BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 124
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 124 - Capítulo 124: La última voluntad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 124: La última voluntad
Al terminar de leer la bitácora, Abyllie se quedó en un silencio sepulcral.
Lo supo todo el tiempo. Y ahora Buer nos pedía que quemáramos todo.
¿Eso tenía sentido, siquiera?
Belial la miró, con el rostro grave. Sin decir palabra, asintió.
—Sí lo tiene —replicó Lilith desde el fondo—. ¿Viste en lo que se convirtió al desarrollar medicina? ¿Cómo no dudó cuando te dio la dosis mínima, Abyllie?
Ella no quería volver a eso, pero su miedo la arrastró al camino que había prometido dejar atrás. Por eso se convirtió en gobernadora de la ciudad; si no hubiera podido… no habría logrado nada.
Abyllie permaneció en silencio, tragando la verdad que pesaba sobre todos.
Se quedó junto a la mesa, los dedos rozando la superficie fría del laboratorio. El silencio no era ausencia de sonido; era el peso de lo irreversible, la gravedad de lo que había recibido.
El costado todavía le dolía. No era solo la herida física, mínima ante los ojos de cualquiera, pero suficiente para recordarle que Buer había usado su propia medicina en ella para protegerla.
El precio no había sido su cuerpo, sino su conciencia. Cada latido le recordaba la elección que alguien había tomado por ella, y el vacío que eso había dejado dentro.
Cerró los ojos. La culpa se filtró en su pecho como un veneno lento, mezclándose con miedo y reconocimiento. No había odio ni arrepentimiento hacia Buer, solo la certeza de haber recibido algo que no podía comprender del todo.
Y ahora vivía con la deuda silenciosa de ese sacrificio.
El aire del laboratorio parecía más denso, como si respirarlo fuera cargar con cada decisión contenida en la bitácora. Cada sombra y cada instrumento alineado con precisión le recordaban que la protección tenía un precio.
Que la seguridad, la vida que le habían preservado, había dejado un hueco en su conciencia; un hueco que ardía y palpitaba al mismo tiempo.
No podía hablar. No podía moverse. Cada respiración le costaba un poco más de sí misma.
La herencia de Buer no era un legado de conocimiento, sino de carga, de deuda, de conciencia fracturada.
Y allí, en el silencio absoluto, Abyllie comprendió que la protección de Buer había dejado algo que jamás podría borrar: el peso de saber que sobrevivir tenía un costo que no podía pagar plenamente.
En una marcha fúnebre, salieron del laboratorio. Los pasos eran lentos, casi ceremoniales, como si el aire mismo los empujara hacia adelante.
Abyllie iba delante. Cada paso hundía un poco más sus pies en el piso de piedra; el eco de la marcha se quebraba con la memoria que la aplastaba. Recordar lo que había perdido, lo que alguien había dado por ella, le tensaba los hombros y hacía que los dedos se cerraran contra los bordes de las mesas y los frascos.
La espalda se arqueaba sin que ella lo pensara, un reflejo de la carga que arrastraba. Un estremecimiento cruzó su cuerpo cuando un frasco casi se deslizó al rozarlo; apenas lo sostuvo y continuó.
Belial la seguía. Cada paso suyo parecía empapado del vacío que había dejado alguien que ya no estaba. La mandíbula se le apretó un segundo, los dedos se aferraron al marco de la puerta como si quisieran retener algo que ya no podía tocar. Un suspiro contenido escapó de su pecho sin que nadie lo notara.
Miradas fugaces a frascos y libros se convertían en silenciosos recordatorios, y la marcha se hacía más lenta, más densa. La memoria de la guerra y la pérdida se mezclaba con el presente, y cada músculo de su cuerpo respondía al peso que llevaba sin palabras.
Lilith cerraba la fila. Sus pasos eran firmes, arrastrados, resonando en la sala como un compás silencioso. Enderezó la espalda; un estremecimiento recorrió sus hombros, y sus manos se tensaron y relajaron al ritmo de un latido que no quería mostrar. La mirada barría el laboratorio, rápida y calculadora, pero por un instante, los ojos se suavizaron, traicionando lo que no diría en palabras.
La fila avanzaba.
Cada paso rechinaba sobre el piso, cada roce con los bordes de mesas o frascos llevaba la memoria de lo perdido. No había palabras, pero el aire vibraba con lo que no podían contener.
Cada gesto se enganchaba en el anterior. Un parpadeo. Un roce. Un estremecimiento. Cada paso era consecuencia de lo que llevaban dentro.
Abyllie rozó un frasco, los dedos temblando apenas. Belial se apoyó en un banco, la palma rígida, luego siguió. Lilith enderezó un libro que tambaleaba, los hombros rectos, un parpadeo largo.
Y la fila continuó, un cuerpo que avanzaba sin decir nada, dejando que cada pensamiento y cada recuerdo movieran sus miembros como si fueran uno solo.
El laboratorio quedó atrás. Ecos de pasos, de madera crujida, de frascos que vibraban suavemente. Todo hablaba de lo que habían perdido y de lo que les quedaba por cargar.
Iston los miró, derrotado. No sabía qué decisión tomar: honrar su cuerpo, mantenerla viva… o dejarla morir junto a su laboratorio y su legado.
Tomó unos pasos fuera de la puerta y llegó a la conclusión.
El pensamiento se aclaró. Tenían que aceptar la palabra de Buer. Ella lo había pedido.
—Es hora de actuar como ella lo hubiera querido. No lo digo como desafío, sino como quien ya ha perdido antes.
El silencio se volvió más espeso.
Abyllie tenía el corazón en la mano y la garganta apretada.
—No… no quiero hacerlo —susurró—. Ella se puede salvar. Debe haber una forma.
Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo.
Lilith la miró. Comprendió. Pero Iston tenía razón; podían dejar que cada persona viviera y muriera bajo sus propios términos. Esa era la enseñanza del infierno. No preservar nada. Solo el espíritu del ser.
Aunque ella fuera una marioneta.
Un grito salió de ella —¡No! No lo haré.
Abyllie salió corriendo. No podía aceptarlo. Esto estaba mal.
Mientras se alejaban, Iston, Belial y Lilith comprendieron algo.
La culpa era la razón por la que no quería hacer realidad la herencia de Buer.
Al mirar el momento en que ella se rompía, Iston recordó su adolescencia, cuando perdió a sus padres. Miró a Belial y Lilith con dolor absoluto.
—Sé que ustedes tienen mucho que arreglar —dijo Iston, apretando ligeramente los puños—, Lilith, Belial. Pueden ser la familia que ella no tuvo. Yo no puedo salvarla del dolor… porque lo he sentido.
Entre los dos se miraron. Sin palabras, sin dudas. Al unísono, tomaron la decisión: era hora de actuar.
Belial y Lilith se dirigieron a la habitación de Abyllie. Belial tocó la puerta.
—Hija… puedo hablar contigo. Traje algo que te gustaría —dijo con suavidad, sin presionar, solo ofreciendo presencia.
Abyllie estaba sentada en un rincón de la cama, llorando en silencio.
Respiró hondo, dejando que cada latido le devolviera un poco de sí misma, y se levantó.
El aire se detuvo un instante, saturado de lo perdido y de la incertidumbre que la rozaba a cada paso.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com