BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 113
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Capítulo 113: Contención
Belial se movió.
No con rabia ni desesperación.
Con la precisión de alguien que había detenido horrores antes.
El suelo se resquebrajó bajo sus pies cuando se lanzó contra la criatura, clavando una mano en su pecho deformado. El impacto liberó una onda seca que hizo vibrar toda la plaza. La sangre azul chisporroteó al contacto, quemándole la piel, pero Belial no retrocedió.
—¡Basta! —rugió.
Por un instante, el cuerpo de Lucuis se detuvo.
Solo un instante.
Luego, la fuerza que respondió no fue resistencia, sino corrección.
El torso se giró con un movimiento brusco, y el brazo monstruoso golpeó a Belial de costado. No fue un golpe limpio, sino una descarga brutal que lo lanzó varios metros atrás, arrancando piedra del suelo y dejándolo de rodillas, jadeando.
Belial escupió sangre.
Y entonces, la risa de Zaphkiel volvió a llenar la plaza.
—¿Eso es todo? —dijo, con una calma casi afectuosa—. ¿De verdad creíste que eso bastaría?
El cuerpo avanzó un paso.
Solo uno.
—No estás peleando contra un recipiente —continuó la voz—. Estás peleando contra una parte de mí… descendida.
Belial apretó los dientes y volvió a levantarse, aunque sus piernas temblaban.
—Tu cuerpo no lo soportará —añadió Zaphkiel, divertido—. Ni siquiera tú, Belial. Y Lilith…
La mirada blanca de la criatura se desvió hacia ella.
—…no podrá moverse por un buen rato.
Zaphkiel rió, bajo, íntimo.
—Vamos. Muéstrame de lo que eres capaz, hermanito.
A unos metros, Abyllie ya estaba junto a Buer. Cayó de rodillas a su lado, con las manos temblorosas, presionando la herida mientras intentaba mantenerla consciente.
—Buer… mírame… por favor…
La sangre seguía fluyendo.
Demasiado rápido.
Más atrás, Iston se había detenido.
Sus ojos se clavaron en el suelo, en la pistola abandonada: el arma experimental. El peso de las palabras de Virgilio regresó a su mente como un martillo.
Esa arma tiene su alma.
Iston la recogió con cuidado, como si pudiera morderlo.
Mientras tanto, Lilith cerró los ojos.
Sabía que Zaphkiel tenía razón.
Su cuerpo estaba roto. Las heridas no cerrarían pronto. No habría tiempo. No habría milagro.
Apretó el puño.
Y tomó una decisión.
Un símbolo ardió en su palma.
Un sello antiguo, profundo, que nunca había sido invocado de esa forma. La marca brilló con un rojo oscuro, y el dolor la obligó a inclinarse hacia adelante, respirando con dificultad.
El sello comenzó a desprenderse de su carne.
No como energía. Como materia.
La luz se deformó, endureciéndose, alargándose hasta tomar forma de arma. No era elegante ni bella; era pesada, marcada por inscripciones antiguas y vivas que latían al ritmo de su corazón.
Lilith extendió el brazo con esfuerzo.
—Belial… —dijo, con la voz rota—. Tómala.
Belial levantó la vista.
Sus ojos se abrieron al verla.
—Lilith… no…
—No hay otra opción —respondió ella, apretando los dientes—. Aguanta.
Belial se incorporó y tomó el arma.
En el instante en que sus dedos la rodearon, el sello respondió. Un pulso recorrió su brazo, antiguo, violento, familiar. El peso no era solo físico, sino una responsabilidad.
Zaphkiel dejó de reír.
Solo un segundo.
—Interesante —murmuró.
Belial se enderezó por completo.
El arma vibró en su mano.
—No voy a ganarte —dijo, mirando a la criatura—. Pero sí voy a detenerte.
El cuerpo giró hacia él.
La sangre azul volvió a filtrarse entre los huesos.
Abyllie gritó el nombre de Buer, Iston apretó el arma con fuerza, y la plaza contuvo la respiración.
Porque ahora no era solo una transformación.
Era un enfrentamiento.
Y esta vez, el costo ya estaba sobre la mesa.
Un pensamiento nació en la mente de Lilith.
¿Por qué estoy haciendo esto…?
La pregunta no llegó con dramatismo, sino con una claridad dolorosa. Sabía la respuesta antes de formularla y, aun así, no pudo evitar sentir el peso de la decisión cerrándose sobre su pecho.
Sabía que podía matarla. Sabía que su alma estaba conectada al sello.
No era un vínculo simbólico ni una metáfora antigua: era real. Cada vez que lo invocaba, algo de ella quedaba marcado, desgastado, arrancado de un lugar que no volvería a cerrarse del todo. Usarlo ahora, en ese estado, no era un riesgo… era una apuesta contra su propia existencia.
Si lo hacía, nadie lo detendría.
No habría equilibrio, ni control, ni posibilidad de contención. El descenso de Zaphkiel no sería rival ante Belial liberado por completo. No quedaría guerra que pelear ni mundo que proteger. Solo ruina, incluso si la victoria llevaba su nombre.
Lilith apretó la mano contra el suelo.
No es por él, se dijo. Es por lo que vendrá después.
Mientras tanto, a unos metros, Buer apenas lograba mantenerse consciente. Cada respiración era un esfuerzo deliberado, como si su cuerpo tuviera que recordar cómo seguir funcionando.
—Abyllie… —murmuró, con la voz quebrada.
Ella se inclinó de inmediato, ignorando el temblor de sus propias manos.
Buer sacó los dos últimos frascos que le quedaban. El vidrio estaba manchado de sangre.
—Es… experimental —dijo—. No sé qué hará después… pero te mantendrá viva.
Abyllie lo miró, entendiendo de inmediato lo que no estaba diciendo.
—¿Los dos? —preguntó.
Buer asintió con dificultad.
—Los dos. Eso detendrá el sangrado… y me mantendrá aquí.
No prometía curación. Solo supervivencia.
Abyllie respiró hondo, preparándose para hacer lo necesario.
En ese instante, todos ellos —Lilith, Belial, Buer, Abyllie— compartieron la misma verdad silenciosa.
No estaban eligiendo la mejor opción. Estaban eligiendo la única que aún no había condenado a todos.
Antes de que la aguja tocara su piel, Buer levantó la mano con dificultad.
Abyllie se detuvo de inmediato.
Él respiró hondo, como si juntar fuerzas para hablar fuera más difícil que soportar el dolor que le atravesaba el cuerpo. Sus ojos buscaron los de ella, no con urgencia, sino con una calma extraña, casi resignada.
—Si… si esto sale mal —dijo en voz baja—, prométeme algo.
Abyllie tragó saliva, sin apartar la jeringa.
—No hables —respondió—. Guarda fuerzas.
Buer negó lentamente.
—Escúchame.
El silencio entre ellos se volvió pesado.
—En mi laboratorio… dejé una bitácora —continuó—. No es solo investigación. Hay cosas ahí que nadie más sabe. Decisiones que tomé… errores que no pude corregir.
Abyllie sintió un nudo en el pecho.
—No digas eso —susurró—. Vas a sobrevivir.
Buer esbozó una sonrisa mínima, cansada.
—Eso espero. Pero si no… quiero que la veas.
Sus dedos temblaron al señalar débilmente en una dirección.
—No está en la superficie. Bajo mi habitación. Hay una entrada sellada; un libro puede abrirla. Nadie más lo reconocerá.
Abyllie asintió, grabando cada palabra.
—La bitácora no está protegida —añadió—. Está frente a mi último experimento.
Respiró con dificultad.
—Ahí está todo lo que no pude decir.
Abyllie bajó la mirada por un instante, apretando la jeringa entre los dedos hasta sentir el vidrio frío contra la palma.
—Te lo prometo —dijo finalmente—. Pero no lo voy a hacer porque falles.
Buer cerró los ojos un segundo.
—Eso… está bien.
Abyllie cargó la medicina. El líquido se deslizó dentro de la jeringa con un sonido suave, casi fuera de lugar en medio del caos.
Cuando volvió a mirarlo, ya no había espacio para más palabras.
Solo para seguir viviendo.
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