BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 109
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Capítulo 109: Precio del camino
Abyllie lo miraba.
No gritaba.
No se debatía.
Sus ojos, abiertos de más, clavados en él, pedían algo que Iston entendió demasiado tarde. El aire se le escapaba en bocanadas inútiles mientras las manos del clérigo se cerraban con más fuerza alrededor de su cuello.
Algo dentro de Iston se quebró.
No fue una decisión.
No fue valentía.
Fue un impulso animal.
Un grito le salió del pecho, áspero, descontrolado, y se lanzó contra el clérigo sin pensar en el arma, sin pensar en nada. El impacto los hizo rodar por el suelo. Iston cayó encima de él y empezó a golpear.
Puño tras puño.
Sin ritmo.
Sin técnica.
Golpeó hasta que le dolieron los nudillos. Hasta que la piel del clérigo se abrió. Hasta que el rostro dejó de parecer un rostro.
—¿Por qué…? —jadeó el clérigo entre golpes—. ¿Por qué defiendes a un demonio…?
Iston no respondió.
No podía.
Porque si hablaba, si pensaba, tendría que aceptar la respuesta.
Siguió golpeando.
Cuando el cuerpo dejó de resistirse, cuando los brazos que estrangulaban a Abyllie cayeron inertes a los costados, Iston no se detuvo de inmediato. Necesitó varios segundos para entender que ya no había lucha.
Se incorporó con dificultad.
El clérigo no se movía.
Iston levantó el arma.
La sostuvo con ambas manos, temblando. Apuntó a la cabeza destrozada frente a él. No había odio en su mirada. Solo una certeza brutal.
Disparó.
A quemarropa.
El sonido fue seco. Final.
En el rostro del clérigo no quedó nada reconocible: solo la desfiguración de la golpiza y un orificio oscuro que cerraba cualquier posibilidad de regreso.
El silencio cayó de golpe.
Iston soltó el arma.
Entonces se giró.
Abyllie yacía en el suelo, inmóvil. Sus labios estaban entreabiertos. Su piel, pálida. Iston cayó de rodillas junto a ella.
—No… —susurró—. No, por favor…
Las manos le temblaban mientras la sacudía con torpeza. No sabía qué hacer. No sabía cómo ayudar. El pecho se le comprimió cuando la imagen de la mujer bajo los escombros volvió a su mente.
Otra vez tarde.
Otra vez inútil.
El llanto le salió sin aviso.
No contenido.
No digno.
Lloró por la mujer.
Por la niña.
Por Abyllie.
Por no haber sido suficiente para nadie.
—Perdóname… —murmuró, inclinándose sobre ella—. Perdóname…
Entonces lo sintió.
Un movimiento mínimo.
Casi inexistente.
El pecho de Abyllie se alzó apenas.
Una respiración superficial.
Iston se quedó inmóvil, conteniendo el aliento, como si el mundo pudiera romperse si se movía demasiado rápido.
Luego otra respiración.
Débil.
Pero real.
Iston apoyó la frente contra la de ella, todavía temblando, todavía llorando, pero ahora con algo nuevo mezclado entre el miedo.
No alivio.
Esperanza.
Una esperanza frágil, dolorosa, que no borraba nada de lo ocurrido…
pero que le daba una razón para seguir de pie un poco más.
Mientras Abyllie recuperaba la respiración, algo dentro de Iston terminó de quebrarse.
No fue un golpe repentino.
Fue un desgaste.
El aire volvió a los pulmones de ella, superficial, tembloroso, y con eso la urgencia inmediata se disipó. Fue entonces cuando Iston dejó de moverse.
Bajó la mirada.
Sus manos.
Estaban cubiertas de sangre.
No solo la del clérigo.
También la suya, mezclada, indistinguible. La piel enrojecida, los nudillos hinchados, la sangre seca acumulándose en los pliegues de los dedos. Marcas claras de algo que no podía deshacerse con solo limpiarse.
Había matado a alguien.
No en defensa ciega.
No en confusión.
A sangre fría.
El mundo comenzó a apagarse alrededor suyo. No de golpe, sino como si alguien estuviera bajando lentamente la intensidad de la luz. Los sonidos se volvieron lejanos. Las ruinas perdieron forma. Incluso el peso de Abyllie en sus brazos parecía difuso, irreal.
Por un instante, pensó que iba a vomitar.
Por otro, que iba a gritar.
No hizo ninguna de las dos cosas.
Entonces, una voz surgió en su mente.
—Era lo que tenías que hacer.
Iston se quedó quieto.
No se sobresaltó.
No se resistió.
Reconocía esa voz.
—Virgilio… —murmuró, más cansado que sorprendido.
—Si no lo hacías —continuó la voz—, ella habría muerto.
Iston cerró los ojos.
Eso era lo que más le dolía.
Porque era verdad.
El nudo en su pecho no se aflojó, pero cambió de forma. Ya no era puro horror. Era certeza.
No había sido un impulso.
No había sido rabia ciega.
Había sido una decisión.
—Entonces… —dijo con un hilo de sarcasmo, sin abrir los ojos— ¿por qué me hablas ahora?
Hubo una pausa.
—Porque era necesario —respondió Virgilio—. Porque este es el punto donde ya no puedes mentirte.
Iston apretó los dientes.
—Tienes que entender algo —continuó la voz—. Esto que hiciste no es una excepción.
—Es el comienzo.
Las palabras no tenían crueldad.
Eso las hacía peores.
—Elegiste un camino —dijo Virgilio—. No cuando tomaste el arma. No cuando disparaste.
—Sino cuando decidiste ser el mesias.
Iston abrió los ojos lentamente.
La ciudad seguía ardiendo.
El cuerpo del clérigo seguía allí.
Abyllie seguía respirando.
Todo seguía igual.
—Va a haber más —añadió Virgilio—. Personas. Criaturas. Fanáticos. Inocentes que se interponen.
—Y no siempre tendrás tiempo de dudar.
Iston tragó saliva.
—Va a ser difícil —continuó—. Y no. No va a ser bonito.
—Te lo advertí.
Iston miró otra vez sus manos.
No intentó limpiarlas.
—Lo sé —respondió en voz baja—.
—Pero si este es el precio…
Miró a Abyllie.
—…entonces lo voy a pagar.
Virgilio no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz fue apenas un murmullo firme.
—Entonces no olvides esto —dijo—.
—Cada vez que mates, recuerda por qué empezaste.
—Porque el día que lo hagas sin motivo… ya no habrá nadie a quien proteger.
Iston cerró los dedos.
La sangre se secó un poco más sobre su piel.
Y por primera vez desde que tomó el arma, entendió que el peso que sentía no era culpa.
Era responsabilidad.
En ese instante, la voz de Virgilio volvió a hacerse presente.
—Alerta —advirtió—. Alguien se aproxima.
Iston reaccionó de inmediato.
No pensó.
No preguntó.
Tomó el arma con ambas manos, sintiendo todavía el temblor en los brazos. No sabía si quedaban balas. No sabía si podría disparar otra vez sin perder el control. Pero la levantó igual, apuntando hacia la calle envuelta en humo.
Abyllie respiraba con dificultad detrás de él.
Entre las llamas y la ceniza, una silueta comenzó a delinearse.
Lenta.
Firme.
No corría. No se escondía.
Iston se incorporó del todo, ajustando la postura como pudo. El cañón del arma siguió cada movimiento de aquella figura que avanzaba sin apresurarse, como si supiera que no necesitaba hacerlo.
El humo se apartó lo suficiente.
Y entonces la reconoció.
Su pulso se detuvo un segundo.
—…Naqam.
La palabra escapó de sus labios sin darse cuenta.
La figura dio un paso más y quedó completamente a la vista. Vestía los ropajes de la Iglesia, manchados de polvo y sangre seca, el símbolo sagrado aún visible en el pecho. Su expresión no era dura ni fría.
Era desconcierto puro.
Naqam se quedó inmóvil.
Sus ojos recorrieron la escena con rapidez: los cuerpos en el suelo, la sangre, Abyllie intentando incorporarse, Iston con el arma apuntando… y luego su rostro.
—¿Iston…? —preguntó.
La voz le salió más baja de lo que esperaba.
Ella se quedó en shock durante un segundo que pareció eterno.
Demasiado corto para reaccionar.
Demasiado largo para fingir normalidad.
Muchas preguntas comenzaron a cruzarse al mismo tiempo en la mente de ambos.
Iston no bajó el arma.
No por amenaza.
Por inercia.
Naqam lo miraba sin saber qué decir. Su mirada se detuvo un instante en las manos de Iston, todavía manchadas de sangre. Luego en Abyllie. Luego volvió a él.
El silencio se volvió espeso.
Cada uno parecía esperar que el otro hablara primero.
Que explicara lo inexplicable.
Que dijera algo que hiciera que ese encuentro tuviera sentido.
Pero no hubo palabras.
Solo miradas cargadas de cosas que ya no podían ignorarse.
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