Bambi y el duque - Capítulo 69
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69: Capítulo 70.
Pequeñas cosas –Parte 1 69: Capítulo 70.
Pequeñas cosas –Parte 1 Editor: Nyoi-Bo Studio —¿Qué sucedió?
—preguntó la criada al ver que Vivian volvía.
—Me pareció ver a alguien a quien conozco.
–respondió, girando para ver a la gente, pero quienquiera que fuera que la había ayudado, ya no estaba más allí.
Levantó la bolsa y la elevó hasta su cintura, para luego seguir a la criada hacia el carruaje.
—En serio, me has asustado.
Pensé que alguien te había robado.
–Vivian le ofreció una sonrisa afligida.
Llegaron a la mansión y, luego de colocar las bolsas en la alacena, la criada dijo: —Por cierto, esto cayó de tu vestido mientras corrías.
–la criada le mostró la flor en su mano.
—Gracias.
–Vivian la tomó, y las demás criadas que estaban allí no pudieron evitar preguntar.
—¿Quién te ha dado la flor?
No me digas que has encontrado un pretendiente en el mercado.
—¿Piensas que nos dejarían salir a conseguir pretendientes?
—No es de un pretendiente, —Vivian intentó limpiar el malentendido, pero las demás criadas ya habían comenzado a sacar conclusiones sobre la flor que sostenía en su mano.
—Claro.
Entonces, Vivian, ¿de dónde salió la flor?
Yo una vez recibí una propuesta que ahora me arrepiento de rechazar.
–las criadas continuaron discutiendo aquello, ahora en una voz baja que atrajo la atención del mayordomo.
—¿Qué sucede aquí?
–preguntó Jan, mirando a las cuatro criadas de manera acusadora con sus ojos rojos brillantes, como si las muchachas estuvieran conspirando sobre algo.
Las criadas, que antes habían curioseado sobre la flor de Vivian, ya no estaban interesadas en la historia.
En cambio, hicieron una reverencia con la cabeza y se dispersaron para continuar con su trabajo.
Antes de que el mayordomo tuviera la oportunidad de ver lo que Vivian sostenía en su mano, la chica había podido guardar nuevamente la flor en su bolsillo.
Pero Jan, el mayordomo, aunque no había llegado a entender el asunto, comenzó a caminar entre las criadas mientras hacían sus tareas.
Las palabras de las criadas se convirtieron en rumores que contaban porque no tenían más información.
Leonard caminaba por el salón, cuando escuchó a dos criadas susurrar y se molestó un poco.
Las criadas no sabían cuándo mantener la boca cerrada.
Escuchó a una de ellas, que estaba cortando las hojas del florero, decir: —Pero, ¿no fue así?
—Lo has entendido mal.
Escuché que fue un hombre muy apuesto quien le dio la flor.
–dijo la otra.
—¿Cómo lo sabes?
No estabas allí.
—Es lo que ha dicho Hana.
Aparentemente, ella fue a buscar al hombre, pero él se alejó luego de darle la flor.
–la criada contó la información que había sido tergiversada, para convertirse en una historia completamente distinta.
Sin reparar demasiado en las criadas, Leonard comenzó a salir del salón cuando escuchó que la criada continuaba diciendo: —¿Crees que Vivian aceptará al hombre?
—No lo sé, creí que aceptaría la propuesta del Señor Wells.
—Sí, el señor Wells es un hombre decente.
Al escuchar aquello, la mano de Leonard se tensó en un puño, y sus nudillos se pusieron blancos mientras salía apresurado del salón.
Con cada paso que daba mientras buscaba a Vivian, la ira comenzaba a inundar su mente.
Debería haberlo sabido.
Debería haber sabido que algo así iba a pasar, especialmente cuando las visitas al mercado eran oportunidades para conocer personas.
Lo que no esperaba era que Vivian aceptara la flor de un hombre que no era él.
Había pensado que sus sentimientos hacia ella eran claros, pero parecía que no.
¿Acaso ella pensaba que los besos y el afecto que le ofrecía eran para pasar el tiempo y que no tenían valor?
Así como Leonard parecía apacible e inofensivo en el exterior, no podía decirse lo mismo de sus emociones.
Había crecido bajo el ala de uno de los mejores mentores, pero no estaba en el mismo nivel que el Señor, sino que era capaz de cosas de las que la gente no se daba cuenta.
Que las criadas se dieran cuenta del interés de Jerome en Vivian hacía que la ira aumentara como un volcán que se inquietaba lentamente, antes de que la lava saliera para quemar todo a su paso.
Se dirigió hacia la parte de atrás de la mansión donde Vivian se encontraba colgando las sábanas que había lavado.
Soplaba un viento frío que no podía levantar partículas del suelo porque estaba húmedo, pero que movía las sábanas.
Leonard podía ver la silueta de la chica detrás de las sábanas blancas.
Cuando ella se movió hacia adelante, la vio colgar otra sábana en la soga, estirando los brazos mientras se aseguraba de que la tela no se arrugara contra la otra sábana.
Leonard se paró allí, mirándola mientras estaba inmersa en su trabajo.
El cabello de Vivian estaba atado en una trenza que caía por su hombro derecho.
Algunos mechones daban vueltas alrededor de su rostro por el viento.
Con el temperamento más calmo por haber estado viéndola, Leonard caminó hacia Vivian.
Vivian estaba ocupada tomando la tela para escurrirle el agua antes de colgarla en la soga, cuando escuchó que alguien decía su nombre, Con las cejas un poco fruncidas, miró hacia su alrededor y vio a Leonard parado no muy lejos de donde ella se encontraba.
—Leo…
—¿Qué hacía él allí?
Pensó Vivian al mirarlo.
Los largos mechones de cabello del muchacho se arremolinaron sobre sus ojos, que no dejaron de mirarla.
Vivian a veces no podía evitar preguntarse por qué le gustaba a Leonard.
En el mundo de los vampiros, la mayoría de los de sangre pura, elegían parejas dentro de su propia clase.
Un vampiro siempre elegía a un vampiro y, si alguno prefería pasar tiempo con un humano, sería por un tiempo determinado, excepto que se creara un vínculo de almas.
Debido al odio entre los humanos y los vampiros, las relaciones entre especies distintas estaban mal vistas.
—¿Has terminado con el trabajo?
–Leonard caminó hacia donde estaba Vivian, levantó su mano y se corrió el cabello, aunque los mechones rubios cayeron nuevamente sobre su frente.
—Jan me ha pedido que regara las plantas del salón de cristal.
Y luego eso sería todo.
—Está bien.
Jan puede encontrar a alguien más que lo haga.
Alístate.
—Leonard miró a su alrededor, las sábanas se balanceaban en las sogas.
–Le pediré a Jan que prepare el carruaje para salir.
Vivian lo miró un poco confundida, había olvidado que tenían planes para esa noche.
Desde que había vuelto del mercado, había estado ocupando sus pensamientos con la imagen del hombre que se había encontrado.
Sintió una mano fría sobre su mejilla, la mano de Leo.
—¿No quieres salir?
–Vivian vio que Leonard fruncía el ceño.
—¿Qué?
¡No!
–dijo Vivian rápidamente.
–Quiero decir, sí que quiero.
–se veía nerviosa, y sus mejillas se colorearon de un tono rosado.
Aquello hizo que Leonard sonriera y se inclinara hacia ella, aunque la chica retrocedió.
Ni siquiera Vivian entendía por qué había retrocedido.
Leonard soltó la mejilla de la chica y tomó su mano para darle un beso.
—Te veré pronto.
–dijo, y desapareció detrás de las sábanas blancas y negras, dirigiéndose dentro de la mansión.
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