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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 108

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Capítulo 108: Manos manchadas

La ciudad estaba envuelta en caos.

No había un solo tramo de calle que no estuviera marcado por la violencia. Cuerpos yacían donde habían caído: algunos retorcidos en posturas imposibles, otros con los ojos abiertos, mirando un cielo que ya no respondía a ninguna plegaria. El olor a humo, sangre y piedra quemada se mezclaba con un silencio interrumpido solo por derrumbes lejanos y gritos aislados.

Abyllie avanzaba sin decir una palabra.

No sabía cómo reaccionar ante aquello. Sus pasos eran automáticos, torpes, siguiendo la espalda de Iston, que caminaba con el ceño fruncido, atento a cada esquina, a cada sombra que pudiera moverse.

Iston se detuvo junto a un cadáver.

Era un clérigo. El símbolo de su fe aún colgaba de su cuello, manchado de rojo. Iston se inclinó y tomó el arma que había caído a su lado. La sostuvo con cierta incomodidad, como si pesara más de lo que esperaba.

—Ahora dime —dijo sin mirarla—, ¿con qué puedes pelear, Abyllie?

Ella tardó un segundo en responder.

—Con cualquier arma de cuerpo a cuerpo —dijo finalmente—. No importa cuál.

Abyllie bajó la mirada hacia el arma que Iston sostenía.

Sus dedos estaban tensos.

—¿Alguna vez has disparado? —preguntó.

Iston negó con la cabeza.

—No —respondió—. Pero tendré que aprender mientras peleamos.

No hubo tiempo para decir nada más.

Un grito desgarró el aire.

Venía de lejos, quebrado por el polvo y los escombros, pero lo suficientemente claro como para helar la sangre. Una mujer, atrapada bajo los restos de una casa colapsada, agitaba el brazo libre desesperadamente. A su lado, una niña pequeña, medio cubierta por piedras y madera rota, lloraba sin fuerza.

Cuando los vio, la mujer gritó con lo poco que le quedaba de voz.

—¡Ayuda… por favor!

Abyllie fue la primera en moverse.

Ambos corrieron hacia ellas. Sin pensar, sin medir el peligro. Iston dejó el arma a un lado y se agachó junto a Abyllie. Entre los dos comenzaron a levantar la pared caída. La piedra raspaba la piel, el polvo quemaba los pulmones, pero no se detuvieron.

La pared cedió con un crujido seco.

Abyllie y Iston empujaron una última vez, abriendo un espacio apenas suficiente. La mujer se lanzó hacia adelante sin esperar indicaciones, ignorando el polvo, el dolor, la sangre que le corría por el rostro.

—¡Mi niña…! —sollozó.

Buscó a tientas entre los escombros hasta que sus dedos encontraron algo pequeño.

Un brazo.

Delgado. Frío.

Lo sacó con cuidado, como si temiera lastimarlo más. Lo sostuvo contra su pecho de inmediato, envolviéndolo con ambos brazos, meciéndolo con desesperación.

—Todo va a estar bien… —susurró—. Todo va a estar bien, mi amor.

Abyllie sintió que el aire se le detenía en el pecho.

Iston no se movió.

La mujer besó la mano inerte, temblando, como si ese gesto pudiera devolverle algo que ya no estaba allí.

—Ellos nos rescataron —dijo, alzando la vista hacia Abyllie y Iston, con una sonrisa quebrada—. ¿Ves? Ya pasó… ahora podremos vivir tranquilas nuevamente.

Abyllie abrió la boca.

No salió ningún sonido.

Iston apretó los dientes, desviando la mirada apenas un segundo.

El brazo no se movió.

No respondió al contacto.

No devolvió el abrazo.

El silencio se volvió insoportablemente pesado.

Nadie dijo nada más.

No porque no supieran qué había ocurrido,

sino porque nombrarlo habría sido demasiado.

Abyllie dio un paso atrás.

Por primera vez desde que el caos había comenzado, entendió que salvar a alguien…

no siempre significaba llegar a tiempo.

Iston tomó el arma.

No dijo nada.

No miró atrás.

Dejó a la mujer arrodillada entre los escombros, murmurando palabras que ya no tenían destinatario. Cada paso que dio fue rígido, mecánico, como si su cuerpo avanzara por inercia y no por decisión.

Abyllie lo siguió.

No intentó detenerlo.

La ciudad empeoraba con cada calle que cruzaban. Las llamas se acumulaban como si alguien las hubiera sembrado a propósito. Los cuerpos ya no aparecían aislados: se amontonaban, unos sobre otros, ennegrecidos, retorcidos en posiciones imposibles, atrapados entre vigas caídas y muros derrumbados.

El aire era espeso.

Difícil de respirar.

Difícil de pensar.

Fue entonces cuando los encontraron.

O quizá fue al revés.

Un grupo de clérigos emergió desde una calle lateral, cinco… no, seis figuras cubiertas con hábitos quemados y símbolos sagrados deformados por el calor. No hubo advertencia ni palabras. Se abalanzaron sobre ellos con armas de cuerpo a cuerpo: mazas, cuchillas rituales, bastones reforzados.

Abyllie reaccionó primero.

Se movió con precisión, no con rabia. Cada golpe fue medido, dirigido a muñecas, codos, rodillas. Desarmó al primero antes de que pudiera completar el movimiento. Al segundo lo derribó girando su propio peso contra él. Ninguno murió.

No los estaba castigando.

Los estaba neutralizando.

Iston levantó el arma.

Disparó.

El primer disparo se fue demasiado alto, impactando contra una pared ya resquebrajada. El retroceso lo sacudió con violencia, obligándolo a dar un paso atrás para no caer. Disparó otra vez, y luego otra, cada bala encontrando un destino distinto: el suelo, una columna, un cuerpo que no era el que pretendía.

—¡Mierda…! —murmuró entre dientes.

El arma le pesaba más de lo que esperaba. Cada detonación le sacudía los brazos, el pecho, el equilibrio. No tenía puntería. No tenía control. Solo ruido y miedo.

Uno de los clérigos cargó hacia él.

Iston disparó sin apuntar.

La bala lo rozó, arrancándole un trozo del hábito, pero no lo detuvo. Fue Abyllie quien se interpuso, bloqueando el ataque y desarmándolo de un movimiento seco.

—¡Concéntrate! —le gritó, sin mirarlo—. No dispares por disparar.

Iston tragó saliva.

Sus manos temblaban.

Volvió a levantar el arma.

No estaba aprendiendo a pelear.

Estaba aprendiendo a no caer.

Y en medio del caos, comprendió algo que nadie le había explicado antes:

que empuñar un arma no te convierte en alguien fuerte…

solo te obliga a decidir qué haces con el miedo que viene después del primer disparo.

Iston preparó otro disparo.

Apenas tuvo tiempo de alinear el arma cuando un sonido seco cortó el aire.

No fue un disparo.

Fue el golpe de un cuerpo contra el suelo.

Uno de los clérigos cayó de costado, pesado, torpe. Su arma rodó unos centímetros antes de detenerse. Durante un segundo nadie reaccionó. Luego, la sangre comenzó a brotar desde su hombro, oscura, espesa, empapando la tela chamuscada.

No estaba muerto.

Pero tampoco podía levantarse.

Los demás retrocedieron instintivamente.

El miedo apareció en sus rostros antes que la ira.

Abyllie se movió.

No pensó.

No dudó.

Se inclinó y tomó la daga que uno de ellos había dejado caer. En el instante en que sus dedos tocaron el acero, algo recorrió su cuerpo como una descarga.

Un grito escapó de su garganta.

No fue de dolor físico.

Fue un grito antiguo.

Instintivo.

El sonido resonó demasiado fuerte, demasiado puro, como si no perteneciera del todo a una garganta humana.

Abyllie soltó la daga de inmediato, respirando con dificultad. Su mano temblaba. La piel, apenas visible, parecía tensarse de una forma antinatural.

Los clérigos lo vieron.

No necesitaron pruebas.

No necesitaron rituales.

Lo entendieron.

—Es un demonio… —susurró uno, con la voz rota por el terror.

Otro levantó su arma con desesperación.

—¡Hay que matarla!

La palabra demonio se propagó como fuego entre ellos, transformando el miedo en furia. Ya no dudaban. Ya no retrocedían. Sus miradas dejaron de buscar salidas y se clavaron en Abyllie como si su mera existencia fuera una blasfemia que debía ser borrada.

Iston la miró.

Los clérigos se lanzaron sobre Abyllie al mismo tiempo.

No hubo formación.

No hubo estrategia.

Fue un ataque torpe, desesperado, alimentado por el miedo más que por la fe.

Iston reaccionó tarde… y aun así reaccionó.

Apretó el gatillo sin pensar.

El arma rugió en sus manos, el retroceso casi lo hizo caer hacia atrás. Las balas salieron sin dirección clara, golpeando al azar. Una impactó en el costado de un clérigo, arrancándole un alarido ahogado. Otra se perdió entre las llamas. Una tercera atravesó una pierna, haciendo que su dueño cayera de rodillas antes de desplomarse por completo.

El sonido de los disparos rompió cualquier resto de orden.

Los clérigos gritaban.

Tropezaban entre sí.

Caían.

No porque Iston fuera preciso, sino porque el caos estaba de su lado.

Abyllie se defendía como podía. Desarmaba manos, empujaba cuerpos, esquivaba cuchillas con movimientos bruscos, casi instintivos. No buscaba matar. Solo alejar. Solo sobrevivir.

Uno cayó.

Luego otro.

La sangre manchó el suelo ennegrecido.

Cuando el eco de los disparos se disipó, solo quedaba uno en pie.

El clérigo no dudó.

Se abalanzó sobre Abyllie con un grito quebrado, la embistió contra los escombros y la derribó. Su peso la aplastó contra el suelo. Sus manos fueron directas a su cuello.

Apretó.

Abyllie intentó respirar, pero el aire no entraba. Sus uñas se clavaron en los brazos del hombre, inútiles. El mundo comenzó a cerrarse en los bordes de su visión, oscureciéndose.

El clérigo acercó su rostro al de ella.

—Monstruo… —escupió, con la voz temblorosa—. Vuelve al infierno.

El mundo se estrechó hasta caber en unas manos que no soltaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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