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Batallas Entre Los Seres Celestiales - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 El pasado de KA
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7: El pasado de KA 7: El pasado de KA KA no recuerda haber sido feliz sin miedo.

Sus primeros recuerdos no están hechos de juegos ni de risas claras, sino de silencios largos, de miradas que se desviaban, de una casa que respiraba cansancio incluso cuando el sol entraba por las ventanas rotas.

La infancia no llegó como un regalo, sino como una carga que aprendió a sostener demasiado pronto.

Su madre se llamaba Elena.

Su padre, Marcos.

Vivían juntos, sí, pero no de la forma en que lo hacen las familias que se aman sin condiciones.

Vivían como dos náufragos aferrados a la misma tabla, no porque confiaran el uno en el otro, sino porque el mar era demasiado grande para soltar.

Elena tenía manos temblorosas y una voz suave que se quebraba cuando hablaba del futuro.

KA aprendió a leerla sin palabras: el modo en que cerraba los ojos cuando creía que nadie la miraba, la forma en que apretaba el delantal cuando el dinero no alcanzaba, el suspiro silencioso antes de dormir.

Era una mujer que había amado demasiado y recibido demasiado poco.

Marcos era distinto.

No era cruel, pero estaba roto.

Y los hombres rotos, incluso cuando aman, hieren.

Trabajaba donde podía: fábricas temporales, turnos dobles, noches enteras regresando con los hombros caídos y el olor a metal en la ropa.

No gritaba.

No golpeaba.

Pero su ausencia pesaba más que cualquier violencia.

Cuando estaba en casa, estaba lejos.

Cuando hablaba, hablaba con el pasado.

Cuando miraba a KA, parecía buscar algo que ya había perdido.

KA creció observando esa distancia como si fuera una ley natural.

La casa era pequeña, con paredes delgadas que dejaban pasar el frío y los secretos.

Por las noches, KA escuchaba a su madre llorar en silencio y a su padre quedarse despierto mirando al techo.

Nunca discutían fuerte.

Nunca se decían lo que realmente dolía.

El dolor vivía ahí, sentado a la mesa, compartiendo la comida escasa.

A veces Elena sonreía.

A veces Marcos intentaba bromear.

Pero KA sabía —aunque no podía explicarlo— que algo inevitable se acercaba.

La muerte no llegó de golpe.

Llegó despacio, como todo lo que duele de verdad.

Primero fue Elena.

Empezó con cansancio.

Luego mareos.

Después, tos.

Marcos decía que era estrés, que ya pasaría, que no podían permitirse médicos.

Elena asentía, porque siempre asentía.

KA la veía perder color, perder fuerza, perder peso, pero nunca perder ternura.

Aun enferma, seguía acariciándole el cabello por las noches, como si quisiera grabar ese gesto en la memoria de su hijo.

El día que colapsó en la cocina, el sonido de su cuerpo contra el suelo fue seco, definitivo.

KA gritó.

Marcos corrió.

La ambulancia tardó demasiado.

El hospital olía a desinfectante y desesperanza.

Los médicos hablaban rápido, con palabras que KA no entendía.

Marcos firmó papeles con manos que ya no temblaban; estaban vacías.

Elena murió esa madrugada, con los ojos cerrados y una expresión de disculpa en el rostro, como si morir fuera otra forma de fallarles.

KA no lloró en ese momento.

No pudo.

El mundo se había detenido, y su cuerpo aún no lo sabía.

Marcos nunca se recuperó.

La casa se volvió más silenciosa, más fría.

El plato de Elena seguía en la mesa durante semanas.

Marcos bebía en las noches, no para olvidar, sino para recordar sin sentir.

KA aprendió a cocinar, a limpiar, a hacerse pequeño para no estorbar.

Se convirtió en adulto antes de tiempo, no por madurez, sino por necesidad.

Un año después, Marcos murió también.

No fue enfermedad.

Fue cansancio.

Un accidente laboral, dijeron.

Una máquina mal cerrada, un segundo de distracción.

KA reconoció el cuerpo por la ropa, no por el rostro.

El mundo volvió a detenerse, pero esta vez no había nadie que gritara con él.

KA sobrevivió.

No porque fuera fuerte.

Sino porque no tuvo opción.

Pasó por casas ajenas, miradas ajenas, reglas ajenas.

Aprendió a no encariñarse, a no esperar, a no necesitar.

Guardó a sus padres en un lugar profundo, donde dolía menos recordarlos que olvidarlos.

Esa fue su vida pasada.

Drástica.

Triste.

Irreversible.

Y aunque el cuerpo siguió adelante, algo de KA se quedó ahí, en esa casa pequeña, escuchando a su madre llorar en silencio y a su padre perder poco a poco la esperanza…

FIN…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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