Batallas Entre Los Seres Celestiales - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 IRA
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38: IRA 38: IRA Navegaron durante lo que pareció **una eternidad sin tiempo**.
No había sol fijo ni estrellas confiables.
El horizonte se curvaba de formas antinaturales y el cielo cambiaba de color lentamente, como una herida que no terminaba de cerrar.
El terreno dejó de ser tierra firme y se volvió ceniza compacta, crujiendo bajo cada paso.
Hasta que el mundo **se murió por completo**.
Llegaron a un **cementerio inmenso**, tan vasto que no podía abarcarse con la vista.
Calaveras apiladas como colinas.
Cruces torcidas clavadas en nada.
Tumbas abiertas, cerradas, rotas, algunas con nombres borrados, otras con símbolos que ninguno reconocía.
El aire era frío.
No natural.
Un frío que **recordaba**.
Holley sintió náuseas.
—Aquí… aquí hay demasiadas muertes —susurró.
Kanen se estremeció.
—No solo muertes —corrigió—.
**Restos de guerras enteras**.
Entonces lo vieron.
En el centro del cementerio, sobre un montículo de huesos blanqueados, había una figura inmóvil.
No caminaba.
No respiraba.
Flotaba.
Una silueta humanoide hecha de **humo oscuro**, con vetas azuladas recorriéndola como venas de escarcha.
No tenía rostro definido, solo dos luces pálidas donde deberían estar los ojos.
No portaba espada.
No llevaba armadura.
Pero al alzar lentamente sus manos… El cementerio **despertó**.
Miles.
No.
**Millones** de esqueletos comenzaron a moverse.
Huesos chocando entre sí.
Mandíbulas abriéndose en silenciosos gritos.
Brazos saliendo de la tierra, de tumbas, de montones de cráneos.
El suelo entero se convirtió en un océano de muerte reanimada.
La figura habló.
Su voz no venía de un solo punto.
Venía **de todos los huesos al mismo tiempo**.
—Han llegado lejos —dijo—.
Más de lo que el caos predijo.
KA dio un paso al frente, espada en mano.
—Espadachín Número Tres —dijo—.
Muéstrate.
La figura inclinó apenas la cabeza.
—Mi nombre es **Noct Boʻn**.
Alzó una mano.
El aire se congeló.
Una **bola de hielo negro** se formó en su palma, girando lentamente, absorbiendo el calor, el sonido… incluso la esperanza.
Con un gesto mínimo, la lanzó.
El impacto no explotó.
**Congeló el espacio** donde cayó.
Una sección entera del cementerio quedó atrapada en hielo eterno, esqueletos incluidos, detenidos en mitad del movimiento, con expresiones de terror grabadas para siempre.
—No tengo cuerpo —continuó Noct Boʻn con calma—.
—No tengo sangre.
—No tengo miedo.
Su forma de humo se dispersó y volvió a reunirse unos metros más arriba.
—Soy lo que queda —dijo—.
—Cuando el caos ya ganó… y aún así siguió matando.
Los esqueletos avanzaron en masa, un mar blanco y crujiente rodeándolos.
Bonnie tragó saliva.
—No es solo necromancia… —susurró—.
Está usando los restos como **extensiones de su voluntad**.
Tronwer apretó los dientes.
—¿Y cómo matas algo que ya está muerto?
Noct Boʻn levantó ambas manos.
El cementerio entero respondió.
—Esa —dijo— es la pregunta correcta.
El frío se intensificó.
Los huesos avanzaron.
Y el humo del Espadachín Número Tres se expandió como una noche viva.
El mundo del caos había abierto su **campo santo**.
El primer impacto fue **el sonido**.
No gritos.
No rugidos.
El **crujir infinito de huesos** avanzando al unísono.
El suelo desapareció bajo una marea de esqueletos.
Tibias, cráneos y espinas se movían como si compartieran un solo sistema nervioso.
Cada paso que el grupo daba era tragado por manos óseas que emergían desde abajo.
—¡No son individuales!
—gritó Bonnie—.
¡Es un solo organismo!
Noct Boʻn alzó lentamente ambas manos.
Los esqueletos **se reorganizaron**.
Torres de huesos se elevaron, formando gigantes deformes.
Costillas se soldaron como escudos.
Cráneos giraron en múltiples direcciones, observando, calculando.
Holley lanzó un tajo amplio.
Cortó decenas… que se **reconstruyeron al instante**.
—¡Inútil!
—escupió sangre—.
¡Se vuelven a unir!
Noct Boʻn extendió un dedo.
El aire se congeló de golpe frente a Kanen.
Una lanza de hielo negro se formó y atravesó su costado, clavándolo contra una lápida gigante.
El hielo no solo perforó carne: **congeló la continuidad del cuerpo**, impidiendo que el Shinen cerrara la herida de inmediato.
Kanen gritó.
—¡KANEN!
—KA intentó avanzar, pero el suelo se abrió bajo él.
Cientos de esqueletos lo sujetaron.
Mandíbulas se cerraron sobre su armadura, arrancando trozos de metal y carne.
KA gritó de rabia, usando el Shinen para reforzar su cuerpo, pero cada hueso destruido era reemplazado por otro.
Noct Boʻn flotó más alto.
—La muerte no es un estado —dijo—.
—Es una **materia prima**.
Alzó ambas manos con violencia.
El cementerio entero **tembló**.
De las tumbas más profundas comenzaron a salir esqueletos gigantescos, antiguos, con huesos ennegrecidos por guerras olvidadas.
Algunos tenían restos de armaduras fundidas en sus cuerpos.
Otros aún portaban espadas oxidadas… que se movían solas.
Tronwer golpeó el suelo con el puño.
—¡Esto no es una batalla!
¡Es una fosa común viva!
Bonnie cerró los ojos con fuerza, forzando su mente a trabajar pese al terror.
—Noct Boʻn no pelea con nosotros —dijo con voz temblorosa—.
—Está peleando con el **significado de la muerte**.
Holley, jadeando, levantó la vista hacia la figura de humo.
—Entonces… —dijo— …hagamos que recuerde lo que es **vivir**.
KA liberó un pulso de Shinen desde su grieta interna.
No fue curativo.
Fue **afirmativo**.
El pulso atravesó los esqueletos cercanos y, por un instante, **dejaron de moverse**.
No porque murieran… sino porque algo dentro de ellos **recordó**.
Gritos.
Miedo.
Dolor.
Noct Boʻn se detuvo.
Por primera vez, su forma de humo **vibró**.
—¿Qué… hiciste?
—preguntó, con un tono que rozaba la incomodidad.
KA se puso de pie, rodeado de huesos inmóviles.
—No los controlas —dijo—.
—Los estás silenciando.
El frío aumentó bruscamente.
—Cállate —ordenó Noct Boʻn.
Pero los esqueletos comenzaron a **temblar**.
Algunos cayeron al suelo, desarmándose solos.
El cementerio, por primera vez, **no obedecía del todo**.
Y Noct Boʻn, Espadachín Número Tres, acababa de descubrir algo peligroso: El Shinen no solo repara cuerpos.
Puede **despertar lo que el caos creyó enterrado para siempre**.
El cementerio **estalló en movimiento**.
Noct Boʻn alzó ambas manos con furia contenida y el control volvió como una marea negra.
Los esqueletos que habían vacilado se recompusieron a la fuerza, huesos crujiendo, mandíbulas cerrándose con rabia.
Algunos se arrastraban sin piernas, otros usaban costillas como cuchillas, clavándose en la carne viva de quien estuviera cerca.
La sangre comenzó a **manchar los huesos blancos**, tiñéndolos de rojo oscuro.
Holley fue rodeada.
Un esqueleto le arrancó un trozo del muslo con los dientes.
Otro le atravesó el costado con una lanza improvisada.
Ella gritó, pero siguió luchando, clavando su espada una y otra vez, aun sabiendo que no servía para matarlos.
—¡No… me voy a caer… aquí!
—rugió.
Tronwer, apoyándose apenas en pie, descargó golpes brutales, pulverizando cráneos, rompiendo columnas de huesos.
Sus manos sangraban; los nudillos estaban abiertos hasta el hueso.
Cada impacto era un acto de furia, no de técnica.
Kanen, aún clavado por el hielo negro, forzó el Shinen hasta casi perder el conocimiento.
El hielo comenzó a resquebrajarse, pero el frío le quemaba por dentro.
Tosía sangre congelada.
Bonnie gritaba patrones, advertencias, pero el caos era demasiado.
Noct Boʻn flotaba sobre todo aquello.
—¿Lo sienten?
—dijo—.
—Esto es lo que queda cuando la guerra termina… y nadie viene a enterrar a los muertos.
Alzó las manos.
El suelo se abrió.
De abajo emergió una **columna de esqueletos fusionados**, un monstruo hecho de miles de cuerpos, con un cráneo gigantesco formado por cientos de cráneos más pequeños gritando al unísono.
Sus brazos eran mareas de huesos giratorios.
KA lo vio venir.
Y no retrocedió.
Activó el Shinen desde la grieta abierta en su interior, no para curarse, sino para **afirmar su existencia**.
Cada herida se mantuvo abierta, sangrando, pero estable.
Cada dolor lo anclaba más.
—Noct Boʻn —gritó—.
¡MÍRAME!
La criatura cayó sobre él.
KA fue aplastado contra el suelo.
Costillas se rompieron.
El aire salió de sus pulmones en un jadeo seco.
Huesos lo atravesaron, perforándole el abdomen, el hombro, el muslo.
Sangre por todas partes.
Pero KA **no soltó la espada**.
Con un rugido que no era humano, empujó desde el fondo de su ser y se lanzó hacia arriba, atravesando el cuerpo del monstruo de huesos, saliendo cubierto de restos y sangre.
Saltó.
Directo hacia Noct Boʻn.
El Espadachín Número Tres reaccionó tarde.
KA **clavó la espada en el núcleo de humo**, en el punto donde las corrientes se cruzaban, donde la voluntad de Noct Boʻn se concentraba.
El humo gritó.
No fue un sonido.
Fue una **sensación** que hizo sangrar los oídos.
El cementerio se detuvo.
Los esqueletos cayeron uno a uno, desmoronándose sin control.
El frío se disipó.
El hielo negro se quebró por completo.
Noct Boʻn se retorció alrededor de la espada, su forma perdiendo cohesión.
—No puedes matarme —dijo, con una voz rota—.
No tengo cuerpo… no tengo muerte.
KA, cubierto de sangre, lo sostuvo ahí, mirándolo de frente.
—No vine a matarte —respondió—.
Vine a que **termines**.
El humo tembló.
Silencio.
Lento… Noct Boʻn comenzó a **replegarse**.
—…He perdido —admitió al fin—.
—No porque me heriste… sino porque los muertos ya no me obedecen como antes.
La espada cayó al suelo cuando KA la soltó.
El humo se condensó, debilitado, sin forma definida.
—El caos me hizo guardián de lo que nadie quería recordar —continuó Noct Boʻn—.
—Pero ustedes… aún cargan a sus muertos.
Se desvaneció lentamente, dejando atrás un cementerio inmóvil, finalmente **en paz**.
KA cayó de rodillas.
Holley se arrastró hasta él.
Kanen logró levantarse.
Tronwer respiraba con dificultad.
Bonnie lloraba en silencio.
Noct Boʻn, Espadachín Número Tres, no había muerto.
Pero había **aceptado su derrota**.
Y en el Mundo del Caos, eso… era casi peor que morir.
FIN…
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