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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 121

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Capítulo 121: El Protocolo del Último Día

Un mensajero cruzó los corredores interiores sin levantar la vista. No vestía armadura ni portaba símbolo alguno más allá del cordón blanco del noviciado. El mensaje no le pertenecía; nunca les pertenecen a quienes los cargan.

La carta estaba sellada con cera negra, pero el emblema carecía de nombre. Solo alas.

Fue entregada sin ceremonia y recibida sin preguntas.

ARCHIVO CONFIDENCIAL

Sello de la Virgen María a los Cielos

Difusión restringida — Nivel Apocalicis

El presente documento se redacta como constancia oficial del desarrollo, evaluación y resolución de la cruzada autorizada en la ciudad de Querétaro, conforme a los protocolos vigentes del Alto Clero.

Estado general de la operación

Los grupos cultistas identificados en la zona de intervención han sido neutralizados en su totalidad. No se registran focos activos posteriores al evento principal, ni indicios de reorganización sectaria inmediata. La ciudad ha sido declarada estable bajo parámetros teológicos aceptables, permitiendo el levantamiento progresivo de las medidas de contención espiritual.

Incidente demoníaco

Se confirma el descenso de una entidad demoníaca durante el desarrollo del conflicto, dentro del grupo previamente clasificado como demoníaco activo. El evento fue contenido mediante acción directa. No se considera necesaria una reclasificación del territorio, ya que no persisten manifestaciones anómalas posteriores. No obstante, se deja constancia de la presencia confirmada de Señores Demonio en el área durante el conflicto:

Belial, identificado como Señor de la Corrupción.

Lilith, identificada como Señora de la Lujuria.

Ambas presencias fueron registradas y observadas sin derivar en ocupación territorial permanente.

III. Bajas y daños colaterales

Clériga Canon: Presenta mutilación completa del brazo derecho. Condición irreversible; inhabilitada para funciones de combate directo. Su estado psicológico no es materia de este informe.

Exorcista Lucius: Caído en batalla. Se confirma el uso del Incauto durante el enfrentamiento final. El arma permanece extraviada; se recomienda no insistir en su recuperación inmediata para evitar reactivación de eventos colaterales.

Clériga Naqam: Presenta quemaduras químicas extensas en diversas zonas del cuerpo. Se determina incapacidad operativa temporal. No se registran daños espirituales permanentes según las evaluaciones iniciales.

Observaciones doctrinales

Previo a su fallecimiento, el exorcista Lucius dejó constancia escrita de un trato preferencial por parte de la entidad Zaphkiel hacia la clériga Naqam. El contenido del testimonio fue evaluado por el cuerpo doctrinal y clasificado como subjetivo, aunque no descartable, quedando bajo archivo reservado para futuras correlaciones.

Resolución propuesta

Se solicita la aplicación de Bautismo de Sangre como acto de cura y purificación para los clérigos sobrevivientes involucrados en el evento. Se autoriza, de forma excepcional, la utilización de Naqam como nueva exorcista, bajo supervisión directa, considerando la pérdida operativa de personal especializado, el antecedente documentado por el exorcista Lucius y la conveniencia estratégica del vínculo observado con entidades superiores.

Conclusión

El evento queda registrado como resuelto. Las pérdidas son aceptables, las desviaciones, contenidas. Las implicancias, bajo observación. No se considera necesario profundizar en esta instancia.

Las últimas líneas del documento estaban limpias, demasiado limpias. Solo al final, donde debía estar la rúbrica, el papel mostraba una alteración mínima: la tinta había corrido apenas, deformando el trazo final del nombre. No era un error de pulso; era humedad. Lágrimas secas, absorbidas por el pergamino antes de que el sello fuese aplicado. Michael había firmado así el informe antes de autorizar su envío.

El Papa permaneció en silencio al finalizar la lectura. No cerró el archivo de inmediato. No hizo la señal de la cruz. No pidió a nadie que hablara. Sus dedos, viejos y manchados por la edad, permanecieron apoyados sobre la mesa, presionando el documento como si intentara contener su existencia.

Entonces, su rostro cambió. No fue ira ni tristeza abierta, fue algo peor: desfiguración por comprensión.

—Todo fue más de lo que pensamos… —murmuró al fin.

Su voz no resonó en la sala; cayó. Alzó la vista lentamente hacia los cardenales presentes, pero ninguno sostuvo su mirada. Todos habían leído el informe. Todos sabían lo mismo.

—La situación… —continuó— escapó a cualquier marco previsto.

Hizo una pausa. Respiró hondo, como si el aire mismo le pesara.

—Perdimos a Lucius.

El nombre no fue acompañado por una oración. No hubo honra, solo constatación.

—Y perdimos el arma experimental.

El Papa cerró los ojos un instante.

—El Incauto.

Al pronunciarlo, algunos bajaron la cabeza. Otros apretaron los labios. Nadie habló.

—Un exorcista muerto —prosiguió—, una clériga mutilada, otra marcada… y un artefacto que nunca debió salir de nuestros archivos, ahora está fuera de nuestro control.

Abrió los ojos. Ya no había duda en ellos; había miedo bien administrado.

—Esto no se sintió como una victoria —sentenció—. Fue un aviso.

Tomó el documento, lo cerró con cuidado y apoyó la palma encima, como si sellara algo más que papel.

—Si Michael lloró al firmar… —dijo en voz baja— no era por lo que ocurrió en Querétaro.

Alzó la mirada.

—Fue porque entendió lo que viene después.

El silencio que siguió fue estratégico.

—Activen el Protocolo del Último Día.

La orden no fue pronunciada con alza de voz. No hizo falta. Ese nombre no se decía desde la Cuarta Guerra; no figuraba en manuales ordinarios ni en registros accesibles. Existía solo en memorias selladas y en conciencias que aún recordaban el costo de haberlo creado.

—Fue diseñado precisamente para esto —continuó el Papa—. Para cuando la contención deja de ser suficiente.

Nadie objetó. Nadie pidió confirmación.

—Inicien los preparativos para el Bautismo de Sangre —ordenó—. No como rito simbólico, sino como operación de restauración.

Las miradas se cruzaron. El significado era claro: no se trataba solo de curar cuerpos, sino de reconstruir vínculos espirituales dañados por contacto directo con lo demoníaco.

—Soliciten los permisos doctrinales —añadió—. Todos. Incluso los que no deberían aprobarse.

Una pausa.

—La invasión al Infierno que fue pospuesta… —dijo finalmente— reactívenla.

Algunos respiraron hondo. Otros apretaron los dedos contra los anillos sagrados.

—No será una incursión simbólica. No será advertencia. Será entrada formal.

El Papa se incorporó lentamente.

—Contacten con el Cielo a través de San Pedro. Si van a abrir puertas, quiero que sea con testigos.

No pidió bendición. Pidió autorización para cruzar límites.

—Esta vez no esperaremos a que ellos crucen hacia nosotros —sentenció—. Esta guerra no se peleará en ciudades humanas.

Su mirada se endureció.

—Será en su territorio.

Infierno

—Prioridad absoluta —concluyó—: la cura de los clérigos que participaron en la batalla. Canon. Naqam. Todos los marcados.

Silencio.

—Si vamos a bajar… —dijo en voz más baja— no lo haremos rotos.

Apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Es hora de empezar la guerra.

No hubo rezos al finalizar la reunión. No hubo cantos.

Solo movimiento.

Porque cuando el Protocolo del Último Día se activa, ya no se pregunta si es correcto.

Solo quién sobrevivirá para contarlo.

Había pasado una semana desde el conflicto.

Lilith despertó sin sobresalto. No hubo jadeo ni confusión; solo la lenta certeza de volver a ocupar un cuerpo que aún no estaba listo para recibirla de nuevo.

Lo primero que vio fue a Buer.

Estaba frente a ella, recostada, inmóvil. Su posición no había cambiado. El rostro seguía sereno, demasiado sereno para alguien que llevaba días sin estar realmente allí. No había vendas que ocultaran su estado. No había engaño.

Lilith intentó incorporarse, pero el dolor la alcanzó antes de lograrlo. Un espasmo brutal le atravesó el costado, obligándola a doblarse sobre sí misma, con los dientes apretados para no emitir sonido alguno. No era un dolor nuevo; era uno que había estado esperando a que despertara.

—No te muevas —dijo una voz cercana.

Iston estaba a un lado de la cama. Abyllie, al otro, con vendas limpias entre las manos. Se habían detenido al notar que sus ojos ya no estaban perdidos.

—Ya despertó… —susurró Abyllie, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera romper algo.

Antes de que Lilith pudiera responder, Abyllie salió de la habitación casi corriendo.

Lilith siguió su movimiento con la mirada. No hizo falta preguntar.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —dijo al fin.

Iston dudó un segundo.

—Una semana.

Lilith cerró los ojos brevemente. Cuando los abrió, su mirada volvió, inevitable, al cuerpo de Buer.

—Entonces… —murmuró— sigue igual.

Iston no esquivó la respuesta.

—Sí. El cuerpo está estable. Respira. Reacciona a estímulos básicos. Pero la medicina experimental que usó… no dejó conciencia. Solo impulsos. Es… —buscó la palabra correcta— un cascarón.

Lilith no reaccionó de inmediato. Observó a Buer en silencio, como si esperara que algo —cualquier cosa— contradijera esas palabras. No lo hizo. Solo asintió una vez, despacio.

No había sorpresa. Solo confirmación.

La puerta se abrió poco después.

Belial entró sin anunciarse.

Sus ojos fueron directamente a Lilith. No al cuerpo en la otra cama. No a Iston. A ella.

Por un instante, Lilith sostuvo su mirada con algo cercano a la ironía cansada.

—¿De verdad creíste que te ibas a deshacer de mí tan fácil, querido?

No hubo respuesta.

Belial se acercó y, sin decir palabra, la abrazó.

No fue un gesto calculado. No fue solemne. Fue inmediato.

Lilith se quedó rígida. No esperaba eso.

—Espera… —balbuceó— esto no… no era lo que quería. Bueno, sí, pero no así—

Belial se dio cuenta tarde. Se separó de golpe, como si el contacto lo hubiera sorprendido a él también. Giró el rostro, evitando mirarla.

—¿Qué tal las heridas? —preguntó, con voz controlada—. ¿Aún te cuesta moverte?

Lilith lo observó un segundo más de lo necesario. El rubor le subió al rostro sin pedir permiso.

—Sí —respondió al final, bajando la mirada—. Bastante.

El silencio volvió a instalarse en la habitación. Buer seguía respirando. Y, por primera vez desde que despertó, Lilith entendió que esa respiración no significaba regreso alguno. Solo espera.

—¿Y ahora qué decisión hay que tomar? —preguntó Lilith—. ¿O qué vamos a hacer con Buer?

La pregunta quedó suspendida en la habitación. No apuntaba a nadie en particular, pero todos supieron que les pertenecía.

Abyllie fue la primera en hablar.

—Hay un plan —dijo—. Buer me habló de esto antes de… —se detuvo— antes de perder la conciencia.

Lilith giró apenas el rostro hacia ella.

—Su habitación —continuó Abyllie—. Dijo que su laboratorio estaba oculto. Que no era visible a simple vista.

Hizo memoria, con cuidado.

—Aparece al mover un libro específico. No dijo cuál. Solo que… cuando lo encontráramos, lo sabríamos.

—¿Un laboratorio? —murmuró Iston.

—Sí —asintió Abyllie—. Dijo que había algo importante allí. Algo que no podía quedar expuesto. Algo que teníamos que encontrar.

Lilith guardó silencio. Miró nuevamente a Buer e intentó imaginarlo hablando de secretos mientras ya se preparaba para desaparecer.

—Entonces… —dijo al fin— entendiste lo que podía ser.

—No —respondió Abyllie—. Pero entendí que no era opcional.

Lilith frunció levemente el ceño.

—La pregunta real es otra —dijo—. ¿Por qué no lo han buscado aún?

Iston abrió la boca, pero fue Abyllie quien respondió.

—Porque no sabíamos qué íbamos a encontrar —dijo—. Si es una cura, necesitábamos que estuvieras despierta. Si es algo peligroso… también.

Lilith la observó con atención.

—No querían enfrentarlo sin mí.

Abyllie asintió.

—Y porque no sabíamos si tocarlo mientras estabas inconsciente era… —tragó saliva— correcto.

El silencio volvió a cerrarse.

Lilith dejó escapar una exhalación lenta.

—Entonces ya no hay razón para esperar.

Intentó moverse otra vez. El dolor respondió de inmediato, pero esta vez no la detuvo.

Belial dio un paso al frente.

—No estás en condiciones —dijo—. Apenas puedes incorporarte.

Lilith lo miró de frente.

—¿Y qué propones? —preguntó—. ¿Esperar dos semanas más hasta que pueda caminar sin dolor?

Su voz no se elevó. No hizo falta.

—Quizás para entonces —continuó— su cuerpo ya no aguante.

Belial no respondió de inmediato. La objeción era lógica. Irrefutable.

Asintió lentamente.

—Bien —dijo al fin—. Entonces iremos.

Lilith relajó apenas los hombros.

—Pero no ahora —añadió Belial—. Primero te cambian los vendajes.

Lilith asintió… y luego levantó la vista.

—Quiero que tú lo hagas.

Belial parpadeó.

—¿Qué?

—Tú —repitió—. Quiero que seas tú quien me cambie los vendajes.

Iston frunció el ceño.

—Lilith, yo puedo—

—No —la interrumpió ella, sin dureza—. Quiero que Abyllie e Iston salgan.

La habitación quedó en silencio.

Abyllie miró a su padre. Luego a Lilith.

—¿Por qué? —preguntó, con cuidado.

Lilith sostuvo la mirada de Belial.

—Porque hay algo que necesito decirle —respondió—. Y no voy a hacerlo con testigos.

Belial no se movió. No dijo que sí. No dijo que no. Solo entendió que, por primera vez desde el conflicto, no se trataba de guerra, ni de planes, ni de Buer. Se trataba de algo que había quedado pendiente entre ellos.

—Salgan —dijo finalmente.

Abyllie dudó un segundo… y obedeció. Iston la siguió sin protestar.

La puerta se cerró.

Lilith y Belial quedaron solos. Entre vendas. Entre respiraciones contenidas. Y con un cuerpo que seguía vivo, recordándoles que el tiempo no estaba de su lado.

—Primero necesito hablar contigo de tres cosas —dijo Lilith.

Belial no levantó la vista. Sus manos seguían trabajando con precisión, retirando las vendas con cuidado, como si la concentración pudiera protegerlo de lo que estaba por venir.

—La primera… —continuó ella— no sé qué hacer con mis sentimientos por ti.

Belial se detuvo.

No fue un movimiento brusco. Fue peor: una pausa absoluta, como si el tiempo hubiera tropezado.

—Me nublan el juicio —añadió Lilith—. Y no sé qué hacer para que me notes.

El silencio que siguió fue denso, incómodo, antiguo.

Belial tragó saliva. Reanudó el cambio de vendajes, pero sus manos ya no eran del todo firmes.

Por primera vez en mucho tiempo, no buscó una salida estratégica. No usó ironía. No se refugió en autoridad.

—No esperaba que eso fuera lo primero —admitió.

Lilith no respondió. No necesitaba hacerlo.

Belial exhaló lentamente.

—La verdad… —dijo al fin— es que me gustas, Lilith.

Las palabras salieron sin solemnidad. Sin épica. Como una confesión dicha tarde.

—No he podido dejar de pensar en ti desde que te fuiste —continuó—. Y cada vez que lo hago, me siento inútil. Un imbécil… por haberte dejado ir.

Lilith sintió que el mundo se detenía un segundo. Abyllie había tenido razón. Y esa certeza, lejos de tranquilizarla, la dejó en blanco.

—Pero no estamos en condiciones de desarrollar nada —dijo Lilith, obligándose a hablar—. El mundo… puede cambiar a partir de ahora. La muerte de Lucius no es un detalle menor.

Belial asintió.

—Lo sé.

Lilith no añadió nada más. En cambio, alzó la mano, tomó el rostro de Belial con decisión y lo besó.

No fue un beso contenido. Ni tímido. Fue antiguo y cansado de esperar.

—Mira, imbécil —dijo cuando se separó apenas—. He esperado esta respuesta durante más de dos mil años. No voy a esperar más.

Belial no respondió. No porque no quisiera, sino porque no podía.

Lilith se apoyó de nuevo contra la cama, respiró hondo y su tono cambió.

—Ahora viene lo más importante.

Belial volvió a escuchar. De verdad.

—Mi sello sigue intacto —dijo ella—. Pensé que se fragmentaría… que algo se rompería en mí. Pero no ocurrió.

Lo miró con seriedad.

—No estoy bien —aclaró—, pero mi alma no presenta secuelas. Al menos por ahora.

Belial frunció el ceño.

—Eso no debería ser posible…

—Lo sé —interrumpió Lilith—. Y no puedo prometer que vuelva a salir ilesa si lo hago otra vez.

Belial bajó la mirada.

—Tienes que aprender a controlar tu sello —continuó ella—. No puedes volver a empujarme a ese límite.

El silencio volvió a caer.

—Lo siento —dijo Belial—. Te llevé a ese extremo solo por ayudarme. Por evitar que yo me perdiera.

Lilith lo observó largo rato.

—Ese es el problema —respondió—. Siempre miras hacia afuera cuando el peligro eres tú.

Se incorporó con esfuerzo.

—Y eso nos lleva al tercer punto.

Belial alzó la vista.

—Tenemos que volver al Infierno.

La palabra no fue enfatizada. No hizo falta.

—¿Estás segura? —preguntó.

Lilith asintió.

—Sí —dijo—. Porque si no lo hacemos… todo va a empeorar.

No había dramatismo en su voz. Solo certeza. Y eso, para Belial, fue lo más aterrador.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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