Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 117

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 117 - Capítulo 117: Eclipse
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 117: Eclipse

Belial escuchó el disparo.

No como un sonido, sino como una llamada.

Abrió los ojos.

El mundo volvió de golpe, sin transición amable. El aire seguía denso, cargado de restos y decisiones recientes. Vio a Iston con el arma aún alzada y el brazo firme a pesar del daño. Vio a la criatura convulsionando en el suelo, retorciéndose sobre sí misma, como si la bala no la hubiera herido, sino desordenado algo más profundo: la jerarquía.

Belial no se movió de inmediato. Dentro de él, el sello seguía ahí, presente y abierto a medias, un peso antiguo apoyado sobre su voluntad, esperando la orden final. Durante un instante —solo uno— comprendió lo cerca que había estado de romperlo todo. Y entonces entendió otra cosa: no iba a ser necesario.

Iston disparó de nuevo. El segundo impacto no buscó precisión quirúrgica, sino continuidad. El proyectil atravesó la masa cambiante y esta vez la reacción fue distinta. No hubo resistencia. No hubo adaptación. Hubo fallo.

La criatura emitió un sonido que no era un grito, sino un colapso interno, como si múltiples formas intentaran existir al mismo tiempo dentro del mismo espacio. Su cuerpo dejó de responder a una sola lógica. Donde antes se reorganizaba, ahora se deshacía.

Carne que no lograba decidir qué ser. Hueso que aparecía y desaparecía. Extremidades que nacían solo para romperse al instante.

No estaba muriendo. Estaba perdiendo la capacidad de mantener una forma.

Belial observó sin intervenir. Cada sacudida de la criatura le confirmaba lo que ya sentía: no estaba soportando la orden. La jerarquía impuesta era demasiado estable para algo que había existido siempre en el caos. No podía evolucionar bajo mandato.

O se adaptaba por completo… o se rompía.

Algo dentro de Belial se relajó. No fue un alivio abierto, sino la retirada silenciosa de una tensión que llevaba demasiado tiempo cargando. El sello seguía allí, latente, pero ya no empujaba. No había tenido que entregarlo todo. No había tenido que perder lo último que conservaba intacto para ganar este enfrentamiento.

Por eso, sin quererlo del todo, sintió gratitud hacia Iston. No dijo nada. No lo miró siquiera. Pero permaneció alerta, cada fibra preparada para actuar si la criatura encontraba una nueva forma de sostenerse. El sello podía abrirse en cualquier segundo. Belial no se permitiría dudar dos veces.

La criatura convulsionó una última vez. Su masa se expandió y luego se contrajo, como si intentara elegir una forma definitiva, fallando en cada intento. El suelo bajo ella se resquebrajó. Fragmentos de su propio cuerpo cayeron, incapaces de reintegrarse.

No hubo explosión. Hubo quiebre.

El cuerpo colapsó sobre sí mismo, desarmándose en restos informes que ya no respondían a ningún impulso. No muerte. No derrota. Disolución.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No era tensión. Era consecuencia.

Belial exhaló despacio. El sello se cerró un poco más, sin desaparecer. No por decisión consciente, sino porque el mundo —por ahora— ya no exigía su sacrificio.

Todavía no.

Y mientras los restos de la criatura terminaban de asentarse, Belial supo algo con claridad inquietante: esto no había sido el final de nada. Había sido una confirmación. Iston no solo había tomado una decisión; había demostrado que podía sostenerla. Y eso… eso cambiaba el equilibrio de todo lo que vendría.

Antes de que pudiera volver a disparar, el cuerpo de Iston cedió. No fue un colapso dramático. Fue un apagarse.

El anillo perdió brillo de golpe, como si hubiera soltado algo que no estaba diseñado para sostener tanto tiempo. La lucidez se resquebrajó y, sin aviso, sus piernas fallaron. El arma cayó de su mano y golpeó el suelo con un sonido hueco.

Iston se desplomó. No inconsciente por el dolor, sino por el peso del poder que había forzado a atravesarlo. El mundo, por un instante, dejó de existir para él.

Pero ya no importaba. La criatura no podía sostenerse. Algo en su interior había cambiado de forma irreversible. No una herida. No un daño acumulado. Una inversión.

La carne comenzó a darse vuelta sobre sí misma, como si su estructura interna hubiera sido negada. Todo rastro de Lucius —nombre, identidad, forma— fue borrado sin ceremonia. No quedaba nada reconocible.

Solo carne viva.

Carne abierta, expuesta, palpitante.

La sangre azul brotaba sin dirección, hirviendo en contacto con el aire, liberando un miasma espeso que se arrastraba por el suelo. Donde tocaba, la piedra se ablandaba. El metal se deformaba. La tierra se ennegrecía.

Nada podía coexistir con aquello.

La criatura ya no intentaba reconstruirse. Solo colapsar.

Naqam sintió cuando el control la abandonó. No cayó. No se desplomó. Simplemente volvió a habitar su cuerpo.

El mundo regresó de golpe, y con él, la visión de su maestro deshaciéndose frente a sus ojos. No como una ejecución. No como un castigo. Como un fracaso del mundo mismo.

No dudó. Corrió. Cada paso fue una quemadura. La sangre azul le mordía la piel, el miasma le arrancaba capas de carne, pero Naqam no se detuvo. No había miedo en ella. Solo urgencia.

Llegó hasta él. Hasta lo que quedaba. Lo abrazó. No como se abraza a alguien que puede salvarse, sino como se abraza a quien no debe morir solo. La carne viva ardía contra su pecho, el dolor la atravesaba sin permiso, pero aun así lo sostuvo.

Por primera vez, no lo soltó.

—Perdón… —susurró, con la voz rota—. Perdón por llegar tarde.

El cuerpo de su maestro se estremeció.

—Espero… poder ser tu heredera —continuó—. Estar a la altura de lo que fuiste.

El miasma se agitó. Entre el dolor y el colapso, una voz emergió. No clara. No completa. Arrastrada desde un lugar donde el lenguaje ya no pertenecía al cuerpo.

—Sí… lo serás… hija mía…

Cada palabra parecía costarle una eternidad.

—Serás… mejor…

No hubo más. El cuerpo dejó de resistir. La carne comenzó a retraerse, endureciéndose, perdiendo todo rastro de tejido vivo. No como una petrificación, sino como una negación. Como si el mundo mismo rechazara permitirle una forma final.

En segundos, lo que había sido la criatura se convirtió en hueso puro.

Blanco. Seco. Silencioso.

Sin rostro. Sin nombre.

Como si nunca hubiera tenido derecho a existir de otra manera.

Naqam permaneció allí, arrodillada, abrazando lo que quedaba, mientras el miasma se disipaba lentamente, dejando tras de sí un campo marcado para siempre.

No hubo victoria.

Solo cierre.

Naqam miró a Iston. No hubo odio en su mirada. Tampoco perdón. Solo entendimiento.

Vio el temblor leve en su cuerpo, el arma caída, la inconsciencia que lo había vuelto frágil por primera vez. Supo, sin necesidad de pensarlo, que podía matarlo ahí mismo. Que nadie la detendría. Que el mundo incluso lo justificaría.

No lo hizo.

Porque ya había perdido suficiente.

Se agachó y tomó el esqueleto de su maestro. Los huesos aún conservaban calor, no físico, sino algo más profundo, como si la historia que habían sostenido se negara a desaparecer del todo. Lo acomodó contra su cuerpo con cuidado, casi con torpeza, como quien no quiere aceptar que ya no hay respuesta al tacto.

Se puso de pie.

Cada músculo le dolía. Cada herida ardía. Pero no se detuvo.

Antes de marcharse, se giró.

Belial seguía allí.

No triunfante. No derrotado.

Presente.

Naqam sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.

—Esta batalla es de ustedes —dijo.

No alzó la voz. No hizo falta.

—Pero esto es solo el inicio.

El viento del amanecer comenzó a moverse entre los restos del campo.

—Y tú… —añadió— caerás por mi mano algún día.

No fue una promesa hecha desde la rabia. Fue una certeza tranquila. Una deuda aceptada.

Luego se dio la vuelta.

El sol empezaba a romper el horizonte, derramando una luz pálida sobre la destrucción, como si el mundo intentara fingir que algo nuevo comenzaba. Naqam caminó hacia esa claridad sin ser detenida, sin que nadie se atreviera a llamarla.

Avanzó cargando el cuerpo de su maestro.

No como un símbolo. No como un trofeo.

Sino como lo único que aún le quedaba.

Y mientras el día nacía, ella se alejaba, dejando atrás una batalla que había terminado… y una guerra que apenas comenzaba.

Mi maestro está muerto.

Yo sigo en pie, pero no intacta.

Cada decisión que tomé hasta llegar aquí estalló en mi rostro. No por error, no por torpeza… sino porque el mundo estaba torcido desde antes. La venganza no era el camino. Nunca lo fue. Y, aun así, algo dentro de mí la deseaba como si fuera aire.

No es eso lo que está mal.

El mundo está mal.

Mi viejo amigo me entregó. Caminó junto al asesino de mi padre y, aun así, cuando pienso en él, mi mano duda. Quiero odiarlo. Quiero romperlo. Y al mismo tiempo… quiero perdonarlo.

Eso me enferma.

Eso me enfurece.

No sé si soy débil o si el recuerdo de lo que fui con él aún me sostiene el pulso. Tal vez ambas cosas. Tal vez ninguna.

Odio este mundo.

Odio lo que permite.

Odio lo fácil que es perderlo todo sin haber elegido perder.

Quiero que el mundo sepa que algo estaba mal. Que el mal no debe ganar solo porque sabe esperar. Que, si para detenerlo debo convertirme en una lanza, entonces que así sea, aunque el impacto me destruya.

Pero no lo sé.

No todavía.

Estos huesos en mis manos pesan más que el odio. No me empujan a la venganza. Me recuerdan el costo. Me recuerdan que alguien creyó en mí incluso cuando yo no sabía quién era.

No caminaré el camino que me ofrecieron.

Caminaré el que elegí.

Aunque sangre.

Aunque duela.

Cuando sus pasos volvieron a resonar en el mundo real, Naqam cruzó el límite de la ciudad fantasmal. No hubo luz ni ceremonia: solo el aire frío y la certeza de haber salido… aunque no entera.

Ezequiel fue el primero en verla. Se quedó inmóvil.

El miedo no le nació por el esqueleto que llevaba, sino por ella.

La sangre azul había hecho su trabajo. El ácido había devorado parte de su carne; los brazos estaban expuestos, ennegrecidos, aún humeantes. Un vapor químico se desprendía de las heridas como si el daño siguiera ocurriendo por pura inercia. Naqam no reaccionaba. Caminaba porque todavía podía.

Ezequiel corrió hacia ella sin pensar. Manos temblorosas, palabras atropelladas, primeros auxilios inútiles ante algo que no entendía del todo.

—¿De quién es…? —preguntó, mirando los restos que ella sostenía como si fueran parte de su propio cuerpo.

Naqam alzó la vista. No había rabia. No había tristeza visible. Solo cansancio.

—Es Lucius.

El nombre cayó como una losa.

—Belial estaba en la ciudad —continuó—. Hubo una batalla. Lucius murió allí.

Ezequiel se quedó sin palabras. No preguntó cómo. No preguntó por qué. Lo entendió todo en el silencio que siguió.

Naqam dio un paso más, firme a pesar del dolor.

—Hay que dar aviso al Vaticano —dijo—. Esto ya no se puede ocultar.

Miró hacia el horizonte, donde el mundo seguía intacto, ignorante.

—Es hora de luchar —añadió—. Y de continuar el legado de Lucius.

No sonó como una promesa. Sonó como una sentencia.

Cuando Ezequiel ordenó que retiraran el cuerpo, no lo hizo en voz alta. No hizo falta.

Uno de los clérigos sobrevivientes se acercó en silencio, con el rostro endurecido por el cansancio, y cubrió los restos de Lucius con una manta gruesa, demasiado común para alguien que había cargado con tanto. El gesto fue torpe, casi irrespetuoso, no por falta de intención, sino porque nadie allí estaba preparado para despedirlo.

El cuerpo ya no tenía peso humano. Solo historia.

—Prioridad a ella —dijo Ezequiel entonces, sin apartar la vista de Naqam.

El clérigo asintió y se llevó el cuerpo, mientras Ezequiel se arrodillaba frente a ella. Al principio trabajó con rapidez, con la mecánica precisa de quien ha hecho esto demasiadas veces. Cortó restos de tela, limpió lo superficial, buscó pulso, reacción, señales básicas de vida.

Fue al retirar los restos ennegrecidos de la piel cuando se detuvo.

No dijo nada.

Sus dedos tocaron carne que no reaccionó. Nervios muertos. El daño no era superficial; había atravesado capas, había cocinado lo que debía transmitir dolor. Más abajo, los tendones estaban seccionados, retraídos como cuerdas rotas. Y aun así, el daño no había terminado.

De las zonas expuestas seguía saliendo un humo tenue, azulado, químico. La sangre azul no había terminado de actuar.

—Esto… —murmuró, más para sí mismo que para ella.

Ezequiel entendió entonces que las heridas eran mucho más graves de lo que Naqam había permitido ver. No era resistencia. Era negación pura. Su cuerpo estaba perdiendo la batalla con retraso.

La miró. Ella estaba consciente. Demasiado consciente. Sus ojos no temblaban. No buscaban auxilio. Lo observaban con una calma agotada, como si ya hubiera aceptado todas las posibilidades.

—No te detengas —dijo Naqam, con voz baja—. Haz lo que puedas.

Ezequiel apretó la mandíbula y continuó, aplicando sellos de contención, improvisando barreras para frenar el avance del ácido interno. Cada movimiento era preciso, pero ahora había algo más: urgencia contenida.

—Puede que no sobrevivas —dijo al fin, sin rodeos.

Naqam no reaccionó.

—Lo sé.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado.

Ella desvió la mirada apenas, hacia donde habían llevado el cuerpo de su maestro.

—Ahora hay que desarrollar el informe —continuó—. El Vaticano debe saberlo todo. Sin omisiones.

Ezequiel levantó la vista, sorprendido por la frialdad con la que hablaba.

—Y da aviso a Michael —añadió—. Es momento de empezar nuestro movimiento.

No “el suyo”. Nuestro.

Ezequiel la observó un segundo más largo de lo necesario.

—Naqam…

—No —lo interrumpió—. Escúchame.

Sus labios estaban pálidos. Su respiración, irregular. Pero su voz seguía firme.

—Lucius murió aquí. Belial estaba en la ciudad. Murió en batalla.

No había rencor en sus palabras. Solo hechos.

—Y ahora dime algo —dijo, volviendo a mirarlo—. ¿Cuántos quedamos?

Ezequiel tardó un instante en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla la volvía real.

—Muchos murieron —dijo al fin—. Demasiados.

Hizo una pausa breve.

—Quedamos dieciocho —dijo Ezequiel mientras presionaba la herida—. Quince clérigos… y solo nosotros los elegidos por Lucius.

Naqam cerró los ojos un segundo. No por dolor. Por peso.

—Entonces nos toca seguir el camino —murmuró.

Ezequiel no respondió. Siguió trabajando, sellando, estabilizando, intentando ganar tiempo donde el mundo ya había decidido otra cosa. Pero entendió algo en ese momento: aunque Naqam sobreviviera, nada volvería a ser igual.

No para ella.

No para ellos.

No para el mundo que Lucius había intentado sostener.

Y mientras el cuerpo de su maestro reposaba envuelto en una manta sin nombre, el amanecer terminó de instalarse sobre las ruinas.

No trajo paz.

No trajo consuelo.

Solo claridad.

Ezequiel siguió trabajando en silencio, sellando lo que podía, conteniendo lo inevitable. Cada gesto era técnico, preciso, pero su mente ya no estaba allí. Estaba en lo que venía. En lo que ahora era inevitable.

Naqam respiraba con dificultad, pero no perdió la consciencia. No se permitió hacerlo. Sabía que dormir era ceder terreno, y no quedaba terreno que regalar.

A su alrededor, los clérigos se movían con una obediencia distinta. No era disciplina. Era vacío. La ausencia de Lucius había dejado algo más que dolor: había dejado un espacio que exigía ser ocupado.

Nadie lo dijo en voz alta. Nadie lo necesitó.

No estaban preparando un funeral.

Estaban reorganizando el mundo que él había sostenido.

El informe al Vaticano no sería una súplica. Sería un aviso.

Belial había estado allí.

Lucius había muerto.

El equilibrio se había roto.

Y ahora quedaban dieciocho.

Quince para sostener lo que aún podía mantenerse.

Tres para decidir qué debía caer.

Naqam abrió los ojos una última vez antes de que el cansancio la reclamara. No buscó a Ezequiel. No buscó al cuerpo de su maestro. Miró hacia adelante, hacia un punto que aún no existía, pero que ya sentía como destino.

Si sobrevivía, nada volvería a ser como antes.

Si no, otros caminarían sobre lo que ella había dejado marcado.

De cualquier forma, el legado de Lucius no sería enterrado.

Sería puesto a prueba.

Y mientras el sol terminaba de elevarse, el mundo seguía girando, ignorante de que no había amanecido un nuevo día…

Había comenzado una sucesión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo