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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 107

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Capítulo 107: Verdades

Cuando el recuerdo invadió la mente de Lucuis, no llegó como una visión ordenada.

No hubo transición.

No hubo aviso.

El mundo se quebró y volvió a ensamblarse en otro tiempo.

La Cuarta Guerra Celestial.

El cielo estaba roto en capas, como si la realidad hubiera sido desgarrada y mal suturada. La tierra no era tierra: era un campo ennegrecido por ceniza antigua, restos de alas, armas fundidas y cuerpos que ya no podían distinguirse entre ángeles y demonios.

Lucuis estaba allí.

O, mejor dicho, Zaphkiel estaba allí usando su forma.

Frente a él, un grupo de demonios avanzaba con desesperación organizada. No gritaban órdenes ni nombres. Atacaban porque no había otra opción. Sabían que, si retrocedían, morirían igual.

Zaphkiel se superpuso sobre todos los demás.

No descendió.

No cargó.

Simplemente estuvo.

Y eso fue suficiente.

La mitad del grupo cayó en segundos. No por golpes visibles, sino porque sus cuerpos dejaron de sostenerse. Algunos se partieron desde dentro. Otros quedaron suspendidos un instante, como si la realidad dudara, antes de colapsar sobre sí mismos.

Lucuis —atrapado dentro de ese recuerdo— sintió cada muerte como una vibración lejana. No dolor. No culpa. Solo peso.

Entonces ocurrió algo distinto.

Entre los restos, un demonio pequeño se incorporó.

No era más grande que un niño humano.

Su cuerpo era delgado, mal formado, claramente invocado a la fuerza. Temblaba. Sus manos apenas podían sostener el arma que había logrado materializar: un dispositivo tosco, improvisado, demasiado grande para él.

Aun así, apuntó.

No por valentía.

Por pánico.

Zaphkiel lo vio.

Y en ese instante, una figura se cruzó.

El arconte no gritó.

No llamó su nombre.

No miró a Zaphkiel.

Solo se interpuso.

El disparo atravesó su cuerpo de costado, limpiamente, como si el universo ya hubiera decidido que ese impacto debía ocurrir. La energía le arrancó el aliento y la lanzó hacia atrás, rompiendo su postura perfecta.

El demonio pequeño quedó paralizado.

Ella cayó de rodillas, una mano presionando la herida imposible, la otra extendida hacia él.

—Corre… —dijo, con voz quebrada pero firme—. Corre ahora.

Zaphkiel no se movió.

Observó.

El demonio dudó solo un segundo ante de obedecer. Dejó caer el arma y huyó entre el caos, perdiéndose entre cuerpos y fuego antes de que ella terminara de caer al suelo.

El arconte se desplomó finalmente, su cuerpo golpeando la tierra ennegrecida sin ceremonia.

Zaphkiel la miró.

No hubo reacción inmediata.

No hubo ira.

No hubo gesto.

Solo una constatación silenciosa.

El recuerdo se tensó, como si la memoria misma no quisiera avanzar más allá de ese punto.

Y Lucuis entendió algo que nunca había querido aceptar:

Que incluso en la guerra más absoluta,

no todas las muertes fueron necesarias,

pero sí ocurrieron igual.

El campo volvió a desvanecerse.

El recuerdo no se cerró.

Solo quedó allí.

Abierto.

El recuerdo se rompió sin aviso.

Lucuis volvió al presente con un estremecimiento seco, como si alguien hubiera soltado una cuerda demasiado tensa dentro de su mente. El campo de batalla de la Cuarta Guerra se disipó, y las ruinas de la ciudad fantasmal ocuparon su lugar.

Zaphkiel exhaló.

Y luego rió.

No fue una carcajada abierta ni descontrolada. Fue una risa baja, breve, cargada de una incredulidad que no necesitaba explicación. Sus ojos se clavaron en la figura que observaba desde las sombras.

—Qué curioso —dijo—.

Alzó ligeramente la cabeza, evaluando.

—¿Cómo sigues viva?

Buer no respondió de inmediato. Permaneció de pie entre los restos de un edificio colapsado, intacta, como si la destrucción hubiera aprendido a rodearla. Su expresión era serena. Demasiado.

Zaphkiel ladeó la cabeza.

—Vi tu cuerpo morir —continuó—.

—No desaparecer. Morir.

Buer sonrió.

No fue arrogancia.

No fue burla.

Fue una sonrisa mínima, controlada, como quien guarda una carta que sabe que no necesita mostrar todavía.

—Eso es una de las sorpresas —respondió—.

—No la más importante.

El aire cambió.

Desde los edificios quemados a ambos lados de la plaza, dos presencias emergieron sin dramatismo, como si siempre hubieran estado allí y recién ahora decidieran ser vistas.

Belial apareció primero, caminando entre los escombros con las manos relajadas, la mirada fija en Zaphkiel. Su forma humana estaba intacta, pero la presión que lo acompañaba no dejaba lugar a dudas.

Lilith surgió después, apoyándose un instante contra un muro ennegrecido antes de incorporarse del todo. Sus ojos recorrieron la escena con calma clínica, deteniéndose un segundo más de lo necesario en Lucuis… y luego en Zaphkiel.

La aparición de los Señores Demonio no provocó caos.

Provocó reconocimiento.

Zaphkiel los observó a los tres.

Y volvió a reír.

Esta vez sin sorpresa.

—Esto mejora —dijo—.

Su mirada se posó en Belial, recorriéndolo de arriba abajo como si revisara un objeto antiguo, familiar, ligeramente deteriorado.

—Dime —preguntó con una naturalidad ofensiva—, ¿cómo sigue tu esposa?

Belial no reaccionó de inmediato.

Zaphkiel sonrió un poco más.

—¿Sigue muerta… —continuó— o también va a aparecer desde algún rincón de la guerra que ya terminé?

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue tenso.

Lilith dio un paso al frente, apenas perceptible, no como amenaza, sino como advertencia. Buer dejó de sonreír.

Belial sostuvo la mirada de Zaphkiel.

—Sigues hablando demasiado para alguien que bajó sin invitación —dijo finalmente.

Zaphkiel inclinó la cabeza, divertido.

—Y tú sigues creyendo que las invitaciones importan.

La presión entre ambos no explotó.

Aún no.

Belial dio un paso al frente.

No aceleró.

No levantó la voz.

Pero el aire a su alrededor se volvió más denso, como si algo invisible hubiera decidido acercarse a escuchar.

—Es hora de cobrar las cuentas que me debes —dijo—.

—Maldito cobarde.

La palabra no fue un insulto lanzado.

Fue una sentencia.

Zaphkiel no se movió. Su expresión no cambió, pero algo en su mirada se afiló, como si el término hubiera rozado una herida vieja, no abierta… pero tampoco cerrada.

—¿Cobarde? —repitió, con una leve inclinación de cabeza—.

—¿Por sobrevivir?

El silencio se tensó.

—¿O fue más cobarde lo que hiciste después?

Belial no apartó la mirada.

Zaphkiel avanzó medio paso, lo suficiente para que su presencia volviera a pesar sobre todos.

—Tu hija se quedó sin padre —continuó— mientras tú me buscabas.

—No para salvar nada. No para proteger a nadie.

Su voz no tenía furia.

Tenía precisión.

—Buscabas a mi Avatar.

Lilith cerró los dedos lentamente.

Buer bajó la mirada un instante.

Belial respiró hondo, pero no retrocedió.

—¿O piensas que nadie recuerda esa historia? —añadió Zaphkiel—.

—¿Esa pequeña espiral de autodestrucción que llamaste cruzada?

Alzó la mirada apenas, como quien revisa un recuerdo desagradable.

—Ciudades abandonadas. Pactos rotos. Avatares muertos que no tenían nada que ver.

—Todo por perseguirme.

Zaphkiel sonrió.

No con crueldad abierta.

Con lástima.

—Mientras tanto, tu hija aprendía a crecer sin ti.

La presión aumentó.

Belial apretó los dientes. Su puño tembló una sola vez antes de relajarse. Cuando habló, su voz era baja, rota por algo que no era debilidad, sino contención llevada al límite.

—No pronuncies su nombre —dijo.

Zaphkiel lo miró con calma absoluta.

—No lo hice —respondió—.

—No hizo falta.

El silencio se volvió insoportable.

Belial levantó el rostro. Sus ojos ya no mostraban ira inmediata, sino algo más peligroso: decisión.

—No te busqué por venganza —dijo—.

—Te busqué porque sobreviviste a cosas que no debías.

Dio otro paso.

—Y ahora estás aquí.

Zaphkiel lo observó, evaluándolo como se evalúa una tormenta que se aproxima: sin miedo, pero con interés.

—Entonces dime, Belial —preguntó—.

—¿Vienes a matarme… o a demostrarte que aún importas?

Belial no respondió.

No lo necesitaba.

La deuda ya estaba sobre la mesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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