BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 119
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Capítulo 119: Muerte en vida
Mientras Belial lograba incorporarse, el peso del combate aún vibraba en su cuerpo. No había dolor inmediato, solo una sensación densa, como si algo dentro de él no encajara del todo. Caminó sin apuro, guiado más por la certeza que por la vista, hasta donde yacía Lilith.
La sangre se acumulaba bajo ella, oscura y espesa. Demasiada. Belial lo supo al instante.
Aun así, cuando miró su rostro, no encontró terror. Lilith estaba pálida y agotada… pero había alivio en sus facciones, como si el simple hecho de verlo de pie hubiera sido suficiente.
—Estoy feliz —susurró ella— de que no te haya perdido otra vez.
Belial no respondió de inmediato. Se arrodilló a su lado, apoyando una mano sobre la tierra manchada de sangre, sin atreverse a tocarla. Durante milenios había sobrevivido a guerras, traiciones y finales peores que la muerte, pero en ese momento no encontró palabras.
Sus miradas se encontraron.
Y algo antiguo, algo que no sentían desde antes de que el mundo aprendiera a mentir, se tensó entre ambos. No fue deseo. No fue culpa. Fue el recuerdo de todo lo que habían perdido y de todo lo que aún podían perder.
El silencio se rompió.
Un llanto.
No era lejano ni discreto. Era un llanto crudo, sin ritmo, sin control. Abyllie.
Belial giró el rostro apenas. Buer estaba con ella, intentando mantenerla calmada, pero Abyllie se aferraba a su ropa con una desesperación que no correspondía a su edad ni a su poder.
—No te vayas —sollozaba—. Por favor… quédate conmigo.
Buer no respondió enseguida. Se quedó inmóvil, como si ese ruego hubiera atravesado defensas que ni siquiera sabía que existían. Sus manos temblaron un segundo ante de posarse sobre la cabeza de Abyllie, intentando un gesto de calma que no lograba engañar a nadie.
Belial observó la escena sin intervenir.
Lilith cerró los ojos lentamente, escuchando el llanto, entendiendo más de lo que nadie decía en voz alta. La sangre seguía escapándose de su cuerpo, pero su respiración era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Ella te necesita —murmuró Lilith, sin abrir los ojos.
Belial apretó los dientes.
Porque lo supo entonces. No ese día, no ese instante… pero pronto.
Algo estaba cambiando. Y no todos llegarían al final de ese cambio.
Belial se acercó a Abyllie sin pensarlo. El llanto de su hija lo arrastró más que cualquier herida. Al llegar, su mirada cayó sobre Buer… y algo en él se tensó de inmediato.
No había sangre fluyendo.
La herida seguía abierta, grotesca, imposible de ignorar, pero el cuerpo de Buer estaba rígido, antinaturalmente quieto. La piel había perdido calor. No había espasmos, no había temblores de dolor.
Solo inmovilidad.
Sus ojos estaban abiertos.
Vacíos.
Abyllie sollozaba a su lado, aferrada a ella como si pudiera impedir que se fuera si no la soltaba.
Belial sintió un frío antiguo recorrerle la espalda.
La abrazó entonces. No con torpeza. No con palabras. La sostuvo con fuerza, y por primera vez el dolor de su hija no fue algo que entendiera… fue algo que sintió. Crudo. Directo. Sin distancia.
La primera vez que Buer murió, él estaba en combate. El mundo ardía, y la pérdida llegó tarde, amortiguada por la guerra.
Esta vez no.
Esta vez estaba allí, viendo cómo el cuerpo de su vieja amiga se deslizaba otra vez hacia un lugar del que nadie regresaba igual.
—Buer… —murmuró.
Los labios de ella se movieron apenas.
Con la poca fuerza que le quedaba, giró la mirada hacia Abyllie. El gesto fue mínimo, casi imperceptible, pero deliberado.
—Busca… mi laboratorio… —susurró—. Lo que… hay allí… es importante.
Abyllie negó con la cabeza, llorando, incapaz de responder.
Buer sostuvo la mirada un segundo más, como si quisiera grabarla en lo último que le quedaba de sí misma.
Luego, el cuerpo cedió.
No hubo estertor. No hubo último aliento.
Solo silencio.
Belial contuvo la respiración.
Pero algo estaba mal.
Su pecho se elevó.
Y volvió a hacerlo.
Lento. Regular.
El cuerpo de Buer seguía vivo.
Pero su conciencia… ya no estaba allí.
No era muerte. No era vida.
Era un vacío profundo, un silencio interno del que nadie sabía regresar.
Belial cerró los ojos.
Porque entendió algo que no quería aceptar:
Esta vez, perderla sería peor que verla morir.
Antes de que la conciencia de Buer se disolviera por completo, algo se movió en el límite entre el pensamiento y la ausencia.
No fue una voz que viniera de fuera. Fue una presencia que siempre había estado allí.
El espíritu que había invocado —no para dominarlo, no para repetirlo, sino para cederle su cuerpo una sola vez— se manifestó cuando el mundo ya empezaba a apagarse.
—¿Esto era lo que esperabas? —preguntó—. ¿O se siente vacío… como cuando me sacrifiqué por aquel joven demonio?
La pregunta no tenía juicio. Solo memoria.
Buer no giró el rostro. Ya no había necesidad de hacerlo. Aun así, lo miró. O creyó hacerlo. El espíritu no tenía forma definida: era una idea sostenida por voluntad, una sombra que había aceptado desaparecer para que otro siguiera adelante.
—No lo sé —respondió Buer, con un hilo de pensamiento que apenas se mantenía unido—. Solo sé que me voy en paz. Algo que nunca creí posible… después de elegir esto. Después de volver a sentir miedo a la muerte.
El miedo no como concepto. El miedo real. El que paraliza incluso a quienes creen haberlo visto todo.
La risa del espíritu resonó dentro de ella, suave, sin burla.
—Eso es estar viva —dijo—. Y no es algo que muchos entiendan. Temen al dolor, temen al final… pero tú no huiste.
Hubo una pausa. Un silencio compartido.
—Incluso siendo una marioneta —continuó el espíritu— lograste algo que pocos hacen: elegir cuando el hilo se tensó.
Buer sintió cómo lo último que quedaba de ella comenzaba a soltarse. No hubo pánico. No hubo resistencia.
—No fui solo una marioneta —respondió—. Y con eso… me voy tranquila.
El espíritu se acercó. O tal vez fue ella quien se desvaneció hacia él.
—Entonces es momento de partir —dijo—. Ahora ambas somos libres.
La presencia se disipó. No hubo luz. No hubo promesas.
Solo el silencio profundo de algo que había cumplido su propósito.
El cuerpo de Buer siguió respirando.
Pero la mujer que eligió cruzar ese umbral… ya no estaba allí.
Antes de partir, los recuerdos regresaron.
No como una avalancha. No como un castigo.
Fueron fragmentos breves, imperfectos. Voces superpuestas. Momentos sin épica. Miradas compartidas sin promesas. El tiempo que pasó con ellos no fue largo, pero fue real. Y eso bastó.
Buer no intentó aferrarse a nada. No pidió más. No reclamó lo que pudo haber sido.
Solo sostuvo su sonrisa.
No era alivio. No era orgullo.
Era aceptación.
Viví bien.
Y entonces, sin ruido, sin despedidas que exigieran respuesta, se fue.
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