BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 115
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 115 - Capítulo 115: Cuando la puerta rechinó
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 115: Cuando la puerta rechinó
El disparo no sonó como un disparo.
Fue más seco. Más cercano. Como si el aire se hubiera partido a la mitad.
El retroceso sacudió el hombro de Iston, pero el dolor no surgió de ahí.
El brazo falló.
No gritó. No tuvo tiempo.
Los dedos se abrieron de golpe, como si alguien hubiera cortado los hilos invisibles que los sostenían. El arma salió despedida, chocó con una piedra, giró sobre sí misma y quedó inmóvil, inútil, ajena.
La sangre apareció después.
Primero una mancha oscura bajo la manga. Luego el calor. Luego el peso.
El brazo colgaba torcido. No roto. Desconectado.
Iston retrocedió sin saber por qué. Su cuerpo ya decidía por él.
—¿Qué…?
Buscó alrededor con la mirada, torpe, fragmentada. El campamento seguía ahí: restos humeantes, metal doblado, cuerpos quietos. Todo igual. Todo distinto.
Entonces la vio.
Avanzaba desde el borde del caos, recortada contra el humo. No corría. No se apresuraba. Cada paso caía con una precisión casi ceremonial, como si el tiempo se hubiera acomodado a su ritmo.
Naqam.
El nombre se le escapó antes de que pudiera pensarlo.
—¡Naqam!
La voz le salió rota, cargada de incredulidad más que de rabia.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Ella no respondió.
No miró el arma en el suelo. No miró la sangre.
Solo siguió acercándose.
Su rostro estaba inmóvil, pero no vacío. Había en él algo peor: decisión. No la que surge del impulso, sino la que se toma después de haber agotado todas las otras opciones.
Iston quiso levantar el brazo herido.
El dolor llegó tarde, pero llegó completo. Lo dobló por dentro, le robó el aire, lo obligó a tensar la mandíbula para no caer de rodillas. Su cuerpo entendía antes que su mente: aquello no era una advertencia.
Era una corrección.
Detrás de ellos, algo se movió.
No fue un rugido. No fue un ataque.
La criatura simplemente cambió.
Su masa dejó de deformarse. Sus extremidades, su peso, su atención comenzaron a reordenarse con una lógica antigua, predatoria. Como si hubiera reconocido una jerarquía distinta.
Belial.
El aire alrededor pareció espesarse. No por magia, sino por expectativa.
Naqam se detuvo a pocos pasos de Iston.
Por primera vez, alzó la mirada más allá de él.
La cacería no había terminado.
Solo había cambiado de centro.
—No dejaré que lo ayudes.
La voz de Naqam no tembló. Eso fue lo que más le dolió a Iston.
—Si lo haces… ya no habrá vuelta atrás. Tú y yo no volveremos a ser cercanos.
Dio un paso más hacia él. No como una amenaza. Como una sentencia.
—No serás el salvador del asesino de mi padre.
El mundo pareció detenerse.
Iston abrió la boca, pero no salió nada. El dolor del brazo seguía ahí, punzante, constante, pero ahora era otra cosa lo que lo mantenía inmóvil. Algo más antiguo. Más profundo.
—Tu padre… —intentó—. Tu padre murió en un incendio. Tú escapaste. Eso fue lo que se dijo.
Naqam lo miró.
No con rabia. Con cansancio.
—Esa fue la versión que le dieron al público.
El humo alrededor pareció cerrarse un poco más. Incluso la criatura, a lo lejos, permanecía inmóvil, como si escuchara.
—Mi padre no murió en un incendio —continuó ella—. Murió a manos de Belial.
El nombre cayó pesado. No como una acusación, sino como una verdad que llevaba años pudriéndose en silencio.
Iston negó apenas con la cabeza, más por reflejo que por convicción.
—Pero tu padre era un clérigo…
No terminó la frase.
El silencio se volvió espeso. Incómodo. Definitivo.
Naqam sostuvo su mirada.
—No era solo un clérigo.
Iston tragó saliva. Algo empezó a encajar, pieza por pieza, con un sonido seco dentro de su cabeza.
—Era un exorcista —dijo él—. ¿Verdad?
Ella no le respondió.
Y en ese instante, Iston supo que había perdido algo que no podría recuperar.
—Y ahora quieres matar a mi maestro… —dijo Naqam—. No puedo dejarte.
Su voz no tembló. Eso fue lo que más dolió.
—Si lo hago, todo lo que intenté cuidar al irme no tendría sentido. Cada decisión… cada silencio… todo se volvería inútil.
Dio un paso más hacia él. Lento. Medido.
—Tú eres lo único que me queda, Iston.
La frase cayó como un peso muerto entre ambos.
—Así que, por favor… deja que todo siga su curso.
Iston intentó responder, pero el aire no le alcanzó. El dolor en el brazo era real, ardiente, pero no se comparaba con lo que esas palabras le estaban arrancando por dentro.
—Él debe morir hoy —continuó Naqam—. Eso es lo que tiene que pasar.
No como amenaza. Como una verdad ya aceptada.
Belial, al ver la escena, se detuvo.
Por primera vez desde que todo había comenzado, no avanzó.
Su pasado lo había alcanzado.
Miró a Lilith desplomada en el suelo, el cuerpo exhausto, el vínculo roto. Vio a Buer sostenido apenas por Abyllie, respirando por pura terquedad. Y luego a Iston, sangrando, de rodillas, mirando a Naqam como si aún buscara una salida que ya no existía.
Todo estaba conectado. Todo lo señalaba.
Belial cerró los ojos un instante.
—Tendré que hacerlo… —murmuró.
Sintió el sello responder dentro de sí, pesado, antiguo, como una herida que nunca termina de cerrar.
—Tendré que usarlo.
Y al abrir los ojos, supo que, pasara lo que pasara después… nadie saldría intacto.
Lilith, con la poca fuerza que le quedaba, alzó la mirada desde el suelo.
El mundo le pesaba demasiado como para incorporarse, pero aun así habló.
—Por favor… Belial… no lo hagas.
Su voz salió rota, casi desarmada.
—La única que logró detenerte fue Biggi. Nadie más pudo hacerlo… nadie. Por favor.
Cada palabra era un esfuerzo. No una súplica heroica, sino el rastro final de alguien que ya había perdido demasiado.
Iston observaba la escena sin comprenderla del todo. Y, al mismo tiempo, entendiéndola demasiado.
Las piezas encajaban… pero no quería aceptarlas. No quería que el sentido tuviera ese precio.
Entonces, una risa.
Virgilio habló para sí mismo, sin dirigirse a nadie en particular.
—Esto se acabó…
Su risa era seca, sin alegría.
—El destino no se puede romper.
Levantó la mirada, como si hablara con algo que no estaba allí.
—A menos que un gobernante tome las riendas.
El silencio se tensó.
—Oh, gran Salomón… —continuó, casi con devoción torcida—. Usa tu poder. Haz brillar el mundo hacia el espiral al que siempre debió ir.
Sus palabras no eran un ruego.
Eran una invitación al colapso.
La puerta negra rechinó.
Virgilio se giró. Supo lo que venía.
En la mente de Iston no hubo palabras. Solo el peso.
La mente de Iston se aclaró.
No fue alivio. Fue una alineación.
Las piezas que antes chocaban entre sí dejaron de hacerlo. El ruido se apagó. El dolor del brazo seguía ahí, pulsante, pero ya no ocupaba el centro. Todo parecía más simple. Más directo.
Más inevitable.
La mirada de Naqam estaba incrustada en él.
No como un recuerdo… sino como una marca.
Había algo distinto en su expresión. No era rabia. No era súplica. Algo más frío. Como si una distancia irreversible se hubiera instalado entre ellos.
Iston inhaló despacio.
El anillo de Salomón respondió.
No con luz inmediata, sino con peso. Un latido antiguo recorrió su mano y subió por su brazo sano, acomodándose en su pecho como una certeza prestada.
Alzó la vista hacia Naqam.
No levantó la voz.
—Cállate.
La palabra no atravesó el aire. Lo aplastó.
El cuerpo de Naqam se tensó de golpe. No cayó. No gritó. Simplemente se quedó quieta, como si algo dentro de ella hubiera dejado de obedecerle. La respiración se le trabó a medio camino; por primera vez, el mundo no respondió a su voluntad.
Iston avanzó un paso.
No había prisa en él.
—Me dejaste —continuó—. En el único momento en que no sabía cómo seguir.
Su voz era pareja. Demasiado.
—Elegiste un camino. No miraste atrás. No preguntaste si yo podía sostener lo que quedaba.
La observó con detenimiento, como si recién ahora la viera completa.
—No esperes que yo haga algo distinto.
El anillo vibró, apenas.
—Hablas de curso… de lo que debe pasar —dijo—. Pero tu “deber” siempre termina donde comienza lo que te importa.
Se inclinó un poco hacia ella.
—Matas si el camino lo exige. Callas si conviene. Desapareces cuando duele.
Hizo una pausa.
—Y cuando alguien más corta ese camino… vienes a pedir que se detenga.
La mirada de Iston se endureció.
—Eso no es moralidad, Naqam. Es costumbre.
El silencio a su alrededor se volvió espeso.
—Dices que no puedes dejarme —añadió—. Pero ya lo hiciste una vez.
La última frase cayó sin énfasis.
—Como hiciste con tu padre.
No fue un grito. Fue una llave girando.
El cuerpo de Naqam permaneció inmóvil, pero algo en su expresión se quebró, apenas. No lágrimas. No rabia.
Reconocimiento.
Iston se erguió.
—Esto ya no se trata de a quién salvar —dijo—. Se trata de quién decide.
El anillo brilló, al fin.
Y el mundo, a su alrededor, entendió que el centro había cambiado.
—Ahora quédate quieta —dijo Iston—. Debo terminar lo que interrumpiste.
El cuerpo de Naqam no respondió.
Intentó moverse. Primero un dedo. Luego el hombro. Nada. Era como empujar contra una pared invisible que no ofrecía resistencia… solo negación. Algo ajeno a ella, algo más antiguo, mantenía cada músculo en su lugar.
La voluntad estaba intacta. El cuerpo no.
Un hilo de voz logró escapar de su garganta, quebrado, casi ajeno a su propia boca.
—Por favor… no. Esto no… no debe suceder así.
Iston no la miró.
No porque no pudiera. Porque ya no era necesario.
—Si no debe suceder así —respondió—, entonces seré yo quien gobierne el destino.
Las palabras no buscaron convencer. Se instalaron.
Iston caminó hacia el arma caída. Cada paso era firme, medido, como si el suelo mismo le ofreciera el camino. Se inclinó, tomó el metal aún tibio y lo sostuvo con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido a su mano.
Alzó la vista hacia Belial.
El demonio seguía inmóvil.
No luchando. No resistiendo. Suspendido en un trance profundo, atrapado entre lo que había sido y lo que estaba a punto de desatar.
Iston esperó.
Un segundo. Dos.
Nada.
Entonces lo entendió.
Belial no necesitaba órdenes. Necesitaba una señal.
Una confirmación de que todo seguía bajo control. De que el mundo aún obedecía a alguien.
Iston ajustó el agarre.
El disparo no era para matar. Ni siquiera para herir.
Era un mensaje.
El estruendo rompería el silencio. Le diría a Belial —y a todos— que la decisión ya había sido tomada.
Que el curso no se había detenido.
Que alguien, al fin, había tomado las riendas.
Iston alzó el arma.
No apuntó a Naqam. No apuntó a Belial.
El cañón se alineó con la criatura.
No había duda en el gesto. No había prisa. Solo la certeza de que ese sonido tenía que existir.
Apretó el gatillo.
El disparo atravesó el aire y se incrustó en la masa informe. No fue un impacto limpio. La carne cedió como barro húmedo, abriéndose alrededor del proyectil antes de cerrarse de nuevo, tragándoselo.
La criatura reaccionó.
No con dolor. Con reconocimiento.
Su cuerpo se tensó. Las extremidades se afirmaron contra el suelo. La forma dejó de fluctuar y el peso se redistribuyó como si algo dentro de ella hubiera recibido una orden clara.
La jerarquía había sido marcada.
Belial exhaló.
No un suspiro. Un regreso.
Sus ojos se enfocaron. El trance se quebró como vidrio bajo presión.
El sello respondió.
No brilló. Pesó.
El aire descendió varios grados. El suelo vibró apenas, como si algo antiguo hubiera vuelto a acomodarse en su lugar.
Naqam sintió el cambio antes de comprenderlo.
La fuerza que la mantenía inmóvil no desapareció… se endureció. Ya no era contención. Era decisión ajena.
Iston no bajó el arma.
—Ahora todo sigue su curso —dijo, sin elevar la voz.
La criatura avanzó.
Esta vez, no por instinto.
Por mandato.
En la habitación del cielo, el tablero volvió a moverse.
No hubo estruendo. No hubo señal.
El desplazamiento fue mínimo, casi insignificante. Una pieza avanzó una sola casilla, pero el espacio reaccionó como si una ley antigua hubiera sido invocada. Algo, en el fondo del mundo, se reacomodó sin comprender por qué.
El ser que observaba lo supo al instante.
Por fin, el rey se había movido.
—Mi destino está escrito —pensó, sin emoción—. Y el suyo también.
No lo dijo con alivio. No lo dijo con orgullo.
Lo dijo como se acepta una verdad que ya no necesita ser cuestionada.
El rey era la pieza correcta. No la más poderosa. No la más temida. La única capaz de alterar el curso sin romper el tablero demasiado pronto. El único que podía avanzar sin que el mundo entendiera que ya estaba perdiendo.
—Él será quien lo logre.
No había duda en esa afirmación. Solo consecuencia.
A partir de ahora, todo tomaría su curso. No el curso natural, ni el justo, ni el deseado. El curso inevitable que nace cuando una voluntad decide gobernar en lugar de obedecer.
Cada decisión del rey cambiaría el mundo.
No de inmediato. No de forma visible.
Algunas elecciones parecerían errores. Otras, actos de crueldad innecesaria. Muchas serían confundidas con destino. Pero todas empujarían la realidad hacia un punto del que ya no habría retorno.
El testigo permaneció inmóvil.
—Yo no intervendré —se recordó—. No como antes.
Ya había guiado su destino una vez. Un solo ajuste. Un desvío leve. Suficiente para evitar el colapso prematuro… y permitir algo peor, algo más profundo.
Ahora no debía empujar.
Debía guiar.
Llevar las riendas sin que el rey sintiera el tirón. Sugerir caminos sin nombrarlos. Quitar obstáculos sin que nadie notara su ausencia. Permitir que el error ocurriera, siempre que condujera al lugar correcto.
—Yo solo seré el testigo —aceptó—. Y el guardián del sendero.
El tablero respondió con un leve temblor. Otras piezas parecieron tensarse, como si comprendieran que ya no eran el centro del juego.
Por fin.
Este mundo cambiaría.
No porque fuera salvado. No porque fuera destruido.
Sino porque alguien, al fin, había decidido gobernar su destino.
Y esta vez, nadie lo detendría.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com