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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 118

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Capítulo 118: Los huesos del legado

Mi maestro está muerto.

Yo sigo en pie, pero no intacta.

Cada decisión que tomé hasta llegar aquí estalló en mi rostro. No por error, no por torpeza… sino porque el mundo estaba torcido desde antes. La venganza no era el camino. Nunca lo fue. Y, aun así, algo dentro de mí la deseaba como si fuera aire.

No es eso lo que está mal.

El mundo está mal.

Mi viejo amigo me entregó. Caminó junto al asesino de mi padre y, aun así, cuando pienso en él, mi mano duda. Quiero odiarlo. Quiero romperlo. Y al mismo tiempo… quiero perdonarlo.

Eso me enferma.

Eso me enfurece.

No sé si soy débil o si el recuerdo de lo que fui con él aún me sostiene el pulso. Tal vez ambas cosas. Tal vez ninguna.

Odio este mundo.

Odio lo que permite.

Odio lo fácil que es perderlo todo sin haber elegido perder.

Quiero que el mundo sepa que algo estaba mal. Que el mal no debe ganar solo porque sabe esperar. Que, si para detenerlo debo convertirme en una lanza, entonces que así sea, aunque el impacto me destruya.

Pero no lo sé.

No todavía.

Estos huesos en mis manos pesan más que el odio. No me empujan a la venganza. Me recuerdan el costo. Me recuerdan que alguien creyó en mí incluso cuando yo no sabía quién era.

No caminaré el camino que me ofrecieron.

Caminaré el que elegí.

Aunque sangre.

Aunque duela.

Cuando sus pasos volvieron a resonar en el mundo real, Naqam cruzó el límite de la ciudad fantasmal. No hubo luz ni ceremonia: solo el aire frío y la certeza de haber salido… aunque no entera.

Ezequiel fue el primero en verla. Se quedó inmóvil.

El miedo no le nació por el esqueleto que llevaba, sino por ella.

La sangre azul había hecho su trabajo. El ácido había devorado parte de su carne; los brazos estaban expuestos, ennegrecidos, aún humeantes. Un vapor químico se desprendía de las heridas como si el daño siguiera ocurriendo por pura inercia. Naqam no reaccionaba. Caminaba porque todavía podía.

Ezequiel corrió hacia ella sin pensar. Manos temblorosas, palabras atropelladas, primeros auxilios inútiles ante algo que no entendía del todo.

—¿De quién es…? —preguntó, mirando los restos que ella sostenía como si fueran parte de su propio cuerpo.

Naqam alzó la vista. No había rabia. No había tristeza visible. Solo cansancio.

—Es Lucius.

El nombre cayó como una losa.

—Belial estaba en la ciudad —continuó—. Hubo una batalla. Lucius murió allí.

Ezequiel se quedó sin palabras. No preguntó cómo. No preguntó por qué. Lo entendió todo en el silencio que siguió.

Naqam dio un paso más, firme a pesar del dolor.

—Hay que dar aviso al Vaticano —dijo—. Esto ya no se puede ocultar.

Miró hacia el horizonte, donde el mundo seguía intacto, ignorante.

—Es hora de luchar —añadió—. Y de continuar el legado de Lucius.

No sonó como una promesa. Sonó como una sentencia.

Cuando Ezequiel ordenó que retiraran el cuerpo, no lo hizo en voz alta. No hizo falta.

Uno de los clérigos sobrevivientes se acercó en silencio, con el rostro endurecido por el cansancio, y cubrió los restos de Lucius con una manta gruesa, demasiado común para alguien que había cargado con tanto. El gesto fue torpe, casi irrespetuoso, no por falta de intención, sino porque nadie allí estaba preparado para despedirlo.

El cuerpo ya no tenía peso humano. Solo historia.

—Prioridad a ella —dijo Ezequiel entonces, sin apartar la vista de Naqam.

El clérigo asintió y se llevó el cuerpo, mientras Ezequiel se arrodillaba frente a ella. Al principio trabajó con rapidez, con la mecánica precisa de quien ha hecho esto demasiadas veces. Cortó restos de tela, limpió lo superficial, buscó pulso, reacción, señales básicas de vida.

Fue al retirar los restos ennegrecidos de la piel cuando se detuvo.

No dijo nada.

Sus dedos tocaron carne que no reaccionó. Nervios muertos. El daño no era superficial; había atravesado capas, había cocinado lo que debía transmitir dolor. Más abajo, los tendones estaban seccionados, retraídos como cuerdas rotas. Y aun así, el daño no había terminado.

De las zonas expuestas seguía saliendo un humo tenue, azulado, químico. La sangre azul no había terminado de actuar.

—Esto… —murmuró, más para sí mismo que para ella.

Ezequiel entendió entonces que las heridas eran mucho más graves de lo que Naqam había permitido ver. No era resistencia. Era negación pura. Su cuerpo estaba perdiendo la batalla con retraso.

La miró. Ella estaba consciente. Demasiado consciente. Sus ojos no temblaban. No buscaban auxilio. Lo observaban con una calma agotada, como si ya hubiera aceptado todas las posibilidades.

—No te detengas —dijo Naqam, con voz baja—. Haz lo que puedas.

Ezequiel apretó la mandíbula y continuó, aplicando sellos de contención, improvisando barreras para frenar el avance del ácido interno. Cada movimiento era preciso, pero ahora había algo más: urgencia contenida.

—Puede que no sobrevivas —dijo al fin, sin rodeos.

Naqam no reaccionó.

—Lo sé.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado.

Ella desvió la mirada apenas, hacia donde habían llevado el cuerpo de su maestro.

—Ahora hay que desarrollar el informe —continuó—. El Vaticano debe saberlo todo. Sin omisiones.

Ezequiel levantó la vista, sorprendido por la frialdad con la que hablaba.

—Y da aviso a Michael —añadió—. Es momento de empezar nuestro movimiento.

No “el suyo”. Nuestro.

Ezequiel la observó un segundo más largo de lo necesario.

—Naqam…

—No —lo interrumpió—. Escúchame.

Sus labios estaban pálidos. Su respiración, irregular. Pero su voz seguía firme.

—Lucius murió aquí. Belial estaba en la ciudad. Murió en batalla.

No había rencor en sus palabras. Solo hechos.

—Y ahora dime algo —dijo, volviendo a mirarlo—. ¿Cuántos quedamos?

Ezequiel tardó un instante en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla la volvía real.

—Muchos murieron —dijo al fin—. Demasiados.

Hizo una pausa breve.

—Quedamos dieciocho —dijo Ezequiel mientras presionaba la herida—. Quince clérigos… y solo nosotros los elegidos por Lucius.

Naqam cerró los ojos un segundo. No por dolor. Por peso.

—Entonces nos toca seguir el camino —murmuró.

Ezequiel no respondió. Siguió trabajando, sellando, estabilizando, intentando ganar tiempo donde el mundo ya había decidido otra cosa. Pero entendió algo en ese momento: aunque Naqam sobreviviera, nada volvería a ser igual.

No para ella.

No para ellos.

No para el mundo que Lucius había intentado sostener.

Y mientras el cuerpo de su maestro reposaba envuelto en una manta sin nombre, el amanecer terminó de instalarse sobre las ruinas.

No trajo paz.

No trajo consuelo.

Solo claridad.

Ezequiel siguió trabajando en silencio, sellando lo que podía, conteniendo lo inevitable. Cada gesto era técnico, preciso, pero su mente ya no estaba allí. Estaba en lo que venía. En lo que ahora era inevitable.

Naqam respiraba con dificultad, pero no perdió la consciencia. No se permitió hacerlo. Sabía que dormir era ceder terreno, y no quedaba terreno que regalar.

A su alrededor, los clérigos se movían con una obediencia distinta. No era disciplina. Era vacío. La ausencia de Lucius había dejado algo más que dolor: había dejado un espacio que exigía ser ocupado.

Nadie lo dijo en voz alta. Nadie lo necesitó.

No estaban preparando un funeral.

Estaban reorganizando el mundo que él había sostenido.

El informe al Vaticano no sería una súplica. Sería un aviso.

Belial había estado allí.

Lucius había muerto.

El equilibrio se había roto.

Y ahora quedaban dieciocho.

Quince para sostener lo que aún podía mantenerse.

Tres para decidir qué debía caer.

Naqam abrió los ojos una última vez antes de que el cansancio la reclamara. No buscó a Ezequiel. No buscó al cuerpo de su maestro. Miró hacia adelante, hacia un punto que aún no existía, pero que ya sentía como destino.

Si sobrevivía, nada volvería a ser como antes.

Si no, otros caminarían sobre lo que ella había dejado marcado.

De cualquier forma, el legado de Lucius no sería enterrado.

Sería puesto a prueba.

Y mientras el sol terminaba de elevarse, el mundo seguía girando, ignorante de que no había amanecido un nuevo día…

Había comenzado una sucesión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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