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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 112

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Capítulo 112: La Última Oración

Iston reaccionó antes de pensar.

El sonido de esa voz le atravesó el pecho como un gancho invisible. El mundo dejó de existir en capas: ya no había plaza, ni guerra, ni dioses enfrentados. Solo el arma. Solo Lucuis.

—¡No! —gritó, echándose a correr.

Sus pies golpearon el suelo resquebrajado con desesperación. Cada paso era una súplica muda, una negación violenta de lo que estaba a punto de ocurrir. No podía permitirlo. No así. No usando a su padre como ofrenda.

—¡Detente! —rugió, sin saber si se dirigía a Lucuis, a Zaphkiel… o al destino mismo.

Lucuis apenas giró el rostro. Sus ojos ya no estaban del todo allí. Había dolor, sí, pero también algo más profundo: resignación envuelta en fe torcida.

Levantó la pistola con manos temblorosas. El cañón apuntó lentamente hacia su propia cabeza.

Sus labios se movieron. La oración salió rota, incompleta, como si incluso las palabras sagradas se resistieran a acompañarlo.

—Oh… padre… —susurró—. Deja que este hijo… pueda cumplir… su última misión…

Iston estiró la mano, pero no llegó.

El disparo cortó el aire.

Un eco seco y brutal resonó en la plaza, rebotando entre los muros quebrados y la estatua inmóvil de Lucifer. El sonido no fue heroico ni épico. Fue final.

Lucuis soltó el arma.

Su cuerpo quedó tendido en el centro de la plaza, inmóvil, con la mirada perdida y la sangre deslizándose lentamente desde su cabeza, mezclándose con la que ya empapaba el suelo.

Iston se detuvo en seco, con el pecho ardiendo y la mente vacía. No hubo grito ni llanto, solo una sensación de vacío absoluto, como si algo fundamental hubiera sido arrancado del mundo.

Belial fue el primero en romper el silencio.

Soltó una risa breve, incrédula, casi nerviosa.

—¿Eso era todo? —dijo, negando con la cabeza—. ¿Ese era tu plan? ¿Que se suicidara?

La risa se le fue apagando lentamente.

Porque nadie más se movió. Porque el aire no volvió a la normalidad.

Nadie respiró. No fue alivio. Fue espera.

El cuerpo de Lucuis se estremeció.

Al principio, fue apenas un espasmo, un movimiento reflejo que cualquiera podría confundir con los últimos impulsos de un cadáver. Luego vino otro. Y otro más.

Los músculos se tensaron de forma antinatural. Los huesos crujieron.

—…no —murmuró Buer, retrocediendo un paso.

Una luz comenzó a formarse.

No descendió del cielo, ni surgió del suelo.

Nació desde dentro del cuerpo.

Una luminosidad blanca y distorsionada atravesó la piel de Lucuis, dibujando grietas de energía que recorrían su pecho, su cuello, su rostro. La sangre empezó a evaporarse antes de tocar el suelo.

La risa de Zaphkiel regresó.

Más baja. Más satisfecha.

El cuerpo convulsionó con violencia, arqueándose como si algo intentara abrirse paso desde lo más profundo.

Y en ese instante, todos lo entendieron.

Lucuis no había muerto para escapar. Había muerto para abrir la puerta.

Algo dentro de su cuerpo cedió.

No fue un estallido inmediato, sino una ruptura interna, profunda, como si una presión antigua hubiera alcanzado su límite. El cadáver se arqueó con violencia y un sonido seco recorrió la plaza: músculos desgarrándose, huesos desplazándose donde no debían.

El cuerpo entró en su primera metamorfosis.

La sangre comenzó a cambiar.

El rojo oscuro se volvió irreal, tornándose de un azul brillante, antinatural, que escapó desde la herida abierta en su abdomen. El líquido cayó al suelo de la plaza y ardió al contacto, dejando marcas ennegrecidas, humeantes, como si la piedra misma rechazara su existencia.

El olor no fue metálico, sino químico, corrupto.

Los músculos de Lucuis se movieron solos, no como espasmos de muerte, sino como si manos invisibles los moldearan desde dentro. Se contrajeron, se estiraron, se reacomodaron con movimientos imposibles, rompiendo la simetría humana. La piel se tensó hasta el límite, dibujando relieves que no correspondían a ningún cuerpo mortal.

Un crujido más fuerte atravesó toda la plaza.

Desde su espalda, una vértebra comenzó a empujar hacia afuera. La carne se abrió sin sangre roja, solo ese azul incandescente que chorreaba como fuego líquido. El hueso emergió torcido, alargándose, deformándose, hasta convertirse en la estructura incompleta de un ala.

No era hermosa. No era divina.

Era un ala rota.

La sangre que brotaba de ella no caía; tomaba forma. Se estiraba en filamentos que se solidificaban en el aire, adoptando la silueta de plumas irregulares, afiladas, como fragmentos de vidrio azul suspendidos por una voluntad ajena.

El rostro de Lucuis cambió.

Sus ojos, antes abiertos y vacíos, se llenaron de luz. No de vida, sino de ausencia. Un blanco absoluto ocupó sus cuencas, borrando pupilas y humanidad. No miraban; observaban.

La mandíbula se tensó.

Un sonido húmedo acompañó el último gesto humano del cuerpo: los dientes comenzaron a soltarse uno a uno, cayendo al suelo de la plaza con pequeños golpes sordos, como restos inútiles que ya no tenían propósito.

La boca quedó abierta, deformada, incapaz de pronunciar palabra… pero lista para algo mucho peor.

El cuerpo dejó de convulsionar.

No porque la transformación hubiera terminado, sino porque algo ya había tomado el control.

Y bajo la mirada inmóvil de la estatua de Lucifer, todos comprendieron la verdad que nadie se atrevía a decir en voz alta: Lucuis ya no estaba siendo transformado.

Estaba siendo ocupado.

Belial dejó de sonreír.

No de golpe. No con dramatismo.

La expresión simplemente se le borró del rostro, como si alguien hubiera apagado una luz antigua.

Se puso de pie con dificultad, apoyándose en una rodilla. Sus ojos no estaban fijos en la criatura, sino en la forma que había tomado.

—…no —murmuró.

No era miedo. Era reconocimiento.

Apretó los dientes, y por primera vez desde que había comenzado la guerra, su voz sonó tensa.

—Ese cuerpo… —dijo despacio— no debería sostenerlo así.

Lilith levantó la cabeza, jadeando.

—¿Belial…? —alcanzó a decir.

Él no la miró.

—Zaphkiel no descendió como debía —continuó—. Forzó el anclaje.

Sus dedos se cerraron con fuerza.

—Usó un alma como clavo.

El silencio pesó.

Belial levantó la vista hacia la estatua de Lucifer, luego volvió a la criatura.

—Esto no es una encarnación. Es una invasión mal hecha.

Por primera vez, su tono perdió la burla.

—Y eso… —añadió— siempre termina rompiendo algo más que el cuerpo.

El cuerpo se giró.

No fue un movimiento torpe ni errático. Fue preciso, antinaturalmente fluido, como si hubiera aprendido a moverse en ese mismo instante.

Se orientó hacia Abyllie.

Ella lo miró.

No gritó. No retrocedió. No mostró expresión alguna.

No por valentía, sino porque su cuerpo aún no había entendido que debía tener miedo.

El aire alrededor del ser pareció tensarse. La sangre azul dejó de gotear y comenzó a retraerse, absorbiéndose de nuevo bajo la piel como si respondiera a una orden.

Entonces atacó.

El brazo se alzó y el hueso de la mano se extendió con un crujido seco, alargándose más allá de los límites naturales. Los dedos se soldaron entre sí mientras el hueso se afinaba, retorciéndose hasta adoptar la forma de una daga irregular, afilada y blanquecina, todavía manchada de azul.

No hubo advertencia.

La estocada fue directa al pecho.

Buer se movió antes de pensarlo.

No gritó su nombre. No dudó.

Simplemente se interpuso.

El impacto no fue limpio. El hueso-daga atravesó el aire donde un segundo antes estaba Abyllie y se hundió en el costado de Buer con un sonido opaco y brutal. La fuerza del golpe la levantó del suelo.

Abyllie sintió el aire romperse frente a su rostro.

El mundo pareció ralentizarse.

Buer ni siquiera tuvo tiempo de quejarse. La criatura la sujetó con la otra mano, los dedos deformados cerrándose alrededor de su cuerpo como garras mal hechas.

Luego la lanzó.

No como a un enemigo, sino como a un objeto.

El cuerpo de Buer salió despedido y recorrió la plaza en un arco violento hasta estrellarse al pie de la estatua de Lucifer. La piedra antigua resonó al recibirla, y su cuerpo cayó entre fragmentos de mármol y polvo, inmóvil por un segundo eterno.

Ni siquiera el fuego crepitó.

Abyllie seguía de pie.

Ilesa. Temblando.

Frente a ella, el ser giró lentamente la cabeza, ajustando su postura como si evaluara de nuevo el entorno, como si recién estuviera aprendiendo a elegir.

Y esta vez, nadie dudó de una cosa:

Eso ya no estaba probando su fuerza.

Estaba empezando a usarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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