BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 111
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Capítulo 111: Bajo la mirada de Lucifer
Antes de llegar a la plaza, las vibraciones bajo sus pies comenzaron a intensificarse.
Al principio fueron apenas un temblor sordo, fácil de confundir con el eco lejano de explosiones o el derrumbe de alguna estructura debilitada. Pero no tardaron en volverse constantes, profundas, como si la ciudad entera estuviera siendo sacudida desde sus cimientos por algo que no pertenecía a ese mundo.
El suelo crujía.
Las paredes gemían.
Los edificios más cercanos a la plaza empezaron a ceder uno tras otro.
No colapsaban de golpe. Primero aparecían las grietas, largas y torcidas, recorriendo muros y columnas como venas negras. Luego venía el sonido: un lamento prolongado de piedra partiéndose. Después, el derrumbe.
Una casa se vino abajo a pocos metros de ellos.
No hubo gritos.
Solo el estruendo seco del impacto y una nube de polvo que cubrió la calle por completo. Donde segundos antes había un hogar improvisado, apenas quedaron escombros amontonados sin forma.
Familias que habían sobrevivido a saqueos, incendios y matanzas fueron aplastadas sin siquiera entender qué estaba ocurriendo. No hubo tiempo para huir, ni para rezar, ni para pedir ayuda. El mundo simplemente cayó sobre ellos.
Más adelante, un grupo de cultistas inversos avanzaba entre risas nerviosas, demasiado absortos en su propia perversión para notar lo que sucedía. El suelo se abrió bajo sus pies cuando un edificio colapsó de costado. Murieron antes de comprender que la guerra ya no los necesitaba.
Los clérigos corrieron.
Algunos soltaron sus armas, otros levantaron símbolos sagrados inútiles, gritando órdenes que nadie obedecía. Intentaron escapar, pero los escombros fueron más rápidos. Muros enteros se desplomaron sobre ellos, borrándolos de la calle como si nunca hubieran estado allí.
No hubo distinción.
No hubo juicio.
La ciudad no estaba castigando a nadie.
Simplemente se estaba deshaciendo.
Iston siguió avanzando.
No porque no viera lo que ocurría, sino porque detenerse ya no significaba nada. El mundo a su alrededor corría hacia su propio final mientras ellos se movían en dirección contraria, empujados por una fuerza que ya no podían cuestionar.
Buer caminaba delante, el ceño fruncido, los ojos atentos al movimiento del suelo y al ritmo de las vibraciones. Cada paso confirmaba lo que ya sabía.
Esta ciudad no se iba a recomponer.
Nunca.
Abyllie avanzaba detrás, con la respiración aún inestable. Cada inhalación era corta, dolorosa, como si el aire se negara a llenar sus pulmones del todo. Intentó hablar varias veces, pero las palabras se le quedaban atrapadas en el pecho.
—¿Qué… qué está pasando…? —logró decir finalmente, con la voz rota.
Miró a su alrededor, a los edificios cayendo, a la gente desapareciendo bajo los escombros, al cielo cubierto de humo y ceniza. Nada de eso encajaba con lo que había imaginado como una “batalla”.
Buer no se detuvo.
No miró atrás.
Solo respondió con una palabra, seca, definitiva:
—Esto es una guerra.
Abyllie cerró la boca.
No porque entendiera,
sino porque comprendió que no había nada más que preguntar.
Las vibraciones aumentaron otra vez.
Más profundas.
Más cercanas.
A lo lejos, algo se movía.
Algo demasiado grande.
Demasiado poderoso.
Algo que hacía temblar la ciudad incluso antes de mostrarse.
Y mientras avanzaban hacia la plaza, quedó claro que lo que los esperaba no era el final de una pelea…
sino el inicio de algo mucho peor.
Mientras más se acercaban a la plaza, la estatua de Lucifer comenzó a imponerse sobre el horizonte quebrado de la ciudad.
No estaba caída.
No estaba rota.
Seguía en pie.
La figura colosal miraba hacia abajo, con el rostro inclinado, como si observara con atención lo que ocurría a sus pies. No como un juez. No como un salvador.
Como un testigo antiguo que ya había visto ese mismo escenario demasiadas veces.
El aire en la plaza era distinto.
Más denso.
Más pesado.
Cada paso se sentía como una advertencia que nadie podía leer a tiempo.
Cuando finalmente cruzaron el último arco derrumbado y entraron al centro de la plaza, la imagen los detuvo en seco.
Lilith estaba de rodillas.
La sangre le corría desde la frente, empapándole el rostro y el cuello. Una herida abierta le cruzaba el costado, profunda, mal cerrada, cada respiración arrancándole un gesto involuntario de dolor. Aun así, mantenía la espalda erguida, los ojos encendidos, negándose a caer del todo.
Belial estaba sentado en el suelo, a pocos metros de ella.
Su cuerpo mostraba heridas superficiales: cortes, quemaduras, marcas de impacto. Nada mortal. Nada inmediato. Pero su expresión…
Su expresión no era de derrota.
Era satisfacción.
Una sonrisa torcida, cansada, peligrosa.
La cara de alguien que había esperado ese momento durante años… y que, de algún modo, lo había conseguido.
En medio de la plaza, entre grietas que atravesaban el suelo como cicatrices abiertas, yacía Lucuis.
Boca arriba.
Una herida brutal le atravesaba el abdomen. La sangre empapaba su ropa y se acumulaba en su boca, escapando por las comisuras de los labios en burbujas espesas. Sus ojos estaban abiertos, pero no enfocados del todo. Cada intento de respirar parecía costarle más que el anterior.
Durante un instante —solo uno—, la escena pareció el final.
Belial levantó la vista y miró al grupo que acababa de llegar. Sus ojos recorrieron a Iston, a Abyllie, a Buer. La satisfacción en su rostro no necesitaba explicación.
Muchos habrían celebrado ahí.
Habrían pensado que la guerra había terminado.
Entonces, la risa resonó.
No vino de un solo punto.
Vino de todas partes.
Una carcajada profunda, distorsionada, cargada de burla y desprecio, que hizo vibrar la plaza entera. Las grietas del suelo se ensancharon apenas. La estatua de Lucifer pareció inclinarse un poco más.
—Me esperaba este resultado —dijo la voz de Zaphkiel, clara, cruel—. Después de todo… sí había un Señor Demonio aquí.
La risa volvió a estallar.
—Pero ustedes… —continuó—. Los años los oxidaron.
—Si esto hubiera sido la Cuarta Guerra… no estarían en un estado tan lamentable.
Lilith apretó los dientes.
Belial no borró su sonrisa.
Zaphkiel volvió a reír, esta vez más suave.
—Ahora, Lucuis —dijo—, con la última fuerza que te queda…
—Utiliza al incauto.
—Es hora de terminar esta pelea.
Iston sintió un frío recorrerle la espalda.
Lucuis se movió.
Con dificultad, temblando, llevó la mano a su cinturón y sacó una pistola.
El gesto fue lento.
Pesado.
Y, aun así, algo en esa arma hizo que el mundo de Iston se contrajera.
La forma.
El metal.
El pulso que sintió en el pecho.
Algo de la visión que había tenido antes regresó con violencia.
El arma giró apenas… y antes de que nadie pudiera reaccionar, una voz surgió desde ningún lugar y de todos a la vez.
—Hola, hijo… te extrañé.
Iston se quedó inmóvil.
El aire dejó de entrarle a los pulmones.
—Espero que puedas ayudar a tu viejo —continuó la voz, cargada de una familiaridad imposible—, como en los viejos tiempos.
Iston giró la cabeza, buscando desesperado el origen del sonido. Miró a los lados. A la estatua. A la plaza. A los cuerpos.
—¿Dónde…? —susurró.
Entonces Virgilio habló.
Su voz fue inmediata.
Grave.
Irrefutable.
—Esa arma —dijo— tiene su alma.
El silencio que siguió fue absoluto.
No por calma.
Sino porque el mundo entero parecía contener el aliento ante lo que estaba a punto de ocurrir.
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