Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 106

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 106 - Capítulo 106: Un final sin importancia
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 106: Un final sin importancia

El primer movimiento fue del demonio.

Ukobch levantó el arma y descargó un corte vertical, pesado, directo, cargado de toda la fuerza que le quedaba. La hoja descendió con un silbido grave, partiendo el aire como si pretendiera dividir el mundo en dos.

Lucuis —ocupado por Zaphkiel— se movió medio paso.

No fue un esquive completo.

No fue elegante.

Ni siquiera pareció intencional.

La espada golpeó el suelo donde había estado su cabeza, abriendo una grieta profunda en la piedra. El impacto levantó polvo y fragmentos, pero Zaphkiel ya estaba allí, apenas a un costado, observando el resultado como quien mira un error ajeno.

—¿Solo eso sabías hacer en la guerra?

La voz salió superpuesta, plana, sin burla. Eso fue peor.

Ukobch gruñó. Giró el arma y atacó de nuevo, esta vez en diagonal, luego otro golpe horizontal, luego una estocada directa al pecho. Cada ataque era más rápido, más violento, menos preciso.

Zaphkiel se desplazaba lo justo.

Un paso atrás.

Un leve giro de hombros.

Un ajuste mínimo de postura.

Nunca levantó su arma. Nunca contraatacó.

Cada fallo hundía un poco más al demonio.

—¡Maldito…! —rugió Ukobch, lanzando otro corte— ¡Pelea!

Zaphkiel inclinó la cabeza, curioso.

—Dime tu nombre, inferior —dijo mientras dejaba pasar la hoja a centímetros de su rostro—.

—Para ver si alguna vez lo escuché.

Ukobch retrocedió un paso, respirando con dificultad. La presión divina le aplastaba los pulmones, pero el odio lo mantenía en pie.

—Mi nombre es Ukobch.

Zaphkiel lo miró por primera vez con algo cercano a atención.

—¿Ukobch…? —repitió, probando el sonido—. No.

Ukobch apretó los dientes.

—Un cuidador de calderas piensa que puede hacerme daño —rió Zaphkiel, una risa seca, sin alegría—. Eso explica muchas cosas.

—¡CÁLLATE! —gritó el demonio—. ¡Vengaré a mi padre, que murió bajo tu mano en esa guerra!

El aire pareció detenerse.

Zaphkiel parpadeó una sola vez.

—¿Tu padre…?

Ukobch levantó el arma con ambas manos, temblando.

—No finjas —escupió—. Vi el daño de tu rayo en su cuerpo. Todos dijeron que murió peleando con honor. Todos sabían quién lo mató.

Zaphkiel permaneció en silencio.

Luego negó lentamente con la cabeza.

—No —dijo—. No me acuerdo de él.

Ukobch sintió algo romperse.

—¡NO HAGAS QUE NO LO MATASTE!

Zaphkiel dio un paso al frente. La presión aumentó. Ukobch cayó de rodillas sin quererlo, hundiendo una pierna en la piedra resquebrajada.

Zaphkiel lo miró desde arriba.

—Debió haber sido un rayo que lancé a un grupo —continuó, pensativo—.

—Una formación entera, quizá. Ángeles menores, demonios aliados, algo gritó… no importa.

Se inclinó apenas, acercando su rostro al del demonio.

—Tu padre tuvo la mala suerte de cruzarse.

Ukobch gritó.

No fue un grito de guerra.

Fue un alarido roto, cargado de rabia inútil.

Se levantó como pudo y atacó una vez más, sin técnica, sin control, descargando todo lo que le quedaba. Zaphkiel esta vez no se movió.

Detuvo la hoja con dos dedos.

El impacto no produjo sonido.

Ukobch abrió los ojos con horror. El arma temblaba, atrapada, incapaz de avanzar un solo centímetro.

—Baja, Lucuis —dijo Zaphkiel sin apartar la mirada del demonio—.

—Esto no requiere tu esfuerzo.

La voz de Lucuis se apagó.

Zaphkiel apretó los dedos.

La espada se quebró.

No se partió.

Se deshizo.

Fragmentos del arma cayeron al suelo como ceniza pesada. Ukobch cayó hacia atrás, arrastrándose, comprendiendo demasiado tarde que la pelea nunca había comenzado.

Zaphkiel avanzó.

Lento.

Seguro.

Aburrido.

Y Ukobch entendió que no iba a morir rápido.

Zaphkiel ladeó levemente la cabeza.

Por primera vez desde que la pelea había comenzado, algo parecido al entretenimiento cruzó su expresión. No entusiasmo. No placer. Solo una curiosidad ociosa, como quien decide prolongar algo porque no tiene nada mejor que hacer.

—Bien —dijo—. Démosle opciones a tu final.

Extendió una mano, abierta, despreocupada.

—Puedo darte otra arma —continuó—. O, si lo prefieres, puedes intentar invocar la que acabas de perder. Tal vez esta vez funcione.

Ukobch no respondió de inmediato.

Se sentó.

No por agotamiento físico, sino porque entendió que ya no había distancia, ni velocidad, ni fuerza que pudiera cambiar algo. El suelo frío bajo él era lo único que aún podía sentir como propio.

Aun así, su orgullo no estaba completamente muerto.

Alzó la mirada.

—Entonces quiero otra cosa —dijo, con la voz quebrada pero firme—.

—Quiero un arma sagrada.

Zaphkiel arqueó una ceja.

—¿Un arma sagrada?

Ukobch apretó los dientes.

—Si logro dañarte con eso… me dejarás ir.

Por un instante, el silencio fue absoluto.

Luego, Zaphkiel se echó a reír.

No fue una carcajada explosiva, sino una risa profunda, prolongada, que resonó en el aire como un eco indebido. La ciudad misma pareció tensarse con ese sonido.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de eso? —preguntó entre risas—. Que no estás pidiendo sobrevivir.

Ukobch no apartó la mirada.

—Estás dispuesto a romper tu propia existencia con tal de intentar hacerme daño —continuó Zaphkiel—. Eso…

Se detuvo.

—Me parece interesante.

El aire se rasgó.

No con violencia, sino con precisión. Un punto frente a Ukobch se iluminó brevemente, y de esa grieta controlada emergió una espada.

Era simple en forma, pero imposible en esencia.

La hoja brillaba con una luz limpia, antigua, no cegadora, pero pesada. Los símbolos grabados en el metal no eran runas comunes, sino marcas de juicio, trazadas para negar, no para herir. El solo hecho de estar allí hacía que el espacio se ordenara a su alrededor.

Zaphkiel la dejó flotando entre ambos.

—Tómala —dijo—. Veamos qué puedes hacer.

Ukobch se puso de pie.

Cada paso hacia la espada era una traición a su naturaleza. La presión aumentaba con cada centímetro. Aun así, avanzó. Extendió la mano.

El contacto fue inmediato.

Su piel comenzó a arder al instante, como si hubiera tocado fuego líquido. El olor a carne quemada llenó el aire. Los símbolos de la espada reaccionaron, intensificando su luz, rechazándolo con una violencia silenciosa.

Ukobch gritó.

Un grito crudo, animal, sin palabras. Sus dedos temblaban, intentando cerrarse alrededor de la empuñadura, pero no pudo. La espada no se movió. No lo aceptó.

Cayó de rodillas.

Zaphkiel comenzó a reír de nuevo, esta vez sin contenerse.

—¿Eso es todo lo que puedes hacer con tu resolución? —dijo, caminando hacia él—.

—Ni siquiera puedes sostener aquello que pediste.

Ukobch respiraba con dificultad, la mano ennegrecida, temblando.

Zaphkiel se detuvo frente a él.

—Eres más patético de lo que pareces.

La espada sagrada seguía flotando, intacta.

Esperando a alguien que jamás sería él.

Zaphkiel observó a Ukobch en el suelo.

Ya no había curiosidad en su mirada.

Ni diversión.

Solo vacío.

—Bueno —dijo—. Fue un entretenimiento aceptable.

El silencio respondió.

—Pero ya perdí el interés.

Ukobch alzó la cabeza con dificultad. Su cuerpo temblaba, no por miedo, sino por el esfuerzo inútil de seguir existiendo. Intentó decir algo, cualquier cosa, pero Zaphkiel ya no lo escuchaba.

—Así que muere.

No fue una orden.

Fue una conclusión.

Zaphkiel avanzó un paso.

—Toma tu dolor —añadió, sin elevar la voz— y cómetelo.

—Porque nada va a cambiar.

Extendió la mano.

La espada sagrada acudió de inmediato, como si hubiera estado esperando ese gesto desde el principio. Zaphkiel la empuñó sin esfuerzo. La luz de la hoja no se intensificó ni celebró el acto. Simplemente aceptó.

Un solo movimiento.

No amplio.

No ceremonial.

La hoja cruzó el cuello de Ukobch con una limpieza absoluta. No hubo resistencia. La cabeza se separó del cuerpo antes de que el demonio comprendiera que ya no estaba unido a él.

El cuerpo quedó de rodillas un instante más.

Luego se deshizo.

No cayó.

No sangró.

Se fragmentó en ceniza oscura que el viento dispersó sin prisa, como si incluso la realidad quisiera borrar el recuerdo de su forma. La espada se apagó lentamente hasta desaparecer, cumplida su función.

Zaphkiel exhaló.

Y entonces giró la cabeza hacia adentro.

—Lucuis.

La voz seguía siendo doble, pero ahora había algo distinto. No ira. No reproche violento. Solo una molestia seca, casi administrativa.

—Explícame por qué decidiste invocarme para esto.

Lucuis no respondió de inmediato. Su conciencia flotaba al borde, sostenida apenas por la presencia del Trono.

—Podías vencerlo —continuó Zaphkiel—. Con desgaste, sí. Con heridas.

—Pero vencerlo, al fin y al cabo.

Dio un paso más, como si caminara dentro de la mente del exorcista.

—No necesitabas esto. No necesitabas bajar.

El peso de la presencia comenzó a replegarse levemente, como si Zaphkiel ya estuviera considerando retirarse.

Fue entonces cuando lo sintió.

No delante.

No detrás.

De reojo.

Una anomalía.

Zaphkiel se detuvo.

El mundo pareció congelarse durante una fracción de segundo. La presión divina se estabilizó, tensa, como un filo que deja de avanzar.

Giró apenas la mirada.

Allí, entre las ruinas silenciosas de la ciudad fantasmal, una figura observaba.

De pie.

Intacta.

Imposible.

El reconocimiento fue inmediato.

No sorpresa.

No duda.

Solo una certeza antigua que no debería existir.

—…Buer.

El nombre no fue pronunciado en voz alta.

El Trono lo recordó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo