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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Tres años y una gallina
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1: Tres años y una gallina 1: Tres años y una gallina Así fue como me convertí en el heredero del inframundo, haciendo un trato con un demonio cuando lo único que necesitaba era pagar deudas atrasadas.

Mi nombre es Iston Cepit.

Mis padres eran buscadores de secretos ocultos en el mundo y murieron de forma misteriosa cuando yo tenía solo 17 años, en un accidente de avión.

Me dejaron una deuda de unos 30 millones de pesos por artículos que nunca entendí cómo usar, además de muchas estafas que me persiguen como sombras.

Ahora tengo veintitrés años y aún sigo sin poder pagar lo que dejaron.

Hoy, al llegar a casa, encontré una nota de desahucio que parecía un insulto: debía dinero al banco por morosidad acumulada.

La realidad me golpeó con fuerza, como un muro de ladrillos.

¡Pensé en todo!

Suicidarme, vender mis órganos… ¡en todo!

Pero no sabía qué hacer; el dinero no alcanzaba, aunque quisiera.

Mientras buscaba en mi casa, tropecé con un viejo libro.

En la portada, un destello de luz captó mi atención.

Decía: “Con amor, de tus padres para ti.

Cuando sientas que todo está acabado, úsalo”.

Al abrirlo, descubrí un ritual satánico.

Una mezcla de terror y curiosidad se apoderó de mí.

¿Qué clase de legado era este?

—¿Qué puedo perder?

¡Ya no me queda tiempo!

—pensé, mientras buscaba los materiales necesarios para el ritual.

Dibujar un círculo con sangre y, en el medio, ofrecer un ser vivo.

Con el poco dinero que me quedaba, compré una gallina.

El sacrificio sonaba absurdo, pero en mi desesperación, me aferré a la idea como un náufrago a un tronco.

Las velas negras eran imprescindibles, y debía realizar el ritual a las tres de la madrugada.

Cuando llegó la hora, estuve listo.

Con el corazón acelerado, recité las palabras del canto:  —Xarun vel thir, ondrak vel morra, sangre en la piedra, ceniza en la llama.

Ojos que ven más allá del velo, escucha mi clamor, abre el abismo.

Ofrezco este sacrificio para darme el deseo que pido.

Sentí cómo el ambiente cambiaba a mi alrededor.

Mi respiración se volvió entrecortada, y una presión indescriptible me oprimió el pecho.

Las velas comenzaron a inclinarse hacia el círculo, como si algo invisible las atrajera.

Todo se volvió helado, a pesar de que afuera el termómetro marcaba veinte grados.

El dulce aroma de la lavanda se transformó en un hedor sofocante a azufre, llenando cada rincón de la habitación.

Al terminar de pronunciar las palabras, maté a la gallina sin pensarlo más.

En medio del círculo, las llamas se juntaron, y yo, con el corazón acelerado, aguardaba alas, cuernos y una sonrisa malvada de manual.

Pero no.

Lo que surgió de entre el fuego fue un hombre con traje de oficina, la cara del lunes eterno y la misma vibra que un contador a mitad de cierre de mes.

Alto y delgado, con un cabello blanco tan perfecto que parecía recién salido de un comercial de shampoo, y unas facciones tan simétricas que daban rabia.

Tenía las manos huesudas de alguien que pelea más con la fotocopiadora que con espadas y una postura rígida de quien lleva años bajo la tiranía de la luz fluorescente.

Sus ojos rojos brillaban, como si en vez de almas se hubiera pasado la noche editando balances en Excel.

Aquello no era un demonio ni un ángel caído; era peor: un oficinista con horario extendido.

Y me dijo palabras que jamás hubiera imaginado.

—Humano, mi nombre es Belial, rey del infierno.

¡Vengo a cumplir tu deseo, solo con una condición!

Pensé que me pediría mi alma o que me ordenaría matar a más humanos…

¡pero no me esperaba lo que dijo después!

—¡Cásate con mi hija y cumpliré todo lo que deseas!

—se inclinó hacia mí en reverencia.

—¡¿Yo?!

¿Casarme?

¿¡En qué clase de estafa me metieron de nuevo!?— El demonio me miró confundido, como si no supiera algo importante.

—¿Tú eres el hijo de la Errante y el Incauto Cepit, ¿no?

—preguntó, con cierta familiaridad por esos nombres.

Sin decir nada, asentí, sorprendido de que un demonio supiera los apodos de mis padres.

—Entonces… recito, Belial, ¿dónde están tus padres?

—dijo—.

Para que te expliquen la situación.

—Murieron hace seis años, en un accidente de avión.

Desde entonces, he vivido sin ellos.

Por un momento, Belial se puso pálido al enterarse de que habían muerto… pero luego se rió.

—¡¿De verdad crees eso?!

—dijo entre carcajadas—.

¡Ya estarían en el infierno si fuera así!

¡Jajajaja!

—¿Crees que almas como las de ellos irían al cielo?

—siguió burlándose, con un tono sarcástico—.

Ellos estaban más podridos que yo.

Enojado, lo amenacé.

—¡Si te sigues burlando, olvídate del trato!

El silencio invadió la sala, y él me suplicó.

—¡Lo siento!

¡Por favor, ayúdame con eso y te daré lo que sea!

—dijo—.

¡Ya no sé qué hacer con esa niña malcriada!

—Escúchame bien, joven —dijo Belial, poniéndose las manos en la cintura como si fuera a dar un discurso—.

Si me das tu ayuda, te contaré todo, y no solo eso… también te ayudaré a encontrar a tus padres y a pagar tus deudas.

—La verdad… mis padres no me importan —dije, con la voz rota y cerrando los puños—.

¡Lo único que quiero es pagar las deudas!

Si no lo hago, mañana me echan, y no tengo a dónde ir.

Así que… ¡tráeme el contrato de una vez!

Belial parpadeó un par de veces.

Primero parecía incrédulo, luego se llevó las manos a la cabeza como si hubiera escuchado la mejor noticia de su vida.

—¡¿En serio?!

¿¡Lo dices en serio, mortal?!

—gritó, con una mezcla de risa nerviosa y lágrimas de fuego en los ojos—.

¿¡Firmarías?!

¿¡Así, sin más!?

—Sí —respondí seco, sin emoción, como quien acepta un vaso de agua en pleno verano—.

Lo firmo.

El silencio duró apenas un segundo antes que Belial soltara un chillido que no le correspondía a un rey del infierno.

—¡LO TENEMOS!

¡POR FIN, POR FIN!

—corría de un lado a otro, tirándose del cabello—.

¡Alguien aceptó!

¡Mi hija se va a casar!

¡Y yo que ya estaba pensando en ofrecer seguro médico, vacaciones pagadas y un vale de supermercado para convencer a alguien!

Nunca pensé que vería algo así: el rey del infierno, con su traje impecable, corriendo hacia mí y dándome un abrazo que me aplastó medio pecho.

Por un instante, fue como cuando dos enamorados se cruzan en un campo de flores, con el sol brillando suavemente y todo pareciendo perfecto… solo que, en mi caso, las flores parecían marchitas y el sol estaba cubierto por humo infernal.

—¡No sabes cuánto agradezco esto!

—sollozó Belial, con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas—.

¡Eres, sin duda, el mejor ser humano con quien he hecho un trato!

¡Me salvaste a mí y al infierno entero!

¡Prometo dejar de despedir demonios becarios solo porque escribieron mi nombre con “v” en lugar de “b”!

Me separé un poco, intentando recuperar el aliento y pensando que cualquier persona normal estaría horrorizada… pero Belial parecía una combinación de drama teatral, niño llorando por perder su juguete favorito y actor de telenovela haciendo su gran escena final.

—¿Esto… esto es normal en el infierno?

—pregunté, mientras él me seguía abrazando.

No podía evitar pensar en lo terrible que tendría que ser su hija para que un padre reaccione así.

—¡Silencio, ingrato!

—gritó entre lágrimas, sacudiéndose como si estuviera en medio de una telenovela—.

¡Nunca pensé que alguien podría hacer algo así por mí!

¡Mi orgullo demoníaco no soporta tanta gratitud, y menos de un mortal tan… molesto!

Me aparté un poco más, mientras él seguía balanceándose y sollozando dramáticamente; parecía que en cualquier momento iba a empezar a cantar un himno triste entre las velas negras, como si Juan Gabriel hubiera reencarnado en el rey del infierno solo para esta escena.

♬ Pero cómo viviré sin tu abrazo mortal,  Sin tu humano amor que me hace temblar… ♬  No pude evitar imaginarlo moviendo los brazos con la pasión exagerada de un cantante de telenovela, cada lágrima brillando como un foco sobre su traje de oficina.

—Bueno… creo que eso cubre el pago de mis deudas, ¿no?

—dije, intentando sonar serio, mientras él seguía llorando y balanceándose entre las velas como si estuviera en su propio videoclip de telenovela infernal.

Al escuchar “pago de deudas”, Belial se detuvo en seco.

Sus sollozos se apagaron, sus hombros se enderezaron y su expresión se volvió grave y autoritaria, dejando atrás cualquier rastro de drama teatral.

Miró directamente a mis ojos y, con voz firme y profunda, dijo:  —Entonces… tenemos un trato.

Se acercó, secándose las lágrimas, ya sin gestos exagerados, como si un interruptor hubiera cambiado de “Juan Gabriel y actor de la rosa de Guadalupe” a “rey del infierno serio y temible”.

Me extendió un contrato frente a mí y dijo con voz firme:  —Aquí está todo por escrito.

Tienes tres años para casarte con mi hija.

Me quedé mirando el papel, entre sorprendido y confundido, pensando: “¿Tres años para sobrevivir a esto… o para que ella me arruine la vida?” 

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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