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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 104

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Capítulo 104: Arrastrada

Naqam sujetó a Canon por el único brazo que le quedaba y la puso en movimiento sin ceremonias. No la cargó ni la sostuvo con cuidado; la arrastró fuera de la plaza, alejándola del olor a sangre fresca y del rugido que aún vibraba tras ellas. Cada paso levantaba polvo, ceniza y fragmentos de piedra rota mientras dejaban atrás la ciudad moribunda, avanzando hacia el asentamiento improvisado más allá de los muros, donde Ezequiel esperaba.

El cuerpo de Canon colgaba torcido y pesado. La sangre seguía escapando de la mutilación, dejando un rastro irregular sobre el suelo. Sin embargo, sus piernas respondían, tensas, obligándose a no ceder. Su respiración era corta, fragmentada, pero constante.

Levantó la vista hacia Naqam. En sus ojos no había gratitud, solo furia.

—Me sacaste de la pelea —escupió, la voz áspera y cargada de odio—. Aún podía seguir.

Naqam no giró la cabeza de inmediato. Continuó avanzando unos pasos más antes de detenerse. El agarre no se aflojó.

—Sigues viva —respondió—. Eso era lo que importaba.

Canon apretó los dientes. El dolor le recorría el torso con cada latido, pero no bajó la mirada.

—Suéltame —dijo—. Puedo caminar.

Finalmente, Naqam la miró. Su expresión no era cruel ni compasiva; era cansada, funcional. La de alguien que ya había visto demasiados cuerpos romperse de la misma manera.

Soltó su brazo sin delicadeza.

—Camina, entonces.

Canon tambaleó un instante. Sus rodillas cedieron apenas, pero logró afirmarse, clavando los pies en el suelo ensangrentado. La respiración se le trabó, un espasmo seco recorrió su espalda, y aun así se enderezó.

Naqam la observó un segundo más.

—No estoy aquí para cuidarte —añadió—. Solo cumplo órdenes.

Canon dio el primer paso por su cuenta. Dolor puro. Un relámpago blanco cruzándole el cuerpo. No gritó.

—Entonces no me sigas cargando —murmuró—. Llegaré sola.

Naqam ladeó la cabeza, evaluándola como se evalúa un arma dañada que aún dispara.

—Bien —dijo—. El asentamiento está al norte, donde empieza el terreno muerto.

Se dio media vuelta y comenzó a avanzar, marcando el camino sin mirar atrás.

—Si te desplomas antes de llegar a Ezequiel —agregó—, no pienso levantarte.

Canon lo siguió.

Cada paso era una negociación con su propio cuerpo. Cada metro ganado, una decisión consciente de no caer. La sangre continuaba empapando el suelo, pero su mirada permanecía fija al frente.

No hacia el asentamiento. No hacia Ezequiel.

Hacia el lugar que había dejado atrás. Hacia la pelea que le arrebataron.

Y mientras caminaba, una sola idea le martillaba la mente, más fuerte que el dolor:

Esto aún no ha terminado.

Canon avanzaba a trompicones cuando finalmente las fuerzas la traicionaron. Sus piernas cedieron sin aviso, y su cuerpo cayó de costado, levantando una nube de polvo mezclado con sangre seca. El impacto le arrancó el aire de los pulmones. Intentó incorporarse, pero el mundo giró y el peso muerto de su propio cuerpo la obligó a arrastrarse.

Fue entonces cuando los vio.

Sombras moviéndose entre los restos de muros derruidos. Voces bajas. Risas nerviosas. Un grupo de cultistas, cinco o seis, armados de forma desigual, cubiertos de hollín y sangre ajena. No parecían soldados; parecían carroñeros.

Uno de ellos fue el primero en hablar.

—Es una clériga… —dijo, con incredulidad—. Mírala… está hecha trizas.

Otro escupió al suelo, acercándose un poco más.

—¿Esa es la que los masacró? —preguntó.

—Eso dicen… —respondió un tercero, rascándose el cuello—. Pero ahora mírala. Ni brazo tiene.

Risas cortas y nerviosas siguieron, como si no supieran si aquello era una bendición o una trampa.

Canon intentó moverse. El brazo ausente ardía como si aún estuviera ahí. La arena se le metía en la boca, el polvo en los ojos. No tenía fuerzas para alzar la mirada.

—Podríamos rematarla —dijo uno—. Quedamos bien con el líder.

—¿Y si no está muerta del todo? —respondió otro—. Esa cosa no era normal.

Uno más joven, con la voz temblorosa, intervino:

—¿Y si… y si la usamos primero?

Hubo silencio.

Luego más risas.

—Mírala —continuó—. Una santa… arrastrándose como un animal.

Uno de ellos se agachó frente a Canon. Demasiado cerca. Ella sintió el aliento rancio, la sombra cubriéndola.

—Ni siquiera se mueve —dijo—. Creo que ya se rindió.

Canon cerró los ojos.

No hubo llanto. No hubo súplica. No hubo oración.

Solo cansancio.

El mundo podía terminar ahí. Su cuerpo ya no respondía. Su mente estaba vacía. No quedaba rabia, ni fe, ni odio. Solo una aceptación fría, absoluta.

Entonces escuchó el sonido.

Un golpe seco. Un cuerpo cayendo.

Algo pesado impactó contra el suelo a pocos metros. Un chorro de sangre tibia salpicó la arena.

—¿Qué…?

Antes de que la pregunta terminara, otro cultista cayó. Esta vez con un sonido húmedo y final. Un tercero intentó girarse.

No alcanzó.

Canon abrió los ojos.

Naqam estaba de pie entre ellos.

No había furia en su rostro. No había urgencia. Sus movimientos eran breves, precisos, silenciosos. Un cuchillo entraba. Un cuerpo se desplomaba. Nada más.

El último cultista retrocedió, tropezó y huyó gritando. Naqam no lo persiguió. No valía el esfuerzo.

Se acercó a Canon y la observó desde arriba.

—Te estuve siguiendo todo este tiempo —dijo—. Apostaba a cuánto tardarías en caer.

Canon no respondió. Apenas respiraba.

Naqam ladeó la cabeza, mirando los cadáveres que los rodeaban.

—Entonces… —continuó—. ¿Vas a dejar de ser terca y aceptar ayuda? Hizo una pausa. —¿O prefieres que deje que terminen lo que iban a empezar?

Canon tragó saliva. Le dolía incluso eso.

No había orgullo ya. No quedaba nada que demostrar.

Cerró los ojos otra vez.

—Llévame… —susurró. La voz apenas existía. —Llévame donde Ezequiel.

Naqam exhaló despacio. No sonrió.

—Por fin.

Al salir de la ciudad, el ruido del combate quedó atrás como un eco lejano, apagado por la distancia y el cansancio. El aire era distinto allí: más frío, más limpio, pero no menos pesado. A un costado del lago artificial, cuyas aguas quietas reflejaban un cielo ennegrecido por el humo, la tienda de campaña de la iglesia se erguía como un refugio precario, sostenido más por fe que por tela.

Antorchas clavadas en el suelo iluminaban el perímetro. Dentro, el murmullo de oraciones se mezclaba con gemidos, órdenes cortas y el sonido húmedo de vendas empapadas en sangre. Clerigos y sanadores se movían sin descanso entre cuerpos rotos, quemados, mutilados.

Naqam apareció entre las lonas abiertas, arrastrando a Canon sin delicadeza, como quien entrega un arma dañada pero aún funcional.

Ezequiel alzó la vista.

Sus manos estaban cubiertas de sangre ajena. Tenía los dedos tensos y cansados, y los ojos hundidos de alguien que llevaba demasiado tiempo negándose a descansar. Al verla, se quedó inmóvil un segundo de más.

Sorpresa. Luego duda. Finalmente, resignación.

—… tú —murmuró, más para sí que para ella.

Canon fue dejada en una camilla improvisada. El impacto fue suficiente para arrancarle un gemido apagado. Su cuerpo temblaba. El muñón del brazo estaba cubierto de vendas mal puestas, empapadas y oscuras.

Ezequiel se acercó de inmediato. No preguntó si dolía. No necesitaba hacerlo.

Separó la tela con cuidado y observó la herida. El ceño se le frunció al instante.

—¿Hace cuánto tienes esto? —preguntó, sin levantar la voz, pero con una tensión clara en cada palabra.

Canon intentó responder. No pudo.

Su boca se abrió apenas, pero no salió sonido alguno. La respiración era superficial, irregular. Los ojos apenas lograban mantenerse abiertos.

Ezequiel apretó la mandíbula y giró la cabeza hacia Naqam.

—¿Cuánto pasó?

Naqam se encogió de hombros.

—Veinte minutos. Tal vez un poco más.

Ezequiel se irguió de golpe.

—¿Por qué no la trajiste antes?

Naqam lo miró sin cambiar de gesto. No había culpa. Tampoco disculpa.

—Pregúntale a doña orgullo —respondió—. Caminó sola todo lo que pudo. Hizo una pausa. —Si no llegábamos en quince… ya no estaría respirando.

Ezequiel volvió la vista a Canon. La evaluó de nuevo. El pulso débil, la piel fría. La pérdida de sangre evidente.

—El brazo… —dijo finalmente—. ¿Sabes dónde está?

Naqam alzó una ceja.

—Sí.

Ezequiel respiró hondo.

—Aún es posible reconectarlo —continuó—. Con fuerza divina, con tiempo… hay una posibilidad. Alzó la mirada. —¿Dónde?

Naqam lo sostuvo en silencio un segundo. Luego respondió, seca:

—Dentro de un demonio.

El silencio que siguió fue pesado.

Ezequiel cerró los ojos. Apenas un instante. Luego los abrió de nuevo, cansados, lúcidos, cruelmente prácticos.

—Si quieres entrar en el estómago de esa cosa a buscarlo —añadió Naqam—, ya es problema tuyo. Se giró para irse. —Yo ya cumplí con traerla hasta aquí.

Ezequiel no la detuvo.

Se quedó junto a Canon, colocando nuevas vendas, murmurando oraciones que no prometían milagros, solo contención. Su mano tembló al tocarle el hombro.

—Estás viva —dijo en voz baja—. Eso tendrá que bastar… por ahora.

Canon no respondió.

Pero seguía respirando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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