BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 102
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Capítulo 102: Presa y depredador
El aire en la plaza se espesaba. Pesado. Cada inhalación arrastraba arena, sangre y polvo hasta los pulmones. La estatua de Lucifer se erguía en el centro, inmutable, mientras los cultistas rodeaban a Canon como lobos torpes. Tropezaban, chocaban, jadeos y gritos se mezclaban. La caza ya no era ordenada. Era caos.
Un corte fino recorría su antebrazo izquierdo. La sangre tibia manaba lentamente; cada movimiento encendía la herida. El hombro derecho vibraba con el eco de disparos previos. Dolor punzante en músculos y articulaciones. Cada impulso era humano, consciente de su fragilidad, pero el cuerpo respondía por inercia.
El primer cultista se lanzó, cuchillo alzado, torpe y arrogante. Canon rodó, arena rasgando la rodilla, abrasando la piel. La daga rozó su pierna; un hilo rojo marcó la superficie. Ajustó la pistola, disparó. Hombro cedió. Cayó. Gritó. No murió.
Otro apareció desde la derecha, pies resbalando en arena húmeda. Canon giró, esquivó, hundió la daga en la pierna que se interpuso. Ardor en el corte, pulmones quemando. Respiración entrecortada, dolorosa. La mente seguía fría, despiadada. Cada gesto, cálculo de supervivencia.
Un tercero tropezó, confuso, alzando el arma con dedos temblorosos. Miedo en el rostro. No entendía cómo sobreviviría. La mirada de Canon no buscaba odio, solo eficacia. El terror irradiaba de él como eco, recordándole que seguía viva.
Un ardor subió por su costado. Rasguño profundo; respiración más pesada. Rodó sobre la arena, usando el cuerpo del anciano caído como escudo improvisado. Sangre y polvo golpeaban su rostro. Nauseabundo, pero preciso. Humana. Viva.
Tres cultistas atacaron desde el sur. Canon saltó sobre un fragmento de pedestal roto. Filo cortó pierna; disparo alcanzó hombro. Otro apenas esquivó, cayendo en arena mojada. Jadeos, sudor y sangre adheridos a la piel. Cada músculo ardía, recordándole que también sangraba. Cada instante, un riesgo.
Se impulsó desde la base de la estatua, giró y cayó sobre otro atacante. Dagas trazaron cortes precisos; disparos rasgaron el aire. Cuerpo dolía, cansancio punzante en articulaciones. Cada movimiento ejecutado con exactitud. Lógica dominando instinto: matar, esquivar, avanzar. Sin emoción, sin misericordia.
Los cultistas chocaban entre sí, descoordinados. Algunos retrocedían, otros se empujaban. Uno cayó sobre otro, cortándose por accidente. El líder gritaba, perdido, intentando imponer control. Cohesión desaparecida. El caos se movía como marea: desordenado, cruel, imprevisible.
Canon giró sobre el hombro raspado, hundió la daga en la pierna de un hombre inmóvil. Jadeos, sacudidas, respiración cortada. Violencia mecánica, instintiva. Un cultista levantó la espada desde un pedestal cercano. Rodó sobre arena húmeda; piedra raspó su palma. Corte en pierna ardiendo con cada impulso. Grito. Pistola, disparo. Hombro del enemigo colapsó. Hilo de sangre sobre la frente. Continuó. Cada herida, mapa de dolor; cada respiración, recordatorio de estar viva.
El anciano caído se convirtió en plataforma improvisada. Piel húmeda pegada a sus dedos. Rodó, saltó sobre cultistas, cayendo con precisión. Sangre, arena y polvo adheridos a piel, ropa y dagas. Movimiento humano, doloroso, visceral.
Un cultista, atrapado entre pánico y descontrol, se desplomó, paralizado. Canon lo observó, sin odio, solo análisis. Rendición en vida más temible que cualquier ataque.
La plaza era un tablero de cuerpos. Algunos heridos, otros apenas conscientes. Canon respiraba con fuerza, ardor en brazos, piernas y costado. Heridas pequeñas, dolorosas, pero no la detenían. Microgestos calculados; la inercia mantenía su cuerpo en movimiento. Cada caída, salto, rodar, disparo, extensión de voluntad mecánica.
Desde lo alto de la estatua, el demonio vigilaba. Palma extendida, contenía la cacería como juego macabro. Cada caída, corte, jadeo de Canon, respiración de un cultista, pasaba por su juicio. Orgullo obligaba a esperar; necesidad de intervenir crecía. Situación controlada, pero incómoda.
Desde la perspectiva de un cultista, todo se deformó. Calor líquido rozando el cuello, como cortaran el aire. Sangre de un compañero salpicando su rostro. Miró a la mujer que avanzaba, cuerpo frágil, rostro angelical, manos pequeñas manchadas de rojo. Cada movimiento suyo golpeaba la mente; sin lógica, solo instinto asesino. Sensación de vida arrancada. Tambaleó. Cada respiración, tormento; cada latido, recordatorio de muerte inminente.
Canon se impulsó desde un fragmento de piedra, esquivó cuchillo, hundió daga en pierna. Pistola izquierda disparó. Otro cuerpo rodó, hombro desarmado. Dolor y precisión entrelazados. Cultistas jadeaban, temblaban, miradas perdidas, pánico absoluto. Uno atrapado entre ataques cayó, sintiendo su muerte cercana. Horror y sangre.
El demonio descendió del pedestal. Sombra cubrió a todos. Orgullo y necesidad se encontraron. La cacería dejaba de ser desgaste; se volvía directa. Inminente.
Cada paso aplastaba arena y cuerpos. Cada gesto imponía miedo y dominación. Cruzó a través de un cultista, dejando que la sangre fluyera entre sus dedos. Control absoluto. No había belleza ni elegancia, solo caos. Poder que convertía peones en escombros.
Plaza ardía bajo movimientos erráticos y sangre mezclada. Terror tangible. Canon, herida, cansada, humana, aún de pie, consciente de la sombra que avanzaba. Batalla lista. De desgaste a confrontación directa.
El demonio inmóvil sobre la estatua. Plaza temblando bajo cuerpos, jadeos y gritos, sangre y polvo mezclados con arena. Cada movimiento de Canon, herida y humana, espectáculo de violencia calculada. Sin belleza, solo caos, miedo y muerte.
Estremecimiento recorrió la estatua. Demonio se incorporó, gravedad de coloso despertando de sueño milenario. Brazos estirados, rozando el cielo. Sombra cubriendo plaza. Sangre de peones atrapados goteando de dedos. Mirada clavada en cuerpos temblorosos.
Risa grave emergió del pecho, reverberando entre piedra y arena. No burla, ni diversión: desprecio puro.
—Mis pequeños inútiles —voz cortante, arena temblando bajo pies—. Ni siquiera son capaces de enfrentar a una niña.
Cultistas retrocedieron, escalofrío recorriendo espinas. Algunos cayeron de rodillas, otros se empujaron entre sí, incapaces de coordinarse. Miradas al demonio, espejo de impotencia.
—Muevan… —voz profunda, arrastrada—. Muevan a la ciudad. Siembren caos. Destruyan. Hagan que toda arda.
Se alzó sobre la plaza con elegancia mortal de depredador. Cada paso aplastaba arena y cuerpos, dejando rastro de sangre y miedo. Cultistas dispersos, obligados a obedecer. Movimiento recordatorio de fragilidad, insignificancia frente al poder absoluto del demonio.
—Ahora es nuestro baile, pequeña —voz grave, resonante, cortando el aire, arena temblando bajo pies.
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