Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 100

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 100 - Capítulo 100: Sentido y Voluntad
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 100: Sentido y Voluntad

Canon tomó al anciano del brazo.

No con urgencia.

No con fuerza.

El contacto fue medido, exacto, lo justo para establecer una dirección sin imponerla. Su mano no buscaba controlarlo, solo corregir el vector de su desplazamiento, desviándolo hacia el pasaje lateral que se abría entre los muros, lejos del centro donde los disparos resonaban con una cadencia irregular.

Él no se resistió.

Tampoco asintió.

No hubo tensión muscular ni un gesto reflejo de defensa. Su cuerpo respondió al contacto con una docilidad inquietante, como una máquina bien calibrada, obedeciendo la dirección indicada como si no hubiera alternativa posible.

Eso fue lo primero que le llamó la atención.

No hubo negociación implícita: el cuerpo ya había aceptado una sola salida posible.

Cuando ella soltó su brazo, el anciano continuó avanzando.

No giró la cabeza.

Una mirada de acuerdo habría sido redundante.

No esperó instrucciones adicionales.

Tampoco redujo el paso.

Su andar se mantuvo constante, idéntico al anterior, como si el gesto de Canon no hubiera sido una intervención externa, sino parte de una secuencia ya programada.

Canon frunció levemente el ceño,

no como una reacción emocional, sino como un ajuste cognitivo. Algo no encajaba en la cadena normal de causa y efecto.

El pasaje se estrechaba conforme descendía, torcido y irregular, excavado sin simetría. El suelo presentaba desniveles abruptos y zonas pulidas por el uso. El anciano ajustó su paso sin mirar al suelo, sin reducir la velocidad ni calcular de forma consciente. Sus pies encontraban apoyo con una precisión automática, como si el cuerpo recordara el trayecto mientras la mente permanecía retirada, ausente, desconectada del presente inmediato.

Un estruendo sacudió la pared lateral. La vibración recorrió la piedra y se filtró por el aire. Canon giró el torso de inmediato, alineando el cuerpo, evaluando amenazas, ubicando salidas.

Él no.

Ni un parpadeo.

Ni un cambio en la respiración.

—Detente —dijo ella.

La orden fue clara y firme, sin elevar la voz.

El anciano se detuvo.

No de inmediato.

No por sobresalto.

Terminó el paso que estaba dando, el talón se apoyó por completo, el peso se distribuyó, el cuerpo se estabilizó. Solo entonces se detuvo, como si necesitara cerrar la acción previa antes de aceptar una nueva instrucción.

Canon lo observó con atención clínica.

No había rigidez en los músculos del cuello. La respiración era regular, aunque superficial, sin aceleración ni contención. Sus ojos permanecían abiertos, fijos en un punto del pasillo que ya habían dejado atrás. No parpadeaban con la frecuencia habitual, como si su mirada no se actualizara.

Ella dio un paso adelante.

—Camina.

El anciano obedeció.

El movimiento fue inmediato, pero no reactivo. No partió de la orden, sino de la continuidad. El cuerpo retomó la marcha como si jamás se hubiese detenido.

Entonces Canon comprendió lo suficiente como para saber que no era todo,

y que lo que faltaba no iba a revelarse sin costo.

No la estaba siguiendo.

No la estaba guiando.

Ella había iniciado el movimiento… y él simplemente había mantenido la inercia.

No existía intención detrás de su obediencia. No había voluntad alineada ni sometida. Solo continuidad.

Eso explicaba la ausencia de miedo,

la falta de urgencia,

la economía extrema de gestos.

El anciano no estaba decidiendo nada.

Estaba disponible.

El cuerpo estaba disponible. La mente, simplemente, no estaba presente.

Y alguien ya había aprendido a usarlo antes.

La conclusión llegó como una suma de indicios que encajaban con una precisión incómoda.

Canon retiró la mano lentamente, con cautela, temiendo que al soltarlo por completo el cuerpo perdiera cohesión, que sin una fuerza externa la estructura colapsara.

No ocurrió.

El anciano siguió avanzando hacia el pasaje que conducía a la estatua, con la misma cadencia, la misma orientación, la misma mirada perdida en una distancia que no correspondía al espacio real.

Canon sintió una incomodidad distinta al miedo.

No era amenaza.

Era reconocimiento.

La incomodidad de descubrir que había usado a alguien… y que ese alguien estaba preparado para ser usado.

No volvió a mirarlo.

No porque dejara de existir,

sino porque había dejado de ser relevante.

Lo que aguardaba al final de ese pasaje no pertenecía al mismo orden.

Al atravesar el último corredor, el mundo se abrió como una herida.

El espacio se expandió de forma abrupta, revelando cuerpos cubiertos con capuchas negras esparcidos por el suelo, amontonados sin jerarquía ni patrón. Algunos conservaban los dedos tensos, como si la muerte los hubiese sorprendido en medio de una decisión inconclusa. La sangre impregnaba la piedra, oscura y espesa, adherida a las superficies, y el aire estaba saturado de un olor metálico que se fijaba en la garganta.

El anciano se detuvo.

No miró los cuerpos.

No reaccionó.

—Llegamos —dijo.

Su voz no transmitía alivio ni temor. Era plana, funcional, como si se refiriera a un lugar visitado demasiadas veces, un punto fijo en una ruta memorizada.

Canon lo observó por última vez.

Sus ojos no enfocaban nada en particular. Miraban a través de la escena, más allá de los cuerpos, más allá de la estatua que se alzaba al fondo. No había tensión en su rostro, ni rastro de pánico o repulsión. La respiración seguía siendo regular, medida, ajena al caos.

Ella avanzó un paso más.

El anciano quedó atrás.

No abandonado.

Simplemente excluido del propósito que comenzaba ahí.

La estatua de Lucifer dominaba el centro del recinto, imponente y eterna, observando desde una altura imposible. A su alrededor, los cultistas se atacaban entre sí. Uno se apuñaló sin emitir sonido, como si el acto fuese íntimo. Otro cayó de rodillas riendo mientras la sangre le brotaba del cuello en pulsos irregulares. Nadie intentaba huir. Nadie pedía ayuda.

Canon registró cada movimiento con una claridad inquietante.

No como testigo.

Como alguien evaluada por la escena.

No sintió asco.

No sintió urgencia.

Sintió… distancia.

—Sigan —pensó—. Como si nada de esto existiera.

Por primera vez, algo se tensó en su pecho.

No entendía qué les ocurría a ellos…

ni por qué, al observarlos, una parte de ella temía comprenderlos demasiado bien.

Un sonido breve escapó de sus labios, una risa baja, casi involuntaria.

Canon no la reconoció como propia hasta que ya había ocurrido.

—Esto… —murmuró— es extraño.

No era diversión.

Era el descubrimiento de un vacío que empezaba a adquirir forma.

La sangre sabía mejor cuando no tenía propósito.

Cuando nadie intentaba darle sentido.

Este cuerpo —mi vasija— no estaba vacío.

Estaba saturado.

Cada sorbo descendía por la garganta como una oración invertida. No era sed. Era hábito. La carne aprende rápido cuando se le enseña qué adorar, y aún más rápido cuando se le permite hacerlo sin castigo.

A mi alrededor, mis fieles se abrían entre sí como ofrendas mal comprendidas. Cuchillas torpes. Manos temblorosas. Gritos que no pedían ayuda, sino permiso. Cada cuerpo que caía era una risa que no necesitaba salir de mi boca.

No había orden.

Y por eso era perfecto.

Los observaba morir sin intervenir, dejando que el caos se explicara solo. La fe auténtica siempre termina así: devorándose a sí misma.

No necesitaba guiarlos.

Bastaba con permitir.

Entonces la vi.

No encajaba.

Caminaba desde el pasaje con una cadencia distinta. No traía devoción. No traía miedo. Su paso no buscaba aprobación. Sus ojos no rezaban.

Ah.

Interesante.

La clériga levantó el arma con una naturalidad ofensiva, como si la blasfemia no mereciera ceremonia. El disparo fue seco. Preciso.

Mi vasija se estremeció antes de caer.

Y por primera vez en mucho tiempo…

sentí algo parecido a sorpresa.

La sangre se derramó.

La copa cayó.

La carne dejó de responder.

Pero yo seguía ahí.

La observé desde el suelo, desde el límite donde la carne termina y la voluntad persiste.

Ella me miró.

No con miedo.

No con asco.

Con curiosidad.

Y sonrió.

—Esto va a ser divertido —dijo.

Ahí entendí.

La matanza había sido solo el prólogo.

El sacrificio, innecesario.

El sinsentido… un llamado.

No había venido a detener nada.

Había venido a medir.

La miré y sonreí sin labios.

Creí reconocer ese brillo. Tal vez lo llamé voluntad porque no tenía otro nombre.

No fe.

No locura.

Voluntad.

Y por primera vez, no estuve seguro de quién avanzaba hacia quién…

ni si ese movimiento había comenzado ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo