BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 103
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Capítulo 103: Útil mientras respire
El aire en los callejones se espesaba, casi sólido. Cada inhalación arrastraba polvo, ceniza, sangre y sudor a los pulmones. Los edificios derruidos y las ventanas rotas reflejaban la luz de las llamas, proyectando sombras alargadas que danzaban como espectros entre los escombros. Cultistas y clérigos se enfrentaban en una macabra danza de muerte, donde cada golpe, cada disparo, cada estocada, era un fragmento de caos absoluto.
Los pocos civiles que sobrevivían vagaban como fantasmas, cubiertos de hollín y sangre, respirando humo mientras intentaban huir entre las ruinas. La ciudad ardía; sus casas se convertían en antorchas humanas, y cada esquina era un campo de batalla improvisado. Los gritos y explosiones resonaban como tambores de guerra, fusionándose con el aroma metálico de la sangre y el humo del incendio.
En medio de ese desastre, Lucuis y Naqam avanzaban. Sus pasos eran implacables, aplastando fragmentos de madera y cuerpos, mientras ningún cultista se atrevía a desafiar su presencia. Quienes lo intentaron yacían desparramados, ojos abiertos en un último grito, cuerpos retorcidos sobre la arena y los escombros. La ciudad parecía doblarse ante ellos, como si el fuego y la muerte se rindieran a su control silencioso.
Lucuis se detuvo frente a un cultista encogido, acurrucado en posición fetal. Temblaba, la sangre brotando de su cuerpo irregular y chorreando sobre la arena. La mirada perdida del hombre buscaba protección en los ojos del líder exorcista.
—¿Quién te atacó? —preguntó Lucuis, su voz firme y grave, cortando el ruido de la ciudad como un filo.
El hereje tartamudeó, apenas audible sobre el estruendo:
—U-una cl-clériga… l-la masacró… ahora su líder… está enfrentándose a ella…
Lucuis inclinó la cabeza, evaluando la información con precisión de cirujano.
—¿Sabes dónde puedo encontrarla?
Temblando, el cultista apuntó con una mano manchada de sangre y polvo hacia un callejón lateral. Naqam sonrió, sus ojos brillando con la anticipación de un cazador que olfatea el miedo en su presa.
—Al parecer, Canon ya está en lo suyo —murmuró—. Solo espero que deje algo para mí.
Lucuis asintió con un gesto mínimo. Naqam se inclinó con movimientos fluidos y quirúrgicos, y en un instante, la daga cortó la garganta del cultista. Un hilo de sangre brotó caliente y rojo. Su cuerpo cayó al suelo.
—Con esto te libero de tus pecados —susurró Naqam, mientras Lucuis contemplaba la escena con la calma de quien observa un experimento perfecto.
In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.
Con una pequeña reverencia, ambos continuaron su camino, invisibles ante el rugido de destrucción que los seguía. El caos reinaba, pero ellos no eran parte de él; eran el epicentro invisible desde donde se orquestaba el terror.
Mientras Lucuis avanzaba, la batalla en la plaza había alcanzado un punto crítico.
El demonio se movía con fuerza sobrehumana, cada golpe más devastador que el anterior. La arena levantada por sus pisadas se mezclaba con sangre, golpeando el rostro de Canon, quien, ya dolorida, se adaptaba instintivamente a cada ataque. Cada estocada era un desafío a su resistencia; cada impacto, un recordatorio de que no era invencible.
Un golpe la alcanzó en el costado, lanzándola unos pasos atrás. Arena y sangre volaron por el aire, y su espalda ardió como si llamas recorrieran su columna. Canon jadeó, ajustando la postura mientras su cuerpo calculaba un retraso en la percepción de cada embestida. Sus músculos temblaban, los tendones crujían, los huesos vibraban bajo la fuerza brutal del demonio.
—Simple humana —rugió la criatura, riendo con una voz grave que retumbó por la plaza—. Tu dios no te ayudará esta vez.
Canon respondió con una sonrisa torcida, carcajada tras carcajada, un sonido que rompía la tensión, cruzando el humo, la arena y la sangre. No era un desafío vacío; era pura provocación, un eco de locura contenida liberándose contra el monstruo.
Un resplandor emergió de ella, sagrado y violento. Dos figuras comenzaron a superponerse, reflejando su poder, duplicando su fuerza y voluntad concentradas. La plaza vibró como un músculo cargado de electricidad: era el momento de pelear en serio.
Pero el dolor se intensificaba. Cada movimiento requería más esfuerzo; cada respiración era una lucha. Su reflejo mental se movía como un eco imperfecto, replicando cada ataque del demonio. La sincronía era limitada, pero suficiente para ganar tiempo, respondiendo a cada embestida con instinto puro.
Sus músculos se desgarraban, los tendones se contraían y expandían con cada salto, cada giro, cada esquiva. Cada corte recibido aumentaba la presión sobre sus articulaciones; cada hematoma recordaba su humanidad dolorosa. Sus piernas amenazaban con ceder, pero su voluntad mantenía la postura. Cada movimiento era un testimonio de resistencia absoluta.
Finalmente, el demonio la arrinconó contra la piedra de la plaza. La sombra oscura cubrió cada centímetro de espacio, un manto de muerte palpable. Con un golpe seco y brutal, aplastó su brazo izquierdo contra el borde de la estatua. Un grito mudo escapó de Canon, ahogado por polvo y miedo, un sonido que parecía surgir desde lo más profundo de su ser.
—Ah… lo siento —dijo el demonio, burlón—. Tu brazo no pudo aguantar.
El crujido de los huesos resonó, estremeciendo la arena. Cada fibra, cada tendón, cada articulación se rendía al dolor. La sangre brotó con violencia, caliente y espesa, cubriendo el suelo a su alrededor.
Canon, atrapada, cerró los ojos un instante. Respiró hondo y, con la daga que aún sostenía en la mano derecha, comenzó a mutilarse, cortando su propio brazo. Cada movimiento era un desafío al dolor, un acto de supervivencia extremo. Los tendones cedían, los músculos lloraban, pero su voluntad permanecía intacta.
El demonio la observaba con una mezcla de diversión y hambre, disfrutando de cada instante de su locura.
—Termínalo… —susurró—. Muéstrame hasta dónde llega tu locura.
Canon siguió, cada corte un grito silencioso, cada instante un sacrificio. Finalmente, arrancó su brazo por completo; la sangre brotó en un torrente, oscura y caliente, manchando la arena y el polvo alrededor. Se arrastró, cada movimiento una mezcla de agonía y determinación.
El demonio se inclinó hacia ella, absorbiendo la escena como un espectáculo macabro.
—Ahora —dijo, acercándose lentamente—, el sabor de tu carne no será lo único que quiera… dame tu alma.
Un disparo resonó, separando a los combatientes de manera abrupta. El polvo y la arena se levantaron, la tensión se cortó de golpe. Canon aprovechó el impulso para rodar y arrastrarse hacia un lugar seguro, herida, mutilada, pero viva.
—Naqam —dijo Lucuis, sin elevar la voz—, llévate a Canon. Entrégala a Ezequiel. Ahora.
No fue una orden apresurada. Fue una conclusión.
Naqam no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el campo devastado: la plaza partida, los cuerpos esparcidos, la sangre aún tibia mezclándose con polvo y ceniza. Luego miró a Canon, arrastrándose entre restos de piedra, respirando a golpes cortos, aferrada a la vida con obstinación pura. Asintió. Una sola vez.
—No te mueras —murmuró, más advertencia que consuelo, mientras la tomaba con brutal cuidado, como quien carga algo que puede romperse… o explotar.
El demonio dejó escapar una carcajada profunda, cavernosa, que hizo vibrar los escombros aún inestables. Sus hombros se sacudieron, disfrutando el momento.
—¿Ahora tú? —dijo, ladeando la cabeza—. ¿De verdad me enfrentarás, anciano?
Lucuis avanzó un paso. Solo uno. El aire a su alrededor pareció endurecerse. La presión cambió. El fuego cercano vaciló, como si dudara en seguir ardiendo.
—Sí —respondió—. Y espero que haya valido la pena el sabor de ella.
El demonio mostró los dientes, manchados aún de rojo.
Lucuis no desvió la mirada. Su voz descendió, pesada y definitiva, como una lápida cayendo sobre una tumba abierta.
—Porque no volverás a probar carne humana nunca más.
El silencio que siguió no fue vacío.
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