BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 105
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Capítulo 105: Inferior
El demonio ladeó la cabeza, observando cómo Naqam desaparecía entre el humo, llevando a Canon a cuestas. Sus labios se curvaron en una mueca amplia, húmeda, cargada de burla.
—No sabía que los exorcistas se preocupaban por los clérigos —rió—. Pensé que solo los usaban… hasta que se rompían.
Lucuis no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil, con el cuerpo recto y la mirada fija en la criatura. El aire a su alrededor estaba distinto: más denso, más tenso, como si la realidad misma aguardara una orden.
—Una herramienta siempre es útil —dijo finalmente—, incluso dañada.
Hizo una breve pausa.
—La voluntad es lo que importa.
El demonio mostró los dientes, una mezcla de humanos y afilados colmillos.
—Entonces veamos cuánta te queda, anciano.
No hubo advertencia.
La bestia se lanzó hacia adelante.
El suelo estalló bajo sus pies cuando corrió, la plaza tembló como si algo colosal despertara bajo ella. Cada zancada reducía metros con una velocidad antinatural, los escombros saltando a su paso, el aire desgarrándose por la fuerza de su avance.
Lucuis no retrocedió.
Alzó el arma y disparó.
El primer disparo atravesó el humo como un relámpago seco. El impacto golpeó el pecho del demonio, arrancando carne y hueso, pero la criatura apenas se desvió. El segundo disparo le desgarró parte del hombro. El tercero impactó en el cuello.
Nada lo detuvo.
La distancia se cerraba demasiado rápido.
Lucuis siguió disparando, cada detonación medida y precisa. No buscaba frenar; buscaba calcular. Cada impacto revelaba algo: densidad, regeneración, reacción. El demonio rugía, no de dolor, sino de excitación.
—¡Eso es! —bramó—. Muéstrame lo que queda del trono.
El demonio llegó.
El golpe fue brutal.
Un impacto descendente que partió la piedra bajo Lucuis. El exorcista salió despedido varios metros, atravesando una columna quebrada antes de detenerse contra los restos de una pared. El sonido del choque retumbó como un cañonazo.
El polvo cubrió todo.
Durante un segundo, el demonio creyó haberlo aplastado.
Luego, el aire cambió.
Un peso invisible descendió sobre la plaza. Las llamas cercanas vacilaron, inclinándose hacia Lucuis como si reconocieran algo más grande que ellas. El polvo comenzó a elevarse, no por el viento, sino por una fuerza que empujaba desde dentro.
Lucuis se puso de pie.
Su respiración era estable. Su postura, intacta.
La sangre que manchaba su túnica no era suya.
—Corrección —dijo, dando un paso al frente—. No uso herramientas.
El símbolo en su pecho comenzó a brillar.
No era luz cálida. Era peso.
El demonio retrocedió medio paso, apenas perceptible, pero real. Sus pupilas se contrajeron.
—…Zaphkiel.
Lucuis avanzó.
Con cada paso, la presencia del Trono se hacía más evidente, superponiéndose a su cuerpo como una sombra imposible. No era una transformación completa. Aún no.
Pero era suficiente.
—Ahora —dijo—, pelea en serio.
Y esta vez, cuando el demonio cargó de nuevo, no fue Lucuis quien disparó primero.
Fue el mundo el que se quebró entre ambos.
La ciudad fantasmal comenzó a retumbar.
No fue un temblor común ni el eco tardío de la batalla. Fue algo más profundo, más antiguo. Una presión invisible descendió desde lo alto, filtrándose por cada grieta, cada muro quebrado, cada calle cubierta de ceniza. El aire se volvió pesado, casi imposible de respirar, como si una mano colosal estuviera cerrándose lentamente sobre la ciudad entera.
La carga divina invadía cada fragmento de la ciudad.
Las llamas vacilaron. Las sombras se estiraron en direcciones imposibles. Las estructuras que ya estaban muertas crujieron, como si recordaran, por un instante, que alguna vez habían sido reales. Incluso los demonios menores se detuvieron, inquietos, llevándose las manos al pecho, a la cabeza, al suelo, como si no comprendieran del todo qué los estaba aplastando.
No era un ataque.
Era una presencia.
En la sala del castillo fantasmal, el silencio se quebró.
No había tronos ni símbolos grandilocuentes. Solo una mesa amplia, muros de piedra apagada y antorchas que ardían con una luz constante. Belial estaba de pie, con los brazos cruzados, apoyado contra la pared. Lilith permanecía sentada, una pierna sobre la otra, observando el espacio vacío frente a ella. Buer revisaba unos documentos antiguos cuando la presión se hizo imposible de ignorar.
Belial fue el primero en moverse.
Enderezó la espalda, como si alguien hubiera pronunciado su nombre sin usar palabras.
Lilith alzó la mirada lentamente. La expresión despreocupada desapareció, reemplazada por una atención fría, calculadora.
Buer dejó lo que tenía entre las manos. No hizo falta decir nada. Los tres lo sintieron al mismo tiempo.
—Ya apareció —dijo Belial, rompiendo el silencio—. Lucuis.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Lilith exhaló despacio.
—Así que decidió mostrarse —murmuró—. Pensé que tardaría más.
Buer se acercó a la mesa, apoyando ambas manos sobre la superficie.
—La presión es clara —dijo—. No está atacando… está anunciándose.
Belial asintió.
—Eso significa que el Avatar está cerca de manifestarse.
Lilith se incorporó, ahora completamente seria.
—Entonces ya no estamos jugando.
Belial dio un paso al frente.
—Ahora empecemos a movernos. Iston y Abyllie ya fueron desplegados. Lucuis se presentó.
No levantó la voz. No fue necesario.
—Es hora de pelear.
Buer tomó aire, como quien acepta una verdad incómoda.
—Si él está dispuesto a mostrarse así —dijo—, no vino a probar fuerzas.
Lilith esbozó una sonrisa tensa.
—Vino a terminar algo.
Belial miró a ambos.
—Prepárense —ordenó—. Todos.
La presión divina volvió a intensificarse, como si respondiera a esas palabras.
—La pelea va a ser difícil.
Y en la ciudad que ya no pertenecía a nadie, el peso de lo inevitable seguía cayendo.
El demonio sintió miedo.
No fue inmediato ni explosivo. Fue una opresión lenta y profunda, que se filtró en su mente como un recuerdo que no quería despertar.
Su cuerpo seguía tenso, preparado para la pelea, pero algo en su interior ya había cedido. Reconocía esa presencia.
Sabía de las historias. Sabía de la Cuarta Guerra Celestial.
Los nombres habían sobrevivido al tiempo incluso entre demonios menores, deformados en advertencias y susurros. Batallas donde ejércitos enteros dejaron de existir. Donde no hubo vencedores visibles, solo ausencias imposibles de llenar.
Aun así, no quería perder ante un humano.
No importaba cuánta presión sintiera, cuán pesada se volviera la realidad a su alrededor. Lucuis seguía teniendo un cuerpo humano. Sangre. Límites. Algo que podía romperse.
Eso se repetía a sí mismo.
Entonces ocurrió.
La presencia cambió.
No aumentó. Se afinó.
Zaphkiel se manifestó en el cuerpo de Lucuis.
No fue una posesión violenta ni un estallido de luz. Fue una superposición perfecta. Dos voluntades ocupando el mismo espacio, una eclipsando a la otra sin esfuerzo. Cuando habló, la voz no pertenecía del todo a Lucuis… pero tampoco sonaba ajena. Era doble. Resonante. Cansada.
—Así que tú eres el invocado.
El demonio retrocedió un paso sin darse cuenta.
Zaphkiel lo observó como quien mira algo que ya entiende por completo.
—Inferior —continuó—. Un error menor, producto del miedo.
El demonio entendió que no había marcha atrás.
Si iba a desaparecer, no sería arrastrado como una cosa menor.
Sonrió.
No una sonrisa humana, sino una mueca mal encajada en un rostro prestado. El cuerpo que ocupaba comenzó a tensarse de forma antinatural. Los músculos se marcaron bajo la piel como si algo empujara desde adentro, buscando salida.
—Si voy a caer… —dijo, con la voz quebrándose en varias capas— no será con esta carne.
Llevó una mano a su propia espalda.
Los dedos se hundieron en la piel como si fuera arcilla húmeda. No hubo grito. El cuerpo poseído ya no reaccionaba al dolor; solo cumplía su última función. La columna se arqueó hacia atrás con un chasquido seco, uno tras otro, los huesos desplazándose fuera de su eje.
Entonces tiró.
La espina dorsal se abrió.
No se partió: se desplegó.
La piel se rasgó desde la nuca hasta la base de la espalda, separándose como una costura vieja. La sangre no brotó de inmediato; primero salió algo más espeso, oscuro, casi inmóvil, como si el cuerpo ya no supiera cómo sangrar.
Desde el interior emergió el arma.
No estaba empuñada. Estaba anclada.
Un objeto largo y anguloso, formado de hueso ennegrecido y metal que parecía haber sido fundido con carne. Runas antiguas recorrían su superficie como cicatrices mal cerradas. Al salir, arrancó fragmentos de vértebras y nervios, llevándose consigo parte de lo que quedaba del huésped.
El cuerpo cayó de rodillas.
Inservible.
El demonio se irguió detrás de él, separándose. La carne humana se desplomó hacia adelante, vacía, como un saco abandonado. Lo que quedó de pie ya no intentaba parecer humano.
Su verdadera forma comenzó a imponerse.
Las extremidades se alargaron, las articulaciones se doblaron en ángulos imposibles. La piel se oscureció, cuarteándose como piedra vieja bajo calor extremo. Donde había rostro, ahora solo quedaban hendiduras profundas, una estructura ósea torcida que sugería una mandíbula demasiado amplia.
No había ojos visibles. Pero miraba.
La presión cambió de inmediato.
El aire se volvió denso, pesado, como si la ciudad entera contuviera la respiración. Los escombros vibraron levemente. Las sombras se estiraron hacia él, obedientes.
El demonio apoyó el arma en el suelo.
El impacto no produjo sonido. Produjo silencio.
—Esta es la forma con la que sobreviví a la guerra —dijo, ahora con una voz que ya no intentaba imitar nada—. Con la que maté ángeles menores… y cosas peores que humanos.
Alzó el arma, y el espacio alrededor se deformó apenas, como si no aceptara del todo su presencia.
—No pienso desaparecer sin recordarte que yo también estuve allí.
Zaphkiel lo observó.
No cambió su postura. No reaccionó ante la transformación. No mostró interés alguno en el arma.
Solo habló.
—¿Eso es todo?
El demonio se tensó.
Zaphkiel inclinó levemente la cabeza, evaluándolo con la misma atención que se le da a un objeto defectuoso.
—Te arrancaste de un cuerpo prestado, rompiste una forma menor, mostraste una reliquia de guerra…
Hizo una pausa.
—Y sigues siendo inferior.
El arma del demonio tembló.
No por miedo.
Por la certeza de que, incluso ahora, en su verdadera forma, seguía sin importar.
Zaphkiel, aún aburrido, avanzó.
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