrellas cruzaran por sus ojos.
Vivian no pudo evitar sonreír.
Jerome Wells podía ser considerado un hombre atractivo, no tan guapo como los vampiros de sangre pura, pero, aunque era un hombre que provenía de una familia vampira estándar, su apariencia y su actitud lo hacían ver como un vampiro de sangre pura.
El Señor Wells le sonrió a la criada, y luego puso sus ojos en Vivian.
—¿Cómo ha estado?
– le preguntó.
La última vez que hablaron había sido el día anterior a la ejecución de Paul.
—He estado bien, gracias por preguntar.
–Vivian hizo una reverencia con la cabeza y luego preguntó: —¿Se dirigía a algún lugar por el trabajo?
—No diría que es trabajo.
Mi hermano llegará de Valeria con el Señor para hablar con el magistrado del pueblo, que vive cerca del establecimiento.
Hace un tiempo que no lo veo y pensé que sería un buen momento para encontrarlo.
—Señor Wells, ¿tiene un hermano?
–preguntó Evangelin, sin poder contener la curiosidad.
—Sí.
–el vampiro sonrió.
–Es más joven, y trabaja para el Señor de Valeria.
Luego de unos minutos, ya había podido colocar la nueva rueda en el carruaje, que se veía listo para partir.
Inmediatamente de agradecer al Señor Wells por su ayuda, se dirigieron a la mansión Carmichael.
Para el momento en el que llegaron a la mansión, Leonard ya se encontraba allí junto a su mayordomo.
No les preguntaron a Vivian y a Evangelin por lo que habían tardado, pero el mayordomo interrogó al cochero.
El cochero era un hombre responsable, por lo que no evitó decir que el Señor Wells los había ayudado, lo que Leonard alcanzó a oír, aunque no hizo ningún comentario al respecto.
De nuevo en la cocina, Vivian no podía apartar su mente del hecho de que algo había sido raro lo que pasó en el mercado.
Mientras cortaba los vegetales de manera pareja, se preguntó si tendría algo que ver con ella.
Miró fija su mano izquierda, y luego sacudió la cabeza ante su pensamiento.
Humano o vampiro, nadie tenía esa clase de poderes, excepto por las altas sacerdotisas, que utilizaban encantamientos.
Pero había visto al niño sangrar, y por ello dudaba tanto.
Nunca le había pasado que una herida se curara automáticamente, no que ella recordara.
Para probar su razonamiento, se armó de valentía y tomó el cuchillo que sostenía, mirando hacia todos lados para asegurarse que nadie la estuviera viendo.
Sus ojos se fijaron en el cuchillo, y lo agarró fuerte mientras acercaba su mano a él.
Tragó saliva mientras se preparaba.
El cuchillo aún no había tocado su piel, pero ella ya podía sentir el dolor de la cortadura.
No se había dado cuenta de que el mayordomo acababa de entrar en la cocina, por lo que continúo.
Contuvo el aliento y pasó el cuchillo afilado por su piel.
Se estremeció de dolor y soltó el cuchillo.
—¡Vivian!
–se escuchó la voz aguda del mayordomo, que la miraba fijo desde la entrada de la cocina.
—¡¿Qué intentas hacer?!
—Ah…
Yo…
–comenzó a decir, sin saber muy bien cuán era la respuesta a aquella pregunta.
No esperaba que él estuviera allí, ya que era la única en la habitación.
Pero parecía que la habían atrapado con las manos en la masa.
—Sígueme.
–el mayordomo esperó que la chica comenzara a caminar y, cuando ella lo hizo, dejó la habitación.
Vivian lo siguió sosteniendo su dedo lastimado con su mano sana.
El mayordomo no paró para hablarle, sino que continuó caminando, llevándola por los pasillos lejos de la gente que trabajaba en la mansión.
Las criadas con las que se cruzaban no se atrevían a mirarlos y, en cambio, continuaban haciendo sus tareas.
De camino a donde fuera que se dirigieran, Vivian se miró el dedo, quitando la otra mano para asegurarse de que estuviera en su sitio.
Lo sabía.
En su interior deseaba ser especial de algún modo, pero este no era el caso.
No solo había pensado que era capaz de sanar heridas, sino que también se había cortado el dedo solo para ser sorprendida por Jan.
Se frenaron frente a la puerta, nada más ni nada menos, de la habitación de Leonard.
Al tocar la puerta dos veces, oyeron su respuesta.
—¿Qué sucede, Jan?
–preguntó Leonard mientras estaba sentado en su escritorio con un par de anteojos que se apoyaban en su nariz.
Al darse cuenta de que Vivian estaba parada detrás del mayordomo, levantó la mirada del pergamino que tenía en sus manos.
—Amo Leonard, tengo que informarle que esta criada estaba a punto de derramar su sangre en la cena de hoy.
–Vivian levantó la cabeza repentinamente para mirar al mayordomo.
¿Eso era lo que pensaba?
Los ojos de Leonard se fijaron en ella.
El mayordomo continuó diciendo: —Como ya se ha informado a todas las familias de sangre pura y a su personal de cocina, agregarle sangre propia a la comida de un amo o ama es considerado un delito.
No es aceptable, es una artimaña.
—Yo no——comenzó a decir Vivian para defenderse, pero Leonard la frenó.
—¿Es verdad?
¿Intentaste agregar sangre a la comida?
–preguntó, sus cejas estaban levemente fruncidas.
—¡No lo hice!
–se apresuró a responder Vivian.
—¿Niegas haberte cortado el dedo a propósito?
–el mayordomo vampiro la analizaba con la mirada.
—Fue por error.
–las palabras de Vivian salieron de su boca con un tono bajo.
—Amo, créame cuando le digo que esta chica intentó envenenar la comida que era para usted.
No sabemos qué puede contener esa sangre, hay sustancias que los humanos pueden soportar, pero los vampiros no.
–Jan hablaba con un tono acusador.
—Nunca haría algo así.
–¿cómo se atrevía a acusarla sin pruebas?
–Estaba cortando vegetales.
No hay forma de que pudiera mezclar mi sangre con ellos.
—No sabemos.
–los ojos rojos y brillantes del mayordomo la miraron antes de dirigirse hacia el amo.
–Fue criada por el humano que trajo la muerte a esta mansión, debemos ser cuidadosos, amo.
—Creo que uno debe ser cuidadoso con los extraños que no conocen la mansión.
Como ya he dicho, no planeaba cortar mi mano para mezclar la sangre con la comida del amo Leonard, y estoy segura de que él lo habría notado.
–parecía que ella no le agradaba al mayordomo, y eso la hacía preguntarse ¿Era solamente ella la que le caía mal?
¿O se comportaría así con todos los criados de la mansión Carmichael?
—Y, aun así, me pregunto por qué— —Ya es suficiente, Jan, déjanos solos.
Tengo que hablar con Vivian.
–Leonard se dio la vuelta, aún sentado en su silla.
—Sí, amo.
–Jan hizo una reverencia con la cabeza.
—Y cierra la puerta.
–cuando cerró la puerta, Vivian continuó sosteniendo su dedo, que todavía dolía, mientras los ojos de Leonard la miraban fijo.
—¿Te quedarás parada allí todo el día?
Siéntate.
–sin saber exactamente dónde sentarse, Vivian buscó un lugar vacío, sus ojos iban desde la silla hasta la cama.
–En la cama.
–le indicó el muchacho con un suspiro mientras se levantaba y caminaba hacia los armarios de su habitación.
Tomó el botiquín de primeros auxilios, y se acercó hacia la chica, sentándose a su lado.
Levantó su mano y tomó la mano lastimada de Vivian para inspeccionar la cortada en su dedo, que se veía bastante profunda.
El olor de la sangre flotaba sobre su nariz.
No era la primera vez que vendaba una herida de Vivian.
Cuando eran niños, Vivian solía caerse o lastimarse todo el tiempo.
El joven Leo siempre cuidaba de sus heridas, lo tomaba como una responsabilidad, después de todo, ella era su Bambi.
Él debía cuidarla.
Eso no quería decir que pudiera dejar pasar lo que Jan había dicho.
—¿Por qué te has cortado?
–preguntó, levantando el dedo de la chica para colocarlo en su boca.
Vivian hizo una mueca de dolor cuando la lengua del muchacho pasó por la herida abierta.
—Duele.
–aquello no impidió que Leonard siguiera pasando la lengua por su dedo, lo que le producía aún más dolor.
–Leo…
Sacó el dedo de su boca, que ya estaba limpio de sangre, excepto por una línea que se estaba poniendo roja nuevamente.
—Contéstame.
-Quería comprobar algo.
—¿Comprobar qué?
¿Si sangrabas?
—preguntó con tono sarcástico.
Sabía que la chica era torpe, pero cortar su dedo de esa forma definitivamente no era un error, sino una herida hecha a propósito.
Además, Jan la había visto cortarse, y dudaba que el hombre mintiera.
Vivian quitó la mirada de Leonard mientras él sacaba las vendas del botiquín.
—Te reirías si te contara.
—¿Alguna vez me he reído?
–le preguntó el muchacho, utilizando el algodón para limpiar su dedo.
No.
Leo no era del tipo de hombres que se reían, probablemente solo se burlara un poco de ella por pensar algo tan extraño.
Aunque él no le preguntó nuevamente, estaba esperando que la chica explicara lo que había hecho, y ella lo sabía.
Vivian vio cómo le aplicaba alguna clase de gel desinfectante en su dedo, mientras el cabello rubio del muchacho le tapaba los ojos.
Sus movimientos eran gentiles y cuidadosos.
—Hoy, cuando estábamos en el mercado, un niño se cayó.
–Vivian comenzó a contar la historia y vio que Leonard asentía para que continuara.
–El niño no podía hablar y estaba sangrando mucho, con mucho dolor.
–Leo le hubiese pedido que dejara al niño, pero dudaba que ella pudiera ignorar a alguien que necesitaba ayuda.
Sin decir una palabra, la miró para demostrarle que la estaba escuchando, y luego comenzó a cubrir su dedo con la venda.
–Quería ayudarlo, y le pedía a Evangelin que trajera algo de agua para lavar la herida.
Había mucha sangre y coloqué mi mano en su rodilla, pero cuando limpié la sangre, no había herida.
–aquello llamó la atención de Leonard.
–Fue bastante extraño.
Quiero decir, un minuto estaba sangrando y al siguiente ya no.
Así que yo…
—Pensaste que lo habías curado.
–Leonard completó la oración y la vio asentir avergonzada.
–Debo decir que esta pequeña demostración que has hecho poco tuvo que ver con haber sanado.
—Me equivoqué.
–Leonard terminó de cubrir la herida que Vivian se había hecho a sí misma.
La chica había podido sentir la decepción al contarle al muchacho.
Aquella noche, Leonard visitó a la iglesia para encontrar a la Hermana Isabelle, que estaba encendiendo las velas.
—¿A qué se debe la presencia del Duque a estas horas de la noche?
–preguntó la Hermana Isabelle aún de espaldas a Leonard.
Sin dar vueltas, el muchacho preguntó: —¿Qué sabes sobre los sanadores?
–al escuchar aquello, la Hermana Isabelle dejó las velas y se dio la vuelta para mirar a Leonard.
Apagó de un soplido la vela que tenía en la mano.
—¿Qué quieres saber sobre ellos?
—los ojos inteligentes de la mujer, que antes tenían brillo, ahora se veían vacíos.
—Todo.
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