BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 116
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Capítulo 116: Rey sin corona
La mente de Iston se aclaró.
No fue alivio. Fue una alineación.
Las piezas que antes chocaban entre sí dejaron de hacerlo. El ruido se apagó. El dolor del brazo seguía ahí, pulsante, pero ya no ocupaba el centro. Todo parecía más simple. Más directo.
Más inevitable.
La mirada de Naqam estaba incrustada en él.
No como un recuerdo… sino como una marca.
Había algo distinto en su expresión. No era rabia. No era súplica. Algo más frío. Como si una distancia irreversible se hubiera instalado entre ellos.
Iston inhaló despacio.
El anillo de Salomón respondió.
No con luz inmediata, sino con peso. Un latido antiguo recorrió su mano y subió por su brazo sano, acomodándose en su pecho como una certeza prestada.
Alzó la vista hacia Naqam.
No levantó la voz.
—Cállate.
La palabra no atravesó el aire. Lo aplastó.
El cuerpo de Naqam se tensó de golpe. No cayó. No gritó. Simplemente se quedó quieta, como si algo dentro de ella hubiera dejado de obedecerle. La respiración se le trabó a medio camino; por primera vez, el mundo no respondió a su voluntad.
Iston avanzó un paso.
No había prisa en él.
—Me dejaste —continuó—. En el único momento en que no sabía cómo seguir.
Su voz era pareja. Demasiado.
—Elegiste un camino. No miraste atrás. No preguntaste si yo podía sostener lo que quedaba.
La observó con detenimiento, como si recién ahora la viera completa.
—No esperes que yo haga algo distinto.
El anillo vibró, apenas.
—Hablas de curso… de lo que debe pasar —dijo—. Pero tu “deber” siempre termina donde comienza lo que te importa.
Se inclinó un poco hacia ella.
—Matas si el camino lo exige. Callas si conviene. Desapareces cuando duele.
Hizo una pausa.
—Y cuando alguien más corta ese camino… vienes a pedir que se detenga.
La mirada de Iston se endureció.
—Eso no es moralidad, Naqam. Es costumbre.
El silencio a su alrededor se volvió espeso.
—Dices que no puedes dejarme —añadió—. Pero ya lo hiciste una vez.
La última frase cayó sin énfasis.
—Como hiciste con tu padre.
No fue un grito. Fue una llave girando.
El cuerpo de Naqam permaneció inmóvil, pero algo en su expresión se quebró, apenas. No lágrimas. No rabia.
Reconocimiento.
Iston se erguió.
—Esto ya no se trata de a quién salvar —dijo—. Se trata de quién decide.
El anillo brilló, al fin.
Y el mundo, a su alrededor, entendió que el centro había cambiado.
—Ahora quédate quieta —dijo Iston—. Debo terminar lo que interrumpiste.
El cuerpo de Naqam no respondió.
Intentó moverse. Primero un dedo. Luego el hombro. Nada. Era como empujar contra una pared invisible que no ofrecía resistencia… solo negación. Algo ajeno a ella, algo más antiguo, mantenía cada músculo en su lugar.
La voluntad estaba intacta. El cuerpo no.
Un hilo de voz logró escapar de su garganta, quebrado, casi ajeno a su propia boca.
—Por favor… no. Esto no… no debe suceder así.
Iston no la miró.
No porque no pudiera. Porque ya no era necesario.
—Si no debe suceder así —respondió—, entonces seré yo quien gobierne el destino.
Las palabras no buscaron convencer. Se instalaron.
Iston caminó hacia el arma caída. Cada paso era firme, medido, como si el suelo mismo le ofreciera el camino. Se inclinó, tomó el metal aún tibio y lo sostuvo con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido a su mano.
Alzó la vista hacia Belial.
El demonio seguía inmóvil.
No luchando. No resistiendo. Suspendido en un trance profundo, atrapado entre lo que había sido y lo que estaba a punto de desatar.
Iston esperó.
Un segundo. Dos.
Nada.
Entonces lo entendió.
Belial no necesitaba órdenes. Necesitaba una señal.
Una confirmación de que todo seguía bajo control. De que el mundo aún obedecía a alguien.
Iston ajustó el agarre.
El disparo no era para matar. Ni siquiera para herir.
Era un mensaje.
El estruendo rompería el silencio. Le diría a Belial —y a todos— que la decisión ya había sido tomada.
Que el curso no se había detenido.
Que alguien, al fin, había tomado las riendas.
Iston alzó el arma.
No apuntó a Naqam. No apuntó a Belial.
El cañón se alineó con la criatura.
No había duda en el gesto. No había prisa. Solo la certeza de que ese sonido tenía que existir.
Apretó el gatillo.
El disparo atravesó el aire y se incrustó en la masa informe. No fue un impacto limpio. La carne cedió como barro húmedo, abriéndose alrededor del proyectil antes de cerrarse de nuevo, tragándoselo.
La criatura reaccionó.
No con dolor. Con reconocimiento.
Su cuerpo se tensó. Las extremidades se afirmaron contra el suelo. La forma dejó de fluctuar y el peso se redistribuyó como si algo dentro de ella hubiera recibido una orden clara.
La jerarquía había sido marcada.
Belial exhaló.
No un suspiro. Un regreso.
Sus ojos se enfocaron. El trance se quebró como vidrio bajo presión.
El sello respondió.
No brilló. Pesó.
El aire descendió varios grados. El suelo vibró apenas, como si algo antiguo hubiera vuelto a acomodarse en su lugar.
Naqam sintió el cambio antes de comprenderlo.
La fuerza que la mantenía inmóvil no desapareció… se endureció. Ya no era contención. Era decisión ajena.
Iston no bajó el arma.
—Ahora todo sigue su curso —dijo, sin elevar la voz.
La criatura avanzó.
Esta vez, no por instinto.
Por mandato.
En la habitación del cielo, el tablero volvió a moverse.
No hubo estruendo. No hubo señal.
El desplazamiento fue mínimo, casi insignificante. Una pieza avanzó una sola casilla, pero el espacio reaccionó como si una ley antigua hubiera sido invocada. Algo, en el fondo del mundo, se reacomodó sin comprender por qué.
El ser que observaba lo supo al instante.
Por fin, el rey se había movido.
—Mi destino está escrito —pensó, sin emoción—. Y el suyo también.
No lo dijo con alivio. No lo dijo con orgullo.
Lo dijo como se acepta una verdad que ya no necesita ser cuestionada.
El rey era la pieza correcta. No la más poderosa. No la más temida. La única capaz de alterar el curso sin romper el tablero demasiado pronto. El único que podía avanzar sin que el mundo entendiera que ya estaba perdiendo.
—Él será quien lo logre.
No había duda en esa afirmación. Solo consecuencia.
A partir de ahora, todo tomaría su curso. No el curso natural, ni el justo, ni el deseado. El curso inevitable que nace cuando una voluntad decide gobernar en lugar de obedecer.
Cada decisión del rey cambiaría el mundo.
No de inmediato. No de forma visible.
Algunas elecciones parecerían errores. Otras, actos de crueldad innecesaria. Muchas serían confundidas con destino. Pero todas empujarían la realidad hacia un punto del que ya no habría retorno.
El testigo permaneció inmóvil.
—Yo no intervendré —se recordó—. No como antes.
Ya había guiado su destino una vez. Un solo ajuste. Un desvío leve. Suficiente para evitar el colapso prematuro… y permitir algo peor, algo más profundo.
Ahora no debía empujar.
Debía guiar.
Llevar las riendas sin que el rey sintiera el tirón. Sugerir caminos sin nombrarlos. Quitar obstáculos sin que nadie notara su ausencia. Permitir que el error ocurriera, siempre que condujera al lugar correcto.
—Yo solo seré el testigo —aceptó—. Y el guardián del sendero.
El tablero respondió con un leve temblor. Otras piezas parecieron tensarse, como si comprendieran que ya no eran el centro del juego.
Por fin.
Este mundo cambiaría.
No porque fuera salvado. No porque fuera destruido.
Sino porque alguien, al fin, había decidido gobernar su destino.
Y esta vez, nadie lo detendría.
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