BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 123
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Capítulo 123: Herencia
Al salir de la habitación, Lilith y Belial caminaron lado a lado sin mirar a los ojos del otro. Había en ambos una incomodidad silenciosa y una preocupación que no se atrevía a pronunciarse. No era vergüenza, sino una conciencia compartida: la sensación de haber tocado algo que había estado esperando demasiado tiempo.
Abyllie e Iston intercambiaron una mirada breve. No sonrieron ni preguntaron; algo había cambiado en el aire y los cuatro lo sabían.
—Es hora de ir a la habitación de Buer —dijo Lilith.
Su voz sonó firme, pero no autoritaria; no estaba dando una orden, sino marcando un punto de no retorno.
El trayecto por el castillo pareció alargarse más de lo que realmente era. No por la distancia, sino por el peso que se acumulaba a cada paso. Nadie hablaba. El eco de sus movimientos resonaba, como si las paredes registraran la intención detrás de cada respiración. No sabían qué iban a encontrar. Y eso era peor que saberlo.
La puerta de la habitación de Buer se alzaba intacta, sin sellos ni protecciones visibles. Nadie había forzado la entrada. Nadie se había atrevido.
Belial fue el primero en acercarse. Puso la mano sobre el picaporte y dudó un segundo. No por miedo, sino por respeto tardío.
La puerta se abrió.
La habitación no era lo que esperaban.
No había símbolos de autoridad, ni tronos, ni tapices que delataran poder. El lugar estaba dominado por cuatro estanterías altas, repletas de libros, cuadernos y volúmenes encuadernados a mano. Investigaciones teológicas convivían con registros científicos, anotaciones personales y textos que ningún otro habitante del castillo debería haber leído.
Todo estaba ordenado. Demasiado.
Cada libro alineado con precisión quirúrgica. Cada espacio calculado. Nada fuera de lugar. No había polvo acumulado ni señales de abandono. Era una habitación viva… pero silenciosa.
Minimalista. Funcional. Honesta.
—No parece el cuarto de alguien que gobernaba una ciudad —murmuró Iston.
Lilith recorrió el lugar con la mirada.
—No quería que la recordaran por eso.
Nadie respondió. No hacía falta.
Se separaron sin decirlo. Cada uno comenzó a revisar los estantes, moviendo libros con cuidado, uno por uno. No arrancaban páginas ni forzaban nada. Había una sensación clara de que la habitación estaba siendo observada, no como amenaza, sino como evaluación.
El tiempo pasó sin medida, hasta que Abyllie se detuvo.
Había algo distinto en el cuarto estante. No era el tamaño ni el grosor, era el color. Entre títulos densos y técnicos, uno destacaba por su simpleza.
Era liso. Sin marcas. Sin desgaste.
El título estaba escrito a mano.
Llave.
Abyllie lo sostuvo unos segundos, sintiendo un leve escalofrío recorrerle el brazo.
—Este no encaja —dijo en voz baja.
Lilith levantó la mirada de inmediato.
—Entonces es ese.
Abyllie tiró del libro.
No hubo mecanismos visibles. No hubo ruido metálico.
La pared respondió.
Una sección completa se deslizó hacia adentro con un sonido profundo, antiguo, como si algo sellado desde hacía años finalmente hubiera decidido abrirse. El aire cambió; se volvió más frío, más denso, cargado.
Detrás de la estantería, una compuerta oscura quedó al descubierto.
Nadie habló.
No era un descubrimiento, era una invitación.
Lilith dio un paso al frente.
—Aquí empieza su testamento —dijo—. No el que quiso dejar, sino el que tuvo que esconder.
Belial observó la abertura con el ceño fruncido.
—Lo que haya ahí —dijo— no estaba destinado a salvarnos sin costo.
Abyllie apretó los dedos contra el borde de la compuerta.
—Ella lo sabía.
La oscuridad del interior no parecía vacía. Parecía contener algo que había estado esperando ser leído, comprendido… o juzgado.
El laboratorio de Buer no se reveló de inmediato. Solo respiró. Y con ello, dejó claro que lo que venía después no era una respuesta, sino una herencia.
Al bajar las escaleras llegaron a un laboratorio clandestino, con un olor a químicos que llenaba el aire.
El aire cambió apenas cruzaron la compuerta.
No era un olor fuerte. Era peor: limpio, estéril, ajeno al castillo. Un aroma a metal tratado, a químicos recientes, a algo que seguía en uso incluso ahora.
El laboratorio ocupaba una sala completa oculta tras los muros. Equipamiento médico llenaba el espacio con una precisión casi obsesiva: mesas de acero, frascos etiquetados con caligrafía exacta, instrumentos alineados como si alguien pudiera volver en cualquier momento a usarlos. No había polvo. No había abandono.
Todo estaba listo.
En el centro, un mesón dominaba la habitación. Sobre él reposaba el último experimento. Nadie necesitó tocarlo para entenderlo; la disposición hablaba por sí sola. Junto a los instrumentos, había un libro cerrado, grueso, de tapas oscuras. Un marcador sobresalía desde la mitad, doblado con cuidado, señalando una página específica.
Como si Buer hubiera sabido exactamente dónde detenerse.
Pero no fue eso lo que los paralizó.
A un costado, casi desapercibida al principio, había una jaula.
Dentro, un ratón.
Lilith fue la primera en acercarse. No con curiosidad, sino con una intuición inmediata que le tensó el cuerpo. Observó al animal con atención y entonces lo vio.
La herida.
Era idéntica.
La misma ubicación. El mismo tipo de daño. Incluso la forma en que la piel alrededor parecía… reaccionar. El ratón respiraba. Se movía apenas. Pero su mirada estaba vacía, sin foco.
—No… —murmuró Lilith.
Iston se acercó, conteniendo el aliento. Belial no dijo nada; su expresión ya había cambiado.
El animal presentaba los mismos síntomas que Buer.
Los mismos efectos secundarios.
Junto a la jaula, dos frascos descansaban sobre una bandeja metálica. Uno estaba a la mitad. El otro, completamente lleno. Ambos etiquetados con la misma sigla, escrita con la letra inconfundible de Buer.
Ensayo previo.
Ensayo final.
Lilith cerró los ojos un instante.
—Abyllie… —dijo sin apartar la vista del ratón—. ¿Qué más te dijo Buer antes de quedar como un cascarón?
Abyllie tragó saliva. El recuerdo todavía le pesaba.
—Que… —dudó— que todo lo que necesitábamos saber estaba en la bitácora. Que ahí estaba lo que quería decirnos. Lo que no iba a poder explicar después.
Su mirada fue directamente al libro sobre el mesón.
Belial dio un paso adelante. No tocó nada. No todavía.
—Entonces léela —dijo, con una calma que no coincidía con la tensión de sus hombros—. La página marcada.
Hizo una pausa mínima.
—Veamos qué decidió dejar escrito… antes de desaparecer.
El silencio se cerró sobre ellos. El libro seguía ahí, intacto.
Esperando.
BITÁCORA DE DESARROLLO
Proyecto: Persistencia Vital Forzada
Estado: FUNCIONAL
Clasificación: No replicable sin costo equivalente
Apertura de registro
No registro este proceso para preservarlo.
Lo hago porque la repetición sin contexto
es la forma más eficiente de cometer el mismo error.
Este cuaderno no contiene un descubrimiento.
Contiene la secuencia exacta
de decisiones que aceptaron un precio
antes de confirmar un resultado.
Si el lector busca un método,
no lo encontrará.
Si busca entender cómo se llegó aquí,
eso sí quedó escrito.
— Buer
Fase I — Fallo sistemático
Objetivo inicial:
Desarrollar un compuesto capaz de hacer irrelevante el daño físico letal
sin recurrir a regeneración completa ni anulación del dolor.
Componentes base:
Sangre de Iston (híbrido arconte/humano)
Función: inestabilidad controlada, amortiguación inicial.
Sangre de Belial (señor demonio)
Función: imposición de continuidad vital.
Resultado repetido:
Fallo absoluto.
Los sujetos no rechazaban la mezcla.
La aceptaban.
Y aun así colapsaban.
Conclusión inicial errónea:
exceso de potencia.
Correcciones aplicadas:
– reducción de dosis
– alteración de proporciones
– exposición gradual
– variaciones temporales
Resultado:
fallo constante.
Hallazgo clave:
el fallo no era químico.
Era decisional.
Los cuerpos no morían por ruptura.
Morían cuando comprendían
lo que se les pedía sostener.
Fase II — Detección de ausencia
Relectura del material original.
El método estaba completo.
Las fórmulas eran correctas.
Los precedentes históricos existían.
Lo que faltaba
no era conocimiento.
Era voluntad aplicada.
El método no se ejecutó originalmente
desde la lógica,
sino desde una disposición interna específica
que no quedó contenida en la memoria implantada.
Conclusión:
la memoria describe.
No decide.
Fase III — Procedimiento alternativo: Presencia
Clasificación: Ritual
(no por misticismo, sino por función)
Hipótesis:
La parte decisoria del método
no está codificada en el recuerdo,
sino en la identidad que aceptó el costo inicial.
Objetivo:
Acceder a esa disposición
sin recrearla artificialmente.
Resultado:
Contacto exitoso.
La presencia no enseñó.
No explicó.
No corrigió con palabras.
Solo señaló errores
con precisión absoluta.
La función de la presencia
no fue guiar.
Fue alinear.
Fase IV — Repetición guiada
Bajo corrección constante,
el experimento dejó de fallar por exceso.
Cada error implicó retroceso completo.
Dos pasos atrás.
Siempre.
No hubo intuición.
No hubo creatividad.
Solo replicación exacta
de una decisión que no era mía.
Resultado:
estabilidad prolongada.
Costo emergente:
fragmentación perceptiva severa.
Diagnóstico funcional:
saturación mental inducida.
Conclusión:
el cuerpo acepta el precio.
La mente no.
Fase V — Ensayo clínico (autoadministrado)
Protocolo:
Dosis moderadas cada treinta minutos.
Efectos registrados:
Náuseas severas
Dolor interno progresivo
Sensación de sangre hirviendo
Voces múltiples no reconocidas
No se trató de alucinación aleatoria.
Se trató de apertura perceptiva no filtrada.
Corrección sugerida por la presencia:
ninguna.
El error no estaba en la proporción.
Estaba en la resistencia a aceptar el costo completo.
Resultado:
supervivencia sostenida.
La medicina funcionó.
Fase VI — Producción
Se produjeron cinco unidades idénticas.
Dos para pruebas finales.
Tres para evitar mi propia muerte.
No se registraron fórmulas.
La repetición ya no dependía de escritura.
Fase VII — Prueba externa
Sujeto: ratón de laboratorio
Procedimiento:
herida penetrante + tres inyecciones secuenciales
Resultado:
Hemorragia detenida por interrupción forzada
Estabilidad vital sostenida
Ausencia de regeneración correcta
Consecuencia no letal:
El sujeto continuó existiendo
sin capacidad completa de interacción.
El cuerpo eligió persistir
a costa de la integridad funcional.
Conclusión final:
la medicina no cura.
Hace irrelevante el daño.
El precio
es decidir qué parte del ser
deja de ser prioritaria.
Cierre de bitácora
El proceso concluyó con éxito.
Eso no implica que deba repetirse.
La funcionalidad fue alcanzada.
La consecuencia también.
No hay versión segura de este método.
Solo versiones honestas.
Nota final
(añadida al margen, sin fecha)
Si alguien encuentra este libro,
no lo estudie.
No lo copie.
No intente comprenderlo.
No hay nada aquí
que deba continuar.
El conocimiento que contiene
no está incompleto.
Está vivo.
Y lo que vive
cobra siempre algo a cambio.
No me honres.
No me justifiques.
No intentes terminar lo que yo empecé.
Solo pido una cosa.
Quema mi conocimiento.
No para proteger al mundo.
Para que el mundo no aprenda
a funcionar de esta manera.
— Buer.
Al terminar de leer la bitácora, Abyllie se quedó en un silencio sepulcral.
Lo supo todo el tiempo. Y ahora Buer nos pedía que quemáramos todo.
¿Eso tenía sentido, siquiera?
Belial la miró, con el rostro grave. Sin decir palabra, asintió.
—Sí lo tiene —replicó Lilith desde el fondo—. ¿Viste en lo que se convirtió al desarrollar medicina? ¿Cómo no dudó cuando te dio la dosis mínima, Abyllie?
Ella no quería volver a eso, pero su miedo la arrastró al camino que había prometido dejar atrás. Por eso se convirtió en gobernadora de la ciudad; si no hubiera podido… no habría logrado nada.
Abyllie permaneció en silencio, tragando la verdad que pesaba sobre todos.
Se quedó junto a la mesa, los dedos rozando la superficie fría del laboratorio. El silencio no era ausencia de sonido; era el peso de lo irreversible, la gravedad de lo que había recibido.
El costado todavía le dolía. No era solo la herida física, mínima ante los ojos de cualquiera, pero suficiente para recordarle que Buer había usado su propia medicina en ella para protegerla.
El precio no había sido su cuerpo, sino su conciencia. Cada latido le recordaba la elección que alguien había tomado por ella, y el vacío que eso había dejado dentro.
Cerró los ojos. La culpa se filtró en su pecho como un veneno lento, mezclándose con miedo y reconocimiento. No había odio ni arrepentimiento hacia Buer, solo la certeza de haber recibido algo que no podía comprender del todo.
Y ahora vivía con la deuda silenciosa de ese sacrificio.
El aire del laboratorio parecía más denso, como si respirarlo fuera cargar con cada decisión contenida en la bitácora. Cada sombra y cada instrumento alineado con precisión le recordaban que la protección tenía un precio.
Que la seguridad, la vida que le habían preservado, había dejado un hueco en su conciencia; un hueco que ardía y palpitaba al mismo tiempo.
No podía hablar. No podía moverse. Cada respiración le costaba un poco más de sí misma.
La herencia de Buer no era un legado de conocimiento, sino de carga, de deuda, de conciencia fracturada.
Y allí, en el silencio absoluto, Abyllie comprendió que la protección de Buer había dejado algo que jamás podría borrar: el peso de saber que sobrevivir tenía un costo que no podía pagar plenamente.
En una marcha fúnebre, salieron del laboratorio. Los pasos eran lentos, casi ceremoniales, como si el aire mismo los empujara hacia adelante.
Abyllie iba delante. Cada paso hundía un poco más sus pies en el piso de piedra; el eco de la marcha se quebraba con la memoria que la aplastaba. Recordar lo que había perdido, lo que alguien había dado por ella, le tensaba los hombros y hacía que los dedos se cerraran contra los bordes de las mesas y los frascos.
La espalda se arqueaba sin que ella lo pensara, un reflejo de la carga que arrastraba. Un estremecimiento cruzó su cuerpo cuando un frasco casi se deslizó al rozarlo; apenas lo sostuvo y continuó.
Belial la seguía. Cada paso suyo parecía empapado del vacío que había dejado alguien que ya no estaba. La mandíbula se le apretó un segundo, los dedos se aferraron al marco de la puerta como si quisieran retener algo que ya no podía tocar. Un suspiro contenido escapó de su pecho sin que nadie lo notara.
Miradas fugaces a frascos y libros se convertían en silenciosos recordatorios, y la marcha se hacía más lenta, más densa. La memoria de la guerra y la pérdida se mezclaba con el presente, y cada músculo de su cuerpo respondía al peso que llevaba sin palabras.
Lilith cerraba la fila. Sus pasos eran firmes, arrastrados, resonando en la sala como un compás silencioso. Enderezó la espalda; un estremecimiento recorrió sus hombros, y sus manos se tensaron y relajaron al ritmo de un latido que no quería mostrar. La mirada barría el laboratorio, rápida y calculadora, pero por un instante, los ojos se suavizaron, traicionando lo que no diría en palabras.
La fila avanzaba.
Cada paso rechinaba sobre el piso, cada roce con los bordes de mesas o frascos llevaba la memoria de lo perdido. No había palabras, pero el aire vibraba con lo que no podían contener.
Cada gesto se enganchaba en el anterior. Un parpadeo. Un roce. Un estremecimiento. Cada paso era consecuencia de lo que llevaban dentro.
Abyllie rozó un frasco, los dedos temblando apenas. Belial se apoyó en un banco, la palma rígida, luego siguió. Lilith enderezó un libro que tambaleaba, los hombros rectos, un parpadeo largo.
Y la fila continuó, un cuerpo que avanzaba sin decir nada, dejando que cada pensamiento y cada recuerdo movieran sus miembros como si fueran uno solo.
El laboratorio quedó atrás. Ecos de pasos, de madera crujida, de frascos que vibraban suavemente. Todo hablaba de lo que habían perdido y de lo que les quedaba por cargar.
Iston los miró, derrotado. No sabía qué decisión tomar: honrar su cuerpo, mantenerla viva… o dejarla morir junto a su laboratorio y su legado.
Tomó unos pasos fuera de la puerta y llegó a la conclusión.
El pensamiento se aclaró. Tenían que aceptar la palabra de Buer. Ella lo había pedido.
—Es hora de actuar como ella lo hubiera querido. No lo digo como desafío, sino como quien ya ha perdido antes.
El silencio se volvió más espeso.
Abyllie tenía el corazón en la mano y la garganta apretada.
—No… no quiero hacerlo —susurró—. Ella se puede salvar. Debe haber una forma.
Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo.
Lilith la miró. Comprendió. Pero Iston tenía razón; podían dejar que cada persona viviera y muriera bajo sus propios términos. Esa era la enseñanza del infierno. No preservar nada. Solo el espíritu del ser.
Aunque ella fuera una marioneta.
Un grito salió de ella —¡No! No lo haré.
Abyllie salió corriendo. No podía aceptarlo. Esto estaba mal.
Mientras se alejaban, Iston, Belial y Lilith comprendieron algo.
La culpa era la razón por la que no quería hacer realidad la herencia de Buer.
Al mirar el momento en que ella se rompía, Iston recordó su adolescencia, cuando perdió a sus padres. Miró a Belial y Lilith con dolor absoluto.
—Sé que ustedes tienen mucho que arreglar —dijo Iston, apretando ligeramente los puños—, Lilith, Belial. Pueden ser la familia que ella no tuvo. Yo no puedo salvarla del dolor… porque lo he sentido.
Entre los dos se miraron. Sin palabras, sin dudas. Al unísono, tomaron la decisión: era hora de actuar.
Belial y Lilith se dirigieron a la habitación de Abyllie. Belial tocó la puerta.
—Hija… puedo hablar contigo. Traje algo que te gustaría —dijo con suavidad, sin presionar, solo ofreciendo presencia.
Abyllie estaba sentada en un rincón de la cama, llorando en silencio.
Respiró hondo, dejando que cada latido le devolviera un poco de sí misma, y se levantó.
El aire se detuvo un instante, saturado de lo perdido y de la incertidumbre que la rozaba a cada paso.
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