Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 101

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 101 - Capítulo 101: La cacería
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 101: La cacería

El cuerpo del líder yacía en el suelo, boca arriba.

No se movía.

La sangre ya no brotaba. Se extendía despacio, espesa, formando un charco oscuro que avanzaba como si incluso el derrame hubiera entendido que ya no había apuro. El olor metálico flotaba bajo el techo del recinto, mezclado con polvo viejo y sudor rancio.

Sus ojos estaban abiertos.

Fijos en Canon.

No tenían el velo opaco de la muerte reciente. No había parpadeo errático ni pérdida de foco. Aquella mirada no estaba desconectada.

Canon no bajó el arma.

No porque temiera que el cuerpo se levantara.

Sino porque algo, profundo y preciso, le indicaba que aquello aún no había concluido.

El líder habló.

La voz no emergió como un esfuerzo físico. No hubo aire forzado ni vibración de cuerdas. Simplemente apareció, saturando el espacio, como si siempre hubiera estado allí y recién ahora alguien hubiera decidido escucharla.

—La voluntad de este cuerpo murió —dijo—. La mía no.

El cambio se sintió antes de hacerse visible.

No fue un sobresalto.

Los sonidos del resto del recinto se apagaron.

El espacio quedó aislado. El eco se volvió compacto. El aire dejó de circular con normalidad; no pesaba, pero oprimía, como una mano abierta apoyada con calma sobre el pecho.

Los dedos del líder se movieron.

Uno.

Otro.

Las manos se apoyaron en el suelo con una precisión limpia. El cuerpo se incorporó sin espasmos, sin torpeza, sin la lucha muscular de alguien que vuelve de la inconsciencia. La bala había sido una interrupción, no un final.

Canon siguió cada detalle.

El cuello no crujió.

La espalda no protestó.

El cuerpo aceptó levantarse.

Cuando quedó de rodillas, el líder dejó caer la cabeza un instante. No por debilidad, sino como quien ajusta una postura que no le pertenece del todo. Luego alzó el rostro.

Los ojos seguían fijos en ella.

No la miraban como enemiga.

La miraban como punto de referencia.

Se puso de pie.

Alrededor, los cultistas se detuvieron.

No porque alguien les gritara.

Porque algo los había alineado.

Manos suspendidas en el aire. Armas detenidas a medio gesto. Un cuerpo terminó de caer al suelo sin que nadie se molestara en completar el golpe. Uno a uno, todos giraron hasta que el recinto entero apuntó hacia Canon.

Ella inhaló despacio.

No profundo. No rápido.

Controlado.

Contó sin mover los labios.

Diez visibles. Tal vez doce. Espacios irregulares, pero no caóticos. Columnas ocupadas sin parecer planeadas. Aún no era un cerco, pero la forma comenzaba a insinuarse.

—Ahora —dijo la voz desde el cuerpo del líder—, comiencen la cacería.

No fue una orden gritada.

No fue violenta.

Fue asumida.

Los cultistas no avanzaron.

Se redistribuyeron.

Uno dio un paso lateral. Otro cerró un ángulo muerto. Dos más ocuparon posiciones que bloqueaban las rutas evidentes de escape. Nadie levantó un arma. Nadie cargó.

Eso fue lo que tensó el estómago de Canon.

No querían atacarla.

Querían verla decidir.

A su lado, el anciano guía seguía de pie.

No había reaccionado al levantarse del líder. No a la orden. No al silencio que se había formado. Sus ojos miraban al frente, desalineados con el presente, como si su mente hubiese sido retirada antes que su cuerpo.

Canon lo registró en un segundo.

Y lo eliminó del cálculo.

Un cultista se acercó al anciano.

Despacio. Sin prisa. Sin ceremonia.

Le tomó el brazo.

El anciano no se resistió.

No giró la cabeza.

No preguntó nada.

Otro cultista sujetó su hombro. Un tercero se colocó detrás. El cuchillo apareció al final, hundiéndose en el cuello con un movimiento limpio, casi respetuoso.

La sangre brotó caliente.

El anciano cayó de rodillas.

Canon sintió un tirón breve en las piernas. No compasión. No horror.

Interrupción del patrón.

No se movió.

Los cultistas lo empujaron al suelo. Uno se arrodilló sobre su pecho. Otro separó la herida del cuello con los dedos, abriendo la carne. Los dientes se hundieron sin vacilación.

No hubo cánticos.

No hubo rito.

Era consumo.

Un trozo fue arrancado del hombro. Otro abrió el abdomen sin cuidado. La sangre salpicó túnicas, manos, rostros. Nadie mostró asco. Nadie dudó.

Canon tragó saliva.

No por repulsión.

Por confirmación.

El anciano nunca había sido un actor.

Había sido provisión.

El líder observaba.

No intervenía.

No reaccionaba.

—Bien —dijo—. Así se aprende.

Canon bajó apenas el centro de gravedad. Ajustó los pies. Sintió el peso exacto de su cuerpo sobre el suelo irregular. No desenfundó las dagas. No disparó.

Pensó.

El cerco seguía cerrándose con paciencia quirúrgica. Querían medir distancias, reflejos, respiración. Querían entender cómo pensaba una presa antes de huir.

Eso revelaba algo esencial.

Aún no la consideraban un peligro inmediato.

El líder dio un paso hacia adelante.

Solo uno.

El aire se comprimió un poco más.

—No te apresures —dijo—. El miedo se estropea si se consume rápido.

Canon levantó la vista.

Lo miró.

No con desafío.

Con análisis.

El demonio no evaluaba fuerza.

Evaluaba qué voluntad sobrevivía al entorno.

Los cultistas avanzaron otro paso.

Todavía fuera de alcance.

Canon registró respiraciones. Ritmos. Microgestos. Uno respiraba demasiado rápido. Otro sonreía sin notarlo. Uno evitaba mirarla a los ojos.

Memorizó.

Columnas. Sombras. Sangre en el suelo que podía traicionar un paso. Altura del techo. Eco. Distancia entre cuerpos.

El mundo se redujo a variables.

El miedo estaba ahí, constante, apretando por dentro. No paralizaba. Afinaba.

El líder inclinó la cabeza, curioso.

—Interesante —dijo—. Sigues pensando.

Canon soltó el aire lentamente.

Aceptó algo sin resistencia.

No estaba rodeada para morir.

Estaba rodeada para ser comprendida.

El demonio quería saber si la presa entendía cuándo correr…

o si podía permanecer inmóvil mientras la cacería respiraba a su alrededor.

Canon no se movió.

Los cultistas cerraron un poco más el espacio.

La cacería había comenzado.

Y lo peor no era que no atacaran.

Era que nadie, absolutamente nadie, tenía prisa.

Canon entendió algo sin necesidad de formularlo del todo:

El verdadero cerco no estaba hecho de cuerpos.

Estaba hecho de tiempo.

Y cada segundo que permanecía inmóvil era una concesión que el demonio estaba dispuesto a dejarle…

Solo para ver qué haría con ella…

Cuando ya hubiera elegido sin darse cuenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo